CAPÍTULO Diecisiete
I gnoro firmemente el peso de muchos ojos curiosos centrados en mí desde diferentes rincones del bar y doy un sorbo reconstituyente de la jarra.
El vino caliente y especiado es de una variante aromática y sabrosa extraída de uvas marinas.
Me provoca una quemazón y un hormigueo por la garganta, para luego extender su calor por todo mi cuerpo.
Mantengo la mirada fija sobre el laberinto de tejados azules, pero mire donde mire, veo siempre lo mismo: esos cadáveres flotando, esas naves hechas pedazos.
Estoy sola con mis horrorizadas reflexiones, pues a nadie más le interesa la despreocupada matanza que he cometido con los habitantes de Terrascarcha.
De hecho, la masacre me ha granjeado cierta cantidad de respeto entre los soldados.
Me dieron más palmaditas en la espalda de las que puedo contar mientras descendía entre la multitud por las murallas.
Han pasado varias horas desde el final de la batalla, pero las celebraciones no dan muestras de disminuir.
La multitud que tengo detrás se vuelve más y más bulliciosa a medida que la noche avanza y la bebida fluye libremente.
Espero que nadie se desplome por la barandilla. Es una gran caída hasta los canales.
Este bar recibe el adecuado nombre de Cornisa por su ubicación.
Es una galería que asoma desde el muro interior bajo las murallas, a la sombra del Faro del Oeste.
No está lejos de los barracones, por eso suelen frecuentarlo tanto la guardia hyliana como las jinetes duendaeri.
El establecimiento ofrece una gran variedad de bebidas inusuales y vistas privilegiadas del resto de la ciudad, la cual, ahora mismo, se encuentra en un estado idéntico de frivolidad.
Por todos los canales, los cafés están atestados de clientes; las aceras, repletas de fiesteros.
El mercado flotante está aún más lleno de lo normal.
La música repiquetea desde algún lugar ahí abajo, un vivo tamborileo acompañado del enérgico sonido de un violín.
Si aquí hubiera espacio, estoy segura de que la multitud a mi espalda bailaría a ese son.
Sin embargo, apenas hay sitio para estar de pie, así que ponerse a dar vueltas es imposible.
Cada mesa está atestada de hombres y mujeres vestidos con el uniforme estándar de color azul oscuro de Hylios, junto con el gris azulado más claro de Puntadaga.
Su cháchara y sus risas se derraman por el crepúsculo; el grácil alargamiento de sus vocales presenta un fluido contraste con el acento más entrecortado de los dyveditas.
Yo ya había visto el Cornisa en varias ocasiones durante mis paseos nocturnos por las murallas y me había preguntado cómo se entraba.
La respuesta me llegó en forma de una trampilla incrustada en el suelo de piedra de un rincón.
La atraviesa un caudal constante de recién llegados, a los que no impresiona la enorme subida por una escalera de mano que hay que acometer desde el nivel inferior de los canales para acceder aquí.
Bastante difícil es subir por esos peldaños estando sobrio; dudo mucho que el descenso sea más sencillo después de ingerir copiosas cantidades de aguamiel.
Y sin embargo, no deja de llegar gente mientras el cielo se va tiñendo con las evidentes sombras del ocaso.
¿Cuántos más pueden apelotonarse aquí dentro antes de que se derrumbe todo el lugar?
No es un bar particularmente grande. A pesar de la cantidad de gente, el resto de mi banco sigue libre.
Cualquiera diría que estoy lanzando inconscientemente un escudo de aire para mantener a todo el mundo a distancia.
Por otro lado, mi aire introspectivo debe de bastar para prevenir que nadie se me acerque.
Alguien apoya una jarra en la mesa con un golpe que me provoca un respingo violento. El vino caliente me mancha los dedos, y suelto una maldición.
—Estamos nerviosas, ¿eh?
Alzo la mirada hacia la mujer sonriente que se sienta junto a mí en el banco.
Es de complexión menuda y, sin embargo, musculosa hasta el último centímetro de su ser.
Su llameante cabellera roja está afeitada en los laterales de la cabeza y recogida en trenzas en la parte de atrás; ese parece ser el estilo de las duendaeri.
Me pregunto si llevan el pelo así porque suelen ponerse gafas de protección a menudo.
La mujer sonríe aún más cuando nuestras miradas se cruzan.
No parece darse cuenta de mi aire reservado, y se acomoda en el asiento.
—Me llamo Yara —saluda. Señala con el mentón hacia mi otro lado, donde otra jinete acaba de subirse de un salto a la barandilla. Sus piernas cuelgan en el aire—. Y esa de ahí es Bretiax. No te ofendas si no te habla, es que se quedó muda de pequeña.
