CAPÍTULO Trece #2
—Mira, hermano, yo entiendo que esa mocosa de ojos de tormenta te haya sorbido el seso, pero ¿tanto te cuesta hablar con ella sobre este clima que está destinado a arruinar un día que llevamos planeando durante más tiempo del que ella lleva en el mundo?
—Habla tú con ella, ahí la tienes —responde Soren.
Yo me quedo petrificada.
—¿Qué? —pregunta Arwen.
—Sal de ahí, alondrita. —Suena divertido—. Te prometo que mi hermana no te va a morder. Mucho.
Intento reprimir el rubor que me asoma a las mejillas.
Salgo desde detrás de la palmera y vuelvo al sendero que lleva a la terraza.
A una docena de pasos de distancia, Arwen y Soren se encuentran en lo alto de una escalinata, contemplándome.
Casi parecen gemelos, con esos ojos azules, cabello oscuro y postura idéntica: los brazos cruzados y los pies bien plantados en el suelo.
Ambos tienen la misma belleza agresiva. Esos pómulos afilados, esas mandíbulas elegantes.
No hay mucha suavidad en ninguno de los dos, aunque la expresión de Arwen carece del cálido tinte divertido de la de su hermano.
Ella me estudia como a una cucaracha, con esas facciones angulosas teñidas de patente desagrado. Yo me acerco.
—Hola —digo tentativamente mientras subo hacia ellos—. Debes de ser la princesa Arwen. No tuvimos oportunidad de presentarnos oficialmente ayer en los muelles.
—¿Qué pasa, no me vas a tratar de vos ni me vas a hacer una reverencia?
Me quedo helada ante esa pregunta cáustica. Pensaba que Llŷr no seguía los códigos reales tradicionales. Mis ojos vuelan hacia Soren en busca de confirmación. Él niega levemente con la cabeza.
—No le hagas caso. Esta elegante princesa preferiría echarte un pulso que respetar las formas protocolarias.
—Ni que esta supiese echar pulsos —murmura Arwen—. Esos brazos parecen palillos.
—Hermana, estás a tres comentarios mordaces de que les pida a los armeros que te forjen un bozal.
Ella ignora a su hermano y me sigue mirando con ojos entrecerrados.
Presenta una estampa intimidante, vestida con esa armadura de cuero de la cabeza a los pies.
Cuento un mínimo de cuatro hojas letales envainadas en cuatro partes diferentes de su cuerpo, así como el puñado de estrellas arrojadizas de plata que lleva en las caderas.
Los laterales afeitados de sus sienes le confieren un aire adicional de amenaza, al igual que los zarcillos tintados que lleva tatuados en un lateral del cuello.
Es una mujer alta, con curvas casi tan generosas como sus músculos.
Aparte del anillo de plata que cuelga de su septum, el único adorno que lleva son un par de gafas protectoras de vuelo que penden sobre su corpiño de cuero como un collar.
Arwen aprovecha la oportunidad para estudiarme a su vez.
—Así que aquí está la famosa Vestigio del Aire. Sí que parece que una racha de viento podría llevarte volando, eso te lo concedo. —Hace una pausa y recorre mi figura con la vista—. Y poco más.
Yo aprieto los dientes y me esfuerzo por mantener la calma.
—Soy Rhya. —Sigue mirándome en silencio—. Aunque parece que ya tienes otros nombres para mí —prosigo sin apartar la mirada de ella—. Temblorosa rata portuaria, cabeza hueca temperamental, mocosa de ojos de tormenta.
—No te olvides de Señorita Lamentaciones —añade Soren, que se cruza de brazos y se apoya en la barandilla—. Ese me gusta bastante.
Las dos lo ignoramos y seguimos clavándonos la mirada. Al cabo, Arwen se encoge de hombros.
—Eso te pasa por andar espiando. Si no estás preparada para oír cosas que no te van a gustar, no escuches a escondidas las conversaciones de la gente.
—¿Siempre eres tan cáustica con los desconocidos o soy un caso especial?
—Eso depende de cuánto tiempo planees quedarte en mi ciudad.
—¿Te refieres acaso a mi ciudad? —murmura Soren.
—¿Por qué iba a querer irme, con esta recepción tan cálida que me habéis dado? —le pregunto con voz almibarada—. No querría perderme ni un instante de la boda. —Hago una pausa, y toda dulzura abandona mi tono de voz—. Lástima lo del clima. Si hubiera algo que yo pudiera hacer al respecto…
Los ojos azules de Arwen destellan de enojo. Se gira hacia su hermano como si yo ya no existiese.
—Estaré en los barracones. Harpina y Bretiax tienen que volver de Puerto Barlovento con un informe de Vaughn. Ven a buscarme cuando estés listo para comentarlo. Y hazme un favor: deja a esta niñata en casa.
Con una última mirada hostil, gira en redondo y baja los escalones por el camino que lleva a su mansión. Yo veo cómo se marcha, con el ceño fruncido.
—¿Quién querría casarse con esa tipa, un trol?
Soren deja escapar una sincera carcajada.
—Pronto conocerás a Alaric. Tiene que llegar de Pozoacebo la semana que viene acompañado de su flota, medio plantel de invitados y una tonelada métrica de cerveza.
Nuestras miradas se cruzan, y un entendimiento mudo pasa entre los dos.
Soren no me pregunta si seguiré aquí la semana que viene, y yo no le digo que he decidido quedarme.
Admitirlo en voz alta me parece de alguna manera como admitir que lo que hizo anoche estaba bien hecho: invadir mi mente, forzar mis límites.
Prefiero ahogarme con mis propias palabras antes que admitir algo así.
