CAPÍTULO Veinte #2
No volvemos por el portal de inmediato. En cambio, nos quedamos sentados un rato bajo un gran árbol de hoja perenne, con la espalda apoyada contra el áspero tronco.
Por el rabillo del ojo veo que Soren toquetea un palito de abedul y le arranca largas tiras de corteza blanca.
La mayor parte de mi concentración se centra en el claro.
Pensaba que Zephyr se marcharía de inmediato, pero en realidad se ha quedado y está pastando entre la profusa hierba y los vívidos musgos.
—¿Por qué vive aquí y no en Hylios con los demás? —pregunto al cabo.
—¿Preferirías vivir tú en un establo antes que a cielo abierto?
—No, probablemente no.
—Cada duendaeri tiene un temperamento distinto. Algunos se acostumbran mejor a las sillas de montar y las estrategias de batalla. Otros, como Zephyr, no obedecen más órdenes que las suyas propias. Hay veces en las que no aparece ante mí cuando vengo de visita por aquí.
Estudio su inconfundible forma durante un rato: el porte orgulloso, los ojos vivaces…, y me golpea una lejana sensación de reconocimiento.
—Se parece un poco a Onyx —murmuro casi para mí.
Soren suelta una risa entre dientes.
—Normal. Onyx es su potro. Sería más adecuado decir que Onyx se parece a Zephyr, no al revés.
Mi cabeza latiguea hacia un lado. Miro a Soren, boquiabierta.
—¿Qué?
—No pongas esa cara de sorpresa, alondrita.
A veces, Zephyr se aparea con las yeguas salvajes que deambulan por las playas de Puerto Sotavento.
Sus hijos son solo medio duendaeri. En el caso de Onyx, resulta que no tiene alas.
—Gira el palo con los dedos, con aire absorto—.
Pero estoy seguro de que te has dado cuenta de lo rápido que es, de lo largo de su zancada. Es muy superior a un caballo normal.
Eso es cierto. Ninguna montura normal y corriente podría cabalgar sin descanso durante días y días. Y aun así, en las muchas ocasiones en las que me he subido a su caballo, Penn jamás lo ha mencionado.
¿Es posible que ni él mismo sepa del linaje de Onyx?
—¿Y cómo acabó un potro medio duendaeri en Caeldera? —pregunto.
—Se lo regalé a Pendefyre hará un siglo. Un regalo para celebrar la nueva alianza que habíamos sellado entre nuestros dos reinos.
Soren dice esto último con tono despreocupado, como si no tuviera la menor importancia.
—Penn… —Niego con la cabeza—. No me lo había dicho.
Las manos de Soren se quedan quietas, sujetando el palo de abedul. Hay un breve instante de silencio forzado.
—¿Por qué iba a contarte nada? Las historias que muestran mi cara más amable rara vez circulan dentro de los muros volcánicos de la Corte del Fuego.
—Eso no es justo.
La ramita se rompe limpiamente en dos.
—¿No?
—Muchos siguen comentando que fuiste a ayudar a la ciudad durante la batalla de Festaflama. Yo misma vi lo valientemente que luchaste. Defendiste a un pueblo que no era el tuyo.
Soren me dedica entonces una mirada que me seca la boca. Se me encoge el vientre de los nervios.
—Dime, alondrita, ¿cómo es que eres capaz de reconocer el valor de mis actos al defender Caeldera pero solo ves horror en los tuyos?
—No es lo mismo —digo de inmediato.
—Ah, ¿no? —Arroja a un lado el palo roto—.
Al defender Hylios protegiste a su pueblo.
¿Cómo va a ser eso diferente de lo que hice yo en Festaflama?
O de lo que hiciste tú, de hecho. —Sus ojos se estrechan de frustración—.
¿Por qué defiendes la corte de Pendefyre sin pensártelo, pero te ves a ti misma como un monstruo por proteger la mía?
—No fue sin pensármelo. —Trago saliva con dificultad—. Te aseguro que no acabo con otras vidas sin pensármelo. Cada muerte me pesa. O… así era antes.
Soren espera a que prosiga, sin interrumpirme. Se limita a escuchar.
—Lo que más me asusta es que cada vez me cueste menos quitar una vida.
El peso de la moral. —Me tiembla la voz, aunque me esfuerzo por calmarla—.
Miro mis manos, las mismas manos que en su día usé para curar, y ahora las veo manchadas de sangre.
Me miro en el espejo y no reconozco a la mujer en la que me estoy convirtiendo.
—Rhya…
No puedo soportar la suavidad de su tono de voz.
—¿De verdad hemos de hablar de esto?
—Podemos hablar de esto o podemos hablar de lo que sucedió anoche en el Hervidero.
Cierro la boca con tanta fuerza que por poco no me secciono la lengua de un bocado. Preferiría arrancármela voluntariamente antes que hablar con él de lo que pasó anoche.
—¿Y bien? —me dice.
Por todos los infiernos. Inspiro entre dientes para estabilizarme.
—Yo no soy como Arwen, Yara ni ninguna de las demás osadas duendaeri.
No soy guerrera por naturaleza. No quiero serlo.
No creo en matar indiscriminadamente ni en lanzar vítores cuando el enemigo cae.
