CAPÍTULO Veintiuno #3
—Perteneció a la mismísima reina Arianrhod hace doscientos años. Y ahora te pertenece a ti.
A mí.
Cierro la mano con aire posesivo en torno al mango, como si Soren fuese a alargar el brazo y quitármelo. Una idea ridícula, porque me lo acaba de regalar. El látigo tiene una especie de trance propio…, un trance al que me cuesta resistirme.
—No puedo aceptar algo tan valioso —me obligo a decir.
—Sí que puedes. Y lo vas a aceptar. —Soren se acerca y coloca su mano sobre la mía. La aprieta hasta que el sólido y pesado mango de oro se aplasta contra la palma de mi mano—. Tiene que pertenecer a una tejedora del viento; no tiene sentido que se quede en una estantería acumulando polvo.
—Pero…
—Rhya. —Al oír su tono de voz, cierro la boca de golpe—.
Llevo esperando a tener la oportunidad de darte este regalo desde que te vi desatar la tormenta eléctrica en Festaflama.
Meses de anticipación hasta este momento.
—Sus ojos se estrechan levemente—. No lo estropees por culpa de algún erróneo sentido de la obligación.
Inspiro aire entre los dientes.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. Me lo quedo. —Aprieto los labios—. Sobre todo porque creo que, si intentas quitármelo, mis dedos se resistirán por sí solos. Con violencia.
En sus ojos aparece un destello afilado de plata. Se echa a reír.
—Pues ahora que está decidido… —Su mano, que aún sujeta la mía, me gira grácilmente, de modo que mi espalda queda pegada a su pecho—. ¿Qué te parece si lo usamos?
—¿Aquí? —La palabra me sale en forma de gañido aterrado—. ¿Ahora?
—Mira en derredor. No puedes hacerle daño a nadie, excepto a un par de anguilas eléctricas, y creo que no les importará un poco de carga extra.
Paseo la vista por la cala, desde las olas que besan suavemente los bajíos en la orilla a las aguas más profundas en las que, de vez en cuando, aparece un destello blanco entre las profundidades color turquesa.
No me extraña que las aves marinas eviten este lugar.
—¿Y qué hago?
Él se detiene a pensar. Por una vez, no tiene una respuesta a punto.
—Es una especie de conductor. Según lo que he leído sobre la reina Arianrhod, lo empleaba para realizar ataques de precisión en batalla.
Con cada latigazo deberías ser capaz de lanzar un rayo paralizante a un enemigo.
Eso en teoría, al menos. Tendrás que confiar en lo que te digan las tripas a la hora de pasar de la teoría a la práctica.
No suena nada ideal.
Soren siente mi vacilación y descifra con facilidad lo que pienso, a pesar de mis escudos mentales.
—¿Qué sentiste la última vez que usaste tus rayos?
—La única vez, dirás.
Él suspira, y su aliento me eriza el vello de la nuca y me provoca un escalofrío por la columna.
—Está bien, ¿qué sentiste?
—Sentí que mi piel estaba a punto de explotar. Como si todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se estuviesen inmolando. Como si estuviera a punto de morir y me diese igual, porque si moría, se acabaría el dolor.
Guarda silencio y rumia todo ello. Al cabo, extiende una mano y, con una oleada de magia, invoca un globo de agua de la cala. Al acercarse, veo que ha capturado dentro a una de las anguilas eléctricas.
Mis ojos se desorbitan. El globo se detiene a cinco pasos de nosotros en mitad del aire.
—¿Qué haces?
—Investigar. —Oigo la sonrisa en su voz—. Mírala. Mírala de verdad. ¿Qué es?
Estudio a la vivaz anguila amarilla. Su cuerpo serpentino ondula, trazando lentos bucles dentro de su jaula flotante. Es horriblemente fea, con unas fauces abiertas y repletas de dientes como cuchillas, dos rajas a modo de fosas nasales y ojos oscuros como guijarros incrustados en la cabeza.
—Veo… veo una bufanda de aspecto lamentable.
Él suelta una risa entre dientes.
—Muy bien, ¿y qué sientes?
Entreabro los labios para soltar otra réplica mordaz cuando, de pronto, la anguila suelta su carga eléctrica de alto voltaje.
