CAPÍTULO Dieciocho #2
No ha sido ninguna sorpresa. Tras una hora de bromear y reír en un grupo de seis en una de las piscinas principales, sobre todo a costa de Arwen, las dos jinetes dejaron claro que iban a pasar el resto de la velada con otros menesteres.
Menesteres de tipo puramente físico. Se llevaron al punto a sus nuevos hombres de Puntadaga, supuestamente a alguna ubicación más privada en la ciudad, donde les iban a enseñar, según dijo Yara entre risitas impenitentes, «cómo montan de verdad las jinetes duendaeri».
Me entristeció ver marchar al grupo, pero me alegré también de no tener que presenciar lo que Yara consideraba una buena bienvenida hyliana. Bien saben los dioses que ya he soportado suficiente carnalidad gratuita este día como para toda una vida.
Ahora, sola en medio de la quietud, oigo el chapoteo de la marea que se acerca y dejo que mis extremidades empapadas floten libremente bajo la superficie.
Me pregunto si Soren también se habrá marchado o si estará en algún lugar de la piscina principal.
Lo perdí de vista después de que los demás se marcharan.
No siento ni rastro de él por el vínculo. Su magia ha enmudecido por completo.
Quizá él también se ha buscado pareja para esta noche y ha regresado a la mansión.
La idea me pone inexplicablemente tensa, aunque no puedo explicar por qué. No es asunto mío a quién se lleva al otro lado de la puerta protegida de su dormitorio. Que yo sepa, tiene todo un harén tras esa gruesa losa de cristal.
«He oído que eres bastante insaciable…», ronronea la voz de Melité en mi recuerdo. «Te gusta probar una amplia variedad desabores. ¿Me equivoco, poderoso rey?»
Aplasto la columna contra el borde rocoso del estanque para centrarme en el presente.
Me aferro a una frágil sensación de calma, cierro los ojos mirando hacia las estrellas y doy una honda bocanada de aire.
Mis emociones están incómodamente cerca de la superficie, por más que intente reprimirlas.
Me duele el corazón como una herida abierta; cada latido bombea sentimientos contradictorios.
Y entre las piernas, en el mismo centro de mi ser, hay un tipo diferente de punzada…
una punzada que ha despertado el canto de sirena y que lleva aumentando de fuerza toda la noche, sin importar lo mucho que yo intente contenerla.
Ansío desesperadamente reprimirla antes de que me consuma por dentro.
Con los párpados entrecerrados, oteo la superficie humeante en busca de algún posible testigo, pero no hay nadie por aquí que pueda verme.
Este estanque en concreto ha estado desocupado incluso antes del éxodo en masa.
Con una rápida exhalación, dejo que mi mano se deslice entre mis muslos entreabiertos.
Me muerdo el labio inferior para contener una exclamación.
Mis dedos encuentran la fuente de todo este placer acentuado.
Sí.
Dioses, sí.
Esto es lo que deseo, lo que llevo horas deseando.
Un bendito alivio del rugido tortuoso que tengo dentro.
Mis dedos trazan círculos, buscan la gratificación con una impaciencia que normalmente me avergonzaría, incluso estando sola bajo mis sábanas.
Pero, en este momento, no siento nada más que pura ansia.
Tan absorta estoy que tardo un instante en percibir la suave agitación de las corrientes invisibles a mi alrededor.
Empieza en mis pies, sube por mis piernas, trepa por las puntas de mis dedos hasta mis brazos y me rodea los hombros.
Es como si me abrazasen. Arqueo la espalda contra la piedra.
Unos zarcillos cálidos de agua se deslizan por mi húmeda piel con lánguidas caricias.
Masajean cada zona tensa de mis hombros sumergidos, chorrean por mi columna cada vez más arqueada ante las oleadas de satisfacción creciente que me provoco.
En combinación con mis propios dedos, la sensación es increíblemente placentera.
Antinaturalmente placentera, comprendo con un respingo.
Mi mano se queda paralizada. Abro los ojos y busco a Soren.
Aunque ha escondido su presencia de mí hace un rato, entiendo con certeza instantánea que debe de seguir aquí, en alguna parte.
