El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Diecinueve #2
60%

CAPÍTULO Diecinueve #2

—Otro apodo encantador —murmura Yara, con lo cual se gana una mirada asesina de su líder y una risa apenas sofocada por parte de Alaric.

—Alguien se muere de ganas de que la pongan a limpiar establos, ¿eh? —dice Arwen en tono dulce.

Yara se encoge.

Los ojos de Arwen vuelan hacia su hermano y recorren su silueta y su atuendo.

—¿Has ido a ver a Zephyr sin mí?

¿Zephyr?

—Estabas ocupada. —Señala a Alaric con el mentón al tiempo que esboza una sonrisa sabia—. Además, me hacía falta despejar la cabeza. —Sus ojos se centran en mí—. Tenía que… liberar… algo de tensión.

Se me encoge el estómago.

—Podría haber sacado tiempo —se queja Arwen—. Hace una eternidad que no voy a verlo. Sé bien que Atyr lo echa de menos.

Soren me sigue contemplando. Ignora a su hermana y me pregunta:

—¿Has acabado lo que estabas haciendo aquí?

—Creo que sí. ¿Por qué?

—Hoy nos toca lección nueva en mi mansión. A menos que ya no te interese aprender lo que quiero enseñarte.

Por el motivo que sea, la pregunta consigue que me ardan las mejillas. Mis ojos salen disparados hacia Yara, y alzo las cejas en una pregunta silenciosa.

—No hace falta que te quedes. Te vas a buscar más problemas. —Me anima a marcharme con un gesto juguetón. Giro en redondo, pero me detengo cuando Yara grita—: ¡Te decía en serio lo de los clubes de placer! Si quieres que vayamos esta noche, nos vemos aquí mismo al ocaso, ¿sí?

Soren, a mi lado, se pone tenso durante una fracción de segundo. Se recupera tan rápido que estoy segura de que me lo he imaginado.

—Gracias, Yara —respondo, mirando a cualquier parte menos a Soren.

Me despido de Alaric con un gesto de la mano, evito cruzar la mirada con Arwen y entonces echo a andar.

Miro una última vez a Umyr mientras atravieso el pasto.

Durante nuestra conversación se ha retirado un poco, pero sus inteligentes ojos se fijan en mí ahora mismo.

Le dedico un profundo cabeceo de respeto y ella despliega las alas —el equivalente duendaeri a un gesto de despedida— como respuesta, para luego alejarse al trote hacia las demás monturas aladas que están bebiendo del manantial.

Harpina, Thisobei y Bretiax merodean por las rocas cercanas, hablando en su lengua de signos y riéndose.

Soren llega a mi lado y ajusta su paso al mío. Me siento extrañamente tensa, pero su voz tiene ese tono divertido de siempre cuando dice:

—Así que los clubes de placer con Yara. Ya sabes que eres casi inmortal, alondrita, pero eso es jugarse la vida…

—O sea, un día como otro cualquiera en Hylios.

Él se echa a reír. Nos internamos en el camino que atraviesa el limonar.

—Cierto, aunque es verdad que Yara suele atraer los problemas.

Eso me lo creo.

—Atraiga o no problemas, ha sido muy acogedora de momento. Me ha enseñado los establos esta mañana. Me ha presentado a Umyr. Ha sido increíble. —Sonrío al recordarlo—. Le ha propuesto a Arwen que me acepten entre las duendaeri. Por supuesto, Arwen no se ha mostrado muy entusiasta.

Su mirada sobrevuela el lateral de mi rostro y me estudia mientras subimos los escalones hacia su mansión.

—¿Qué? —pregunto al cabo, un tanto apocada bajo el peso de su mirada.

—No sabía que te interesaban las monturas voladoras.

—No me interesan. Bueno, más o menos. —Me encojo de hombros—. Es que…

Soren espera durante un latido y luego me da un toquecito en el brazo.

—¿Vas a terminar la frase o quieres que intente adivinar qué vas a decir?

Le dedico una mirada hosca.

—Supongo que, sobre todo, me interesa la idea de volar. Vi un cuadro en tu galería la semana pasada. Representaba a la reina caída de Taranis. Me provocó curiosidad.

—La reina Arianrhod. —Asiente—. La Diosa Dorada, la llamaban. Era legendaria en combate. Su pueblo la amaba. Era una sílfide; se movía con completa naturalidad en los cielos. Al parecer, jamás le hicieron un solo retrato con los pies en tierra.

—Ajá. Bueno…, he estado buscando libros que hablasen de ella en tu biblioteca, pero no he encontrado ninguno.

