CAPÍTULO Veinte #3
—Eso es imposible. —Su hombro se aprieta más contra el mío para subrayar sus palabras—.
Nadie es perfecto, Rhya. Ni siquiera los muertos, a quienes tenemos la nauseabunda costumbre de poner en un pedestal y rodear de luz celestial.
Si Eli es digno del modo en que hablas de él, no verá fallo alguno en tus decisiones, pues sabrá, desde los cielos, que las guía tu corazón.
—Me amaba —digo, y se me rompe la voz. Una única lágrima me corre por la mejilla—. Es la única persona que me ha… amado.
Soren guarda silencio, pero siento algo por nuestro vínculo, algo que estoy demasiado abrumada como para procesar. Extiende la mano y me enjuga la lágrima con el pulgar. Un segundo después, se pone en pie y me tiende la mano.
—Basta de pesares por esta tarde. Nos espera el libertinaje.
En el mismo momento en que nuestras botas tocan el suelo cristalino de la casa de baños, todo el talante de Soren cambia. Su silueta entera se tensa, al igual que su mandíbula.
—¿Qué pasa?
—Aquí hay alguien —murmura, y se desplaza en silencio hacia la salida.
Yo lo sigo tan en silencio como puedo, sin atreverme a preguntar nada más.
Él atraviesa el puente de piedra que da a los jardines, donde las flores nocturnas cierran sus pétalos tras el sol de última hora de la tarde.
Aguzo los oídos, intentando captar lo que tanto ha alarmado a Soren, pero no detecto nada inusual.
Cuando por fin doblamos un recodo del camino que lleva a la terraza, oigo unos golpes cerca de la cocina. Suena como…
¿Ruido de ollas y sartenes?
Soren me lanza una mirada. Cruzamos la terraza hacia la arcada que da al interior.
Se lleva un dedo a la boca para indicarme que guarde silencio.
Yo pongo los ojos en blanco como respuesta.
¿Acaso se cree que me voy a poner a maullar?
Él empieza a esbozar una sonrisa que desaparece para dar paso a un severo fruncimiento de ceño una vez que cruzamos el umbral y nos preparamos para enfrentarnos al intruso.
Y, de pronto, la tensión desaparece de golpe de su cuerpo.
—¡Vaughn!
Su hermanastro, el medio titán.
Me quedo paralizada bajo el umbral. Soren, por su parte, se acerca al fae que está arrasando con lo que parece hasta el último resto de comida sacada de las despensas.
La mesa está repleta de diferentes variedades de fruta, pescado seco, aceitunas, pan, queso y algún tipo de ave acuática asada, de cuyo muslo está dando buena cuenta con unos grandes dientes blancos.
Entre sus dedos, el hueso parece más bien un palillo de dientes.
«Hombre» no sería el modo adecuado de referirse a él, pienso al ver abrazarse a los dos hermanos, que se deshacen en palmetazos en la espalda con un entusiasmo que bien podría romper una columna vertebral.
Vaughn es hombre y medio, imposiblemente alto.
Le saca tres cabezas a Soren. Al lado de su complexión, los operarios de pecho ancho como un tonel de los Gemelos parecerían frágiles.
Tiene unas manos que podrían aplastar un melón cantalupo con apenas un apretón, y unos hombros tan anchos que me pregunto cómo habrá cabido en la abarrotada despensa.
No se parece ni a Soren ni a Arwen, que tienen una pronunciada belleza.
Su semblante es más tosco, de facciones prominentes y mandíbula cuadrada.
Lleva bastante largo el cabello castaño claro, atado con un cordel de cuero a juego con el material del que están hechos su chaleco, pantalones y cálidas botas.
Va vestido para cazar en bosques infestados de lobos, no para los finos canales de Hylios.
Soren se separa y alza el cuello para mirar sonriente a ese enorme hombre a la cara. Resulta una estampa extraña. Suele ser el rey de Llŷr quien sobresale entre todo el mundo.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, hermanito?
