CAPÍTULO Veintiuno
M i última semana en Hylios pasa al doble de velocidad que las dos anteriores.
No hay un momento de descanso. La desbordante presencia de Vaughn insufla tanta vida a los antaño tranquilos terrenos reales que me resulta difícil creer que yo haya podido pasar una sola velada frente al océano con un libro y un vaso de vino, y que solo la ocasional presencia de Soren haya interrumpido mi serenidad.
A medida que se acerca la boda, cada noche desemboca inevitablemente en una fiesta improvisada en la que cada ser vivo de la ciudad parece ansioso por participar. Aunque nadie festeja tanto como Vaughn. Y Yara en segundo lugar.
A partir del día en que el medio titán declaró su intención de corromperme, ha mantenido su promesa, disfrutando del todo de su papel como alborotador cabecilla de festejos.
Es la punta de lanza de toda celebración, ya sea echando una noche en la Cornisa para probar todos y cada uno de los brebajes del menú, o bien una velada en la Cala de los Vinateros, momento en que soborna a varios barqueros para que suban unos cuantos toneles exclusivos para su consumo privado.
Su propia mansión, una versión más pintoresca de la de Soren, en la parte inferior de los terrenos reales, es muy pequeña, según afirma él mismo, y está demasiado aislada.
Prefiere la elegancia palaciega del hogar de su hermano.
Por eso es ahí donde se lo suele encontrar a menudo, chapoteando en el estanque, disfrutando de la casa de baños o comiéndose todo lo que haya en la despensa.
En las raras ocasiones en las que no se encuentra metido en alguna multitud y su cabeza asoma por encima de todo el mundo, basta con su constante risa para localizarlo. Sus carcajadas restallan como un cañón por toda la ciudad, sin importar qué hora sea ni qué se celebre.
Cuando no aprovecha su complexión elefantina para causar problemas, se dedica a hacer ejercicio: corta madera en el olivar, o bien alza peñascos una y otra vez sobre la cabeza, o se dedica a arrojar hachas a las dianas que uso para practicar puntería.
Suele preferir las armas incorporadas que son sus poderosos puños, pero algunas veces lo he visto enarbolar una espada ancha tan afilada que podría cortarme en dos.
Emplea unos cuantos movimientos salvajes que los hombres del Gremio del Ascua estarían indudablemente interesados en incorporar a sus ejercicios de entrenamiento.
En concreto, me imagino que Jac disfrutaría de la compañía de Vaughn, tanto en los recintos de entrenamiento como en las cervecerías locales. Aparte de la diferencia de tamaño, el talante de los dos es tan parecido que empiezo a echar de menos a mi viejo amigo.
A mis amigos.
A todos.
A Mabon, a Cadogan, a Jac, a Farley.
Albergo un diminuto resquicio de esperanza de que a algunos de ellos les den permiso para ausentarse de sus deberes en la frontera de Dyved y acompañar a Pendefyre a la boda…
, suponiendo que Pendefyre vaya a venir.
Hace un mes, yo habría pensado que ni por asomo acudiría, teniendo en cuenta el estado de su reino.
Pero ahora que la atención de Terrascarcha está centrada en Llŷr y que la mitad de su flota se pudre en el fondo de Bahía Sangre, gracias a mis esfuerzos con el cañón de agua, quizá la parte occidental de las Tierras Septentrionales pueda disfrutar del descanso que tanto necesita.
Supongo que me enteraré pronto.
La boda será inminente antes de que nos demos ni cuenta. No sabría decir si estoy emocionada o nerviosa por llegar a esa fecha que tan lejana parecía antes. En cuanto lo pienso, se me encoge el estómago, repleto de mariposas, hasta el punto de que me cuesta respirar.
Por suerte, a Vaughn se le da de maravilla mantenerme distraída.
Sus días son una sucesión de actividades saludables que contrarresta a base de bebida y decisiones cuestionables por la noche, ya sea en el Hervidero hasta que lo echa la marea creciente o bajo las luces tenues de los clubes de placer, donde la incesante música y la suntuosa decoración proporcionan un telón de fondo para los deseos más oscuros que puede ofrecer Hylios.
En mi única visita a esos clubes —la noche en que me llevaron Yara, Bretiax, Harpina y Thisobei tras pasar la tarde en los establos— vi ciertos actos ante los que la influencia del canto de sirena de Melité parecía absolutamente soporífera.
Hui a mis aposentos al poco de llegar, con las mejillas ardientes, el pulso acelerado y un calor en las venas que no disminuyó hasta que me encontré sola en la cama y me dediqué a darme placer con los dedos entre las piernas.
Fue una suerte que Soren y Vaughn decidiesen saltarse esa noche en particular para quedarse junto a Alaric y Arwen en su mansión. Bastante avergonzada me encontraba ya como para añadir más testigos.
Aunque su casa nunca ha estado tan llena de vida, ahora mismo veo mucho menos a Soren que cuando llegué a esta ciudad.
