El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Dieciséis
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CAPÍTULO Dieciséis

U n grito se agolpa en mi garganta mientras Arwen cae hacia el agua, pero no llega a salir de mis labios, pues su descenso se ve detenido por un caballo blanco alado que asciende hacia ella.

Atyr.

Arwen aterriza en la silla de montar con una maniobra nacida de la práctica.

Sus dedos se hunden en la fluida crin blanca de la montura, y sus tacones se introducen de golpe en los estribos.

Suelta un chillido de puro gozo al tiempo que unas alas emplumadas la alzan hacia el cielo, entre ráfagas de aire que caen sobre todos los que la vemos desde las murallas.

Se suceden los vítores mientras el magnífico corcel duendaeri se dirige hacia el mar, directamente a la senda de los drakares.

Yo también suelto un grito de ánimo. No puedo evitarlo. Cuando Soren lo oye, lanza una mirada divertida en mi dirección y yo me encojo de hombros con aire manso.

—Su mal carácter deja mucho que desear, pero hasta yo puedo admitir que eso ha sido increíblemente épico.

—Por los cielos, ni se te ocurra decirle eso. Le hace tanta falta más seguridad en sí misma como a mí me hace falta una flecha de hielo en el corazón.

Mi mirada sigue a Arwen durante un instante y luego salta hacia la armada que se aproxima.

—¿No puedes invocar un tsunami? —pregunto—. Podrías acabar con todos ellos de golpe, antes de que hagan daño a nadie.

Soren suelta un leve resoplido.

—Te agradezco el voto de confianza en mis habilidades, pero invocar una ola de esa magnitud requeriría una fuerza mayor que la mía.

Yo lo miro, con las cejas alzadas.

—Pero si la semana pasada te vi disipar un tsunami.

—Disipar requiere mucho menos esfuerzo que conjurar. El peso del océano es… inmenso. Incluso para mí. Las aguas tranquilas no cambian con facilidad. Las que ya están en movimiento son mucho más maleables.

Aprieto los labios. Soren niega con la cabeza, como si mi decepción le resultase encantadora.

Se gira y empieza a recorrer toda la longitud de la puerta del mar.

Va examinando a los soldados y de vez en cuando se detiene para dar alguna orden en voz baja, señalar alguna bota desatada o bien dar un apretón en el hombro a alguien para saludarlo.

Está claro que la guardia hyliana está entrenada para esta situación exacta.

No hay caos ni confusión. Todos ocupan sus puestos y reúnen sus armas con una facilidad que evidencia una larga disciplina.

A diferencia de Dyved, que se aferra a roles de género más rígidos, las filas llŷrianas se dividen a partes iguales entre hombres y mujeres.

Cuando miro detrás de nosotros, veo siluetas vestidas de azul oscuro de muchas formas y estaturas por todas las murallas, desde nuestro puesto hasta los faros en medio de la ciudad.

Abajo, en el puerto interior, un escuadrón secundario algo más escaso está apostado por los muelles, preparado para detener a quienquiera que intente entrar en los canales.

Pero nada va a romper la puerta del mar, que es casi tan gruesa como las propias murallas. Por más grande que parezca desde el nivel del puerto, no se pueden apreciar sus verdaderas dimensiones hasta encontrarse encima de ella.

—¡Arcos largos, tensad! —exclama Soren tras detenerse en el mismo centro. Su voz es un restallido que se propaga en la lejanía—. ¡Cañones principales, preparados para el ataque!

A su señal, los equipos de cuatro fornidos hombres apostados junto a los Gemelos colocan las manos en los radios de las gigantescas ruedas y empiezan a girarlas, trazando círculos lentos y agónicos.

Es una tarea farragosa que requiere fuerza bruta y total sincronización.

Yo los veo hacer dos giros completos, esperando sin aliento a que suceda algo.

Por fin hay un gemido metálico y un rumor que sacude los cimientos de la ciudad.

Toda la guardia hyliana se fija en lo que sucede, pero nadie se encoge siquiera cuando los cañones de agua empiezan a arrojar monumentales chorros sobre la bahía.

Aunque haya leído sobre ello antes, me resulta un espectáculo asombroso.

El enorme volumen de agua que sale, la portentosa fuerza del chorro…

Es como ver dos cascadas horizontales. Los cañones disparan muy por encima de incluso los mástiles más altos del fondeadero.

Cuando los chorros impactan, el océano se convierte en pura espuma, revuelto frenéticamente bajo la potencia de los cañones.

Ahogo una exclamación que aun así es audible.

—¿Impresionada?

Asiento, sin mirar a Soren.

—¿Y cómo consiguen apuntar?

—Rotando las bases bajo cada cañón. ¿Ves a ese hombre, el más fornido, que lleva guantes?

—Su hombro roza el mío. Alza el brazo para señalar a un hombre que ahora mismo ocupa una posición sobre una plataforma elevada justo bajo el cañón—.

Es el cañonero, los ojos del cañón. Hay dos palancas que puede usar para mover el chorro en una dirección u otra.

No es instantáneo, pero funciona bastante bien. Normalmente.

