CAPÍTULO Dieciséis #2
Aparto de mí la tormenta de sentimientos que se arremolina en mi interior, porque la lucha empieza de veras.
No es un combate justo ni mucho menos: una montura alada contra sesenta drakares.
Al igual que todos los soldados de las murallas, contemplo con el corazón en la garganta a Arwen, que se enfrenta a ellos.
Su arco vibra una y otra vez entre destellos de plata bajo la luz del sol.
Va abatiendo a un enemigo tras otro. Es difícil captar detalles concretos a tanta distancia; solo se ven los chapoteos de los cadáveres al caer por la borda cuando las flechas de Arwen alcanzan su objetivo.
Atyr desciende, se eleva y traza vertiginosos bucles para evitar las lanzas que pasan silbando cerca de la mujer que lleva en el lomo.
A pesar de las bajas, las naves se siguen acercando.
Arwen no pasa mucho tiempo peleando sola.
Se oyen gritos de pánico por el agua cuando varias olas perdidas empiezan a estrellarse contra partes de la flota.
He perdido de vista a Soren momentáneamente en mitad de la marea, pero está por alguna parte, usando su magia para hundir naves y ahogar a todos los habitantes de Terrascarcha que se crucen en su camino.
El vínculo entre nosotros es una corriente abierta de poder que fluye directa al centro de mi pecho mientras Soren envía sistemáticamente a sus enemigos al fondo de la bahía, uno tras otro tras otro.
Aun así, no basta para detener su avance.
Los barcos que quedan siguen adelante. Hay demasiados, incluso aunque Soren y Arwen ataquen juntos.
Se me corta la respiración cuando las primeras de sus proas curvas se ponen al alcance de los Gemelos.
Dos chorros de agua son todo lo que los separa del saqueo.
Como si pudieran saborear el botín, sus remos aumentan de velocidad.
«¡Remad!»
«¡Remad!»
«¡Remad!»
Pero los cañoneros están listos para ellos.
Se oyen más gritos cuando los rugientes chorros destrozan los cascos de varias naves.
No ponen resistencia, no contraatacan. Un único barrido de cada cañón puede acabar con toda una fila entera de naves.
Los soldados a mi alrededor lanzan vítores cada vez que el cañón acierta.
La canción de la victoria se propaga por el aire.
Durante un momento, permito que mi corazón rebose de esperanza.
La segunda línea de drakares se frena; los remos retroceden para evitar el chorro letal.
La vanguardia ya no es más que maderos a la deriva; buena parte de sus tripulaciones ya no respira.
Varios supervivientes desperdigados nadan pidiendo a gritos auxilio. No tardan en subirlos a bordo.
—Ahora se irán con el rabo entre las piernas —dice un soldado cercano en voz baja, apoyado contra el parapeto—. Ladrones cobardes.
Espero que tenga razón. El fondeadero aún no ha sido evacuado del todo. Numerosos civiles aterrados suben a los botes salvavidas y reman frenéticos en dirección a la seguridad tras las murallas de la ciudad.
—Te apuesto cincuenta monedas a que no tendremos ni que colocar las flechas —replica otro soldado—. No son rivales para nuestros…
Sus palabras quedan enterradas bajo un chirrido estremecedor que sacude el mundo entero hasta sumirlo en un silencio ensordecedor.
Todos nos giramos al unísono hacia el Gemelo de la izquierda y contemplamos horrorizados que se detiene con un siseo.
La atronadora manguera de agua se apaga.
El equipo de cuatro operarios da un paso atrás al ver que la rueda deja de rotar.
Sus expresiones, sin duda, deben de reflejar la de mi propia cara.
Una repentina condenación.
La pérdida es incalculable. Las consecuencias, impensables.
Con un cañón menos, todo nuestro flanco izquierdo queda desprotegido.
Los drakares empiezan a colarse por el hueco libremente, remando con ansias renovadas.
Aunque el Gemelo que aún queda intenta cubrir todo el fondeadero, le resulta imposible.
Hay demasiadas naves y todas se mueven con letal precisión hacia los barcos desprotegidos.
Hacia los civiles inocentes de esos botes salvavidas.
Veo a los soldados hylianos apostados en las primeras naves del fondeadero; desenvainan sus espadas y alzan las ballestas hacia el enemigo que se acerca. No hay nada más que los mantenga a raya.
Necesitamos recuperar ese cañón. Y lo necesitamos ahora.
Me muevo a toda velocidad, con los ojos clavados en la torre izquierda, y me abro paso a empujones a lo largo de la puerta del mar.
Luego subo a la carrera la corta escalinata de piedra.
No hay mucho espacio para moverse aquí arriba.
La rueda horizontal que alimenta la bomba de agua ocupa casi toda la plataforma.
Elevada sobre un pedestal estrecho, su base giratoria metálica está soldada directamente a la piedra.
