CAPÍTULO Diecisiete #3
Atraviesa la multitud como una aguja atraviesa la tela, con pasos suaves y seguros.
Lleva un vestido escandalosamente transparente hecho de una singular tela llŷriana, más fina que las sedas más suaves de las Tierras Centrales.
La prenda fluye a su alrededor con diferentes tonos.
Un generoso escote muestra la parte superior de sus pechos.
El cabello de la mujer es del tono azul oscuro del mar a medianoche y le cae por la espalda en profusos rizos.
Su pálida piel resplandece bajo el sol del ocaso, como cuando la luz se refleja en las escamas de un pez de los bajíos.
No soy capaz de apartar la vista de ella. Ni yo ni ninguna otra persona del bar. Su magnetismo es absoluto, inquebrantable. Trago saliva, con la boca seca.
—Melité —dice Yara en tono tenso. Está de pie a mi lado, aunque no la he oído levantarse del banco.
El nombre me resulta familiar. Tarda un momento en salir a flote desde las profundidades de mi mente nublada.
—¿La hermanastra de Soren?
Yara asiente. Tiene los ojos fijos en la mujer y las mejillas ruborizadas de un tono tan rojo como su cabello.
—Hermanastra y medio sirena.
Medio sirena. Eso explica su atracción. Nadie en todo el bar parece inmune a su presencia, aunque algunos se ven claramente más afectados que otros.
Hay hombres que se aflojan el cuello de la armadura y aprietan los puños; mujeres que cruzan y descruzan las piernas, cambiando de postura en sus asientos.
Algunos alargan la mano para tocarla al pasar, desesperados por acariciar suavemente uno de sus rizos con los dedos, por notar el primer roce de sus faldas de seda contra las piernas.
Quienes no están lo bastante cerca para tocarla deciden tocarse entre sí.
En un rincón sombrío junto a los grifos, una pareja se toquetea: manos que suben por los dobladillos de las faldas y que se deslizan por la cintura del pantalón.
A una mesa de distancia veo que dos soldados hylianos se besan ansiosos; sus lenguas danzan juntas con delirante entrega.
La mano de Alaric ya no está sobre la cadera de Arwen, sino que asciende por su costillar hasta agarrarle un pecho por encima del ajustado cuero de su uniforme.
«Dioses, ¿qué está pasando aquí?»
Un calor embriagador y húmedo empieza a acumularse entre mis muslos.
Se me endurecen los pezones, tanto que abultan bajo la tela ajustada de mi camisa.
Me digo que he de apartar la mirada, pero no lo consigo.
Cuanto más contemplo a la medio sirena, más canturrea la sangre en mis venas con un ansia creciente que no puedo explicar, que no puedo negar, que no puedo…
—Ya basta, Melité.
Mis ojos se apartan de la sirena ante el repentino estruendo de la voz de Soren.
No se ha retirado del taburete en el que lleva sentado toda la noche conversando con Arwen, Alaric y un desfile rotatorio de soldados.
Nuestras miradas se cruzan al instante y yo inspiro entre dientes al captar la densa magia plateada que se agita en el azul de sus iris.
Hasta Soren se ve afectado por el trance de la sirena.
Jamás lo había visto con esa expresión. Ni a él ni a nadie.
Es una lujuria oscura.
Un ansia imparable.
Se nota en la fuerza con la que agarra su copa, en la tensión en sus hombros bajo el lino. En la línea de fuertes dientes blancos que muerden su carnoso labio inferior. Y aún más, se nota en nuestro vínculo.
Su hambre fluye hacia mí.
La mía le susurra.
Sus dientes muerden con más fuerza su labio.
Lo miro y se me encoge por completo el estómago.
Lo miro y lo miro y lo miro, incapaz de apartar la vista, aunque la parte racional de mi cerebro me grite que lo haga.
Que mire a cualquier otra parte, a donde sea, menos a él.
Sin embargo, mi cuerpo no obedece las órdenes de mi mente.
Se me ha desbocado el corazón en el pecho.
Me late todo el cuerpo con una violenta oleada de puro deseo.
No importa que este deseo lo haya creado Melité. Igualmente está ahí, bullendo por mi caudal sanguíneo. Soren debe de verlo escrito en mi cara con tanta claridad como yo lo veo en la suya. La vergüenza aumenta y se entremezcla con este deseo que tengo dentro.
«Por los cielos, que pare.»
Soren tensa las fosas nasales. Un músculo se crispa en su mejilla. Flexiona la mandíbula. Traga saliva con dificultad y vuelve a decir:
—Te lo digo en serio, Melité. Basta. Ahora.
Ante su dura orden, la neblina empapada de lujuria se disipa en el aire.
Melité reduce el poder que exuda, con el que inspira esta atracción animal.
A nuestro alrededor, la gente se mira parpadeando, con aspecto aturdido y desorientado.
Se impone la cordura. Las parejas separan los labios, las manos dejan de toquetear.
Mi mirada se aparta de golpe de Soren y se clava entre mis pies.
Tengo el pulso descontrolado. Mis pulmones necesitan aire.