—¿Te crees que me iba a perder la boda de Arwen? —Vaughn suelta una carcajada—. Tras siglos de práctica, he aprendido que es mejor no enfadarla. ¿Te acuerdas del cabreo que se pilló cuando no vine a celebrar su septuagésimo quinto día del nombre? Le duró una década entera.
—Toda la razón. —Los ojos de Soren recorren el caos gastronómico que hay esparcido por toda la cocina—. Hace tiempo que no pones un pie en Hylios, pero supongo que te acuerdas de que tienes tu propia mansión varios niveles más abajo, ¿no?
—¿La que queda al lado del hogar de las escamosas hermanitas de la condenación? Discúlpame si no me muero de ganas de volver a frecuentar la compañía de Melité y Tethys.
Soren se apoya en la encimera y niega con la cabeza.
—Sé bueno. Son nuestras hermanastras.
—Y también son la razón por la que llevo tanto tiempo sin venir.
—Suelta un suspiro de mártir—. Malditas sirenas.
Deberías oír los gritos que reverberan del dormitorio de Melité por las noches.
No sé si está dándoles placer o dolor a sus víctimas.
—Hace una pausa—. Conociéndola, probablemente ambas cosas.
Soren suelta un suave resoplido.
Vaughn da otro enorme bocado al muslo y sigue hablando a pesar de tener la boca llena:
—Además, tus despensas están mucho mejor abastecidas que las mías.
—Y aun así, parece que siempre cuentas con suficiente ginebra Titán a mano.
—No recuerdo que te quejases la última vez que traje una caja entera desde Prydain.
—Me sorprendería que recordases nada, teniendo en cuenta la cantidad de licor que bebiste aquel día.
Los dos comparten una risa al recordarlo. Yo me adentro vacilante en la cocina. Apenas he dado un puñado de pasos cuando dos pares de ojos —los de Soren, azul puro, y los de Vaughn, sorprendentemente verdes— saltan hacia mí. Freno en seco.
—Esto… Hola —digo, incómoda.
La cabeza de Vaughn latiguea entre Soren y yo misma. Se le desorbitan los ojos.
—Por todos los cielos, hermano, pero si es la viva imagen de…
—Vaughn —lo interrumpe Soren con voz entrecortada.
Yo alzo las cejas.
Soy la viva imagen de… ¿quién?
Espero que no sea de Enid. Soren me dijo que tengo apenas un leve parecido con la última tejedora del viento, que se adueñó no solo de su corazón, sino también del de Pendefyre. ¿Se habrá quedado corto a propósito para no hacerme daño?
Desde luego, no queda fuera de toda posibilidad que Enid y yo compartamos ciertas características y tono de piel.
Aun así, he de confesar que no me hace nada de gracia.
Parecerme a la mujer que amó Soren en su día me provoca una extraña sensación de incomodidad, por motivos que no he podido rumiar del todo.
Recurro a todo mi autocontrol para no fruncir el ceño ante la mirada sorprendida de Vaughn.
El gigantón deja el muslo con un golpe sordo.
Se recupera bastante rápido de la sorpresa y disimula la conmoción con una amplia sonrisa de bienvenida.
—Tú debes de ser la tejedora del viento de la que tanto me han hablado.
Yo alzo aún más las cejas. Miro de reojo a Soren, que se pinza el puente de la nariz como para mantener a raya un dolor de cabeza, y luego a Vaughn de nuevo.
—Espero que todo lo que han dicho sea bueno.
—Eso depende de a quién le preguntes.
—Ah. —Tuerzo la boca—. He intentado decirle que se calme un poco, pero Arwen no para de cantar mis alabanzas.
Vaughn lanza una estruendosa carcajada y luego, sin previo aviso, se acerca a mí en dos zancadas.
Para ser semejante mastodonte, se mueve con sorprendente velocidad.
