El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Quince
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CAPÍTULO Quince

–L a lección de hoy va sobre confiar en tus instintos.

Ladeo la cabeza hacia un lado, confundida por el anuncio de Soren.

—¿Mis instintos?

Él esboza una sonrisa misteriosa. Estamos en una diminuta playa de guijarros justo fuera de las murallas de la ciudad.

La playa es accesible mediante un estrecho sendero en la base del Faro del Oeste.

Una escalinata cubierta de sal, excavada directamente en los cimientos, lleva hasta una cala tan diminuta que prácticamente es poco más que una poza de marea, incluso con pleamar.

Hay demasiados bajíos como para que pasen barcos, así que los hylianos la usan como una suerte de viñedo submarino.

No muy lejos de la orilla hay vinateros sobre barcazas de fondo plano que emplean poleas para sacar toneles sellados del fondo marino, donde estos han fermentado durante varios meses.

Acto seguido, introducen nuevos toneles con pesadas anclas para la cosecha del año próximo.

Tras haber pasado algo de tiempo en Llŷr, he empezado a comprender que aquí el mar interviene en todos los aspectos de la vida.

En cada industria, en cada mester. Hasta en la vinatería.

Y he de confesar que, por más extraño que me parezca el método de producción, el vino dentro de esos toneles cubiertos de percebes es irreprochablemente bueno.

Se ha convertido en un capricho de todas las noches tras largos días de entrenamiento.

A veces, cuando no está ocupado con sus deberes reales, Soren viene aquí a beber conmigo.

Otras noches me siento a solas en la terraza interior o en mi balcón privado, dando lentos sorbos mientras hojeo alguno de los libros que se ha acostumbrado a traerme, saboreo la bebida afrutada y le escribo cartas a Lestyn.

Nuestra correspondencia empezó en mi tercer día en Hylios.

El primer cuervo que envié solo estaba destinado a decirle al chico que no se preocupase cuando yo no apareciese por el dispensario durante las próximas semanas.

Para mi sorpresa, un cuervo escarlata me esperaba con la respuesta de Lestyn a la mañana siguiente, en el aviario.

Me había respondido, y siguió haciéndolo durante la semana siguiente.

Su letra desordenada y pueril encajaba perfectamente con su energía ilimitada, ya la emplease para regañarme por abandonarlo o para quejarse del control autoritario de Osain.

«No permitas que ese viejo chocho te mangonee», le escribí anoche mismo como respuesta a un larguísimo mensaje que comentaba su último roce a cuenta del método para escayolar una pierna.

«Y, por favor, no te olvides de ir a ver cómo está Carys…»

Las cartas son mi único contacto con Caeldera, porque Penn no ha vuelto a escribirme.

En un primer momento estaba constantemente preocupada por él.

Me preocupaba su reacción ante mi ausencia, su obsesión con las protecciones, su tendencia a llevarse demasiado al límite…

, pero, a medida que ha ido pasando el tiempo y los días se han convertido en una semana y luego en dos, me he ido preocupando menos por la vida que he dejado atrás yme he obsesionado más y más por la que me estoy labrando en Hylios.

Estoy demasiado ocupada como para marcar los días que pasan y demasiado cansada como para poner en duda mis decisiones cuando me arrastro por las noches hasta la cama.

Mis lec­ciones diarias han progresado: de levitar plumas en el aviario he pasado a girar ramas caídas de los olivos, y de ahí a hacer malabarismos con los pesados limones que salpican el limonar frente a la mansión de Arwen.

Esto último, en particular, no ha servido para que la hermana de Soren me vea con mejores ojos.

Cuando me pilló diezmando sus productos, me dejó claro que no soy bienvenida en su parte de los terrenos reales, independientemente de lo que diga su hermano.

Desde entonces no he vuelto a pasar por el limonar.

Luego aprendí a lanzar piedras lisas del estanque contra los objetivos que Soren me colocaba en su patio.

Ha sido mi lección favorita hasta ahora, aunque molestamos a las ranas fosforescentes que habitan en las plácidas aguas alrededor de la cristalina casa de baños.

Finalmente, estoy empezando a entender lo que dijo durante nuestra batalla contra la arácnide.

No necesito un arma para disparar un proyectil.

Yo soy el arma.

Ayer, tras otro desayuno ecléctico en el mercado flotante, Soren me llevó a navegar a vela por Bahía Sangre en un esbelto esquife.

Yo nunca había ido a navegar a vela en toda mi vida, y me encontré muy nerviosa mientras cruzábamos la enorme puerta del mar.

Pero Deke manejaba el timón y nos guio con destreza hasta mar abierto, así que no me entró el pánico.

No hasta que Soren me colocó en la proa y me ordenó que llenase con corrientes de viento nuestra vela principal, cubierta de aparejos en cruz.

