El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Dieciocho
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CAPÍTULO Dieciocho

E n cuanto el Hervidero aparece ante nuestra vista, comprendo de dónde viene su nombre. Es una red de manantiales humeantes en los que se zambullen docenas de personas. Parecen cubas de agua hirviendo en la tierra. A diferencia de las pozas sulfúricas de Calaboja, aquí no hay flamandríades.

Al grupo de duendaeri se han unido dos recién llegados de Puntadaga. Caminamos en parejas por la línea curva de bancos de arena que lleva más allá de las murallas de la ciudad…, un camino que desaparecerá en cuanto suba la marea.

Está muy concurrido esta noche. El estanque principal se encuentra especialmente lleno.

Para cuando nos detenemos en el borde, el sol casi se ha puesto del todo.

Solo quedan leves restos de color anaranjado en el cielo.

En cualquier momento, las estrellas empezarán a despertar en el éter.

A pesar de la oscuridad creciente, capto la forma de numerosas pilas de ropa repartidas por la arena a nuestros pies.

Mis ojos se desorbitan.

Todos en este racimo de pozas de marea están como su madre los trajo al mundo.

Jóvenes y viejos, varones y hembras. Cuerpos de todas las formas y tamaños.

Y no parecen en absoluto avergonzados por su desnudez.

De hecho, cuando paseo la vista por la burbujeante superficie, veo a varias parejas —e incluso tríos— que aprovechan su estado de desnudez y se tocan entre sí de un modo que ninguna cantidad de vapor puede enmascarar.

Allá donde miran mis ojos se llevan a cabo actos que suelen estar reservados para el dormitorio: dientes que mordisquean cuellos, manos que acarician pieles mojadas, bocas que se encuentran con hambre desvergonzada.

La escena no consigue calmar la implacable punzada que siento por dentro. En todo caso, no hace sino exacerbar las sensaciones de las que intento escapar desesperadamente.

Maldita sea, esto ha sido un error.

Trago saliva para ahogar una exclamación, pero no lo consigo. A mi derecha, la risa entre dientes de Soren me indica que me ha oído.

—Intenté advertirte —murmura—. Si quieres marcharte…

—No. Ya estamos aquí.

Hago una trémula inspiración e intento recomponerme.

No soy la virgen temblorosa que Soren cree que soy ni tampoco ninguna mojigata enclaustrada que no entiende de pasiones…

, aunque jamás había visto un espectáculo tan descarado.

Así pues, aunque me tiemblan las manos, cuando los demás miembros del grupo empiezan a desnudarse, no dudo en empezar a desatarme las botas.

Yara se apresura a quitarse el uniforme y se lanza al agua con un chillido jovial.

Su menuda silueta forma un gran chapoteo que le granjea un par de miradas de animadversión de los bañistas más tranquilos.

Bretiax entra con bastante más elegancia; sus piernas bien formadas se introducen con seguridad en los bajíos.

Los soldados de pelo pajizo de Puntadaga las siguen, entusiastas, sin apartar la vista de sus siluetas femeninas, que pronto se pierden entre el vapor.

Mi corazón retumba mientras me quito la vaina del muslo y me bajo los pantalones hasta los tobillos.

Y retumba aún más cuando me quito la camisa por encima de la cabeza y la dejo junto a las botas.

Oigo el leve susurro que emite Soren al hacer lo mismo a mi espalda, pero lo ignoro y me centro en desprenderme de las últimas prendas que me quedan antes de perder los nervios.

Mi ropa interior cae al suelo y quedo desnuda bajo la luz de la luna.

Oigo un sonido que me encoge los dedos de los pies sobre la arena húmeda.

Un sonido que brota de lo más profundo de su garganta: no es un gemido, sino más bien un gruñido.

Se me corta la respiración cuando un brusco latigazo de lujuria cae en cascada sobre mí por el vínculo, tan fuerte que podría derribarme, tan fuerte que me tiemblan las rodillas.

Sin darme ni cuenta, empiezo a caer redonda al suelo.

Sin embargo, antes de desplomarme del todo, una mano se cierra alrededor de mi bíceps y me endereza.

Miro a Soren, conmocionada, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada.

Él se apresura a modular su magia y cerrar el vínculo entre los dos con fuerza bruta.

Aun así, todavía quedan trazas de la conexión en sus ojos, que contemplan los míos.

Nunca lo había visto tan cerca de perder el control.

—Lo… lo siento. —Niega con la cabeza, como si quisiera aclararse los pensamientos. Su voz vuelve a ser de grava—: ¿Te encuentras bien?

Consigo asentir. Aunque, en verdad, no me siento nada bien.

No es propio de Soren tener estos deslices.

Deben de ser los efectos restantes del canto de sirena, sin duda.

Debería alegrarme de no ser la única que se siente mareada y sin equilibrio, pero estoy demasiado centrada en otros pensamientos.

Por ejemplo, en mantener la vista por encima del nivel de la barbilla.