—Hum. La mayor parte de la Corte del Cielo fue destruida cuando Taranis cayó durante la Purga.

Incluyendo los libros, por desgracia. Conseguí rescatar unos cuantos tomos de entre los escombros, pero hay que traducirlos todos.

—Alza las cejas—. A no ser que hables la antigua lengua taraniana de tus ancestros.

Lo miro y parpadeo.

—No.

—Lástima.

—Pero ¿has estado allí? —balbuceo—. En la Corte de las Nubes.

—Sí, varias veces. —Sus ojos se cruzan con los míos, inquisitivos—. Podría llevarte algún día, si te apetece.

Inspiro entre dientes para contener la emoción.

—¿En serio?

—Claro, aunque el portal fue destruido hace años.

El más cercano a Taranis está a dos días de camino; hay que atravesar las zonas más arrasadas por la guerra de Lagoponiente.

Luego hay que cruzar el laberinto de columnas de Valord.

Eso suponiendo que no lo hayan expoliado.

En las Tierras Centrales no hay garantías de nada.

—Hace una pausa—. Ha pasado más de una década desde que pasé por esas ruinas.

—¿Y cómo eran?

—Un hermoso montón de escombros. —Resopla, aunque una nota de tristeza se cuela en su voz al proseguir—: Recuperé lo que pude, que no era mucho. Algunas reliquias. Un puñado de baratijas. Te las enseño si quieres verlas.

—Pues… —Trago saliva para contener mi entusiasmo en ebullición—. Sería fantástico, sí.

Él se detiene de golpe en medio del camino a la mansión, en la bifurcación entre la terraza y la casa de baños. Me dedica una mirada analítica.

—¿Qué? —pregunto, deteniéndome yo también—. ¿Qué pasa?

—Hoy había planeado enseñarte a dominar los patrones climáticos —murmura—, para que puedas empezar a usar la atmósfera en tu beneficio.

Pero creo que se me acaba de ocurrir una lección que te va a interesar mucho más.

Eso suponiendo que no te importe salir un poco de las murallas de la ciudad, claro.

—Se inclina más hacia mí y su voz se convierte en un susurro bajo—.

Prometo traerte de regreso a tiempo para tu noche de libertinaje.

Alzo las cejas y sopeso sus palabras. Tras unos segundos, hago un ligero asentimiento con la cabeza.

Su rostro se ilumina con una sonrisa tan brillante que se me corta la respiración.

Antes de que pueda recuperarla, Soren me agarra de la mano y empieza a recorrer el camino que lleva a la casa de baños.

El portal nos escupe en mitad del sendero de ascenso a la montaña.

Soren me suelta la mano. Yo me doblo sobre mí misma, mareada por la travesía.

Ha sido más sencilla que mi último viaje por las líneas ley, pero, aun así, se ha cobrado un precio en mi mente y mi cuerpo, aunque Soren me haya guiado.

La herida en la palma de mi mano, idéntica a la que se ha hecho él, ya se está cerrando y deja tras de sí una costra de sangre seca.

Miro en derredor mientras recupero la compostura del todo.

El portal a nuestra espalda se atenúa y desaparece poco a poco hasta confundirse con la ladera rocosa.

Estamos en las Cimerias, me basta el aire para saberlo: límpido y helado, arrastra consigo un aroma a savia de pino.

Esta parte de la cordillera, al este del Estrecho Aviano, está compuesta de picos algo más bajos que los que atravesé junto a Pendefyre y sus hombres hace tantos meses.

Esa mínima diferencia de elevación tiene unas consecuencias portentosas, pues el paisaje a mi alrededor no está cubierto de hielo, sino sorprendentemente verde.

Varios árboles de hoja perenne se elevan a un cielo de un intensísimo tono azul, el suelo está cubierto de recias hierbas y un musgo denso cubre las formaciones rocosas que rodean el claro en el que nos encontramos.

—¿Dónde estamos?

—No muy lejos del Fuerte Acrino. Hay un sendero poco conocido que desciende por las montañas hasta el estrecho.

—Soren avanza varios pasos y mira en derredor.

Está buscando algo, o a alguien, pero antes de que yo pueda preguntar, dice—: Esta parte de la cordillera tiene varios nombres: el Anillo de las Hadas, el Collar del Gigante, la Corona Cimeria.

¿Ves esos cinco picos que forman casi un círculo perfecto a nuestro alrededor?

Hago un giro completo y paseo la vista por las cumbres que nos rodean. Sí que parecen circundar esta franja de tierra, desde la que las cinco cuestas ascendentes convergen en una suerte de planicie.

