El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Quince #3
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CAPÍTULO Quince #3

—Supongo que no había otra manera de enseñarme esta lección, ¿no? —gruño tras detener otra bola voladora, que paralizo en el aire entre nosotros—. Una manera que no implique empaparme de la cabeza a los pies.

Por el rabillo del ojo veo otra bola que viene directa a mi cabeza. Consigo alzar un muro que escude mi flanco derecho para detenerla en el último segundo.

Soren esquiva grácilmente mi contraataque y sonríe. Sus botas levantan un reguero de arena.

—Esta es la mejor manera de taladrártelo en la cabeza. Y, además, es muy divertido presenciarla.

Respondo con una mirada capaz de destriparlo. Él, impertérrito, me lanza un latido de pura magia que me seca al instante; hasta la última partícula de agua se ve succionada de mi piel y mi ropa en el tiempo entre dos parpadeos. Este cambio tan repentino me desorienta.

—Esto…, gracias. —Me paso las manos por la maraña salvaje de mi cabello, que también está seco del todo, pero aún contiene restos de sal, arena y algas—. Supongo que no tendrás un peine a mano…

Soren no suelta ninguna risa entre dientes al oír mi petición en voz baja.

No la oye en absoluto. Sus ojos están fijos en algún punto por encima de mi hombro, en alta mar.

Me giro y sigo su mirada. En un primer momento, no veo nada, solo la neblina que recorre el horizonte lejano y rodea la Isla Prydain al norte.

Tras otro instante de escrutinio con los ojos entrecerrados, consigo atisbar siluetas familiares parecidas a unas cerillas que se acercan a nosotros.

Mástiles. Y son muchos.

Miro a Soren.

—¿Más regalos de boda para la recatada novia? —Él niega con la cabeza despacio, con los ojos clavados en los barcos que se acercan. Su expresión empieza a ponerme nerviosa. Se me acelera el corazón—. ¿La flota de Puntadaga, pues?

—No. Las naves de Alaric son más grandes —dice con voz tensa. Sus ojos por fin vuelan a los míos. Compruebo que ha de­saparecido todo rastro de humor para dar paso a un tono ardoroso—. Son naves de Terrascarcha.

Entreabro los labios para hacer una pregunta, que se ve ahogada por la repentina sirena del Faro del Oeste, que reverbera en las alturas.

Y ya no queda tiempo para preguntar nada.

Soren me agarra de la mano y echa a correr.

Me arrastra a tirones por la playa rocosa, subimos la estrecha escalinata de piedra y cruzamos el oscuro pasadizo que lleva a la ciudad.

Las altas murallas de Hylios son una suerte de maravilla arquitectónica.

Desde mi llegada a la capital, he pasado muchos crepúsculos recorriéndolas, admirando la vista de los laberínticos canales ahí abajo, la infinita extensión del océano que se alarga hasta donde alcanza la vista.

Sin embargo, la verdadera maravilla no son los paisajes que se ven desde las alturas; se halla dentro de las propias murallas.

Una serie de escaleras, trampillas y estrechos corredores recorre toda la gruesa piedra y lleva a almenas escondidas, construidas en diferentes puntos estratégicos por todo el perímetro.

El interior es estrecho y oscuro. De vez en cuando, alguna ventana de ranura deja pasar un rayo de luz que penetra en las sombras, abierta en un hábil ángulo que permite que un arquero apunte sin quedar expuesto al fuego enemigo.

Los miembros de la guardia hyliana están ocupando sus puestos mientras Soren y yo corremos hacia el sur en dirección a la puerta del mar.

Pasamos por seis cañones de agua, que yo llegue a contar.

Las enormes bestias metálicas son la fortificación más potente de la ciudad contra naves hostiles que se acerquen.

Son capaces de lanzar enormes caudales de agua a presión sobre la bahía…

o eso he leído en Batallas históricas de Hylios: la guerra desde detrás de las murallas, una mordaz crónica que Soren dejó hace días en mi mesita de noche para que le echase un vistazo.

El libro cuenta con todo detalle las inigualables medidas de defensa de la ciudad, desde la puerta del mar a los faros, pasando por los casi invisibles bajíos que rodean los aledaños.

Todo ello constituye una protección sólida por sí mismo, aunque no resulta ni la mitad de efectivo que los cañones de agua, que son capaces de destrozar todo lo que esté a su alcance, según presumió ante mí un soldado anoche mismo, durante un paseo por lo alto de las murallas:

—Bergantines, goletas, yolas…, nuestros cañones se cargan cualquier nave, ¡y tanto! Por eso, la mayoría de los saqueadores se lo piensa dos veces antes de atacarnos.

Confieso que tenía ganas de verlos en acción, de presenciar de primera mano esa potencia capaz de destrozar el casco de una embarcación.

Pero, en este momento, al ver a dos hombres trabajar a la vez utilizando la fuerza para girar unos engranajes más altos que yo misma para extraer agua de la bahía, compruebo que la realidad ha apagado un tanto mi entusiasmo.