Luego me fue ordenando que cambiase de velocidad y dirección cada pocos instantes, como si fuera un almirante de lo más caprichoso.

Sin duda, fue el ejercicio de entrenamiento más desafiante que he llevado a cabo hasta ahora.

En varias ocasiones calculé mal mi propia fuerza y casi rasgué en pedazos nuestras velas.

Estuve a punto de lanzar nuestra embarcación de quilla baja a las rocas entre cimbreos precarios del botalón mientras el agua entraba a chorros por la borda.

Reprimí las náuseas cada vez que nos incliná­bamos descontroladamente en medio de las olas, intentando mantener el control de mis errantes zarcillos de poder a pesar de las distracciones.

No fue tarea fácil.

Incluso Deke, que es un avezado marinero, se puso un poco verde la segunda vez que estuvimos a punto de dar una vuelta de campana, porque apliqué demasiada fuerza cuando pasamos rápidamente junto a un bajío arenoso entre Hylios y el continente, en el que docenas de leones marinos disfrutaban del calor del mediodía.

De los tres, Soren parecía ser el único que se estaba divirtiendo. Apoyaba la espalda contra la acolchada barandilla de estribor, con los brazos cruzados, el rostro alzado al cielo y los ojos cerrados, disfrutando del sol como cualquier otra perezosa criatura marina.

No podía culparlo por ello. Últimamente, el buen clima ha brillado por su ausencia en Hylios.

Desde hace unos días, sin embargo, el sol parece atreverse algo más a asomar entre las nubes.

Hoy, de hecho, apenas hay una neblina que lo oscurece parcialmente.

Hay más visibilidad en el agua de lo que he presenciado desde que llegué a la ciudad.

Desde la Cala de los Vinateros se ve buena parte del continente en la lejanía.

Una empinada franja de costa lleva desde Puntadaga, en el sur, hasta el Estrecho de los Titanes, el canal muy transitado que recorre la parte norte del reino entre Llŷr y la Isla Prydain.

El Estrecho de los Titanes conecta el mar Septentrional con Bahía Sangre y es uno de los puntos de paso más importantes de todas las Tierras Septentrionales, pues sin él habría que rodear toda la enorme isla que es el hogar de los titanes.

Ningún marinero se arriesgaría a hacer semejante viaje, si puede evitarlo. La hostilidad de los titanes hacia los desconocidos es casi tan legendaria como su inmenso tamaño.

Entrecierro los ojos y atisbo varias naves que avanzan hacia las altas murallas de la capital.

Navegan lentamente a causa de la suave brisa, que apenas consigue empujar sus pesadas mercancías por las aguas de color turquesa de la bahía.

Son las últimas de un largo trasiego de llegadas, con camarotes repletos de invitados a la boda y bodegas cargadas de manjares y decoraciones.

Por no mencionar los regalos de los llŷrianos que no pueden asistir en persona.

Hace varias décadas que no se celebra una boda real.

Todo el mundo está muy emocionado, tal y como reflejan los generosos regalos.

Ha venido gente de todos los rincones del reino a agasajar a su princesa guerrera.

Cada noche veo más y más naves aparecer por el horizonte cuando paseo por las murallas.

En un primer momento se ven diminutas desde esa posición elevada: los mástiles, como cerillas, y la tripulación, como hormigas que deambulan arriba y abajo mientras recogen velas y sueltan anclas frente a la puerta del mar, donde se ha instalado un fondeadero temporal, al parecer de la noche a la mañana.

No hay espacio para todos los navíos en el puerto.

Cada noray y cada amarre están ocupados, al igual que cada posada y cada café junto al canal.

No me imagino cómo será cuando lleguen los invitados del novio desde Puntadaga.

Se los espera esta tarde, según afirma Soren.

Me sorprendo preguntándome cuándo hará su aparición el contingente dyvedita. Probablemente no será hasta el último momento, teniendo en cuenta la reticencia de Penn a dejar Caeldera desprotegida.

No sabría decir si la idea de pasar varias semanas más separada de él me inspira temor o impaciencia.

De algún modo, ambas cosas a la vez. Mi corazón, como el resto de mi mundo, parece levemente falto de sincronía.

Es como si el tiempo se moviese a la vez demasiado rápido y demasiado lento para mi gusto.

Me digo a mí misma que, cuando Pendefyre llegue al fin, con él vendrá la claridad de pensamiento. Y sin embargo, la mera perspectiva de verlo en Hylios me deja sin respiración y consigue que me dé vueltas la cabeza.

Parece absolutamente incongruente. No puedo imaginármelo en condiciones.

Penn aquí.

Una chispa en medio del mar. Una llama chisporroteante sobre este azul infinito.