El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Diecisiete #4
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CAPÍTULO Diecisiete #4

Su mueca sonriente aparece y vuelve a desaparecer en el tiempo que tarda en enderezar la espalda. Yo miro a Yara y niego con la cabeza. Ella pone los ojos en blanco con aire cómplice. Acto seguido, se gira para charlar con Bretiax, Harpina y Thisobei.

Soren no se ha movido. Tiene los brazos cruzados y me clava la mirada. Un rizo oscuro le cae sobre la frente. Tengo el extraño impulso de apartárselo.

—Pareces a punto de caer redonda al suelo —me informa con voz seca.

El impulso se desvanece al instante. Mi réplica es mordaz:

—¡Qué galante! Cuidado, no me vaya a desmayar con tanto halago.

—Lo que quería decir… —Se pinza el puente de la nariz en una desacostumbrada muestra de incomodidad—. Mira, si quieres ahogar tus penas, adelante. Lo único que te pido es que lo hagas cuando estés en tierra firme.

—¿Y quién dice que esté ahogando mis penas?

Aprieto los dientes ante la claridad de su mirada.

—Lo que pasó antes, con el cañón…

Me encojo al oír la suave compasión de su tono de voz. Es más fácil resistir su frivolidad.

—No quiero hablar de ello. No quiero ni pensar en ello —me apresuro a susurrar antes de que él pueda decir nada más.

Me salen las palabras con rapidez. Los sentimientos que llevo horas reprimiendo burbujean hacia la superficie—.

Ahora mismo quiero… quiero olvidar. Necesito olvidar, Soren.

Porque, si sigo pensando mucho en ello, puede que empiece a… que empiece a…

—Rhya.

Se me encoge el corazón.

—¿S-sí?

—Tengo doscientos años de vida. Soy todo un experto en olvidar, pero… —sus ojos titilan como estrellas— hay formas mejores de distraer la mente que atontarla con alcohol. Opciones más… placenteras… para eliminar la tensión que te hace un nudo por dentro.

¿Qué otras opciones?

Una parte de mí quiere preguntárselo. Otra parte es lo bastante sabia como para guardar silencio.

Ahora mismo no me parece que ninguna respuesta verbal vaya a ser segura.

Mis emociones están hechas polvo por culpa del trance de Melité.

Mi cuerpo noestá del todo bajo mi control; lo noto tenso por completo.

El tono de voz de Soren se convierte en grava:

—¿Quieres que te lo enseñe?

Mis labios se entreabren, pero no sale ningún sonido.

Soren ni siquiera parece respirar. Está peligrosamente quieto, a la espera de mi respuesta.

Lo único que cambia son sus ojos, que descienden hasta mi garganta mientras yo trago saliva para deshacer el nudo que siento en ella.

Me hormiguea la piel bajo el peso de su mirada acalorada. Jamás me había mirado así.

¡Maldito canto de sirena!

Está claro que sus efectos aún no se han disipado del todo.

—¡Eh! ¡Rhya!

Yara grita mi nombre y yo me giro hacia ella tan rápido que por poco no me parto el cuello. Doy las gracias por ver su llameante cabellera roja y su sonrisa astuta entre las sombras. Me obligo a adoptar un tono ligero:

—¿Me has ladrado?

—Bre y yo nos vamos al Hervidero después de esta ronda. —Hace un gesto hacia la otra duendaeri—. Hay bajamar; la noche está perfecta para ir. Deberías venirte con nosotras.

Jamás he estado en el Hervidero. No estoy segura siquiera de saber qué es. Pero ahora mismo estoy dispuesta a pasarlo por alto, si consigo alejarme del extraño aire que flota en este bar.

—Claro —le digo en tono ronco—. Contad conmigo.

—¿Arwen? —Yara se inclina para mirar a los ojos a su líder, a tres taburetes de distancia—. ¿Tú qué dices?

Arwen ni siquiera rompe el contacto ocular con Alaric. Sus bocas están tan cerca que comparten cada aliento. Murmura con voz sugerente:

—Tenemos otros planes.

—Ya, me imagino.

Yara resopla. Luego alza su ginebra Titán al aire, brindando en silencio por la pareja que ahora mismo ya comparte algo más que el aliento. Los labios de ambos están unidos en un beso tan apasionado que yo me obligo a desviar la mirada e inspirar hondo.

Apartar la vista no me calma. Aún me corre una lujuria descontrolada por las venas. Latidos de puro deseo atraviesan el mismo centro de mi ser y exigen liberar la tensión ahora mismo, en este instante.

Tengo que salir de aquí.

Soren es una sombra silenciosa a mi espalda.

Cuadro los hombros y reafirmo la voz antes de mirarlo.

Bajo el resplandor menguante del crepúsculo, su rostro está cuidadosamente desprovisto de emociones, aunque sus ojos, intensos, escrutan mis facciones.

Espero que no esté leyendo mis emociones en este instante.

—¿Qué? —pregunto en voz baja—. ¿Tienes alguna objeción a que vaya?

—Por supuesto que no. Solo quiero asegurarme de que estás preparada para una velada en el Hervidero.

—Sea lo que sea, seguro que puedo manejarme bien.

Alza una ceja.

—Estoy seguro de ello, alondrita.

No me gusta el tono de burla en su voz. Tenso la columna vertebral.

—Nadie ha dicho que tengas que venir. No me hace falta supervisión constante.

—¿Y perderme tu reacción ante una de las atracciones principales de Hylios? —Se inclina levemente, sin apartar la vista de mí—. De ninguna de las maneras.