CAPÍTULO Diecinueve
– ¿ Q ué tal el resto de la velada? —pregunta Yara a la mañana siguiente. Sus ojos me recorren de arriba abajo—. Tienes pinta de no haber dormido.
Me restriego los ojos amodorrados, plenamente consciente de que tienen ojeras por la falta de sueño.
No he dejado de dar vueltas en la cama durante horas, asaltada por los recuerdos del día anterior.
La batalla, sus consecuencias. Veía en mi mente los cadáveres flotando, una implacable procesión de imágenes.
La flota hundida pudriéndose para siempre en el fondo de la bahía, un eterno recordatorio de mi propia crueldad.
Me preguntaba qué demonios me había sucedido y por qué soy incapaz de negarme mis caprichos más básicos en lo tocante a mi poder desde que he llegado a esta ciudad.
O en lo tocante a mi cuerpo.
—¿No debería hacerte yo esa pregunta a ti? —replico para no tener que responder—. Eres tú quien se ha pasado la noche…, ¿cómo decirlo…?, dándoles una bienvenida en condiciones a los hombres de Puntadaga.
—Solo contribuía a que los invitados del novio se sientan como en casa.
—Jamás había visto tanta creatividad a la hora de cumplir con el deber cívico.
Ella suelta una leve risita.
—Verás mucho más que eso si esta noche vuelves a salir conmigo. ¿Has estado ya en los clubes de placer?
Niego con la cabeza.
—Bueno. Me olvidaba de que Soren te ha estado guardando para sí solo, que te ha tenido encerrada en su mansión.
—No he estado encerrada. Entro y salgo a placer.
—Ah, ¿sí?
—Ahora estoy aquí, ¿no? —Le clavo la mirada—. ¿Me vas a enseñar el modo de vida de las duendaeri o no?
Ella sonríe, pero deja de chincharme. Rodeamos los establos abiertos y los terrenos donde pastan los corceles y pasan buena parte de su tiempo libre.
Intento prestar atención a la cháchara de Yara sobre formaciones de vuelo y maniobras aéreas, pero casi toda mi concentración se centra en el grupo de duendaeri que hay justo al otro lado de los establos, donde un manantial natural burbujea suavemente.
Los he visto de lejos, por supuesto, pero tan de cerca son aún más espectaculares.
Yara pone los ojos en blanco al ver mi asombro infantil.
Llama a Umyr para que se acerque y no tarda en indicarme la mejor manera de abordar a la yegua: cabeza agachada, ojos bajos y la mano extendida con algún tipo de ofrenda sabrosa, ya sea un terrón de azúcar o un manojo de dulce hierbamar.
Es importante mostrar respeto y demostrar que no eres una amenaza cuando te acercas por primera vez.
Para un duendaeri, la confianza es capital.
Si no confían en ti inherentemente, jamás te acercarás lo suficiente como para acariciar su hocico aterciopelado, y desde luego no tendrás la oportunidad de subir a su lomo y volar por los cielos.
Umyr me reconoce casi al instante. Hasta Yara se sorprende y, me parece, se siente un tanto dolida.
Ella necesitó toda una quincena a base de cebos y reverencias para ganarse la aceptación del animal de color avellanado.
Supuestamente, llegó a helarse el culo en la tundra congelada en lo alto de la montaña llŷriana donde vuelan libres los duendaeri.
Sin embargo, en el mismo instante en que mis ojos se cruzan con los de Umyr, marrones y brillantes, veo en ellos un entendimiento y una aguda inteligencia.
Tarda pocos instantes en aceptar mi ofrenda; su suave hocico se pega a la palma de mi mano y sus fosas nasales sueltan una cálida nube de vapor.
—Siempre les he gustado a los caballos —le digo a Yara, con un encogimiento de hombros y una caricia al flanco de Umyr.
Vacilo un poco al llegar a la articulación de las enormes alas de su torso, pero ella se acerca a mí como si deseara que la acariciase justo ahí. Sonrío al notar las plumas contra mi mano. Son mucho más suaves de lo que había esperado y más largas que mi propio antebrazo.
—Umyr no es ningún caballo —murmura Yara—. Es una duendaeri.
—Lo sé.
Una de las plumas se desprende y queda enganchada en mi mano. La alzo hacia el cielo para estudiar bien sus colores. La luz del sol se filtra por entre las finas hebras de la punta y convierte los tonos rojos en brillantes llamas.
Es una mañana gloriosa, impregnada de cálido sol.
No hay una sola nube a la vista. Por primera vez desde que llegué, el clima hyliano hace honor a su reputación.
Sonrío e invoco un zarcillo de viento que envía la pluma trazando una espiral a las alturas.
Moviéndose bajo mi control, la pluma arroja una extraña sombra sobre el fuerte lomo de Umyr; ondea y gira como un acróbata en el escenario.
Mi control ha mejorado a pasos agigantados desde aquel primer día en el aviario.
—Supongo que tiene sentido —murmura Yara, clavándome la vista.
Desplazo la pluma danzando hacia ella y le hago cosquillas en la cara.
Ella la aparta con aire ausente—. Siendo una criatura del aire, es natural que tengas afinidad con bestias aladas.
