El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintiuno #2
65%

CAPÍTULO Veintiuno #2

Ya está, ya lo he dicho. Echo de menos tus bromas y tu risa veraniega, tus palabras sabias. Aunque tú no me eches de menos a mí, he decidido que no puedes evitar que yo te eche de menos. Y tampoco puedes evitar que me preocupe por ti.

En sus cartas, Lestyn me asegura que estás bastante bien, o al menos eso le parece cuando pasa a verte. Dice que tú y el pequeño Nevin estáis disfrutando del tiempo primaveral que por fin ha llegado al cráter…, el deshielo que tanto necesitaba Caeldera.

Al parecer, la abundante luz del sol ha conseguido que el jardín de hierbas medicinales de tu patio florezca.

Lestyn me lo contó muy emocionado, aunque se quejó de que apenas le da tiempo a recolectar.

Sé que le has estado ayudando a cuidar del jardín…

y, conociéndote como creo conocerte, también debes de haber estado cuidando de él.

Gracias por ello.

Seguramente sea osado por mi parte pedirte nada, pero espero que sigas echándole un ojo a Lestyn, porque no tiene a nadie más en el mundo y, aunque se comporta como un adulto erudito, a fin de cuentas no tiene más que trece años.

Sin alguien que lo apoye, me temo que Osain, ese viejo chocho, acabe destruyendo a golpizas el espíritu intuitivo del chico para siempre.

Le vendría bien una amiga. (Y creo que a ti también te vendría bien un amigo.)

Seguramente ya habrás arrojado esta carta al fuego, furiosa por mis intentos de meterme en tu vida. Bueno…, igualmente te seguiré escribiendo, pues jamás he tenido la disciplina necesaria para llevar un diario constante, y contarte mis pensamientos me ayuda a que sean untanto menos confusos.

Por los cielos, Carys, hay tanto de lo que me gustaría hablarte que casi me duele no poder hacerlo.

Ojalá pudiese explicarte todo lo que ha pasado durante estas últimas semanas, desde que me fui de Caeldera.

Todo ha cambiado. Si he de serte sincera, mi cabeza jamás ha estado tan confundida como ahora.

Ni mi corazón. Aun así, parte de mí sigue inquebrantablemente convencida de que todo se arreglaría si pudiera pasar una sola tarde tomando té en tu tienda.

Tú siempre me has entendido mejor de lo que me entiendo yo misma.

Sé que quizá nunca llegues a perdonarme. Que sepas que no albergo ninguna necia esperanza al respecto.

Pero mi amistad no menguará, aunque jamás volvamos a hablar excepto mediante cartas desechadas y lejanos recuerdos.

Dale un beso a Nevin de mi parte. Y un abrazo a Lestyn, si consigues que se quede quieto más tiempo de lo que dura un suspiro.

Te mando todo mi amor.

Rhya

Una vez acabo de escribir, echo una pizca de sal en la superficie de la carta para secar la tinta. Aunque no reciba ninguna respuesta por parte de Carys, me siento un poco más como yo misma tras haber vertido el contenido de mi corazón sobre el pergamino.

Ahora, Lestyn.

Hace tiempo que debería haber respondido a la última carta del chico, en la que me contaba que padece un aburrimiento crónico, porque el dispensario parece estar tan vacío como sus tardes. No hay caelderanos a los que atender.

Oigo un sonido de cristales rotos que procede de la terraza. Se me cae la pluma, que echa a perder el pergamino antes de que haya podido escribir más que un puñado de frases. Suelto un suspiro, arrugo la carta manchada de tinta y la lanzo ciegamente a la papelera.

La mano de Soren aparece en el aire y la agarra en pleno vuelo.

—¡Oh! —Suelto una exclamación sobresaltada. Por poco no vuelco el tintero—. Me has asustado. No te había oído entrar.

—¿Cómo me ibas a oír entrar con todo este barullo? —Tiene la mandíbula tensa y se le crispa un músculo en la mejilla. El papel en su puño está aplastado—. Es que lo voy a matar, maldita sea.

Yo reprimo una risa.

—Claro que no lo vas a matar.

—¿Por qué no?

Me pongo en pie y me acerco a él.

—En primer lugar, porque es tu hermano y lo echarías de menos. En segundo, porque me da miedo que te vaya a arrancar la cabeza como si fuera una uva con uno de esos puños gigantescos si te atreves a interrumpir su diversión.

Parte de la tensión en su mirada se diluye y da paso al humor que lleva días ausente. Lo he extrañado. Su capacidad para la risa, para reírse de sí mismo junto con los demás, es uno de sus rasgos principales.

—Qué poca fe tienes en mí, alondrita —murmura, negando con la cabeza—. ¿Es que no te he enseñado nada? La fuerza bruta solo sirve hasta cierto punto. Tendría que atraparme primero.

—Bueno, últimamente me enseñas poco.

Él arquea una ceja oscura.

—¿Eso que detecto en tu tono de voz es decepción?

—Desde luego que no. Solo digo… Solo decía… —Aprieto los labios. De repente tengo ganas de que me trague la tierra—. Da igual.

—Oh, no. Ahora es tarde para retractarte. Me has echado de menos, admítelo.

—¡No pienso admitir nada parecido!

—Cobarde.

—Si algo he echado de menos es nuestro entrenamiento —digo en tono rígido—. No a ti.

