CAPÍTULO Catorce
E n comparación con el caos de mi primer día en Hylios, el segundo es bastante anodino.
No sufro el ataque de ningún monstruo —suponiendo que Arwen no entre en esa categoría—, ni tsunamis, ni invasiones mentales.
Me paso casi toda la tarde en el aviario, molestando a los cuervos mientras intento alzar plumas por los aires.
—Ahora que ya sabes lo que se siente al usar los poderes con mi sutileza —me dice Soren al principio de nuestra lección—, ha llegado la hora de que encuentres la tuya propia.
Está a mi espalda, con los dedos entrelazados a los míos.
Me deja tomar prestada parte de su habilidad para dirigir finos caudales de aire que elevan plumas sueltas al aire.
Orbitan a nuestro alrededor, un tornado de magia que se acelera y frena a mi voluntad.
A veces se limitan a quedarse ahí flotando, como dientes de león al viento.
Soren me da alguna que otra indicación ocasional, de su mente a la mía.
«Esa de ahí, a tu derecha. Súbela un poco.
Dale la vuelta. Gírala dos veces en el sentido de las manecillas del reloj.
» Sin embargo, mayormente me deja jugar yo sola a placer.
Tras un rato, empiezo a disfrutarlo de veras.
Me apoyo contra su pecho y me relajo. Mis dedos tejen zarcillos de aire con una elegancia que jamás habría soñado que conseguiría.
—Ahora le estás pillando el tranquillo —dice tras casi una hora.
Asiento con aire ausente; la mayor parte de mi concentración está dedicada a esta tarea.
Me muerdo el labio inferior al girar cada vez más rápido un vórtice con el que estiro un puñado de plumas hasta que estas tocan el techo.
Estoy tan concentrada que no me doy cuenta de que Soren ha dejado de canalizar su magia conmigo hasta que mi diminuto tornado se detiene con un tartamudeo y desaparece.
Las plumas revolotean hasta el suelo y se esparcen entre mis botas.
Noto la ausencia de su poder como un hueco apagado entre las costillas.
—¡Eh! —grito a medias, y me giro en redondo hacia él—. ¡Te has desconectado!
Parece divertido ante mi acusación.
—Ya no necesitas mi magia para hacer esto. Has tenido bastante práctica, así que deberías ser capaz de conseguir el mismo tipo de control fácilmente.
—¿Cómo que fácilmente?
La historia demuestra que nada de mis poderes me sale fácilmente. Él esboza una sonrisa despreocupada.
—Tú acuérdate de concentrarte en tu respiración, tal y como te he dicho. El aire que entra y sale de tus pulmones es el mismo aire que manipulas con las manos. Darle forma a voluntad debería ser tan sencillo como exhalarlo.
—Pero eso es impo… ¡Eh! ¿Adónde vas? ¡No hemos acabado!
Para mi pasmo, Soren ya se ha dado media vuelta y se está marchando.
—Tú aún no has acabado, pero yo sí. Llego tarde a una reunión con Arwen. Sigue así, alondrita. —Por encima del hombro, añade—: Y no intentes asesinar a ninguno de mis cuervos. Bastante tarde llega ya mi correspondencia sin necesidad de una bandada recién entrenada.
Le clavo la mirada en la espalda hasta que gira un recodo por el camino del jardín y desaparece.
Sin él aquí para canalizar la magia, mis esfuerzos no tienen tanto éxito ni la mitad de elegancia que antes.
En varias ocasiones molesto accidentalmente a los cuervos, porque se me escapa alguna ráfaga perdida de aire.
Acaban por retirarse a las glicinas para planear mi muerte.
Y sin embargo, no soy del todo una causa perdida.
Ahora que sé lo que se siente al tener el control, puedo imitar esa sensación.
Es un poco como desandar el camino por una ciudad que has cruzado con una venda en los ojos.
Mis pies conocen el camino, aunque mis ojos no lo conozcan.
Y aunque mis plumas no bailan y flotan en perfecta sincronía, como sucedía con Soren, sí que consigo que leviten una tras otra, arriba y abajo, de lado.
Empiezo a sentir un dolor de cabeza en las sienes mientras repito los movimientos una y otra y otra vez hasta que se vuelven tan fluidos como el aire en mis pulmones.
Para cuando doy por acabada la lección del día, estoy físicamente exhausta, aunque noto la mente increíblemente cargada de energía.
El uso satisfactorio de mi magia me impulsa los pies al recorrer el camino de regreso a la mansión.
Está todo desierto, no hay rastro de Soren ni del personal que supuestamente ha contratado.
El estómago me gruñe de hambre. Saqueo sus despensas y me hago con una manzana, pan recién cortado, queso suave y algo más de ese fresco vino que probé anoche.
Apenas ha caído el crepúsculo; es demasiado pronto para irse a dormir.
En lugar de dirigirme a mi cuarto, me pongo a deambular por la mansión.
Sin Soren aquí para supervisarme, husmeo a placer por sus galerías.
Su casa es como un museo; está repleta de artefactos y adornos intrigantes, muchos de los cuales tienen un aspecto tan antiguo que podrían ser de antes de la Purga.
