CAPÍTULO Diecisiete #2
Ahora mismo, tras varias horas contemplándolos por el rabillo del ojo en el bar, aún no me he acostumbrado a verla cerca de ese tipo alto y rubio.
Los dos conversan con Soren y otros soldados de hombros anchos de Pozoacebo.
Cada pocos minutos, mi mirada se dirige por voluntad propia hacia ellos.
Me fijo en la mano de Alaric, que le acaricia la cadera a Arwen; o en la cabeza de esta, que se apoya en el hombro de Alaric cada vez que se le olvida fingir indiferencia; o en las miradas mudas que ambos intercambian cuando creen que nadie los está mirando.
Alaric no es el tipo de hombre que yo me había imaginado para Arwen.
Ella es una guerrera nata, temible y atrevida.
Había esperado que el hombre a quien ama fuese parecido a ella, tanto en estatura como en porte.
Sin embargo, con esa barba pulcramente recortada, ese tono pálido y esas facciones refinadas, Alaric me recuerda más a Cadogan…
Aunque mucho menos sombrío. Sonríe a menudo, se ríe con frecuencia y se mueve con una elegancia totalmente opuesta a la energía volátil de Arwen.
—Esos dos parecen estar unidos por la cadera —señala Yara, fijándose en la dirección de mi mirada—. No siempre ha sido así. Cuando se conocieron y Alaric le pidió que se casara con él, pensé que Arwen iba a destriparlo por atreverse a pedirle algo así.
Bretiax hace un signo y Yara suelta una risita al verlo.
Alza las piernas para apoyar los pies en la barandilla y apura el resto de su taza de un largo trago.
Sus botas, como el resto de su uniforme, han sido diseñadas para volar.
Las suelas están ahusadas para encajar perfectamente en los estribos.
Yara cruza las piernas y veo que tiene acolchado el interior de los muslos, para amortiguar el roce de la silla de montar.
También lleva un corsé blindado fuertemente apretado en el torso.
El uniforme de Bretiax es casi idéntico, aunque los glifos cosidos a su cuello son ligeramente distintos. Tengo ganas de preguntar por estos misteriosos símbolos, pero Yara sigue centrada en su irascible líder.
—No podrían ser más diferentes, tanto en temperamento como en aspecto —me dice, contemplando desvergonzadamente a los tortolitos—.
Por suerte, eso implica que Alaric tiene la paciencia de un santo varón.
Ha esperado casi una década hasta que Arwen se ha fijado en él.
Y en cuanto lo hizo, sucedió: se enamoró como una loca.
Fue una condenada sorpresa para todos nosotros, aunque sospecho que la mayor sorprendida fue ella misma.
—Cuando se mude a Pozoacebo, ¿qué les sucederá a las duendaeri? ¿Os iréis con ella?
—Las jinetes seguiríamos a Arwen a cualquier rincón del mundo. Pero no solo es decisión nuestra. Nuestras monturas tienen su propia opinión y siguen dogmas de acero. Si Umyr no quiere quedarse en Puntadaga, yo no la puedo obligar. Va a donde quiere y cuando quiere.
Umyr es su corcel. Una yegua baya.
—Pero se quedan aquí —señalo con un fruncimiento de ceño—. En Hylios.
Yo misma he visto los establos en varias ocasiones.
Comprenden una gran parte de los terrenos reales, no lejos de la mansión de Arwen.
A veces he deambulado por ahí de noche, ansiosa por cazar aunque fuera un atisbo de esos caballos alados pastando en la profusa hierba marina, con las alas plegadas contra el cuerpo y las crines flotando en la brisa.
Sin sillas de montar que mermen su magnificencia.
Hay algo en esos corceles que me cautiva de un modo que no puedo explicar.
—Los duendaeri se quedan aquí por propia voluntad —me dice Yara—. No están cautivos ni son mascotas. En cuanto yo pierda su respeto, Umyr regresará volando a los altos picos montañosos donde está su hogar y jamás regresará.
—Creo que no lo entiendo. ¿No es tuya? ¿No podrías detenerla?
—Los duendaeri no nos pertenecen. Somos nosotras quienes les pertenecemos a ellos.
—Yara da un golpecito con el dedo a un glifo solitario que lleva cosido al cuello de la armadura—.
Este sigilo significa que fui elegida para cabalgar sobre ella.
Poder hacerlo es el mayor privilegio de mi vida.
Una vida, añadiré, que acabará mucho antes que la de mi montura.
Umyr tendrá otra jinete algún día, cuando yo sea una vieja marchita y arrugada y la artritis de las manos no me permita agarrar las riendas.
Reflexiono durante un rato, algo aturdida por la profunda reverencia con la que Yara habla de su compañera alada.
No es nada desacostumbrado que los soldados sientan un profundo compañerismo con los caballos que los llevan a la batalla, pero esto está en un nivel superior. Va más allá de la lealtad o el afecto.
—Resulta difícil de explicar con palabras.