La segunda mujer me guiña un ojo por encima del borde de su jarra mientras da un largo sorbo. Tiene la piel de un cálido tono tostado y el pelo más reluciente y ondulado que yo haya visto en mi vida.
Les hago un pequeño gesto con la mano.
—Yo soy Rhya.
—Ah, ya sabemos quién eres. —Yara se inclina hacia mí con aire conspirador—. Todo el mundo te conoce. Toda la ciudad está hablando de lo que hiciste con el cañón de agua.
Yo aprieto los labios.
—Ojalá no fuera así.
—¿Y eso por qué? —Suena genuinamente pasmada—. Hace años que sufrimos el acoso de Terrascarcha. ¿Sabes cuántas aldeas del continente hemos visto arrasadas por culpa de sus incursiones nocturnas?
Bretiax hace una señal de aquiescencia. Yara resopla y le devuelve el gesto.
Veo que ambas intercambian señales a toda velocidad.
Las pocas veces que las he visto volar, me he dado cuenta de que se comunican con signos de mano similares desde sus sillas de montar.
Imagino que es el único modo de intercambiar mensajes desde el cielo, pues ni siquiera un grito podría oírse en medio del rugido del viento a lomos de un corcel duendaeri en las alturas.
Yara vuelve a mirarme.
—No permitas que la muerte de un puñado de saqueadores te eche a perder la velada.
—Alzo las cejas. ¿Un puñado? Yo sola he acabado con la mitad de su flota.
Debían de ser unas doscientas almas—. Está bien, es más que un puñado.
—Yara sonríe—. Aun así, tengo razón. Se merecían esos cañonazos.
No deberían habernos atacado tan osadamente.
Cebarse con un fondeadero a tiro de piedra de la capital…
—Niega con la cabeza—. Yo sabía que no tenían ninguna moral; lo que no sospechaba era que tampoco tenían lógica.
—¿Ya habían intentado atacar Hylios?
—¿Por qué crees que tenemos tantos cañones?
—Suelta una suave risa entre dientes—.
Las incursiones eran más frecuentes cuando yo era niña.
En los últimos años habían dejado de atreverse a tanto.
Hasta hoy, desde luego. —Yara se echa hacia atrás en el banco y da un sorbo a su jarra—.
Admitiré que, cuando Bretiax y yo regresábamos volando hace un rato, no teníamos ni idea de lo que estábamos viendo en un primer momento.
Tuvimos que dar un par de vueltas sobre la superficie hasta darnos cuenta de dónde habían salido todos aquellos maderos flotantes.
¿Verdad, Bre? —La otra jinete asiente—.
Apenas pude creer lo que veían mis ojos cuando vi que tú eras la responsable de semejante matanza.
Sus peculiares ojos con forma de almendra destellan al recordarlo. Yo trago saliva, pues el recuerdo no me divierte tanto como a ella. Me estoy esforzando por olvidarlo, por no rumiarlo todo el tiempo.
Yara y Bretiax regresaron a Hylios tras la batalla.
Sus monturas aladas descendieron sobre las murallas antes incluso de que hubiéramos tenido la oportunidad de dispersarnos.
Yo me encontraba emocionalmente entumecida, procesando aún mis propios actos.
Ellas se detuvieron con un repiqueteo de cascos junto a Atyr.
La enorme montura blanca de Arwen quizá supere en tamaño a las demás duendaeri, pero desde luego no en belleza.
Yara monta una yegua baya almendrada con plumas de puntas rojizas, el mismo tono escarlata que su propio cabello.
Bretiax, por su parte, prefiere un picazo de emplumados cascos blancos.
De no haber estado atrapada en mis propias tribulaciones internas en ese momento, no habría desaprovechado la oportunidad única de inspeccionarlas de cerca.
Su llegada se vio rápidamente sobrepasada por la de la flota de Alaric.
La multitud, aún alterada tras la batalla, se sumió en una emoción vertiginosa al atisbar los cinco veleros bergantines de doble mástil que se acercaban, atravesando las aguas que hasta hacía unos instantes habían ocupado nuestros enemigos.
Se sucedieron los vítores como respuesta al sonido de los cuernos de Puntadaga, que resonaban desde las proas.
Los invitados de la boda habían llegado.
Razón de más para seguir celebrando, según pensaron los hylianos.
Los soldados se desparramaron en todas direcciones desde las murallas, en busca de bebida en cualquier rincón de la ciudad.
Soren me llevó junto a la multitud, con su mano firmemente entrelazada a la mía, para que no me aplastase tanto trasiego de gente.
No esperamos a Arwen, que se quedó apoyada en la balaustrada, reprimiendo una sonrisa al ver que su prometido echaba el ancla y se acercaba a la orilla en un bote de remos.
Resulta extraño verla así, enternecida por la anticipación, con sus afiladas facciones casi… dulces.