El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Quince #2
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CAPÍTULO Quince #2

Un cangrejo me pasa por encima del pie. Vuelvo a centrar mi atención en la cala.

Lo aparto con la punta de la bota, evitando sus pinzas.

Es un lugar hermoso, aislado de la frenética energía de los canales.

Las aguas están calmadas hoy, las olas son un tierno arrullo en lugar de los típicos restallidos contra las murallas.

Bancos de pececillos de agua dulce recorren los bajíos.

Musgosas algas anaranjadas se aferran a las rocas, en las que bancos enteros de mejillones negros aguardan a que los marisquen antes de que la marea vuelva a subir.

Hace bastante calorcito al sol. El sudor me lame la nuca y gotea por el cuello de mi ajustada camisa de algodón y por el flexible cuero gris de mis pantalones.

Me recorre el fiero impulso de quitarme la ropa y zambullirme en este mar resplandeciente.

No nado desde que hui de Guardamar el pasado otoño.

Dioses, ¿eso fue en otoño?

Siento como si hubiese vivido varias vidas desde entonces.

Sobre el callado chapoteo de las olas, mis oídos captan retazos de música cercana. Suena como campanillas de viento, pero de una tonalidad más profunda y no del todo perfectamente rítmica.

¿Será un órgano?

—Soren, ¿qué es ese soni…?

Una enorme bola de agua choca contra mí sin previo aviso.

Caigo de espaldas a los bajíos. Todo mi cuerpo queda sumergido durante varios segundos, hasta que consigo volver a la superficie.

Empapada por completo, jadeando, me pongo en pie a duras penas.

Tengo las uñas llenas de arena y guijarros.

Estoy cubierta de légamo por todas partes, chorreando agua.

—¡Por todos los infiernos! ¿Por qué has hecho eso?

Mi chillido atrae la atención de los vinateros en la orilla, pero estoy demasiado enfadada como para preocuparme por montar una escena.

Salgo a pisotones de los bajíos, asesinando con la mirada a Soren, que está de pie justo donde estaba antes, con los brazos cruzados, los pies plantados en la playa y una sonrisa enigmática en la cara.

—Instinto.

Yo parpadeo.

—¿De qué estás hab…?

Otra gigantesca bola de agua me impacta en el pecho.

Vuelvo a tambalearme, pero la fuerza del golpe me gira y acabo cayendo de cara al agua.

Se me llena la boca de algas salobres. Me ahogo y escupo como una bestia rabiosa.

Vuelvo a salir dispuesta a matar. Se me pega la ropa a todas las curvas de mi cuerpo.

Me arrastro hacia la playa. Para mi enorme enojo, las olas parecen estar impulsándome, besando mis gemelos.

Lo está haciendo Soren.

—En el nombre de todos los dioses —retumba mi voz. Echo a andar hacia él, enfurecida, en el mismo segundo en que mis botas tocan las rocas—. ¡Esto no tiene gracia!

—Estoy totalmente de acuerdo —dice él en tono solemne, aunque está sonriendo.

—¿Te importa explicarme a qué ha venido eso?

—Lo que ha pasado es que has fracasado a la hora de confiar en tus instintos.

Lo miro boquiabierta y totalmente confundida.

—¿Pero es que te has vuelto loc…?

Otra bola se estampa contra mí. Esta es más pequeña. No me derriba, se limita a empaparme entera en el sitio.

—¡Que pares!

Él se limita a mirarme, a contemplar el agua que me recorre el cuerpo. Siento cómo me gotea de las puntas del cabello, cómo forma charcos en mis calcetines, cómo satura las cinchas de cuero de mi vaina muslera.

Lo único que iguala mi rabia es mi perplejidad.

¿Por qué está haciendo esto?

Pensaba que Soren y yo nos estábamos convirtiendo… si no en amigos, en conocidos cercanos. Camaradas de armas. Una suerte de aliados, más allá de los papeles de maestro y pupila.

Con la excepción de nuestras lecciones mágicas, no pasamos gran cantidad de tiempo juntos.

A fin de cuentas, está ocupado con los pormenores de gobernar el reino.

Pero, cuando no está reu­nido con Arwen, con sus consejeros o bien mezclándose con su pueblo, se queda en la mansión.

No se aparta de su camino para evitar mi presencia.

A menudo, de hecho, viene a buscarme; nos vemos en la terraza y tomamos una copa de vino al atardecer, o bien en la biblioteca cuando estoy leyendo a la luz de las velas, o en la cocina mientras me preparo la comida.

A veces es él quien cocina. A veces cocino yo.

Desde luego, sabe lo que hace con un batidor o una espátula en mano, pero yo no soy completamente incapaz de preparar una cena aceptable.

Mientras comemos, me cuenta historias de lo que sucede en la ciudad: la belicosidad de Arwen ante la cada vez más inminente boda, el proceso extenuante de supervisar la extracción del pecio carbonizado del Selkie del fondo del puerto, la mediación en varias disputas comerciales entre compañías mercantiles rivales.

Yo, a cambio, le hablo de mis avances con mis poderes.

