CAPÍTULO Catorce #3
—Penn dijo… —empiezo, y luego me faltan las palabras.
Su expresión se aclara.
—Sigue.
Reúno valor.
—Dijo que era hermosa, pero… que estaba rota por todo lo que había vivido. La matanza de su familia. La pérdida de su hogar.
—Hermosamente rota, sí. Así era Enid. Muy intelectual, pero excepcionalmente introvertida.
Resultaba difícil sacarla de su caparazón.
A menos que uno quisiera discutir el último libro que hubiese devorado…
En ese caso, era imposible que dejase de parlotear.
Se pasaba horas y horas en mi biblioteca cuando Penn la traía de visita.
La descuidada ternura de su voz consigue que el nudo de mi estómago se apriete aún más.
Hablar de ella me parece una intromisión, de alguna manera.
Empiezo a arrepentirme de mi insufrible curiosidad.
Ojalá nunca hubiese abordado el tema de mi venerada predecesora, pues ¿quién puede competir con un fantasma?
—¿Qué más te contó Pendefyre de ella? —pregunta Soren, cuya mirada se vuelve afilada al ver que guardo silencio.
«Solo que se culpa de su muerte.»
«Y que ambos creíais estar enamorados de ella.»
Entierro esas palabras dentro de mí, muy profundo.
—No mucho más.
Soren parece no creerme del todo, pero, por suerte, no insiste.
—Entonces… —Trago saliva—. Además de esas dos tejedoras del viento que murieron en las Tierras Centrales, no sabéis de la existencia de ningún otro Vestigio del Aire, ¿no?
No le pregunto por los Vestigios de la Tierra. Sé que es mejor no hacerlo. Quienesquiera que fueran, dondequiera que estuvieran…, jamás los encontraron. Ni una sola vez en doscientos años.
—No, por desgracia, no —admite Soren—.
No empecé a buscar en serio a otros Vestigios hasta varias décadas después de llegar al trono.
Francamente, en aquella época, las profecías susurradas no eran una prioridad para mí.
La prioridad era sobrevivir. Tras la Purga hubo una guerra a gran escala que duró una docena de años y se extendió por todos los rincones del reino.
Para cuando llegué al trono, ya había disminuido un poco su intensidad, aunque no tanto.
Lo que recuerdo de mis años formativos está manchado de sangre y muerte.
Me tenso al pensar en semejante crianza.
Aunque mi propia infancia no tuvo privilegios, estuve bastante a salvo hasta que al fin la guerra llegó hasta nuestra puerta.
Sin embargo, Eli consiguió crear una vida de paz para nosotros en Guardamar.
Tal y como ha dicho Soren, el refugio que suponía la península me dio una oportunidad de la que jamás pudieron disfrutar las otras tejedoras del viento.
Tuve la suerte de experimentar una paz relativa, lejos de la brutalidad que devoraba otras partes de las Tierras Centrales.
Soren se cruza de brazos.
—Llŷr perdió a muchos de sus mejores guerreros en los primeros años de batalla. Mi padre resultó ser lo bastante formidable como para mantener a raya a los ejércitos mortales… durante un tiempo. Buena parte de nuestra población cayó antes de que los linajes más antiguos empezasen a flaquear.
Asiento. Esto ya lo sabía. He leído que la magia había sufrido una lenta erosión.
Que nuestras familias feéricas más fuertes empezaron a engendrar niños sin magia, que los poderes divinos de nuestro pueblo comenzaron a menguar lentamente hasta desaparecer.
La capacidad de curación acelerada, larga vida, vista aumentada, oído extraordinario…
todo ello quedó perdido en pocas generaciones.
Y Soren lo vivió todo. Vio perecer a muchos mientras él seguía aquí. Tanto él como Arwen y un puñado de otros miembros de los linajes antiguos son todo lo que queda de esa era perdida.
—Por aquel entonces, las Tierras Septentrionales eran diferentes.