Veo cómo sucede mientras Soren me lo está explicando. El cañonero de la torre a mi izquierda gira el cañón y desplaza el chorro de agua por la superficie del océano. Una barricada en movimiento. Es un modo brillante de causar daño desde la seguridad de las líneas defensivas.

Nuestros atacantes aún no están a tiro, pero, en vista de la velocidad que llevan, lo estarán pronto.

Si ver los chorros de agua de los Gemelos en su camino los intimida de alguna manera, no se nota.

Su ritmo de remo no hace sino aumentar. Están tan cerca que sus cánticos bajos se oyen incluso con el constante estruendo de las bombas de agua.

Es un coro de profundos gruñidos, uno por cada rema.

Arwen, sin el menor miedo, se acerca aún más volando. El sol le arranca destellos plateados a su arco. Ella avanza muy cerca del agua. El pelaje de Atyr se ve de un brillante tono blanco bajo su silueta inclinada.

—No debería estar ahí ella sola —dice Soren con firmeza y los ojos fijos en su hermana—. Se va a buscar que la maten.

—Pues ve con ella.

Me mira de reojo, con las cejas alzadas.

—Se pondrá furiosa.

—Se pondrá furiosa porque seguirá viva —replico.

En sus ojos llamea una calidez que desaparece al momento.

—¿Y qué hago, dejarte aquí sola?

—¿Sola? Claro que no. Me rodean escuadrones de soldados bien entrenados. Creo que estaré bien. —Pongo los ojos en blanco—. Si se acercan mucho, les demostraré algunas de mis nuevas habilidades.

Él esboza una sonrisa.

—Cuidado con la temible levitadora de limones.

—¡Ja! —Le doy un empujón en el hombro—. Y yo que estaba preocupada por si te mataban de un golpe de lanza. Ya lo he superado. Que te maten si hace falta.

Él me sonríe y coloca una mano en lo alto de la balaustrada de piedra.

—Ya te arrepentirás cuando no esté por aquí para cocinar para ti.

La verdad es que echaría de menos las tortitas a la plancha, pero no se lo digo. Hago un gesto amplio para indicarle que se dé prisa.

—Vamos, vete. Arwen casi ha llegado a la vanguardia de la flota. Vas a tardar mucho tiempo en alcanzarla en esquife, así que…

De pronto, Soren se pone en movimiento. Lo hace tan rápido que mis ojos no captan cuándo sucede.

Pero ahí está, plantado a un palmo de mí.

Mis palabras se cortan de cuajo al ver su semblante, que se acerca al mío.

Más cerca de lo que ha estado nunca, más cerca de lo que jamás he pensado que estaría.

Antes de que pueda prepararme para ello, sus labios tocan el lateral de mi cuello, justo bajo la frágil articulación de mi mandíbula, donde mi pulso late al doble de velocidad de lo normal.

Se me queda la mente en blanco, todo pensamiento coherente abandona mi cabeza en un único latido mientras su boca sigue pegada a mi piel.

Todo termina casi antes de empezar. Soren se aparta de mí, gira en redondo, planta las manos sobre la balaustrada y se aúpa sobre ella. Totalmente petrificada, lo veo erguirse cuan largo es. No me sale ni una palabra, se me ha cerrado por completo la garganta; no pasa ni el aire.

Soren me mira desde ahí arriba, con esa sonrisa sardónica que ya conozco bien. Sin embargo, bajo ese disfraz juguetón, en sus ojos rebosan emociones que yo no había encontrado en todo el tiempo que hemos pasado juntos.

—Por si acaso me matan —dice con un susurro destinado solo a mis oídos—, tenía que hacerlo. Al menos una vez.

Se gira y se lanza desde lo alto de la puerta del mar. A mí se me encoge el corazón al verlo desaparecer de la vista. Se me hiela por completo la sangre. ¿Acaso está completamente loco? Saltar desde esa altura…

Salgo corriendo hacia la balaustrada y me asomo justo a tiempo de ver que la alta figura de Soren desaparece bajo la superficie del agua, como un cuchillo caliente que atraviesa mantequilla. Apenas hay un chapoteo cuando se zambulle en las profundidades azules.

No consigo respirar durante los infinitos segundos que tarda en volver a la superficie.

Cuando por fin sale, se encuentra mucho más lejos de lo que yo había esperado, casi a la mitad de distancia del fondeadero.

Sus rápidas brazadas lo llevan a una velocidad cegadora hacia alta mar.

A su alrededor se alzan olas que lo impulsan y mecen los barcos anclados.

Dejo escapar una respiración entrecortada y veo que su silueta se va volviendo cada vez más pequeña a medida que se acerca al peligro.

Sin vacilación, sin miedo. Arwen y él tienen eso en común: dos corazones gallardos con espinas de erizo.

No soy capaz de decidir cuál de los dos es más imprudente. O más intrépido.

Mis dedos se alzan y acarician la articulación de mi mandíbula, donde aún siento la sombra de un beso. Bajo la piel, mi pulso es un tatuaje enloquecido de ansiedad y adrenalina.

«Por la batalla.»

«Nada más.»