Lo intento, de verdad que lo intento. Pero, al final, no puedo evitar que mis ojos contemplen brevemente el pecho de Soren.

Una mirada furtiva que no dura más que un latido.

Y aun así, tiempo suficiente para ver su piel dorada y musculosa.

Los remolinos oscuros de su marca de Vestigio rodean fluidamente su pectoral izquierdo.

Soren suelta una exhalación entrecortada, y mis ojos ascienden a toda prisa a su rostro.

Creo que voy a encontrármelo mirándome con ese aire burlón suyo y que quizá comentará frívolamente que vuelvo a espiarlo estando desnudo.

Por eso me sorprendo tanto cuando veo que no hay rastro juguetón alguno en sus ojos.

Están entrecerrados… y también recorren lentamente mi silueta desnuda.

Dioses.

Su mirada se centra en el Vestigio entre mis pechos.

Se queda ahí durante lo que parece una eternidad.

Entre las plateadas sombras de la luz de la luna, la marca parece especialmente oscura sobre mi piel.

Soren flexiona los dedos por reflejo involuntario.

Sus ojos sobrevuelan los picos rosados de mis pezones y luego descienden aún más.

Una oleada de calor surge allá donde me mira: mi costillar…

, la leve hondonada de mi ombligo…, la curva de mi cintura…

, la cuesta de mis caderas…, la cumbre entre mis muslos…

Muslos que aprieto como si así pudiese ahogar el ansia que se enrosca en ellos, entre ellos. Soren me aprieta poco a poco el brazo mientras su mirada acaricia cada parte de mi piel. Sus largos dedos me rodean de un modo que no es doloroso, pero casi.

«Solo es el trance de la sirena», me digo a mí misma, con el corazón retumbando entre las costillas como el martillo de un herrero. «Ignóralo. Retrocede.»

Pero no retrocedo, y él tampoco. Sus ojos continúan explorándome con toda intención hasta no dejar parte de mi cuerpo sin recorrer.

Cuanto más me mira, más difícil es mantenerme inmóvil.

Reprimo el impulso de retorcerme, me obligo a respirar pausadamente.

Fuerzo a mi mente a formar conclusiones lógicas.

¿A quién le importa que me mire?

No significa nada.

Jamás he pecado de excesiva modestia y, además, todo el mundo a nuestro alrededor está igualmente desnudo. En cualquier momento, Soren hará algún comentario frívolo y romperá esta nueva tensión…

Y sin embargo, cuando su mirada regresa por fin a la mía, mis rodillas casi vuelven a ceder.

Su expresión es la misma que ya vi en el bar, cuando estaba atrapado en las garras del canto de la sirena.

Un deseo oscuro e imparable. Un océano entero de deseo escondido justo bajo esa superficie pulida que Soren suele enseñarle al mundo.

La intensidad de esa mirada me recorre, y creo que habría que ser muy valiente o muy necia para zambullirse en las profundidades de un hombre así.

Cualquiera se ahogaría a buen seguro solo por intentarlo.

—¡Eh! ¡Rhya! —grita Yara desde lo que parece ser una gran distancia, aunque solo está a unos pasos—. ¿Vienes o qué?

Aparto mi mirada de la de Soren y libero mi brazo. Giro en redondo y me encuentro a Yara, mirándome, con los codos apoyados en el borde del estanque. Sus ojos bailan divertidos entre el hombre a mi lado y yo misma.

—¿He interrumpido algo?

—No seas ridícula —le digo, enfadada, y me meto en el agua.

La noto deliciosamente cálida en mi piel acalorada. Me hundo hasta la barbilla. Mis cabellos flotan a mi alrededor como una pálida nube.

Soren no dice nada. Se mete detrás de mí, pero creo oír el rumor de un profundo suspiro. Luego Yara me agarra de la mano y se interna conmigo en el vapor.

Es tarde.

La noche está clara, y aunque a la luna le queda poco trecho para estar llena, no consigue disminuir el brillo de las estrellas, que relucen a toda potencia, formando un portentoso grupo de constelaciones en las alturas.

Las contemplo y me siento como si fuera la única persona que queda con vida en el reino.

A pesar de lo tarde que es, me resisto a dejar las aguas cálidas del Hervidero.

Floto en la oscuridad de uno de los estanques más apartados del perímetro.

Noto la mente tranquila, el cuerpo completamente relajado.

En cuanto salga, me veré obligada a enfrentarme a la tormenta de sentimientos que he estado reprimiendo desde la batalla con los invasores de Terrascarcha.

Egoístamente, quiero retrasar esa confrontación con mi propia conciencia tanto como sea posible.

Pero no será mucho. La marea sube. Pronto, las olas se tragarán los bancos de arena, eliminarán el acceso a la ciudad y se estrellarán contra los bordes rocosos de los baños termales.

La mayoría de ellos ya están vacíos; sus ocupantes han huido a casa hace horas.

Hasta Yara y Bretiax se han desvanecido.