La próxima vez que pases por los establos, no nos espíes desde las sombras de los limoneros.
Te presentaré a Umyr. —Yara enarca una ceja al ver mi respingo sorprendido—.
¿Qué pasa? ¿Te sorprende saber que tu vigilancia furtiva no ha sido tan discreta como creías?
—La verdad es que no. Es que no me esperaba una invitación a nada que tenga que ver con las duendaeri. Tu líder no ha sido muy hospitalaria que digamos.
Yara se limita a descartar mis preocupaciones con un gesto de la mano.
—No te tomes muy a pecho lo que dice Arwen. No le gustan los cambios, ya sea en forma de boda de verano o de nueva tejedora del viento. Por no mencionar que es muy sobreprotectora con su hermano.
—No me digas. —A Yara no se le escapa mi sarcasmo.
Suelta una risa entre dientes y le hace un signo a Bretiax.
La otra mujer sonríe—. Lo que no entiendo es por qué cree que tiene que proteger de mí a su hermano —murmuro, sobre todo para mí misma—.
No es que yo sea una amenaza para el rey de Llŷr.
Los ojos de Yara revolotean hacia mí. Su voz se suaviza.
—Hay muchos modos de hacerle daño a alguien, Rhya. Y no todos son físicos.
¿Y eso qué significa? No podría hacerle daño a Soren por más que lo intentase. Doy un largo trago de vino y saboreo la quemazón en la garganta. La jarra está casi vacía. Voy a tener que rellenarla pronto.
Bretiax hace un signo; sus dedos se mueven rápidamente en el aire.
—Tienes razón, Bre. —Yara asiente y vuelve a mirarme—. Me dice que te recuerde que Arwen también odiaba a Alaric en un primer momento. Cuanto más tiempo pases aquí, más probabilidades tienes de ganarte su afecto.
—Quizá no quiera ganarme su afecto.
Ella frunce los labios.
—¿Quieres un consejo?
—Si insistes.
—Quizá no quieras ganarte su afecto, pero lo necesitas. Después de Soren, Arwen es la persona más poderosa de todo Llŷr. Si es tu aliada, te salvará la vida un millar de veces. Sin embargo, si es tu enemiga…
Mi carácter llamea a pesar de mis intentos de moderarlo.
—Yo no he hecho nada para ganarme su ira, aparte de existir.
—Cuando se trata de Arwen, a veces con eso basta.
La miro con ojos entrecerrados.
—Me puedes clavar esa mirada todo lo que quieras; solo estoy intentando ser tu amiga porque…, francamente, parece que te hace falta. No digas que no te hemos advertido. Es mejor no tener a Arwen en contra.
Me inclino hacia delante unos centímetros y la miro a los ojos.
—También es mejor no tenerme en contra a mí.
Al oír esto, Yara echa la cabeza hacia atrás y suelta un rugido. Creo que es una carcajada. Me pasa un brazo por los hombros.
—Dioses, quizá deberíamos hacerte una prueba a ver si eres capaz de montar en duendaeri.
Estás muy flacucha, pero si consigues no caerte de la silla de montar, encajarías a la perfección con el resto de las jinetes.
—Me da un apretón afectuoso con el brazo—.
Entre nuestras filas siempre gusta cierto desdén insolente hacia la realidad.
Me la quito de encima, fingiendo enojo, pero me veo obligada a esconder mi sonrisa tras la jarra. Hay algo en Yara que me recuerda a Farley. No es el cabello pelirrojo, sino ese temperamento juguetón y esa tendencia a los comentarios burlones.
De pronto me gustaría que mi amigo estuviera aquí conmigo, y no a todo un reino de distancia.
A Farley le encantaría el Cornisa, desde ese intrigante método de entrada a la cerveza fuerte que sirven y al abundante suministro de soldados atléticos con los que flirtear.
Si estuviera aquí, la mitad del establecimiento se partiría de risa con él al final de la velada…
Y, probablemente, la otra mitad intentaría llevárselo a la cama.
Mi sonrisa se desvanece al tiempo que me invade el anhelo.
Hago lo que puedo por desterrarlo y apuro el resto del vino de un largo trago.
Desde luego, ha llegado el momento de echarme otro.
Abro la boca para preguntarles a Yara y a Bretiax si quieren algo más, pero no llego a formular la pregunta.
Un repentino silencio cae sobre el bullicio del bar.
Las animadas conversaciones se interrumpen sin previo aviso.
Las bocas se cierran de golpe y las mentes se vacían de todo pensamiento.
Me pongo alerta al instante. Me levanto de un salto del asiento y me giro para enfrentarme a la nueva amenaza que haya aparecido, sea la que sea. ¿Qué sucederá esta vez? ¿Más arácnides? ¿Ratas de muelle gigantes? ¿Gaviotas mutantes? ¿Otra flota llegada desde Terrascarcha en busca de venganza?
Pero no. Solo se trata de una mujer.