El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Quince #4
48%

CAPÍTULO Quince #4

A ambos lados de la puerta del mar, en lo alto de plataformas de avistamiento que asoman de los parapetos, hay dos cañones de agua idénticos.

Los Gemelos, como los soldados los denominan afectuosamente.

Son el doble de grandes que los cañones junto a los que hemos pasado por el interior de las almenas.

Cada uno requiere un equipo de cuatro operarios para manipular la rueda horizontal que abastece la bomba de agua.

—¡Se van a cubrir tras el fondeadero! —Arwen señala con una mano a los barcos que flotan a su espalda, los objetivos principales de los saqueadores—. ¡Tenemos que hundirlos antes de que lleguen a las naves atracadas, o perderemos la oportunidad que tenemos de detenerlos!

Soren se para de golpe justo delante de su hermana y echa la cabeza hacia atrás para atraer su mirada.

—¿Cuántos drakares vienen?

—Cincuenta, quizá sesenta —dice Arwen en tono rotundo—. Unos quinientos hombres.

—¿Y cómo demonios han llegado aquí sin que los detectemos? —Los ojos de Soren destellan al contemplar la horda que se aproxima.

Aún están a una buena distancia, pero se acercan a gran velocidad.

La armada se está empezando a desplegar; se separan en dos flancos con el claro objetivo de rodear el fondeadero temporal desde ambos lados.

Como el nudo que se cierra en una soga, van a caer a la vez sobre su botín y luego huir antes siquiera de que se enfríe la sangre que derramen.

—Rodearon la parte trasera de Prydain. Deben de haberse resguardado en una de las islas alejadas de la costa por la noche. —Arwen parece más molesta que enfadada—. Si los titanes los vieron esconderse, no les dio la gana de avisarnos. Te aseguro que ya hablaré de eso con Vaughn.

—Vaughn no es el único responsable de todo lo que sucede en Prydain, como bien sabes. —Soren niega con la cabeza—. ¿Y qué pasa con tus exploradores? ¿Estaban todos dormidos de guardia?

Arwen resopla en tono mordaz.

—Aunque así fuera, habría dado igual. Sabes lo rápidas que son esas naves, hermano. Pueden ganar en velocidad hasta al más rápido de los cuervos.

—Aun así, jamás deberían haber podido acercarse tanto a la ciudad. Están delante de nuestras condenadas puertas.

—Échale la culpa de eso a esta maldita niebla —dice Arwen, echando humo. Sus ojos vuelan hacia mí durante un instante glacial—. Los faros no pueden detectar ninguna amenaza que se acerque si están constantemente cegados.

Se me encoge el estómago con un peso muerto de pura culpabilidad.

—Es que… es que…

—Tú no hables —sisea Arwen—. Bastante has hecho ya sin soltar comentarios estúpidos.

Retrocedo como si me hubiese abofeteado. La mano de Soren me agarra del brazo antes de que pueda dar un paso más y me calma para que no huya.

—Arwen —dice con una frialdad que me aturde—, solo te pones a ti misma en evidencia cuando te comportas como una abusona de patio de colegio y no como la líder que necesito que seas. Si vuelves a pagar con Rhya tu rabia, vas a sufrir la mía propia.

La fría reprimenda de Soren rompe la concentración de Arwen en la batalla inminente. Sus ojos azules se entrecierran al tiempo que un millar de pensamientos contradictorios luchan en su mente.

—Tenemos que repelerlos antes de que lleguen al fondeadero. Los Gemelos no bastarán para mantenerlos a raya. A todos no, al menos, y no por mucho tiempo. Ya estamos enviando soldados a las naves y evacuando a los civiles, pero…

Los ojos de Arwen descienden hacia el mar. Ahí abajo, varias embarcaciones de tamaño medio se acercan al fondeadero. De ellas bajarán contingentes de soldados armados, para luego cargar contra todos los pasajeros desarmados que puedan.

—¿Dónde están las duendaeri? —pregunta Soren.

