El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Catorce #2
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CAPÍTULO Catorce #2

—Perdona. Estaba leyendo. Debo de haberme quedado frita…

—Ajá. Seguramente tiene que ver con el tipo de lectura que has elegido. No es la crónica histórica más interesante, que yo recuerde. Ese libro sería capaz de dejar fuera de combate y con la baba caída hasta al erudito más disciplinado, antes del segundo capítulo.

Me enderezo hasta quedar sentada y apoyo la espalda en el cabecero.

—¡Yo no estaba con la baba caída!

—Sí que lo estabas, y sobre mi cojín favorito, nada menos —dice en tono juguetón—. Mañana te dejaré libros mejores que no te aburrirán tanto. No queremos que eches a perder el mobiliario.

—Pensaba que no podías dejar que me acercase a tus libros tras el incidente del castillo.

—Gracias por recordármelo. —Sus ojos brillan, inquisitivos—. Pero bueno, ¿estabas buscando algo en concreto?

Me ruborizo aún más. Espero que no pueda verlo en la oscuridad.

—No, nada en concreto.

—Alondrita.

Suelto un suspiro y añado:

—Tenía curiosidad por saber más sobre Hylios. Sobre cómo funcionan aquí las cosas.

—¿Las cosas?

—La realeza, los ejércitos, los ciudadanos. —Carraspeo—. Tú.

Hay un silencio cargado.

—Yo.

—Sí, tú. A fin de cuentas, eres rey, aunque no te comportes como tal. ¿Tan sorprendente es que tenga curiosidad por tu largo reinado?

—No, supongo que no. Pero no bromeaba cuando te dije que solo tienes que preguntarme. Te responderé encantado a todo lo que quieras saber sobre mí. —Se hace un breve silencio—. A casi todo.

No debería acribillarlo a preguntas. Es tarde y tiene cosas mejores que hacer con su tiempo que saciar mi curiosidad…, pero, antes de que pueda reprimirme, balbuceo:

—¿Cuántos años tenías cuando ocupaste el trono?

—Diecisiete —responde de inmediato.

—Qué joven.

—En aquella época me sentía como un viejo, te lo aseguro.

Resulta tan difícil imaginárselo de adolescente como de niño de seis años. Maldita sea, resulta difícil incluso imaginárselo a una edad remotamente cercana a la mía. Tiene un aire atemporal, una autoconsciencia acumulada tras siglos en esta tierra.

Mi mente se centra en un Soren muy diferente, con menos control sobre sí mismo, más cercano a mis propias torpes habilidades…

Incomprensible.

Alzo las cejas y pregunto:

—¿La corona pasó a ti cuando murió tu padre?

—Cuando lo asesinaron, sí.

—¿Lo asesinaron?

Su mandíbula se tensa.

—Lo envenenaron. Jamás llegamos a descubrir quién había sido, aunque tengo mis sospechas desde hace mucho.

Su última esposa, Duvessa (mi madrastra y madre de Efnysien), tenía tendencia a usar la alquimia y más tendencia aún a disfrutar de las riquezas que expoliaba con gran habilidad de las arcas reales.

Me jugaría la vida a que fue su mano la que vertió el vial de veneno en el vaso de mi padre y nos lo arrebató.

Reprimo una exclamación jadeante.

—Por los cielos, Soren. Lo siento.

—Sucedió hace casi doscientos años —dice con un encogimiento de hombros, aunque oigo el dolor enterrado no muy profundo en sus palabras y comprendo que la pérdida aún lo apena—.

Mi padre disfrutó del lujo de un largo reinado y de una vida aún más larga.

Murió con una sonrisa en la cara, listo para entregarse al éter, aunque no cayó en la gloria de la batalla, como él había esperado…

ni tampoco en la cama con alguna de sus muchas conquistas, como el resto de nosotros suponíamos que pasaría.

—Suelta una risa lúgubre entre dientes—.

Me gusta pensar que vivió y murió sin remordimientos.

Desde luego, nunca se comportó como si los tuviera, teniendo en cuenta su salvaje entusiasmo por todos los numerosos placeres mundanos.

—¿Cuánto duró exactamente su reinado?

—Manawydan gobernó Hylios durante casi cuatrocientos años, después de que el emperador Belenus lo pusiese en el trono. Antes de la Purga, los dos eran evidentemente amigos íntimos. El emperador poseía dos tipos de magia…

—El fuego y el aire —digo, asintiendo—. Penn me lo contó en su día.

Soren se queda mirándome.

—¿Y qué más te contó?

—No demasiado. —Intento recordar la conversación.

Parece que ha pasado mucho. Fue en otra vida—.

Dijo que el emperador nació de la unión de dos progenitores excepcionalmente poderosos.

Fue el resultado de una especie de fusión de almas…

y, por eso, fue bendecido con la habilidad de manejar dos elementos distintos.

Una poderosa combinación que no se ha vuelto a ver desde entonces.

Él traga saliva.

—Pues sí, todo fue más o menos así.

Más o menos…, pero no del todo. Algo falta. Me da la sensación de que este capítulo de la historia de Anwyvn contiene mucho más de lo que han contado. Soren cambia de tema antes de que yo pueda insistir:

—El emperador Belenus tenía en gran estima a mi padre por sus formidables poderes de agua. Manawydan podía tejer los mares con un movimiento de los dedos, mandaba sobre las mareas e influenciaba las corrientes como nadie antes que él. O después.