Antes de darme cuenta de lo que está pasando, me estrecha en un abrazo y me levanta por los aires, tan fuerte que me saca hasta la última partícula de aire de los pulmones.
Temo que se me vaya a romper la caja torácica ante la presión.
Dejo escapar una exclamación ahogada involuntariamente, y Soren suelta una maldición en voz baja.
—La estás aplastando.
—¿Y qué? Es una Vestigio del Aire, ¿no? Que parezca frágil no quiere decir que lo sea.
—Con un último apretón que bien podría haberme quebrado algún hueso, me vuelve a depositar en el suelo.
Sus enormes manos descansan sobre mis hombros.
Cada una es del tamaño de un jamón—. Me alegro de conocerte al fin, Rhya.
Yo doy una bocanada desesperada de aire. Me duele el pecho.
—Encantada… —resuello— de… conocerte.
—Dioses —sisea Soren.
Vaughn se limita a echarse a reír y luego retrocede para agarrar una manzana de la mesa. Se traga la mitad de un bocado.
—Bueno, Rhya, ¿estás disfrutando de tu estancia en la Corte del Agua? Apostaría a que mucho más que en la Corte del Fuego.
—Vaughn.
El medio titán ignora la advertencia amenazadora de su hermano.
—No me puedo imaginar por qué querrías volver allí.
No sé qué responder a eso, así que lo que hago es agarrar yo también una manzana y darle un mordisco. Por suerte, Vaughn no parece darse cuenta y sigue adelante con su conversación unilateral:
—A mí no hay quien me convenza de vivir en Caeldera. Ni por todas las gemas de esas minas dyveditas suyas. Prefiero hibernar en la húmeda cueva de Melité, o con los gigantes de hielo que viven en lo alto de las Cimerias.
Me atraganto con la manzana. Él me da una palmada en la espalda, tan fuerte que salgo disparada hacia la mesa. Soren evita que me desplome sobre ella en el último segundo; alarga un brazo y me agarra antes de chocar contra el borde.
—Aunque a ti los monstruos de escarcha no te suponen ningún problema, ¿no, Rhya? —prosigue Vaughn, sin percatarse—. Bien que los freíste vivos en Festaflama. Soren me lo contó todo con pelos y señales en sus cartas, aunque me habría gustado verlo con mis propios ojos.
Estoy demasiado ocupada recuperando el aliento como para hacer algo más que asentir débilmente.
Soren se apresura a intervenir con habilidad para distraer la atención de su hermano.
—¿Dónde está Wotek?
—Lo he dejado en Prydain. Sabes que odia viajar en barco. —Las recias facciones de Vaughn se contraen al fruncir el ceño—. No lo puedo culpar. Lleva enclaustrado en el bastión tanto tiempo…
—¿Quién es Wotek? —pregunto con voz algo ronca.
Vaughn me lanza una mirada de soslayo.
—Mi oso.
—¿Tu oso? —Parpadeo, pasmada—. ¿Tienes un oso?
—Soy demasiado grandote para ir en caballo. —Se encoge de hombros—. Y de algún modo tendré que cabalgar hacia la batalla, ¿no?
Soren alarga la mano, me pone dos dedos bajo la barbilla y me cierra la mandíbula, desencajada de pura conmoción.
—Pero claro, si no fuera tan pequeño, no necesitaría cabalgar. —Vaughn se rasca la profusa barba que le cubre la mandíbula—. Nadie más en todo Prydain tiene que desplazarse con montura.
Me lo quedo mirando. Es lo más alejado de alguien pequeño que he visto en mi vida.
—Solo soy medio titán —me explica al identificar mi confusión—. Mi madre era colosal en todos los sentidos. Me pregunto cómo se acostó nuestro padre con ella hace tantos años… En sentido logístico, digo.
Soren esboza una sonrisa tirante.
—Hay cosas que es mejor dejar envueltas en un halo de misterio.