Esto lo está haciendo él, esta caricia fluida del agua sobre mi piel, este masaje de músculos y tendones que siento hasta el tuétano.
Invoco una suave brisa y despejo el vapor de la superficie hasta que, por fin, lo veo.
Está al otro lado del estanque, a unos veinte pasos de distancia.
Apenas es una sombra. Y aun así, veo el leve destello plateado de sus iris.
Su magia me recorre la piel, sin cejar en su tarea de aliviar toda mi tensión.
¿Sabía lo que yo estaba…?
Me ruborizo. Por supuesto que lo sabía. Dioses, qué vergüenza. Y, para ser totalmente sincera, qué frustrante. Aún me embarga un deseo insatisfecho. Pero ahora no puedo continuar si él está aquí presente para presenciarlo.
¿Verdad?
Como si sintiese mi indecisión, sus zarcillos de agua siguen acariciando tranquilamente mi cuerpo de arriba abajo. No me está tocando, ni siquiera está cerca. Y sin embargo, este contacto fantasmal consigue que me lata tan fuerte el corazón que estoy segura de que puede oírlo.
Mi boca se abre para llamarlo, preparada para decirle que pare, que todo esto es absolutamente inapropiado.
Pero no me salen las palabras. En cambio, una leve ráfaga de aire emerge de mis labios, un aliento entrecortado en la garganta.
Con ese sonido, nuestras miradas se cruzan desde ambos lados del estanque iluminado por la luz de la luna.
En cuanto nos miramos, ese leve tono de plata se convierte en un brillo de estrellas.
Soren deja de contener su magia, que fluye en mi interior, que arrasa con mi intención de detener lo que sea que esté sucediendo, que se lleva la vergüenza de que me esté mirando en estos momentos íntimos.
No solo me está mirando, de hecho, sino que está…
Participando.
Ya no hay espacio para la vergüenza. El deseo que me corre por las venas es demasiado fuerte como para sentir nada más.
Estoy atrapada en una corriente de lujuria que ya no puedo contener más.
Y aunque pudiera, ya no quiero hacerlo. Mis dedos empiezan a moverse de nuevo y me provocan ráfagas de placer que me recorren el cuerpo entero.
Oigo que Soren inspira hondo al sentir lo que estoy haciendo bajo la superficie del agua.
En el mismo instante, el agua vuelve a juguetear por mi piel, moviéndose con nueva intención.
Ya no solo la motiva la relajación, sino una sinuosa seducción.
Siento su magia moverse sobre mí, por debajo de mí.
Fluye por mi espalda y mis extremidades.
Una serie de espasmos me recorre el cuerpo cuando una cálida corriente de agua se mete entre mis piernas abiertas y se abre paso justo hacia el lugar donde mis dedos giran cada vez más rápido. La sensación se redobla hasta el punto de que se me queda atrapado un grito en la garganta.
Dioses.
Mi respiración se ha convertido en jadeos entrecortados cada vez más rápidos.
La punzada entre mis piernas asciende a nuevos extremos, más y más altos, hacia un pico incuestionable.
Siento su rápida aproximación y no intento detenerlo.
En cambio, acudo hacia él, ansiosa por sentir ese momento de alivio.
Desesperada por sentirlo.
Ya casi he acabado por mí misma. Y sin embargo, cuando veo el inesperado movimiento del brazo de Soren desde el otro lado del estanque, la rítmica sacudida de su puño al tocarse a sí mismo, al acercarse al mismo precipicio en el que estoy yo…
Me rompo en pedazos.
Es brillante. Cegador. Echo la cabeza hacia atrás al romperme.
Aprieto los dientes para contener un grito.
Me recorren oleadas de una absoluta exaltación.
El gruñido gutural de Soren al llegar reverbera en el mismo momento en que su magia cruza el vínculo e inunda mi propia alma de polvo de estrellas.
El placer tarda varios instantes en disminuir. Cuando así sucede, me quedo con un vacío eco de incredulidad. Apenas puedo comprender la sorprendente intimidad del momento que acabamos de compartir.