Hay jarrones, estatuas, máscaras de diferentes colores y manufacturas.
Algunos provienen de lugares lejanos que jamás he visto en los mapas.
Las estanterías están llenas de extraños objetos: viales de pegajoso légamo negro de las Estepas Sombrías, tinteros de los afamados tatuadores de Vatanza, rubíes dyveditas del tamaño de un puño, una luminosa botella de luz estelar en forma líquida que solo puede provenir del lago Lumen.
Tiene hasta una rama de hojas doradas del mítico Árbol Áureo de Guardamar.
Al verla siento una punzada en el corazón de puro anhelo por mi infancia.
Las obras de arte en las paredes son numerosas y extraordinarias.
Podría pasarme fácilmente horas caminando por aquí, con la mirada alzada de estupor, cautivada por esta colección.
Por eso es toda una sorpresa que la obra que me frena en seco parezca, a primera vista, bastante mundana.
Es un retrato. No es particularmente grande ni muy vivo.
De hecho, se ha desvaído con el tiempo; su marco bañado en oro está apagado y nebuloso.
No resulta nada especial en medio de tantas obras mejores.
Y aun así, me atrapa, como si la mujer que está representada en él hubiese sacado la mano del lienzo para agarrarme el alma.
No consigo apartar los ojos de ella. Es una figura angelical, iluminada por un cielo llameante a su espalda.
Está en medio del fragor de una batalla, con el brazo echado hacia atrás y un látigo alzado, pero tiene una expresión de total serenidad.
Lleva una armadura dorada que parece esculpida en su cuerpo, como líquido.
La armadura tiene casi el mismo color que la melena que ondea tras ella en pleno salto.
Pero no está saltando hacia delante ni tampoco se deja caer desde un punto elevado.
Está volando.
Se me sube el corazón a la garganta al acercarme y leer el grabado en la esquina del marco:
«LA DIOSA DORADA»
REINA ARIANRHOD
CASA DE TARANIS
Yo ya había leído algo sobre ella. Es la famosa soberana de la Corte del Cielo, que cayó defendiendo su reino cuando los mortales saquearon su bastión y asesinaron a todos los que en él vivían.
A juzgar por la sonrisa que tiene en la cara en este cuadro, creo que no habría preferido tener un final más fácil. Era una mujer nacida para la batalla.
Me pregunto cómo sería luchar volando. Alzar el vuelo al aire como un pájaro, controlar tanto el propio poder, sin vacilación. Ver la tierra alejarse y ascender al cielo. La mera idea me llena de euforia y terror a partes iguales.
Arwen y las demás jinetes duendaeri parecían no tener miedo mientras ascendían a lomos de sus monturas aladas, pero esto… esto es bien distinto.
Mis pensamientos siguen distraídos hasta que, al cabo, me aparto de la galería y sigo deambulando.
Resuelvo aprender más sobre Arianrhod, de la Corte del Cielo.
Lo poco que sé de ella —que fue la sílfide y tejedora del viento más poderosa, y que provenía de uno de los linajes reales de más abolengo entre los fae— no hace sino aumentar mi curiosidad sobre su siniestro final.
¿Cómo pudo caer tan rápido alguien tan poderoso? ¿Qué le sucedió a su corte una vez que su alma regresó a los cielos? ¿Era su magia como la mía, o diferente de alguna manera? ¿Fue una antepasada lejana mía, una rama cortada de mi desconocido árbol familiar?
Dejo esas preguntas sobre la creciente montaña de más cuestiones que se acumulan en lo más profundo de mi mente, cuestiones sobre la tierra de Soren, su dinámica familiar, su historia…
Lo más profundo de mi mente se está llenando bastante.
Inconscientemente, mis pies me llevan hacia una solución para saciar mi curiosidad: la biblioteca.
Está oscuro al entrar, no hay fuego en la chimenea ni señal alguna de vida entre las muchas estanterías.
Enciendo un puñado de apliques y me paso un buen rato ojeando los libros.
Hay más de los que podría leer en toda una vida; muchos están escritos en idiomas foráneos que no reconozco.
A pesar de la vastedad de la cueva de tesoros literarios de Soren, mi búsqueda de libros que hablen de la Corte del Cielo resulta infructuosa.
A cambio, saco un delgado tomo que contiene la crónica de la Corte del Agua y su familia real.
Me acomodo en un diván para leer. Después de unas cinco páginas sobre los manantiales geotérmicos que calientan las aguas turquesas de Hylios, mis ojos se cierran y me sumo en sueños.
El lujoso peso de una colcha cae sobre mi cuerpo tendido. Me despierto sobresaltada y mis ojos pegajosos se acostumbran a la oscuridad de mi dormitorio. Las telarañas del sueño se apartan y veo una sombra sentada al pie del colchón.
—¿Soren?
—Shhh, alondrita. Vuélvete a dormir.
Oh, dioses, debe de haberme encontrado dormida en la biblioteca, con el libro torcido sobre el pecho, y me ha traído hasta aquí. Me arden las mejillas de vergüenza.