Incluso dejamos algo de lado nuestras sesiones diarias, pues no dejan de llamarlo de un lado o de otro.
Entre sus hermanastros, dignatarios que acuden de todos los rincones del mundo, soldados de Puntadaga y el escuadrón duendaeri, Soren tiene poco tiempo para mí en los escasos momentos en los que nos encontramos a solas para discutir mis progresos mágicos.
Yo sigo avanzando sola, pero no es lo mismo. Ya no nos escapamos al Valle a subir a lomos de Zephyr, no pasamos la tarde en el esquife ni las mañanas en la cala. Extrañamente, este cambio me inquieta, por más que llene mi calendario de actividades.
Yara me lleva consigo varias mañanas a cabalgar sobre Umyr.
Ha asumido la tarea de enseñarme a hacerlo por las alturas.
Me ha buscado un uniforme de sobra, hecho de cuero flexible de color gris pálido, con un corsé ajustado a la cintura, muslos almohadillados y unas botas que me llegan por encima de las rodillas.
Hasta me ha proporcionado un par de gafas de protección que me quedan algo grandes, pero que son mejor que nada, teniendo en cuenta lo que le gusta la velocidad.
Bretiax suele volar a nuestro flanco a lomos de Isyr, su picazo duendaeri.
Las dos se van comunicando por signos mientras sobrevolamos la escarpada línea de costa llŷriana.
Consigo estar lo bastante cómoda como para soltar la crin de Umyr por breves lapsos de tiempo y hacer yo también algún signo, de los pocos y sencillos que me van enseñando día a día.
Ascender.
Descender.
Escorar a la derecha.
Escorar a la izquierda.
Mirar hacia atrás.
Volver a casa.
A veces, nuestros vuelos son las únicas ocasiones en las que puedo estar a solas con mis propios pensamientos, pues la mansión es una procesión constante de gente que come y charla y se ríe, aprovechando todas las superficies disponibles, desde las cocinas a la terraza, pasando por los verdeantes senderos del jardín y las habitaciones del pasillo entre la de Soren y la mía.
Ya están completamente ocupadas. Por todas partes hay invitados que tocan los preciados artefactos de la galería como si no fuesen más que baratijas intrascendentes, que hojean despreocupados libros de páginas tan viejas que casi se han vuelto traslúcidas.
En más de una ocasión me veo obligada a tragarme una reprimenda.
Porque esta no es mi casa.
Estos no son mis invitados.
No estoy en posición de interferir.
En un primer momento, supongo que Soren disfruta de la celebración tanto como su hermano.
Sin embargo, a medida que pasan los días, la compañía constante empieza a erosionar su profunda reserva de autocontrol.
Jamás dice una palabra al respecto, pero veo la vena que abulta en su sien y que late con creciente frustración cada vez que vuelve a su refugio antaño tranquilo y se lo encuentra atestado hasta los topes de desconocidos que Vaughn ha arrastrado hasta aquí.
Yo también empiezo a echar de menos la paz y tranquilidad una vez que el lustre de los nuevos conocidos empieza a parecerse más a puro y duro intrusismo.
Cuando por fin llega la víspera de la boda, aprieto los dientes tras volver de mi vuelo matutino al encontrarme la cocina repleta de botellas vacías y latas de comida, y la terraza abarrotada de hylianos desconocidos almorzando.
Con las botas aplastando migas que ninguna escoba va a poder limpiar fácilmente, me retiro a la biblioteca.
Pero incluso en este refugio tranquilo me resulta difícil oír mis propios pensamientos por encima del barullo que reverbera por las paredes.
Me derrumbo en un diván junto a la chimenea y envío varios zarcillos de viento hacia el escritorio en el rincón.
En pocos segundos traigo volando por el aire hacia mí una pila de pergaminos en blanco.
Voy con más cuidado a la hora de transportar el tintero, pues Soren se enfadaría mucho si profano sus adoradas alfombras tejidas a mano manchándolas de tinta.
Me acomodo entre los cojines del diván con la pila de pergaminos apoyada en las rodillas y reflexiono sobre lo que quiero decir.
Aprieto con tanta fuerza la pluma que me sorprende que no se rompa en dos cuando empiezo a garabatear el mensaje.
Una empresa fútil, lo sé. Pero saberlo no frena el flujo de palabras desalentadas:
Querida Carys:
Sé que probablemente no responderás a esta carta, al igual que no has respondido a las otras tres que te he enviado.
Por los infiernos, ni siquiera sé si las estás leyendo.
Temo que podrías estar arrojándolas directamente al fuego, contemplando cómo arden mis palabras hasta quedar reducidas a cenizas.
Pero voy a seguir escribiéndote, querida amiga, pues la idea de que sostengas mis misivas manuscritas en las manos —aunque solo sea para luego arrugarlas y lanzarlas a las llamas hechas una bola— me da algo de paz.
Te echo de menos.