Toda la esfera de agua se ilumina de repente, latiendo con energía.
Soren me rodea el torso con el brazo libre y me echa hacia atrás unos pasos.
Todo el aire se carga de electricidad estática.
—¡Por los cielos! —No sé si reírme o chillar. Soren me deposita de nuevo en el suelo—. Desde luego, eso sí que lo he sentido.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Se parecía a lo que sentiste con tus rayos? ¿O ha sido diferente?
—Ha sido diferente, pero de algún modo, similar. Como una nota más baja de la misma canción…, más tierna, más suave.
—Porque la anguila usa el agua como conductor.
La última vez que usaste tus rayos, salieron de ti como brotan de las nubes de tormenta, formando arcos violentos que se desplazan por el aire.
Un poder puro, sin modular. —Aleja de nosotros a la anguila y vuelve a soltarla en los bajíos.
El animal desaparece con un latigueo de su cola y otro latido de energía blanca—.
Con un conductor comparable, podrías dominar la ráfaga y lanzarla por el látigo formando una carga concentrada.
Como hicimos en el Selkie, la primera vez que usaste tus corrientes de aire.
—Hacerlo con habilidad —digo en tono sarcástico.
—Exacto.
Su magia susurra a través de mí. Su mente cubre la mía como un manto en cuanto bajo la guardia y lo dejo pasar.
«Yo seré tu conductor, alondrita. Utilízame.»
Reprimo otro escalofrío.
«Lo dices como si fuera muy sencillo.»
«Porque es muy sencillo. Tu poder es una extensión natural de tu voluntad. Es tuyo, puedes manifestarlo y darle forma como te plazca.»
«¿Y si te hago daño al intentarlo?»
Incluso mentalmente, su media sonrisa es audible.
«Podré soportarlo.»
Por los dioses, menudo gallito está hecho.
Agarro con fuerza el mango del látigo, cierro los ojos y recurro a lo más profundo de mis reservas mágicas.
El huracán que se arremolina en mi interior retrocede levemente ante la presencia de Soren en mi cabeza; sus vórtices se sumen en una calma que solo experimento cada vez que canalizamos la magia.
Dejo que esta calma me bañe, que cubra mi alma, e invoco la tormenta en mi mente.
Y lo veo.
Lo siento.
Está ahí, en lo más profundo de la oscuridad.
Una chispa.
Un destello.
Mi poder.
Mis rayos.
«Retrocede.»
Soren no cuestiona mi orden; obedece al instante. Me da miedo que la distancia cercene nuestra conexión mental, pero nuestro vínculo se ha fortalecido significativamente desde los primeros días. Estamos igual de vinculados, tanto a diez pasos de distancia como apretados el uno contra la otra.
Él abre los ojos al tiempo que todo el vello de mi cuerpo se eriza.
La carga eléctrica se acumula bajo mi piel, los voltios me recorren las extremidades, latidos que hormiguean en mis nervios.
Muevo el brazo al costado para liberar parte de la tensión que me contrae los músculos.
Me preparo tanto como puedo para lo que está a punto de pasar.
Me hormiguea el cuerpo, desde las raíces del cabello a las puntas de los dedos de los pies.
El zumbido se convierte en un voltaje que me cuesta contener.
Es ahora o nunca.
Antes de que pueda convencerme de no hacerlo, alzo el brazo por encima de la cabeza y doy un latigazo.
El látigo restalla con un estruendo violento, y un rayo de luz me recorre el brazo y sale disparado por toda su extensión dorada.
El resultado es un único arco de brillante luz que recorre como una flecha la cala hacia el cielo abierto.
Se disipa en apenas un parpadeo; la luz es de algún modo más rápida que la capacidad del ojo para seguirla.
El restallido inicial del látigo se desvanece mucho antes de que el chasquido del trueno llegue a nosotros, vibrando desde las nubes hasta el mar, tan fuerte que la arena tiembla bajo mis botas.
Dioses, qué bien me ha sentado.
La sensación es increíble. Jamás había experimentado semejante ráfaga de poder.
Ni siquiera la mañana en la que luché contra las arácnides, o la tarde de la batalla contra los invasores de Terrascarcha, cuando la oleada de adrenalina del cañón de agua me despojó de toda moralidad.