El predecesor de Pendefyre, el rey Vorath, no tenía interés en formar una alianza.
Cerró las fronteras de Dyved y no quiso saber nada de comerciar con nosotros ni de unir nuestras fuerzas en batalla.
—Una sombra de ironía se adueña de su tono de voz—.
Tuvo que pasar otro medio siglo para que llegase un cambio: un jovencito apareció en las puertas de la ciudad y exigió ver al rey.
Pendefyre.
—Un guerrero desde la cuna —digo sin pensar.
—Y sin embargo —replica Soren—, qué pocas veces lucha por aquello que de verdad importa.
Se hace un denso silencio mientras los dos reflexionamos sobre el rey de Dyved. Ahora estamos en terreno inestable. De pronto me cuesta respirar a causa de la tensión que hay en el aire. Carraspeo, paseo la vista por la tenue habitación y pregunto:
—Bueno, ¿qué hora es?
—Cerca de medianoche.
—¿Has estado en los barracones todo este tiempo?
Asiente.
—Sí. Ha sido un día muy largo y no particularmente agradable. Me he pasado casi todo el tiempo enterrado bajo una montaña de correspondencia. Hay muchos asuntos que tratar, ahora que Arwen se marcha.
—¿Se marcha?
—Después de la boda se muda a Pozoacebo con Alaric. Gobernará junto a él desde Puntadaga. Allí criará a su familia, en caso de que decidan tener descendencia.
—Ah. No lo sabía.
—Seguirá al frente de mis ejércitos y será líder del escuadrón volador de jinetes duendaeri.
Pero lo hará a un portal de distancia en lugar de a pocos escalones de aquí.
Será un período de adaptación para los dos.
—Su voz baja un poco, como si sus siguientes palabras no fuesen para mí—.
Después de dos siglos, uno se acostumbra a que todo se haga de una cierta manera.
Por los cielos, suena casi… vulnerable. Jamás había oído algo así viniendo de él. Pero, claro, yo jamás he tenido hermanos ni hermanas. No puedo entender lo que se siente al perder a alguien tan cercano. Alguien con quien yo haya vivido, peleado, reído… durante cientos de años.
Un leve rayo de luna ilumina el ceño y los labios fruncidos de Soren.
—La vas a echar de menos.
Sus ojos encuentran los míos en la oscuridad.
—Sí —se limita a decir.
—¿Y no puedes pedirle que se quede?
—Si se lo pidiera, se quedaría. Pero no puedo hacerlo.
No pienso hacerlo. Sé que quiere irse. Pedirle que elija entre Alaric y yo sería como pedirle que se saque el corazón del pecho en aras del deber.
—Sus dedos juguetean con el cabello que le cae sobre la cara—.
Cuando los ves juntos…, cuando ves cómo se miran, aunque estén en extremos opuestos de la habitación, parecen moverse en la misma órbita, como dos estrellas unidas…
Ya verás a qué me refiero. Jamás le negaría la oportunidad de ser feliz.
Ha esperado casi tanto como yo para disfrutarla.
Digiero en silencio esa triste confesión.
Mis pensamientos giran en direcciones en las que nunca se han atrevido a ir.
Si Soren fuera un amigo, yo intentaría reconfortarlo en un momento así.
Si fuera Jac o Farley, quizá le soltaría algún chiste para aligerar el ambiente.
Si fuera Carys o Lestyn, le daría un cálido abrazo hasta que las sombras se retirasen de sus ojos.
Pero Soren es…
No sé lo que es. No sé cómo consolarlo ni cómo reaccionaría si lo intentase. Inconscientemente, mis dedos se aferran a la colcha. Con cierto esfuerzo, los obligo a aflojar ese agarre mortal. El aire entre los dos está notablemente pesado.
—Has dicho que ha sido un largo día. ¿Ha pasado algo? ¿Quieres…? —Aquí no estoy en mi elemento, pero hago lo que puedo—: ¿Quieres hablar de ello?