Ni siquiera me ha tocado la piel. No me ha besado. No se ha acercado a tiro de piedra de mi cuerpo. Y aun así, me siento abierta en canal, como si Soren hubiese destrozado mis costillas con una espada y se hubiese asomado al interior de mi caja torácica.
Todos los sentimientos que dejé a un lado en pleno instante de cegadora satisfacción regresan a mí con un estruendo. Vergüenza, claro, pero también una incurable sensación de culpabilidad. Me digo a mí misma que no he hecho nada malo. No he cometido ninguna traición.
Pero entonces, ¿por qué me arde la piel de vergüenza? ¿Por qué late mi corazón al doble de su velocidad? ¿Por qué tengo la cabeza enmarañada con emociones contradictorias, aún más que después de la batalla contra los invasores de Terrascarcha?
Por el condenado canto de sirena. Por eso.
Eso debe de ser. No hay otra explicación para este espectáculo gratuito, para haber cedido a mis instintos corporales más básicos.
Soren y yo nos hemos perdido momentáneamente.
Eso es lo que ha pasado, nada más. Un desliz de juicio, impulsado por fuerzas más allá de nuestro control.
Una aberración que jamás ha de repetirse.
En cuanto despertemos mañana, con la mirada fresca y la cabeza clara, todo volverá a la normalidad.
Debe ser así.
No hay más alternativa.
Si Soren siente mi desbordante inquietud, no hace comentario alguno al respecto.
Parece sumido en sus propios pensamientos.
Salimos del estanque y localizamos nuestra ropa.
Él no dice nada mientras nos vestimos, aunque me quita el agua de la piel antes de que moje la tela, con una oleada de magia que me recorre como un rumor.
Me arden las mejillas al recordar la sensación de su caricia bajo el agua.
Doy gracias por la oscuridad; así no me ve ruborizarme.
Regresamos a la ciudad juntos. Nuestras pisadas no hacen ruido al recorrer el estrecho banco de arena que queda. Pronto todo desaparecerá. Nuestro silencio permanece mientras atravesamos el pasadizo de piedra y el serpenteante camino por los canales hasta los terrenos reales.
A cada peldaño que ascendemos hacia la mansión, mis pensamientos se vuelven más turbios; mis sentimientos, más enmarañados. No sé qué decirle al hombre a mi lado, y él tampoco parece saber qué decirme. Estamos atravesando aguas desconocidas.
¿Debería bromear al respecto? ¿Descartarlo todo con una risa, como si no fuera nada? ¿O quizá sería mejor fingir que no ha sucedido? ¿Un acuerdo mutuo de seguir adelante sin referirnos jamás a este momento en que hemos cedido a los impulsos más hedonistas?
No tengo respuestas.
Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, Soren por fin rompe el pesado silencio. Su voz suena extrañamente seria.
—Rhya.
Mi mano se queda paralizada sobre el pomo. Soy demasiado cobarde como para girarme hacia él. Me da miedo lo que pueda ver en sus ojos.
—No.
Él se detiene.
—¿No qué?
—No digas nada. No… —Trago saliva y apoyo la frente en la puerta. El coral y las conchas talladas se aplastan contra mí—. No puedo, ¿vale? Ahora no.
Él se me acerca por la espalda. Tanto que siento el calor que emana su pecho. Me quedo inmóvil, aterrada ante la idea de que me toque, e igualmente aterrada ante la idea de que no me toque. Pero Soren retrocede, aunque mantiene un breve espacio entre los dos.
—Solo quería darte las buenas noches —susurra.
Su aliento me pone el vello de la nuca de punta. Hay otra pausa… más larga. Creo que no va a decir nada más, pero entonces:
—No estás lista para todo lo que quiero decirte —dice al fin—. Así que esperaré.
Inspiro entre dientes.
¿Esperará?
Su voz se vuelve levemente más cálida, algo más parecida a sus acostumbrados tonos sardónicos:
—Bien saben los dioses que tengo suficiente práctica en esperar.
Dicho lo cual, se aleja a largas zancadas que lo llevan hasta su habitación. Yo me quedo aquí plantada, petrificada, con la frente aplastada contra la madera, hasta que oigo el chasquido de su gruesa puerta cristalina. Es entonces cuando me atrevo a respirar y entro en mi cuarto.