CAPÍTULO Dieciséis #3
Arwen y Soren están en alta mar. Entre los dos obligan a buena parte de la flota a retirarse rápidamente hacia Prydain.
La otra torre sigue disparando constantemente, defendiendo el flanco derecho.
Ahora que mi propio cañón vuelve a estar activo, los saqueadores de Terrascarcha comprenden al fin que su plan es demasiado temerario.
Los drakares que quedan en el flanco izquierdo dan media vuelta y huyen en la dirección por la que han venido.
Pronto quedarán completamente fuera de nuestro alcance y desaparecerán en la niebla para seguir saqueando, violando y desvalijando cualquier otra ciudad o aldea que, probablemente, no tenga medidas de defensa tan fuertes.
Me hierve la sangre al pensarlo.
El agua ruge en mis oídos, al compás del propio rugido de mi pulso, al verlos retirarse.
Podría dejar que se fueran. Debería dejar que se fueran.
Y sin embargo, me veo atrapada en medio del poder que me atraviesa.
Es un recurso sin límites, alimentado por la pura furia.
Es mío, puedo utilizarlo…, si soy lo bastante valiente como para acceder a él.
Antes de saber conscientemente lo que hago, libero más viento y retuerzo corrientes de aire por el torrente de agua, hasta que el chorro llega a una distancia que la bomba no habría alcanzado por sí sola.
Hay más gritos de sorpresa a mi espalda, que no tardan en convertirse en chillidos de alarma cuando la rueda aumenta más y más su velocidad.
Ya no la controlan los operarios, sino yo.
Los hombres sueltan exclamaciones y retroceden de un salto para que la rueda, que gira sola, no los derribe.
Da igual, ya no los necesito. Mi aire está por todas partes, a mi alrededor.
Sube por las tuberías del puerto y le da más presión al inmenso chorro, para expulsar por el cañón esa presión vertiginosa.
Más viento, más agua.
Más.
Las naves que huyen no tienen ninguna oportunidad. Acabo con ellas, una tras otra, implacable.
Aplasto. Hundo.
Aplasto. Hundo.
Aplasto. Hundo.
Una y otra vez, hasta que no queda ninguna.
Mientras lo hago, no siento nada. Ni un ápice de remordimiento.
Es como si ese frío constante centrado en mi marca de Vestigio se hubiese expandido por todo mi ser, un elixir helado en mis venas tan fuerte que bloquea todas las demás emociones.
Tan fuerte que lo bloquea todo: el mundo a mi alrededor, la gente que me mira.
En este momento no hay nada más que mi magia y yo misma, una tormenta malévola que se ha liberado sobre el mundo.
Siento una perturbación en mi viento, y el hielo que rodea mi mente se agrieta y se abre. Hay un batir de alas por entre las murallas, un repiqueteo de cascos al aterrizar, dos botas que desmontan y pasos que se acercan a la plataforma de la torre. Y entonces, una voz:
—Alondrita, ya puedes parar.
Suena cerca. Lo siento cerca. Parpadeo y contemplo el horizonte.
Ya no quedan naves intactas en el flanco izquierdo, solo restos flotantes que se desplazan por la superficie espumosa en la lejanía.
Remos destrozados, cascos agujereados. Toneles y cajas, armas y vasijas.
El detritus de una flota destruida. Y cuerpos.
Muchos cuerpos que flotan bocabajo. Ya no nadan ni patalean en dirección a la orilla. Ya no hacen nada en absoluto.
Porque están muertos.
Están todos muertos.
«Dioses, ¿qué he hecho?»
Suelto el viento y el cañón chapotea hasta detenerse.
Doy una profunda y trémula exhalación. Me giro lentamente.
Soren está aquí, con el pelo revuelto por el mar y el cuerpo rígido de tensión.
Me clava la mirada, al igual que todos y cada uno de los presentes sobre las murallas de la ciudad.
El silencio es ensordecedor. Siento un nudo en la garganta al mirar a Soren a los ojos, que son insondables y contienen todos los secretos de los más profundos océanos.
Que contienen cosas que aún no estoy lista para ver.
Y sobre todo contienen lo más evidente…: el inconfundible brillo de la compasión.
—Ya se ha acabado —dice con amabilidad entrecortada—. Hemos terminado.
Aprieto los puños a los costados. Quiero golpear algo con ellos, estrellarlos contra una pared de piedra o un suelo de madera hasta destrozármelos y que sangren. Un reflejo físico de la sangre invisible que me mancha las manos.
No sé qué decirle. No sé cómo explicar lo que siento. La culpabilidad. El horror. Y lo que es peor, la desenfrenada emoción que me sigue corriendo por las venas.
¿En qué tipo de monstruo me estoy convirtiendo? ¿Cómo he sido capaz de matar tan indiscriminadamente? ¿Cómo he podido acabar con tantas vidas sin un latido de vacilación? ¿Qué le ha pasado a la noble sanadora de Guardamar? Se horrorizaría si me viese ahora. Un arma de destrucción absoluta.
—Rhya —dice Soren.
Su voz es suave como una hoja que se desliza entre dos costillas, y resulta igualmente letal para mi resolución.
Suena como si él mismo también estuviera a punto de perder el control.
Es culpa mía, porque no estoy escudando nada de mi mente ante él.
Puede sentir todo lo que estoy sintiendo, el autodesprecio más crudo junto con vergonzosos jirones de autosatisfacción.
—Estoy bien —digo con una voz hueca que no se parece en nada a la mía.
Él continúa mirándome. Abre la boca como si fuera a decir algo más, pero lo que oigo es la voz estruendosa de Arwen.
—Por los cielos, ¿por qué está todo el mundo tan condenadamente callado?
Deja a Atyr en la muralla, al pie de los escalones, y los sube hasta detenerse junto a Soren en la plataforma.
Sus ojos se cruzan con los míos, y en sus profundidades, por primera vez, veo trazos de algo parecido al respeto, en lugar de un abierto desdén.
No me dice nada, se limita a dirigirme un cabeceo superficial.
Acto seguido, se gira hacia la multitud y dice:
—Hemos ganado la batalla, ¿no? —Su voz se propaga en la lejanía mientras se gira hacia el mar de soldados en silencio y alza el puño al aire—. ¡Esta noche beberemos por Hylios!
La multitud estalla en vítores que reverberan desde la puerta del mar por todas las murallas, hasta llegar a los canales y a todas y cada una de las piedras de la ciudad. Y a cada alma que esta contiene.