De verdad que deberías pensarte lo de unirte a nuestras filas.
—Así que reclutando sin permiso, ¿eh? —interviene una nueva voz.
La pluma desciende hasta el suelo al tiempo que yo me giro en redondo hacia Arwen.
Ha saltado la valla y se dirige hacia nosotras por el pasto, con los ojos fijos en mí y la expresión tan glacial como siempre.
En contraste, Alaric sonríe cálidamente a su lado.
Los dos se detienen a seis pasos de nosotras.
—Que yo sepa, la decisión final sobre quién forma parte de las duendaeri es mía —dice Arwen en tono seco—. Solo porque te haya engatusado una intrusa que no ha probado su valía…
—No es por mí. A Umyr le gusta —interviene Yara, cruzando esos brazos musculosos—. No me hace falta más para querer que se una.
—A mí también me gusta —dice Alaric en tono amable, aunque apenas me conoce. Yo le sonrío y, a cambio, él me guiña uno de esos ojos castaños en señal de apoyo.
—Da igual a quién le guste. —No hay acaloramiento alguno tras el ladrido de Arwen. Alza la barbilla con gesto arrogante y me mira a los ojos—. Aunque supongo que no fuiste del todo inútil con el cañón de agua durante la batalla de ayer.
Reprimo el impulso de poner los ojos en blanco. Por supuesto que solo me respeta por mi habilidad para las matanzas indiscriminadas. Ella continúa:
—Me pregunto si podrías mejorar nuestra velocidad de vuelo… —Ladea la cabeza con aire analítico, un gesto que me recuerda a Soren—. ¿Crees que podrías manipular las corrientes de viento a gran altitud?
—No he tenido oportunidad de probar —le digo con sinceridad.
—Lástima. —Mira de reojo a Alaric, que la acaba de agarrar de la mano y ha entrelazado sus dedos con los de ella. Frunce el ceño—. ¿Qué te he dicho de las muestras de afecto en público?
—Que son del todo inaceptables —responde él.
—Correcto. —Sus mejillas se tiñen de rojo—. Entonces, ¿te importa explicarme por qué me estás agarrando de la mano? Ya que estamos en público, digo.
Como respuesta, él se inclina y le da un sonoro beso.
Arwen se envara durante aproximadamente tres segundos, pero luego cede por completo y se entrega al beso como si no tuviese la capacidad de contenerse.
Lo único que la trae de regreso a la realidad es el sonido de la risa pobremente reprimida de Yara.
—¿Qué te hace tanta gracia? —espeta Arwen, con las mejillas tan sonrosadas como el alba y los labios ligeramente hinchados.
Los hombros de Yara se sacuden con una risotada silenciosa.
—Nada, querida líder.
Alaric sonríe incluso más que antes. Al ver esa sonrisa, no puedo evitar sonreír yo también.
Su alegría es contagiosa. Es absurdamente guapo, como si acabase de salir de un cuadro al óleo que hubiese cobrado vida.
No se me escapa que sigue agarrando a Arwen de la mano, a pesar de que ella no deja de dar tirones periódicos en un intento poco sincero de soltarse.
—Qué buen tiempo hace hoy, ¿no? —Sus ojos color chocolate destellan—. Si aguanta así hasta la semana que viene, será perfecto para la boda.
Es un valiente intento de cambiar de conversación. No tiene ni idea de que el clima es uno de los temas de disputa entre su sonrojada novia y yo misma. Arwen vuelve a mirarme con ojos entrecerrados.
—Asegúrate de que aguanta así, cabeza hueca.
—No prometo nada, erizo de mar.
—¿Erizo de mar?
—Tienen muchas espinas. A veces son venenosos. Pero por dentro… —me encojo de hombros—, pura papilla.
Yara emite un sonido estrangulado. Alaric tose para disimular una risa.
—¿Cómo que papilla? —chilla Arwen, ultrajada—. ¡Yo no soy papilla por dentro!
Tiene las mejillas más rojas que nunca.
—Un poco sí —dice Alaric en tono quedo, y le da un leve beso en la cabeza—. Pero no te preocupes. A mí tus espinas me resultan encantadoras.
Me preparo para el contraataque de Arwen, pero su atención se centra en algo a mi espalda, al otro lado del terreno.
Me giro para ver qué está mirando y aprieto las rodillas al ver que Soren se acerca por el pasto hacia nosotros.
El viento le despeina el cabello ligeramente, y tiene las mejillas arreboladas.
Su ancha complexión está cubierta con un atuendo que yo no le había visto hasta ahora; parece casi una versión masculina del uniforme de vuelo de las duendaeri.
Tiene un chaleco de cuero en lugar del corsé, sobre una camisa de un tono azul oscuro tan intenso que casi es negro, así como pantalones de montar.
Un escalofrío me sacude cuando nuestras miradas se entrelazan.
No lo he visto desde anoche. Ahora mismo no estoy segura de cómo comportarme cerca de él.
Sin embargo, Soren esboza una sonrisa despreocupada y se detiene a mi lado.
Luego centra su atención en los demás, como si fuese un día como otro cualquiera.
—Yara, Alaric —saluda, y mira a Arwen—. Demonio encarnado.