Él me sonríe de oreja a oreja. Todo rastro de la tensión latente en su sien ha desaparecido. Se inclina hacia mí y susurra:

—Yo también te he echado de menos.

Mi corazón sufre un ridículo espasmo. Antes de que pueda darle una réplica mordaz que lo deje callado, Soren tira el pergamino hecho una bola y me agarra de la mano. Me lleva por la biblioteca antes de que yo consiga recuperar el habla:

—¿Adónde vamos?

—Lejos de este ruido sin fin y estas sandeces de la boda.

A algún sitio donde, para variar, podamos oír nuestros propios pensamientos.

—Ni siquiera cambia el paso al dedicarme una sonrisa por encima del hombro—.

Estos últimos días he dejado de lado tus lecciones.

No puedo permitir que mi pupila principal se deje ir, ¿verdad?

—Pero no puedes marcharte así, sin más. En tu terraza hay una docena de personas que han venido a comer. Y mañana…

—Mañana, más de lo mismo —gime él—. Pompa y circunstancia, charlas intrascendentes y frivolidad. Arwen me perdonará por perderme otra celebración prenupcial. —Niega con la cabeza y baja la voz—. Ahora mismo no quiero estar con nadie. ¿Eso lo entiendes?

—Lo entiendo. Pero llevarme contigo mina, de alguna manera, ese deseo de estar solo.

Él guarda silencio durante un largo latido.

—No es que quiera estar solo. Quiero estar a solas contigo.

Yo tropiezo. Soren me agarra para que no me caiga de boca, con brazos fuertes y seguros, mientras que yo sigo vacilante.

Me lleva por el pasillo hacia un destino que no conozco.

Y aunque sé que debería ser sensata, que no es conveniente irritar a Arwen, ahora que está empezando a tolerar mi presencia sin una mirada de desdén…

, no puedo negar que mi corazón se eleva ante la posibilidad de escapar de este circo para disfrutar de unas cuantas horas de soledad.

O… de soledad junto a Soren.

De algún modo, su compañía no me molesta como la de los demás.

—Ábrela.

Contemplo con cautela la caja de madera.

—¿Por qué me parece que está a punto de saltar sobre mí algo horrendo?

—Porque tienes problemas de confianza.

—O quizá porque alguien de los presentes aprovecha cualquier oportunidad para pillarme con la guardia baja, ya sea con esferas de agua o con lecciones de vuelo improvisadas.

Él suelta un resoplido lúgubre.

—Dejarás de quejarte de mis métodos cuando hayas dominado tu magia por completo. Ya has avanzado mucho en muy poco tiempo.

No puedo contradecir esa afirmación. Está en lo cierto. A pesar de no haber tenido ninguna lección en los últimos días, siento que controlo mis poderes mucho más que antes. La confianza que he ganado sobre mis habilidades no ha de subestimarse.

¿De verdad llegué hace solo tres semanas a esta ciudad, temerosa de invocar al viento, temblando ante la posibilidad de recurrir a mis reservas mágicas?

Inspiro entre dientes y me acerco a la caja que Soren ha dejado sobre la arena cuando hemos llegado.

No estamos lejos de Hylios; si entrecierro los ojos, puedo atisbar en la lejanía las murallas al noreste de la capital.

Y sin embargo, bien podríamos estar en el otro extremo del mundo.

La cala recóndita a la que me ha traído queda cerca de un portal hábilmente escondido, encajado en el grueso tronco de una palmera de tamaño exagerado.

Intenté en vano asomarme a la misteriosa caja cuando Soren la sacó de uno de sus muchos anaqueles repletos de artefactos en la mansión, pero apenas conseguí echarle un vistazo antes de que él se la metiese bajo el brazo.

Ahora, de cerca, por fin aprecio los detalles.

Está hecha de madera liviana, con goznes de plata.

En la tapa hay grabado un símbolo que reconozco al instante, pues es idéntico al que llevo grabado en la piel del pecho.

El Vestigio del Aire.

Se me acelera el pulso al alzar la tapa.

Dentro hay lo que creo que es un cordel, que descansa sobre un fondo de terciopelo azul.

En lugar de fibras de yute o cáñamo, el cordel está hecho de puro oro.

Brilla bajo la luz tenue de media tarde y refleja los menguantes rayos de sol.

Lo agarro, esperando que sea rígido, que el metal se resista al movimiento, y sin embargo es maleable como una cuerda de seda en mis manos.

Uno de los extremos acaba en una borla repleta de galones, algunos de los cuales son tan finos como una gasa, mientras que el otro tiene un fino mango anudado que encaja a la perfección en mi mano.

Como si estuviese hecho explícitamente para mí.

—Es el sagrado Látigo de Luz —dice Soren—. Un regalo de la Diosa de los Cielos. Creado a partir de un mechón de sus cabellos dorados. Es capaz de enarbolar rayos…, o eso dicen las leyendas.

Quiero mirar a Soren, pero no consigo apartar los ojos del arma bañada en oro. Hablo con voz susurrante, reverente:

—¿De dónde has sacado esto?

—Te lo he dicho: encontré varias reliquias entre las ruinas de la Corte de las Nubes. Esta fue una de ellas.

—Es muy hermosa.

—Es tuya.

Alzo la vista de golpe.

—¿Qué?