El cañón humea levemente, pero, aparte de eso, se encuentra mortalmente quieto.
—¡Eh! —me ladra uno de los robustos tipos—. ¡No puedes estar aquí!
—Déjala en paz, Erdin —interviene otra voz—. Está autorizada para ir a donde le plazca.
Me giro al oír esa voz y veo un rostro familiar junto a los escalones.
Se trata de Roq, una guardia con la que me he cruzado varias veces en mis paseos de media tarde y que me ha explicado con mucho entusiasmo cómo funcionan las fortificaciones de la ciudad.
Cuando nos miramos a los ojos, ella me guiña un ojo. Yo, por mi parte, le dirijo un cabeceo.
—¿Qué sucede aquí? —pregunto, y me giro hacia los operarios de la rueda. Como grupo, he de decir que intimidan: pecho amplio, músculos protuberantes y cuellos gruesos, pero no me acobardo—. ¿Por qué habéis dejado de disparar?
—Ah, nos apetecía tomarnos un descansito —dice uno de ellos en tono sarcástico—. Dioses, mujer, ¿acaso estás ciega? Se ha roto.
—¿Qué le ocurre? —Paseo la mirada entre el operario y el cañonero en el pedestal.
Este último, un hombre más bajo, está inclinado sobre las palancas, con la cara contraída de frustración, mientras intenta reparar lo que sea que se haya roto.
—El mecanismo giratorio se ha atascado —dice, taciturno—. No puedo apuntar.
—Y entonces…
—Y entonces, estamos jodidos —gruñe Erdin, el más corpulento de los hombres. Sacude sus gruesos brazos para aliviar la tensión de los músculos—. A menos que tengas una llave mística escondida en la manga, aquí no haces falta.
Yo lo ignoro. Mis ojos están fijos en el cañón. Sin dudarlo, subo de un salto al pedestal, donde está encorvado el cañonero, y lo aparto de un codazo.
—Quítate.
Él alza la cabeza de golpe.
—¿Disculpa?
—Que te quites —repito en tono menos amable.
—Mira, no puedes…
—El resto de vosotros, accionad la bomba —ordeno, interrumpiéndolo—. Ahora.
Nadie hace nada, así que miro por encima del hombro a los cuatro operarios. Ellos me contemplan, desconcertados. Excepto Erdin, que parece tener ganas de arrancarme la cabeza de los hombros por atreverme a darle órdenes.
—Mujer, no sé quién demonios te crees que eres, pero…
—Soy la Vestigio del Aire. ¿Necesitáis apuntar?
Seré yo quien apunte —siseo, poniendo en mi voz tanta autoridad como soy capaz de reunir—.
Veamos, ¿queréis quedaros aquí debatiendo conmigo o queréis destruir esos drakares antes de que lleguen al fondeadero y masacren a todo un puerto lleno de inocentes?
Pasan varios largos latidos de silencio absoluto en los que mis palabras flotan por el aire.
Lo único que rompe el silencio es la constante repetición de los cánticos de los saqueadores: «¡Remad!
¡Remad! ¡Remad!», que resuenan cada vez más alto a medida que se acercan.
Por fin, Erdin carraspea y alarga la mano hacia la rueda detenida.
—¡Ya la habéis oído! —ladra, y los demás se ponen en movimiento—. ¡Saquemos a esos malditos cabrones del agua a cañonazos!
Más tarde, echando la vista atrás, no tengo ni idea de qué me pasó.
No sé de dónde saqué la seguridad para intentarlo siquiera.
Y sin embargo, en el momento en sí, no cabe la menor duda en mi mente.
La bomba empieza a funcionar y el agua sale a chorro del cañón con tanta ferocidad que toda la torre vibra, sacudiéndome hasta los huesos.
Ignoro las sacudidas y centro mi atención en mi interior.
Llamo al viento. Aunque Soren me haya chinchado con lo de levitar limones, doy las gracias por todas las horas que he pasado elevando objetos con mis zarcillos de aire, girándolos con ráfagas punzantes.
Aunque el agua es una fuerza avasalladora…
También lo es mi viento.
Le doy forma a voluntad y utilizo rachas para apuntar el chorro letal a donde yo quiera.
Lo bajo con una ráfaga hasta que impacta contra una nave que se acerca y la hace pedazos.
Sonrío al verla explotar, con una extraña apatía hacia toda la tripulación que acabo de enviar al fondo de la bahía.
Mi marca de Vestigio arde con un fuego frío.
Giro el agua hacia la izquierda con un enorme chorro que destruye otros tres barcos y derriba cuerpos por la borda como hojas desparramadas entre adoquines.
El mecanismo de giro manual no va ni la mitad de rápido que mi magia.
A mi espalda, alguien suelta un juramento de sorpresa. Creo que se trata de Roq, la guardia amistosa, pero no me giro para mirarla. Tengo los ojos clavados en el puerto.