El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veinte
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CAPÍTULO Veinte

S oren me sube a la grupa desnuda de Zephyr y luego se monta detrás de mí con una fluidez nacida de la práctica.

Casi vibra de emoción; no comparte nada de la ansiedad que truena bajo mi pecho.

Por otro lado, ¿por qué iba a estar nervioso?

Él mismo ha dicho que se ha pasado más horas de las que puede contar volando a lomos de Zephyr durante los dos últimos siglos, desde que apenas era lo suficientemente alto como para subirse a él.

Esta misma mañana, de hecho, vino aquí a aclararse la cabeza cabalgando sobre las Cimerias.

A pesar de la falta de silla de montar, me siento segura con Soren a mi espalda.

Sus largas piernas están bien enganchadas tras las articulaciones de los hombros de la cabalgadura.

Sus brazos rodean mi cuerpo y sus dedos agarran con firmeza la crin del corcel.

Yo también me agarro, tan fuerte que se me ponen blancos los nudillos.

Nos lanzamos al trote y luego despegamos, impulsados por el batir rítmico de dos alas colosales.

Suelto un chillido y Soren se ríe, divertido ante mi terror.

De haber tenido aire en los pulmones, lo habría maldecido.

Mi estómago se ha quedado en algún punto del suelo.

La tierra se aleja hasta perderse de vista, más rápido de lo que yo habría creído posible.

En pocos segundos hemos ascendido a las alturas y trazamos lentas órbitas alrededor de las cinco cumbres del Valle.

—¡Respira, alondrita! —exclama Soren, apenas audible por encima del rugido del viento—. ¡Zephyr no permitirá que caigas!

Inspiro con fuerza una bocanada desesperada de aire e intento recuperar la compostura.

Las lágrimas brillan en mis ojos —no me extraña que el escuadrón duendaeri lleve gafas protectoras— y parpadeo para eliminarlas, tratando de digerir el alcance de la vista desde esta altura.

Veo el Estrecho Aviano, lejos de nosotros: un angosto paso entre la frontera montañosa que divide las Tierras Septentrionales del resto de Anwyvn.

Más allá, diviso los campos de batalla arrasados que caracterizan a las Tierras Centrales, desde las extensas planicies de Aranthon hasta las lejanas arboledas de Boscoriente, pasando por las ciénagas pantanosas en la frontera de Lagoponiente, donde casi me ahorcaron.

Al este, el Océano Infinito se extiende por la costa, hasta las orillas sureñas de Puntadaga y el resto de las Tierras Meridionales.

Aunque no puedo verlo, en alguna parte más allá de mi vista se encuentra Dymeria, el oscuro reino desértico en el que se esconde, acobardado, Efnysien.

Trazamos círculos hacia el interior y rodeamos una de las cumbres más altas, en la que el aire es tan escaso que mis inspiraciones más profundas apenas bastan para llenarme los pulmones.

Mis ojos recorren el puñado de tejados de lo que sé que debe de ser Fríacruz, más allá del estrecho glaciar que da a Terrascarcha, y por último, el contorno inconfundible de una meseta que apenas consigo atisbar en los límites más lejanos de mi vista.

Dyved.

Una violenta punzada me atraviesa el corazón.

Caeldera.

Otra punzada.

Pendefyre.

Una tercera punzada, tan fuerte que siento verdadero dolor.

Aún no me he permitido pensar en él en estas últimas semanas.

Ni muy a menudo ni en profundidad. Preocupaciones que en su día no dejaban de asaltarme —¿cómo estará durmiendo por las noches?

¿Estará comiendo suficiente? ¿Habrá cejado en su obsesión de cargar las protecciones?

— ahora no plagan todos mis momentos de vigilia.

No lo permito.

Me las he sacado activamente de la cabeza.

En un primer momento fue un esfuerzo activo.

Ahora, al contemplar el horizonte con ojos entrecerrados, me doy cuenta de que ya no he de esforzarme para conseguirlo.

No estoy segura de cómo ha pasado; lo único que sé es que ya no he de protegerme constantemente contra esos pensamientos agazapados en mi mente.

Lo que en un primer momento fue una cuestión de autoconservación, en algún punto indefinido del tiempo se convirtió en un hábito inconsciente.

Ahora, desde hace una sorprendente cantidad de días seguidos, no he buscado su magia ni tampoco he intentado sentir nuestro fino vínculo estirado a lo largo de la enorme distancia que nos separa.

Una oleada de horror me recorre cuando pienso en el vínculo de Vestigio…

; no en el que me conecta con el hombre que ahora mismo se aplasta contra mi espalda, sino en el que las circunstancias han convertido en apenas un jirón.

¿Se atrofiará por falta de uso? ¿Se evaporará esa tenue conexión entre llama y aire?

¿Se apagará hasta formar cenizas que se esparcirán irrevocablemente sin que podamos alcanzarlas?

No, me aseguro a mí misma, con el pulso desbocado y la respiración entrecortada. No puede apagarse. El propio Pendefyre me lo dijo hace mucho mucho tiempo. Me guste o no, los Vestigios están eternamente conectados. Por el poder. Por la profecía. Por el destino.