—Hasta que llegaste tú.

Niega con la cabeza.

—Los Vestigios no tenemos más que un ápice de las magias antiguas.

Somos un eco de lo que en su día fue. Antes del alzamiento, antes de la plaga que lo siguió, Anwyvn era una tierra repleta de poderes elementales.

Cada una de las cuatro cortes estaba llena de sílfides del cielo, ninfas del agua, rompellamas, tuercetierras…

—Sus ojos se entrecierran un tanto—. Resulta difícil de imaginar, incluso para mí.

Para cuando tuve edad de comprenderlo todo, la situación había cambiado irrevocablemente.

El nacimiento de Soren, eso lo sé, coincidió con la Purga.

Con la mismísima ejecución imperial. Como primer Vestigio del Agua —como único Vestigio del Agua—, se supone que su alma entró en el mundo en el preciso momento en que lo abandonó el alma del emperador.

La suya, junto con el alma del rey Vorath y las de los otros dos Vestigios desconocidos, se esparcieron por diferentes puntos del reino.

Los cuatro miembros originales de la tétrada sagrada, que, según la profecía, restablecerán algún día el equilibrio, si encuentran el modo de unirse.

O eso dicen los oráculos.

Me pregunto, y no por primera vez, cómo sería la primera tejedora del viento, que nació al mismo tiempo que el hombre sentado ante mí. ¿Fue tejedora o tejedor? ¿Quién era? ¿Dónde vivía? ¿Cuándo murió? ¿Cuántos otros han existido entre su muerte y el descubrimiento de Enid hace setenta años?

La única persona del reino que podría saber las respuestas a estas preguntas está sentada a pocos centímetros de mí.

—¿Hubo otros antes de Enid? —Se me escapa la pregunta—. Otros tejedores del viento, digo.

—Que yo sepa, hubo dos tejedoras.

¡Dos!

Me inclino hacia él con curiosidad.

—¿Las conociste?

—No, personalmente, no. —Frunce el ceño e intenta recordar—. Hará unos noventa años, una de ellas consiguió enviar un cuervo al norte, hasta Dyved. Era una petición desesperada de rescate. Para cuando Pendefyre consiguió llegar hasta ella en las Llanuras de Hollín de Nythia, ya había muerto.

Hago una mueca, entristecida pero no sorprendida. Nythia es una de las peores zonas de las Tierras Centrales. Lleva dos siglos sumida en luchas internas.

—Y algunas décadas antes de eso, hará siglo y medio, otra tejedora casi llegó al Estrecho Aviano, donde mis ejércitos acampaban.

En aquella época llevábamos una década de conflicto con un rey particularmente insistente de las llanuras.

—Se le tensa un músculo en la mandíbula y su expresión se oscurece—.

Llegó muy cerca. Dolorosamente cerca…, pero cayó a manos de un grupo de sacerdotes de la purga sedientos de sangre que la utilizaron para dar todo un espectáculo de depravación para diversión de los aranthonianos.

Me tiembla todo el cuerpo al pensar en un final así. Malditos sacerdotes de la purga. Son todos unos monstruos hipócritas. Disfrazan su oscuro hedonismo con falsa santidad, un velo que enmascara actos tan malvados que solo un ciego podría confundirlos con algo remotamente divino.

—Yo mismo la bajé de la cruz de hierro donde clavaron su cuerpo —dice Soren, con la voz preñada de un desagrado sin atemperar—. La entregué a las llamas en una pira adecuada. Luego arrasé hasta los cimientos el templo de los sacerdotes… con ellos dentro.

Un nuevo escalofrío me recorre al oír la confesión, la ira que aún anida en su voz aunque haya pasado toda una vida desde que ocurrió esa atrocidad. No puedo condenar sus actos, solo horrorizarme ante la barbarie que los provocó. Él se esfuerza por adoptar un tono más ligero:

—Qué suerte que nacieras donde naciste. Las orillas protegidas de Guardamar te dieron una oportunidad que las demás no vivieron lo suficiente como para disfrutar.

Parpadeo para ocultar mi sorpresa. No recuerdo haberle dicho nunca de dónde provengo. Evidentemente, no exageraba al decir que asumió la tarea de saber de mi vida antes de que yo me dirigiese al norte.

—¿Alguna pregunta más? —dice.

Solo se me ocurre una.

—¿Eran…? —Inspiro hondo—. ¿Se parecían a mí esas otras tejedoras?

Él ladea la cabeza y me examina en la oscuridad.

—La verdad es que no. Un tono de piel similar, quizá, pero diferentes complexiones y diferentes facciones. La tejedora a la que crucificaron en Aranthon era bastante más alta que tú. Y Enid tenía curvas, mientras que tú… —deja morir la voz y sonríe— tú no.

Reprimo el impulso de arrojarle una almohada. Su sonrisa se ensancha aún más al ver mi expresión enojada.

—Diría que no tenéis mucho parecido. Bueno, excepto por…

—yo espero, con las cejas alzadas— por tus ojos —termina—.

Todas las tejedoras del viento tenéis esos iris tormentosos.

—La sonrisa cambia de tono, se vuelve menos sardónica, más sentimental.

Jamás lo había visto sonreír así—. Hasta Enid, con lo dulce que era, podía desencadenar una tempestad solo con la mirada.

Se me encoge el estómago.