—Harpina y Thisobei viajaron a Fríacruz ayer mismo para reunirse con los exploradores cimerios. No regresarán hasta esta noche. Bretiax y Yara volaron al alba al encuentro de la flota de Puntadaga.

—¿Tienes idea de cuándo se supone que va a llegar Alaric?

—Podría ser en cualquier momento. —Una sombra de preocupación sobrevuela su rostro—. Esperemos que sea más pronto que tarde. Nos vendría bien su artillería en retaguardia.

Soren contempla a su hermana durante un largo latido.

Acto seguido, sus ojos vuelan de nuevo hacia el mar.

Los drakares de Terrascarcha están en mitad de la bahía, tan cerca que veo la espuma que levantan los remos al hundirse entre las olas y oigo los rítmicos cánticos que reverberan por el agua mientras cientos de hombres gruñen a la vez.

«¡Remad! ¡Remad! ¡Remad!»

—No podemos contar con llegadas oportunas que pongan la balanza de nuestro lado en esta lucha —dice Soren en voz baja.

Arwen se crispa por entero.

—Ya lo sé.

—No he dicho lo contrario.

—Van a atacar aquí, en el fondeadero, pero he colocado escuadrones por todo el perímetro hasta los faros.

Las almenas interiores también están listas, aunque dudo que los drakares se vayan a acercar tanto como para ponerse al alcance de los cañones más pequeños.

Puede que esos saqueadores de Terrascarcha tengan serrín en la cabeza, pero son lo bastante listos como para mantenerse alejados de ellos.

—¿Y los Gemelos? —Soren señala con el mentón a los colosales cañones que descansan a ambos lados de la puerta del mar.

—Dejaré su supervisión en tus capaces manos, hermano. —Una sonrisa asoma a su rostro—. Yo planeo ir a ver personalmente a nuestros visitantes.

Soren niega con la cabeza.

—No puedes armar un asalto aéreo sin una sola jinete a tu lado que pueda cubrir tus puntos ciegos.

Ella se encoge de hombros con aire despreocupado al tiempo que se coloca las gafas de protección.

—Maldita sea, te aseguro que lo intentaré.

—Arwen…

—Atyr y yo nos hemos visto en peores situaciones, y lo sabes.

Soren frunce el ceño con severidad.

—No te pongas en peligro por demostrar ninguna necedad.

Arwen se queda inmóvil.

—¿De qué necedad estamos hablando, hermano?

Él baja la voz levemente, para que ninguno de los soldados cercanos lo oiga.

—De que este matrimonio no te va a cambiar. De que estar enamorada no te ha ablandado.

Ella le clava la vista. No se digna ni a responderle. Soren intenta razonar:

—Te necesitamos aquí, para sobrevolar el perímetro. Para asegurarte de que nadie atraca en la Cala de los Vinateros, junto al órgano del mar o en el Hervidero.

—La guardia hyliana está bien entrenada. Se las apañará para cubrir nuestros puntos débiles sin mí. —Su sonrisa se ensancha—. Además, si la jugada me sale bien, ni siquiera tendré que acercarme tanto como para que esos saqueadores me arrojen sus lanzas.

—Arwen…

Pero ella ya le ha dado la espalda a su hermano.

Se lleva la mano a los labios y emite un agudo silbido.

Entonces, con un movimiento que me provoca un vuelco en el corazón, empieza a correr por la balaustrada con pies rápidos que sobrevuelan la piedra a toda velocidad.

Sin barandilla ni escudo alguno, bastaría un paso en falso para que caiga a plomo al mar.

Es una caída tan grande que nadie, ni los fae más fuertes, podría sobrevivir a ella.

—¿Qué hace? —exclamo, horrorizada.

—Fanfarronear —murmura Soren—. Como siempre.

Hay una repentina ráfaga de viento tan fuerte que todos los arqueros se ven obligados a cubrirse los ojos. Creo que va a derribar a Arwen, pero esta no cae. En cambio, con una sonrisa, coge carrerilla y salta por el borde de la balaustrada hacia el vacío.