Somos cuatro balanzas que cuelgan del mismo puntal, siempre buscando un equilibrio que solo nos pueden proporcionar los demás. Independientes, pero irrevocablemente atados.

En algún lugar bajo el dolor entre mis costillas, un retorcido cordel de llamas sigue ardiendo.

Casi lo imagino ahí dentro. Casi puedo sentirlo, cada vez más caliente con el ardor renovado de unas emociones intranquilas.

Una llama pura que se acumula en mi sangre hasta que el frío viento que nos rodea parece tan lejano como el suelo ahí abajo.

«¿Qué sucede?», me pregunta Soren en mi mente, al sentir mi inquietud. «¿Te pasa algo?»

Hemos empezado a canalizar la magia inconscientemente. La conexión se establece con tanta facilidad que ni siquiera me doy cuenta de que nuestras dos magias se fusionan hasta que su voz resuena en mi mente.

«No, nada», miento levemente, saliendo del caos de mis pensamientos. «Nada en absoluto.»

Sabe que no estoy diciendo la verdad, pero no insiste. En cambio, lo que hace es distraerme con una lección sobre dinámica de vuelo. Vuelca un caudal tan grande de datos en mi mente que, en pocos segundos, ya no siento que mi atención se vea atraída hacia esos atribulados horizontes occidentales.

Por otro lado, en vista de que Zephyr se zambulle en ángulos peligrosos y se escora junto a cumbres montañosas, resulta difícil concentrarse en nada ahora mismo, por más que lo intente.

Seguimos volando durante toda una hora. En el último tramo, Soren se dedica a enseñarme a sentir realmente las corrientes de viento que fluyen a nuestro alrededor, para poder imitarlas algún día, sin una montura duendaeri que cargue conmigo.

La idea de volar yo sola parece totalmente fuera de mi alcance, porque yo no soy la reina Arianrhod.

Sin embargo, hago lo que me dice y centro mi atención en el cielo, que pasa a toda velocidad a nuestro alrededor.

Al final del paseo estoy eufórica por completo.

Mi magia canturrea a través de mí. Cada latido de mi corazón está en total armonía con las alas batientes de Zephyr, como si estuviésemos verdaderamente conectados a nivel espiritual.

Cierro los ojos ante el reino de ahí abajo y canalizo toda mi energía hacia el interior, hacia el remolino eterno de las tormentas que llevo dentro.

Mi marca de Vestigio está intensamente despierta. Despierta de un modo que no había sentido hasta ahora, porque pertenece a este entorno. Simplemente, no lo he sabido hasta ahora.

Antes de sentir el aliento de los cielos en las puntas de los dedos, no me había dado cuenta de cuánto anhelaba alcanzarlos. Antes de respirar este aire tan escaso, no comprendía hasta qué punto ansiaban mis pulmones su fresco alivio.

Aquí, en este lugar —en el viento, en el aire, en el cielo—, es lo más cerca que he estado de comprender de dónde vengo.

Lo más cerca que una mediana huérfana de las costas de Guardamar ha estado de encontrar un lugar que puede considerar su hogar.

Las lágrimas me corren por las mejillas durante el resto del vuelo, pero no tienen nada que ver con el aire que me sopla en los ojos.

Tras una orden muda, Zephyr nos lleva hasta las cinco cumbres que circundan el Valle.

Sus cascos repiquetean sobre la tierra con una sacudida que me zarandea hasta los huesos al aterrizar.

Galopa por el claro y se detiene frente al inicio de la arboleda.

Soren es el primero en bajar y luego alza los brazos para ayudarme.

Sus manos permanecen en torno a mi cintura mucho después de que mis botas aterricen en tierra.

—¿Y bien? —Tiene el pelo despeinado y las mejillas coloradas. En sus ojos hay una calidez equiparable a la de los manantiales hylianos—. ¿Qué te ha parecido?

—Ha sido emocionante —confieso, y oigo mi propio asombro—. De verdad. Uno de los momentos más increíbles de mi vida.

—Me alegro.

—Gracias, Soren.

Él entreabre los labios, pero luego vuelve a cerrarlos y traga saliva. Es como si quisiera decir algo, pero luego cambiara de parecer en el último instante.

—No me des las gracias a mí —dice—. Dáselas a Zephyr.

Dicho lo cual, se aparta y se gira para murmurar palabras de agradecimiento al rey del Valle.

Los contemplo a los dos. Soren apoya la frente contra el hocico de Zephyr; sus manos acarician con suavidad los fuertes tendones del cuello del semental; el hocico aterciopelado del corcel no deja de dar golpecitos sobre el pectoral izquierdo de Soren, donde la marca de Vestigio descansa bajo la tela.

El vínculo que comparten es claro. Presenciarlo me provoca una mezcla confusa de emociones: respeto, apreciación, asombro, incluso envidia, porque jamás he tenido una conexión así con nada ni nadie en toda mi vida. Jamás me han tocado con tanta reverencia.

Qué triste sentir envidia de un caballo.

Con las mejillas ardiendo, aparto la mirada de las suaves caricias de Soren en los flancos de Zephyr.