Ni siquiera la noche de Festaflama, cuando mis rayos giraron las tornas de la batalla contra los gigantes de hielo.
Mi propia autosatisfacción se ve subrayada diez veces más por un inmenso caudal de sensaciones que recorre el vínculo.
Soren.
Está orgulloso de mí.
No solo está orgulloso, está…
Maravillado.
Por mí.
Me giro hacia él al tiempo que el calor del rayo se desvanece de mi piel.
Siento como si fuese a explotar en un millón de fragmentos.
Me flota el pelo por la cara formando remolinos de color platino.
Soy pura electricidad estática, un zumbido con forma de mujer.
No sé cómo moderarlo ni cómo liberarlo. Mis emociones se hacen pedazos; todas las inhibiciones han desaparecido en el éter.
Esperaba que Soren estuviese a unos diez pasos de distancia, pero está justo aquí, apenas a un susurro de mí, tan cerca que nuestros pechos se rozan y nuestros ojos se entrelazan al instante.
Los suyos son puro zafiro. Estoy segura de que los míos son tormenta salvaje.
No tengo ni idea de qué aspecto tiene ahora mismo mi expresión, pero la suya…
la suya irradia tanta intensidad que apenas puedo soportarlo.
Al verla se amplifican las corrientes de electricidad que corren desbocadas por mi caudal sanguíneo, corrientes que aumentan estos susurros serpentinos que tengo por dentro.
Por los cielos, podría ahogarme en esa mirada y morir feliz.
Me cuesta respirar ante el diluvio que sale de él.
Nos quedamos mirándonos el uno a la otra.
Uno, dos, tres infinitos segundos. El látigo cae sobre la arena a mis pies.
No me inclino para recogerlo. No puedo apartar la mirada de él, por nada del mundo.
Ni siquiera por una reliquia de valor incalculable.
Él lo sabe, pues mis emociones están expuestas por completo en el vínculo que seguimos canalizando.
No hay forma de esconderse de él. Ahora no.
Siente todo lo que hay en mi corazón, cada latido desesperado y doloroso que parece cantar su nombre una y otra vez, una letanía constante que ya no puedo negar.
Una letanía que, si he de ser sincera, lleva tiempo sonando en mi interior.
Al principio era apenas un levísimo susurro, pero ahora es una melodía que reconocería en la oscuridad, en la distancia, en la muerte.
«Soren, Soren, Soren.»
El hormigueo de electricidad que sigue recorriendo mis extremidades se acumula en las puntas de mis dedos, me impulsa a alargarlos hacia él.
A salvar ese espacio infinitesimal que nos separa antes de que pase un solo instante más.
A eliminar esa imposible distancia que separa su cuerpo del mío.
Y por fin… los dos lo sentimos a la vez.
Una onda recorre el vínculo, tan fuerte que hace pedazos este instante.
Calor.
Fuego.
Hojas ardiendo en un viento de otoño.
Retrocedo como si me hubiesen golpeado.
—Joder —gruñe Soren de pura frustración.
Estoy muy de acuerdo. Joder.
Nuestras magias se desconectan en el instante en que vuelvo a alzar mis escudos.
Retrocedo varios pasos a toda prisa, incapaz de mirarlo.
Incapaz de mirar en mi interior, por miedo a lo que veré ahí dentro.
Lo que hago es contemplar la arena en un intento de calmar el galope de mi corazón.
Un intento de apaciguar esta nueva dualidad que tengo dentro, los dos vínculos enfrentados que rodean mi costillar y que me están haciendo pedazos poco a poco.
Uno de ellos es un tranquilizador zarcillo del más profundo océano.
El otro es una maraña de humo y llamas.
Hace largas semanas que no siento el segundo, pero no hay forma de negar lo que significa esta brusca intensificación.
Mis ojos vuelan hacia la bahía, en la que avanza suavemente hacia la puerta del mar un navío de velas de color castaño rojizo que tienen bordado un símbolo que conozco bien: la montaña en llamas.
Mi vínculo con el Vestigio del Fuego bulle con una consciencia que no experimentaba desde que me marché de Calaboja.
Me llevo una mano al corazón. Ojalá sirviera el gesto para reprimir esta punzada de dolor.
Pendefyre está en Hylios.