Estoy muy emocionada, cada vez tengo más control sobre ellos.

Soren jamás me obliga a contarle más de lo que yo le ofrezco voluntariamente, y tampoco me comenta casi nada personal.

Creo que los dos nos sentimos más seguros así.

Mantenemos la conversación ligera y jamás nos internamos en aguas profundas.

Por más superficial que sea, no puedo negar que también se me antoja…

Reconstituyente.

Parte de mí ansía normalidad. Ligereza. Levedad. Antes de llegar a Hylios, no podía recordar la última vez que tuve una conversación que no tuviese que ver con heridas de guerra, devastación o muerte. Poder charlar con alguien de asuntos de poca importancia…

Es como un regalo.

Un regalo que me ha dado Soren y a cambio del cual no espera nada. Eso en sí mismo ya es otro tipo de regalo. Recibir algo sin expectativa de reciprocidad es peligrosamente poco común.

Pero ahora, en medio de la playa, empapada y cabreada como un avispón, no puedo evitar poner en duda nuestra floreciente camaradería. Quizá me he equivocado. Quizá no tenemos una relación tan cercana como yo pensaba. Si cree que torturarme es divertido…

—Mira —digo entre dientes. Lo veo todo rojo—. No sé qué crees que vas a conseguir, pero…

Mis palabras mueren hasta convertirse en silencio, porque, de pronto, lo entiendo.

Siento la leve oleada de magia en el aire entre los dos en el mismo instante en que él invoca otra bola de agua, antes de que sus dedos se flexionen para arrojarla por los aires hacia mí.

Una fracción de segundo de consciencia. Apenas suficiente para procesar lo que está a punto de pasar, mucho menos para esquivarlo… , pero sí para contraatacar.

Mi rabia retumba cerca de la superficie.

No la contengo. La uso como combustible.

En el mismo momento en que me lanza otra bola de agua, yo alzo la mano y la mando directa de regreso hacia él.

La bola falla de largo, pero Soren sonríe y empieza a invocar otra desde los bajíos.

Me la lanza con más velocidad de la que debería ser posible, pero estoy preparada.

Llamo a una corriente de viento que la atrapa, una mano invisible que se cierra alrededor de la bola.

Y luego, con todas mis fuerzas, se la tiro a la cabeza a Soren.

La desvía con facilidad. La bola se aplasta contra las rocas.

—Bien. —Sus ojos resplandecen—. Ya lo vas pillando.

—Jadeo demasiado como para responder—.

Tus sentidos son más agudos que los de la mayoría de la gente, pero solo te servirán si los usas —dice.

Ni siquiera le falta el aire—. Una vez que reconozcas las señales que evidencian la magia inminente, puedes detenerla antes de que la usen contra ti.

Alzo las cejas.

—¿Planeas usarla contra mí?

—No soy el único que usa magia en este reino. Los linajes llŷrianos son fuertes a pesar de la plaga. La propia Arwen tiene poderes menores de agua. Nada comparable a los míos —sus palabras tienen un cierto filo sardónico—, pero lo suficientemente potentes como para hacer algo de daño.

No me cuesta nada imaginar un ataque de Arwen. El hielo entre las dos no se ha derretido ni un poco desde el día en que llegué. En todo caso, está más gélido.

—Si te concentras, serás capaz de sentir mucho más que amenazas mágicas.

Como tejedora del viento que eres, tú más que cualquier Vestigio estás sintonizada con tu cuerpo y tu respiración.

Puedes sentir el movimiento más leve en una garganta, la respiración más ligera.

Esas son las señales de tu enemigo. —Hace una inspiración honda que ensancha toda su complexión, como si quisiera subrayar la idea—.

Puedes sentir una flecha que vuela hacia ti en medio de un cielo sin visibilidad.

Puedes percibir el sonido de una hoja que se acerca en silencio a tu cuello.

Piensa que es un sistema interno de alerta que te protegerá de cualquier daño si le das uso.

Soren invoca otra bola de agua de los bajíos. La atraviesan rayos de sol de media tarde que se refractan en todas direcciones, como un diamante bajo la luz. Me la arroja sin previo aviso.

Pero yo no necesito avisos previos. Esta vez, no. Además del leve aumento de magia en el aire, si afilo mi atención, puedo sentir el más leve cambio en su respiración, un resoplido infinitesimal que escapa de su garganta al lanzar esa pesada masa de agua en mi dirección.

Alargo el brazo y veo que la bola cambia de trayectoria bajo una corriente de viento hasta aplastarse inofensiva contra los bajíos.

—Bien hecho —dice Soren con una sonrisa preventiva—, pero ¿puedes hacerlo al doble de velocidad? ¿O qué me dices de dos a la vez?

Sus siguientes ataques llegan el doble de rápido; me lanza el doble de bolas.

Esquivo un ataque que viene directo hacia mi cara, pero algo me impacta desde atrás.

Me agacho para esquivar una bola que se me acerca, pero otra me estalla contra las espinillas.

Predecir sus movimientos requiere toda mi concentración.

A pesar de mis esfuerzos, consigue empaparme en múltiples ocasiones.