Y aun así…, no puedo evitar preocuparme, porque cuanto más tiempo paso inmersa en este mundo tuyo, más pierdo el contacto con las virtudes que en su día guiaron mi vida.
Soren se piensa esto durante mucho tiempo. Los pensamientos bullen en sus ojos.
—La moralidad es buena como guía vital —dice al fin, con voz queda—. La vergüenza, por otro lado, no.
¿La vergüenza? Mi columna se envara.
—Yo no siento vergüenza.
—Pues vives como si la sintieras. Y yo diría que la vergüenza dicta tus decisiones del mismo modo que tu sentido del bien y del mal. Quizá incluso más.
Niego con la cabeza.
—No, eso no…
«Eso no es cierto», quiero decir. Pero no me sale la mentira.
—¿Quién fue? —pregunta Soren en tono lúgubre—.
¿Quién te enseñó a ocultar las mejores partes de ti misma, por miedo a que te juzgasen?
—Me encojo. Él aprieta la mandíbula; un músculo se marca en su mejilla—.
Naciste para ser extraordinaria, pero te obligaron a vivir una vida poco menos que ordinaria.
A camuflarte, costase lo que costase. Pero tú, Rhya Fleetwood…
, naciste para sobresalir. Para alzarte más allá de toda convención, toda media, toda métrica. No hay ni un gramo de normalidad en ti.
Quiero replicar, pero no sé qué decir. En mi cabeza oigo una frase conocida. La voz de mi mentor me susurra en mis recuerdos más antiguos:
«Es mejor que mantengas la marca escondida, Rhya.»
«Es mejor que no permitas que nadie se te acerque mucho, Rhya.»
«Es mejor intentar encajar, Rhya.»
—Yo no estaba ahí contigo, así que no sé cuándo aprendiste exactamente a acobardarte y disimular —prosigue Soren—. No pretendo saber cómo fue crecer como creciste tú, un ser mágico en tierra mortal…
—Una mediana —lo corrijo con voz ronca.
—¿Qué?
—Yo no era ningún ser mágico. Era una mediana, marcada para morir desde mi primer aliento.
Bastaba con mis orejas: eran una anomalía, una deformidad.
Mi marca de Vestigio era el mayor de los secretos.
Una sentencia de muerte grabada en mi misma piel, si alguien llegaba a verla.
—Aprieto los puños y me clavo las uñas en las palmas de las manos—.
Tienes razón, no lo entiendes ni jamás lo entenderás.
¿Qué más da que me criasen para esconderme?
Mi mentor, Eli, lo hizo para mantenerme a salvo.
Me protegió sin pensarse dos veces qué destino podía llegar a correr si lo hacía.
Bien puedes decir que ese secretismo nace de la vergüenza, pero es la vergüenza lo que me ha mantenido con vida.
Esa vergüenza es lo que me ha traído hasta aquí, hasta este momento, contigo.
No pienso condenar a Eli por enseñarme a vivir así.
—Se puede culpar sin condenar. Mi propio padre, que los dioses lo tengan acogido, no fue un hombre perfecto.
—Deja escapar un suspiro y se apoya con más firmeza contra el tronco—.
Yo lo adoraba. Y él me amaba inmensamente.
Y sin embargo, ese mismo amor no se lo profesaba a mi madre.
Le rompió el corazón poco a poco, con una serie de amoríos mal disimulados, hasta amargarla demasiado como para amar a nadie. Ni siquiera a sus hijos.
Me quedo aquí sentada, rumiando eso, durante un instante. Digiero sus palabras. Siento, no por primera vez, que hay profundas corrientes oceánicas que atraviesan el mismísimo corazón de este hombre. Corrientes que rara vez permiten que salgan a la superficie.
—No conocí a tu mentor —admite—. Eli, ¿verdad?
—Yo asiento—. Lamento mucho tu pérdida.
Y más aún no tener la oportunidad de conocerlo.
De darle las gracias por mantenerte con vida todos esos años.
Por convertirte en la criatura milagrosa que eres ahora.
—Hace una pausa que dura un latido y aprieta su hombro contra el mío…
, un peso sólido, un apoyo—. Dices que no reconoces a la mujer que te mira desde el espejo.
No me sorprende. Una mariposa no recuerda cuánto ha cambiado desde la crisálida ni es capaz de ver la belleza de sus propias alas.
Solo quienes están junto a ella, mirando, esperando, pueden apreciar su evolución.
Se me encoge el corazón, como si Soren lo hubiese apretado con la mano.
Nadie, en toda mi vida, me ha dicho nada parecido.
Al oírlo, algo se abre en mi interior. La sempiterna baja autoestima a la que siempre me ha dado miedo enfrentarme, la creciente vergüenza que lleva meses alimentándose de mí…
no solo desde la batalla contra los invasores de Terrascarcha, sino desde Festaflama.
Sus palabras me recorren en espiral, cada vez más hondo, hasta que llegan a un pozo de duda y autodesprecio, hasta que arrancan todo lo malo y ocupan su lugar.
Hasta que me llenan de una sensación cálida, fuerte y segura.
Inspiro hondo hasta que las emociones que me ha provocado disminuyen lo suficiente como para poder hablar:
—Es que no quiero… —Trago saliva, con la voz preñada de lágrimas que no se han derramado—. No quiero que Eli me vea desde el éter y se sienta decepcionado.