Él me contempla en silencio y no dice nada. Se limita a estudiarme con toda intención. Su rostro sobrevuela mis facciones. El silencio se alarga y se sigue alargando, hasta que empiezo a ansiar tener poderes de invisibilidad, en lugar de seguir aguantando un instante más de escrutinio.
—¿Qué pasa? —Me restriego la mejilla con una manga—. ¿Tengo saliva seca en la cara o algo así?
Él suelta una risa apagada.
—No. Es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien me preguntó qué tal me había ido el día.
Se me encoge el estómago. No puede ser verdad. Es un rey.
Todo el mundo lo ama. Su pueblo lo venera.
Y sin embargo…
Vive solo en esta enorme casa, contemplando su ciudad como si fuese algún tipo de dios lejano. Nunca conecta del todo con nadie, pero tampoco es del todo parte del tejido de la ciudad, aunque se tome su tiempo para codearse con quienes viven al nivel del mar.
Anoche habló de mi profunda soledad. Ahora, lo miro y, por primera vez, pienso que quizá Soren también se sienta profundamente solo.
—¿Y tu día qué tal? —pregunta, cambiando hábilmente la conversación para esquivar esta incómoda tensión.
—Ya soy una maestra en el arte de levitar plumas —lo informo en tono frívolo.
—Ah, ¿sí?
—¿No me crees?
Él niega con la cabeza.
—Me temo que tendrás que demostrármelo.
—No pienso ir al aviario ahora, en medio de la noche. Además, creo que los cuervos están enfadados conmigo por… ¡Eh!
Mis palabras se convierten en un graznido de alarma cuando Soren alarga el brazo y me arrebata una de las almohadas tan rápido que casi no veo el movimiento.
Tras un sonido de desgarro hay una explosión de plumas blancas: acaba de rasgar en dos la almohada.
Las plumas llueven sobre nosotros formando una nube que lo cubre todo: la cama, el suelo de mármol, la camisa blanca de lino de Soren.
En cuanto se aposentan, él agarra dos puñados y las vuelve a arrojar por los aires.
—¡Soren! —Un sonido sorprendido, a medio camino entre la risa y la exclamación ahogada, sale de mis labios—. ¿Se puede saber qué te pasa?
—Demuéstramelo. —Sonriendo, lanza al aire más plumas—. Vamos, maestra de la levitación. Veamos esas habilidades tan loables en acción.
La atmósfera incómoda queda desterrada de la habitación, para dar paso a un coro de caos y risas.
Me pongo a demostrarle mi habilidad recién adquirida: manipulo varias corrientes de aire a la vez y formo una espiral que eleva todas las suaves plumas al aire.
Las arrugas asoman a los ojos de Soren, que sigue con la mirada el vórtice que se arremolina por la habitación, desde el suelo de mármol veteado a la bóveda del techo.
—¿Ves? —Yo también sonrío como una idiota—. Te lo dije: una maestra de la levitación.
Él me mira durante un largo latido. Tiene plumas pegadas al pelo, a los hombros, por las mangas de la camisa. No se las quita, ni siquiera parece verlas. Ya no tiene ese aire de soledad en los ojos; ahora solo hay diversión en ellos. Y, quizá, un atisbo de orgullo.
—Puede que haya esperanza para ti, pequeña tejedora del viento —murmura. Luego se pone en pie y atraviesa el mar flotante de plumas en dirección a la puerta—. Mañana veremos qué más puedes manipular con destreza.
Una vez que la puerta se cierra tras él, yo libero las plumas, que revolotean hasta el suelo y forman un manto de blancura que lo cubre todo.
A la mañana siguiente, cuando me despierto, parece una nevada de un frío día de invierno.
Pero, tras mis ventanas, unos rayos de cálida luz de primavera asoman entre las densas nubes.