—¿Y cómo la llamas tú?

—El Valle. —La voz de Soren mengua al alejarse de mí.

Su alta silueta desaparece entre el denso follaje—.

Al parecer, el emperador Belenus pensó que sería un buen sitio para construir el palacio imperial.

—Lo sigo, apartando las ramas que bloquean mi camino—.

Quizá, de haber acabado construyéndolo aquí, seguiría en pie.

El palacio en lago Lumen acabó destruido durante la Purga, según me enteré durante mis lecciones de infancia.

El gran palacio del emperador fue uno de los primeros objetivos de los reyes mortales cuando empezaron su sangriento golpe de Estado.

Si queda algo en pie, las resplandecientes aguas del lago más famoso de Anwyvn deben de habérselo tragado hace mucho.

Soren continúa desde algún lugar fuera de mi vista:

—O quizá este lugar también estaría en ruinas, lo cual sería una desgracia, teniendo en cuenta lo que vamos a hacer hoy aquí.

—¿Y qué vamos a hacer hoy aquí?

Se materializa ante mí sin previo aviso: sale de detrás de un árbol con tanto sigilo que me veo obligada a reprimir un balido de puro pánico. Soren esboza una media sonrisa y baja la voz:

—El emperador no levantó aquí su hogar porque este sitio ya tenía un rey.

Mis facciones se contraen de confusión. Él me pone las manos en los hombros y, despacio, me gira para que mire en dirección contraria.

Su pecho me roza la espalda al inclinarse para hablarme directamente al oído.

Sus palabras son un susurro, para no espantar al gran semental alado que acaba de aterrizar en el claro del que acabamos de salir.

Cada uno de sus aleteos levanta nubes de humo y polen.

—Te presento a Zephyr —dice Soren—, rey alado del Valle.

Se me llenan los ojos de lágrimas al contemplarlo.

Es de color negro, desde los pesados cascos a la larga crin.

Y gigantesco. Sus alas extendidas deben de medir el doble que las de Umyr.

Su cuerpo empequeñecería hasta a la impresionante masa del de Atyr.

Trota tranquilamente hasta detenerse justo al borde de la arboleda y pliega las alas a los costados.

Sus orejas se crispan, como si intentase oírnos en medio de esta quietud.

No se me ocurren palabras en la lengua común que representen el absoluto resplandor que lo envuelve.

Me da miedo mover siquiera un solo músculo, me da miedo que el más mínimo movimiento lo alerte de mi presencia y que huya hacia los cielos.

Soren me da un empujoncito para que avance un par de pasos, y yo clavo los talones en el suelo para resistirme.

—No lo vas a asustar. Confía en mí, no habría aparecido si no quisiera conocerte.

Accedo con un suspiro y permito que me empuje, con las piernas convertidas en gelatina.

Tengo el corazón en la garganta. La distancia entre el inmenso duendaeri y yo misma disminuye.

Al acercarnos, veo que me he equivocado en un primer momento: no es negro del todo.

Las puntas de sus alas están espolvoreadas de oro, y tiene varias vetas doradas que le atraviesan la cola y la crin.

—No tengo nada que ofrecerle —digo con un susurro entrecortado.

—No te hace falta. —Soren suena divertido—. Eres la Vestigio del Aire. Estás forjada de la mismísima magia de la que él surgió hace más de un milenio. Todas las partes de tu ser, desde tu aroma a tu firma de poder, le son tan conocidas como el viento bajo sus alas.

A pesar de sus palabras de consuelo, sigo temblando de vacilación al acercarme a la sombra de Zephyr.

Sus ojos negros se clavan en los míos, me atraviesan, parecen llegar hasta mi mismísima alma.

Me tiembla visiblemente la mano al alzarla despacio con la palma hacia arriba.

No me doy cuenta de que es la que tiene la costra de sangre hasta que veo aletear de pronto sus fosas nasales.

Baja el ancho hocico hacia mi mano antes de que pueda retirarla.

Inspira hondo, captando mi aroma, y luego suelta un resoplido cálido que me provoca una sonrisa.

—¿Ves? —La voz de Soren contiene una sonrisa análoga—. Ya te conoce.

Paso los siguientes minutos estudiando de cerca al rey duendaeri. Me maravillo ante su reluciente pelaje y la grácil curva de su lomo. Le paso los dedos por entre las plumas y me río cuando él me mordisquea la trenza y menea la cola.

—Gracias —digo cuando por fin puedo volver a centrar mi atención en Soren—. Esto ha sido asombroso.

Él arruga los ojos de felicidad y se cruza de brazos.