Cuanto más nos acercamos a la puerta del mar, más atestadas están las almenas.

Por todas partes hay soldados armados que se colocan carcajes y aprestan los arcos, que afilan sus hojas con piedras de afilar, que colocan recios proyectiles en sus ballestas.

Todo el mundo está en movimiento, ya sea subiendo escaleras hacia lo alto de las murallas o bajando hacia los canales, según las órdenes que haya recibido cada uno.

En las alturas, la sirena de los faros es un zumbido constante que les indica a los civiles que deben ponerse a salvo en sus casas.

Llegamos al extremo del pasadizo en el que una ancha escalera de caracol lleva a lo alto de las murallas.

Soren sube a toda prisa; yo le piso los talones.

Está tenso. Lo veo en el contorno de sus anchos hombros, del mismo modo que lo siento retumbando por nuestro vínculo.

El hecho de que pueda sentirlo me revela lo grave que es la situación.

Por una vez, Soren está demasiado preocupado como para bloquearme.

Salimos a la neblinosa luz del día, que tras la oscuridad del interior nos parece cegadora.

Parpadeo rápidamente y hago un esfuerzo por procesar lo que estoy viendo.

Las fortificaciones superiores están repletas de soldados apostados hombro con hombro.

Todos contemplan el horizonte con expresiones aciagas en el rostro.

Al seguir sus miradas hacia el mar, noto que se me abre un agujero en el estómago hecho de puro pavor.

Más allá de los navíos mercantes anclados, se acercan a toda velocidad más naves de las que soy capaz de contar de un único vistazo.

Ahora que están algo más cerca, resulta difícil creer que las haya confundido con la flota de Alaric.

Son claramente barcos de guerra, nada de naves mercantiles.

Están construidos para ser veloces y sigilosos.

Sus notables baupreses cortan las olas como hojas.

Van aumentando de velocidad mientras su tripulación desplaza los remos perfectamente al unísono.

—Van al fondeadero —murmura Soren, con las manos apoyadas en el parapeto que nos llega a la cintura, sus ojos recorriendo el horizonte—. Deben de haberse enterado de lo de la boda. Habrán pensado que pueden hacerse con el cargamento que tienen esos barcos en la bodega.

Mis ojos vuelan hacia las docenas de navíos que flotan desprotegidos al otro lado de las pesadas piedras de la puerta del mar.

—¿Van a atacar la ciudad?

—No les interesa la conquista de territorios. Lo que querrán será saquear todo lo que haya en esas naves si tienen la oportunidad, y luego les prenderán fuego. —Su tono de voz baja un poco—. Y también masacrarán a todos los marineros y civiles que haya a bordo.

Trago saliva. He oído hablar de las incursiones de Terrascarcha.

Sus habitantes, rápidos y salvajes, tienden a no hacer prisioneros.

Arrasan con aldeas enteras en apenas una noche, se llevan todo lo de valor y no dejan a nadie vivo para contarlo.

En el pasado han llevado a cabo acciones así al otro lado del mar Septentrional, pero nunca han atacado a sus vecinos.

Pero claro, las estrategias cambian. Hace pocas semanas, Cadogan pidió refuerzos porque temía un ataque inminente sobre Dyved.

Yo no pensaba que Llŷr fuera a sufrir una amenaza parecida…, y desde luego aquí no, en la capital. Creí que la amenazadora presencia de Soren los mantendría a raya. La idea de tener a mano tantas naves atracadas, presas fáciles, debe de haber sido demasiado tentadora como para desecharla.

Por encima de las sirenas de los faros y el barullo de los soldados que corren a ocupar sus puestos, el ladrido entrecortado de una mujer que da órdenes llega a nosotros a lomos de la brisa.

Soren echa a correr como una flecha hacia la dirección de la que proviene el sonido.

Yo lo sigo más lenta, una sombra silenciosa que intenta no perderlo en medio del tumulto.

La línea de soldados prosigue hasta lo alto de la puerta del mar, a unos cincuenta pasos de distancia.

Justo en el centro, a horcajadas, con un pie a cada lado de la unión de las dos gigantescas puertas, una figura femenina con un esbelto arco de plata a la espalda se asoma a la balaustrada y lanza berridos a todo aquel que tenga dos orejas.

—¡Quiero que esos cañones de agua empiecen a disparar en el mismo momento en que los tengamos a nuestro alcance!

—Las trenzas de Arwen latiguean con el movimiento a un lado y a otro de su cabeza al escrutar la escena.

Las gafas protectoras oscilan en su cuello—.

Operarios, id rotando las ruedas por turnos.

Si os cansáis, dadle un toque en el hombro a quien sea para que ocupe vuestro lugar.

¡Las válvulas de las bombas de agua necesitan presión constante para que nuestros cañoneros puedan disparar!