Aprieto los muslos para calmar el pálpito implacable que siento entre ellos e inspiro de verdad por primera vez en varios minutos, pero apenas consigo calmar estas sensaciones crudas de mi interior.
La medio sirena deja escapar un suspiro dramático.
—Valiente aguafiestas estás hecho, hermano.
Su voz es tan melódica e invitante como era de esperar.
Tiene una cualidad rasposa que me recorre la piel con un peso increíblemente corpóreo.
Yara, a mi lado, se estremece y centra la vista en el suelo entre sus botas.
Tiene la respiración tan alterada como yo.
Bretiax se ha agarrado a la barandilla de piedra con tanta fuerza que se le han puesto los nudillos blancos.
—Si pretendes empezar una orgía, hazlo en los baños termales o en los clubes de placer —dice Soren. Suena a que su furia está en peligro de descontrolarse—. No uses tu canto de sirena con quien no lo pide. A menos que quieras que te prohíba la entrada a sitios públicos.
Melité se detiene frente al taburete de Soren con un revuelo susurrante de faldas alrededor de sus piernas bien formadas.
—¿Cómo que «quien no lo pide»? Qué absurdo. Ni hago daño ni inflijo ningún dolor. Me limito a anular las inhibiciones. Libero a los castos de sus tediosos grilletes de convenciones sociales.
—No todas las inhibiciones han de ser toleradas.
—No es eso lo que dices cuando visitas los clubes de placer, según mis fuentes. He oído que eres bastante insaciable… —Prácticamente está ronroneando—. Te gusta probar una amplia variedad de sabores. ¿Me equivoco, poderoso rey?
—No es asunto tuyo a quién me follo y a quién no, hermana —dice Soren en tono suave—. Si has venido a decir algo, adelante. Si no, quítate de mi vista.
Una risa seductora tintinea en la garganta de Melité.
—Eras mucho más divertido hace cincuenta años. ¿Desde cuándo te has convertido en un reprimido?
—Lo que pasa es que estoy cansado, Melité.
Ya hemos tenido demasiadas veces la misma conversación.
—Su voz se endurece como la piedra—. No pienso volver a repetirme.
La próxima vez que te vea influenciar a mis ciudadanos para que cometan actos sin consentimiento, te quedarás sin mansión en los terrenos reales.
Y ni siquiera Tethys se pondrá de tu lado si te ves obligada a regresar a esa cueva cubierta de algas en la que tu madre te trajo al mundo.
La furia recorre el rostro de Melité. Sus ojos se vuelven completamente negros; la tinta devora el blanco alrededor de los iris. Y sin embargo, en su voz no hay una gota de rabia al hablar:
—Está bien. Me comportaré… esta noche.
Tras dejar esas palabras más bien amenazantes en el aire, se acerca al otro extremo de la terraza. No tardo en perderla de vista entre la multitud.
Yara suelta un suspiro.
—Joder, necesito otro trago. ¿Tú quieres algo?
No espera a que le conteste. Se limita a acercarse a la barra junto con Bretiax.
Yo las sigo, atravesando la densa multitud, serpenteando entre la mezcolanza de mesas y sillas colocadas de cualquier manera.
La atmósfera recupera la vitalidad poco a poco y las conversaciones se reanudan a trompicones en cuanto la influencia de Melité se disipa.
Para cuando llegamos a la barra, es como si no hubiera sucedido nada.
—Ginebra de los titanes, y ponla doble —le dice Yara al camarero tras apretujarse entre otras dos jinetes duendaeri que sostienen sendas pintas espumosas de cerveza de Puntadaga.
Sé que se llaman Harpina y Thisobei, aunque no nos han presentado. Harpina tiene la piel pálida y pecosa, y una melena de rizos color miel que le llega a la barbilla. Thisobei lleva el cabello tan corto que parece casi calva, y tiene una perpetua sonrisa de diablillo.
Yara lanza una mirada por encima de su hombro en mi dirección, con las cejas arqueadas.
—¿Otra ronda?
—Ya ha bebido bastante —interviene Soren antes de que yo pueda pronunciar una sola palabra.
Me giro al tiempo que él se detiene frente a mí. Está muy cerca —el bar está demasiado lleno— y no se aparta, ni siquiera al ver que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.
—¿Cómo que ya he bebido bastante?
Él se inclina hacia delante e invade mi espacio. No se detiene hasta que su boca se pega a mi oreja. Sus palabras susurradas son para mí sola:
—Si quieres otra copa, tú decides. Pero la ginebra Titán es tres veces más fuerte que el vino especiado que llevas dos horas engullendo.
Puede que las duendaeri se lo beban como agua, pero si quieres ser capaz de bajar por la escalera hasta los canales, te sugiero que pares a tiempo.
—Retrocede unos centímetros, lo suficiente para que nuestros rostros queden uno frente al otro.
Su mirada se cruza directamente con la mía—.
A menos que quieras que te lleve en brazos hasta mi mansión.
Yo aprieto los dientes.
—Eso no será necesario.