—Por desgracia, aunque tenga buena parte de la sangre de mi madre, me he quedado corto. —Vaughn sonríe—. Y digo corto de verdad. Soy el pequeñajo de Prydain. Por eso me llaman Vaughn, que significa literalmente «pequeño». Una bromita entre mi gente.
—¿Y cómo de altos son los demás titanes? —pregunto.
—Los más jóvenes son como mínimo el doble de altos que Soren. Los mayores, el triple.
Por los cielos, son equiparables a los gigantes de hielo.
—De niña oí alguna que otra historia sobre los titanes —confieso—, pero no sabía que existieran de verdad. Pensaba que eran criaturas de los cuentos de hadas, imaginadas para darles miedo a los niños para que se portasen bien.
—No me sorprende. No tenemos muchos visitantes en la Isla de los Poderosos.
—Vaughn agarra una baguette entera y arranca un extremo de un solo bocado—.
En general, los titanes no son muy amigables.
Pero, teniendo en cuenta su historia, no se les puede culpar por querer aislarse del resto del reino.
Los problemas de los fae tienden a cruzar las aguas del Estrecho de los Titanes.
Siempre acabamos metidos en guerras que preferiríamos contemplar desde lejos.
—Pero si tú eres medio fae…
—Y por eso estoy aquí, en la cocina de mi hermano…
—Comiéndote toda su comida —murmura Soren.
—… hablando contigo. —Vaughn da otro mordisco al pan.
Ya ha dado cuenta de media baguette —. Me interesa mucho lo que sucede aquí, en Hylios, y en el resto de Anwyvn.
Pero a la otra parte de mi familia le da bastante igual quiénes viven en el continente.
Los titanes ni parpadearían si todos los fae y mortales se masacrasen entre sí en el campo de batalla.
—Pero ¿y qué pasa con la plaga? —Arqueo las cejas todo lo que puedo—. ¿No les preocupa que la tierra enferme más y más a cada año que pasa? ¿Que la tasa de natalidad se haya estancado? ¿Que las cosechas mueran?
Él se encoge de hombros.
—Llevan por aquí desde antes de la Purga. Han visto el ascenso y la caída de varios imperios, han resistido hambrunas, sequías y desastres naturales. Nuestras guerras más sangrientas son para ellos como jueguecitos que jugase el niño del vecino. Están muy por encima de todo eso.
Soren resopla.
—Porque se creen que son dioses, que descienden directamente de la sangre de las deidades…, a pesar de que no haya prueba alguna que respalde ese mito.
Vaughn le lanza un trozo de pan a su hermano a la cabeza.
—¿Y cómo si no explicas nuestra fuerza divina? Es un don de los cielos.
—Por la misma lógica —evita Soren con habilidad—, ¿cómo explicas la falta de cerebro que va pareja a esa abundancia de músculo?
Mis ojos rebotan entre los dos mientras ellos intercambian pullas sin dejar de sonreírse el uno al otro.
—Puede que a ti te guste marear a tus enemigos con palabrería, hermano mayor, pero resulta que no hacen falta tantos sesos para someter a la gente. Basta un mamporro con la mano.
—Ah, sí —dice Soren, arrastrando las palabras—. Las tácticas diplomáticas de los titanes. Ni una sola vez sin derramar sangre.
—O ginebra. Hablando de lo cual… —Vaughn gira su cara sonriente hacia mí.
Yo me quedo paralizada, a punto de llevarme la manzana a la boca—.
¿Has oído hablar de la ginebra Titán, Rhya?
—Niego con la cabeza, con cautela—. Excelente.
—Echa mano del saco a sus pies y saca una botella de gran tamaño.
El líquido del interior es claro, pero cuando lo sostiene bajo el resplandor de la luz, veo que en él flotan motas que parecen oro—.
Esta noche voy a tener el honor de corromperte.
El gemido de Soren se oye por encima del sonido de descorche.