—El atuendo llŷriano te sienta bien —dice Soren, rompiendo el silencio. Sus ojos me recorren de arriba abajo—. Aunque con mi camisa estabas más atractiva.
—¿Tu camisa? —Asiente y esboza una sonrisa. A mí se me desorbitan los ojos—. No me había dado cuenta. La encontré en el armario de mi habitación…
—Era mi habitación de niño.
Me echo hacia atrás de la sorpresa. Su habitación.
De niño. A veces se me olvida que Soren creció aquí, en esta misma casa.
Adiferencia de Pendefyre, no solo pertenece a la realeza por derecho de nacimiento, sino también por linaje.
Tanto él como Arwen proceden de una de las familias feéricas de más abolengo de la historia, una familia que ya era poderosa en tiempos del emperador.
Su padre fue rey desde mucho antes de que él naciese, y siguió reinando bastante tiempo después.
Se dice que el rey Manawydan era aún más temible que su hijo en batalla.
Guio a la Corte del Agua durante el sangriento período que siguió a la Purga, al tiempo que rechazaba las incursiones de los habitantes de las Tierras Centrales y de Terrascarcha, así como a los Salteadores que intentaron durante años erradicar a su raza.
Aparte de eso, crio a un Vestigio y a un puñado de otros niños.
Las preguntas florecen en mi interior, todo un jardín hecho de pura curiosidad. ¿Cuántos años tenía Soren cuando su padre murió y le cedió la corona? ¿Cuántos años tenía Arwen? Debe de rondar la edad de Soren, aunque no parece tener más de treinta años. ¿Creció también aquí? ¿Dónde está su madre?
Tendré que explorar la biblioteca más tarde en busca de respuestas, porque me falta valor para preguntarle directamente a Soren por su vida personal. Bastante malo es ya que mi querido dormitorio sea, de hecho, el suyo. Me temo que hoy ya no puedo aprender más datos devastadores sin caer redonda.
—No sabía que era el cuarto de tu infancia —digo en tono rígido.
—¿En serio? Pensé que por eso lo habías elegido.
Me quedo boquiabierta.
—¡Claro que no! Lo he elegido porque es el que está más lejos del tuyo, pedazo de…
Su risa interrumpe mi diatriba.
—Dioses, qué fácil es alterarte. Estoy de broma.
No sé si reírme yo también o destriparlo con la daga. Dado que estoy bastante agradecida por la ropa limpia y no quiero mancharla de sangre, decido ser clemente.
—Puedo dormir en otra habitación, si… —Dejo la frase en el aire. Después de tragar saliva incómodamente, vuelvo a intentarlo—. Ahora que voy a pasar más tiempo aquí, podría buscarme otro sitio en el que dormir.
Él descarta mis palabras con un gesto.
—No seas ridícula. Te lo he dicho en serio: puedes explorar la mansión tanto como se te antoje mientras estés aquí. Estás en tu casa.
—Bueno. —Siento un nudo extrañamente denso en la garganta—. Gracias por la ropa. Y… por la daga. —Paso el dedo por el mango ornamentado—. Significa mucho para mí.
Hay un latido de silencio recargado. La boca de Soren se abre y luego vuelve a cerrarse. Como si hubiese estado a punto de decir algo, pero se lo hubiese pensado mejor. Cuando por fin habla, su tono es engañosamente ligero:
—Tienes suerte: el azul oscuro va bien con tu tono de piel.
—Tu gente viste de muchos colores diferentes —señalo.
Ayer, las calles eran un arcoíris de faldas y mantos.
Hombres y mujeres vestían de maneras muy distintas.
Vi de todo, de pantalones bombachos de un pálido tono amarillo a finos vestidos de color aguamarina que me recordaban al que Soren me regaló hace tantos meses en el Fuerte Acrino.
Ese vestido, como tantas otras cosas, se perdió en Festaflama.
Pero no he olvidado la sensación al llevarlo puesto, el modo en que los diferentes tonos de azul ondulaban a cada paso.
Me sentía como una criatura marina en la orilla.
—Quienes tienen relación con la familia real o bien trabajan en algún puesto oficial de la capital suelen llevar los colores estándares llŷrianos.
—Soren se encoge de hombros—. Eres libre de vestir como te apetezca.
Hay muchas tiendas en la ciudad que estarán encantadas de llenar tu fondo de armario.
Hay suficiente dinero en el cajón de tu escritorio como para comprar todo lo que desee tu corazón.
O, si no quieres pasarte los días de compras, pídeselo a algún miembro del personal. Te conseguirá lo que necesites.
—Pensaba que no tenías personal por aquí.
—Y no suelo, pero la boda en ciernes va a requerir más que mis sublimes dotes culinarias para alimentar a todos los invitados.
Yo arqueo las cejas.
—Sublime parece una exageración.
—¿Vamos a acabar otra vez hablando de tu tendencia a mentir?
—No. —Lo apuñalo con la mirada—. Aunque sí que me gustaría tener una conversación sobre tu comportamiento de anoche. Si vamos a hacer esto, si quieres entrenarme, hemos de acordar que ciertas cosas no están permitidas.
Él se lo piensa un momento y luego niega con la cabeza.
—¿Por qué niegas?
—Nada de límites. Nada de barreras. Y ni una sola puñetera restricción más. —Su voz se vuelve algo más dura—. Pensaba que ya estarías harta de restricciones en Caeldera.
—Entonces…, ¿qué pasa, que puedes invadir mi mente cada vez que te venga en gana?
—Para nada. Lo de anoche fue una lección.
No la llevé a cabo a la ligera ni habría recurrido a ella de no haber sentido que era verdaderamente necesaria.
Tal y como estás ahora, te falta fuerza para proteger tu mente de cualquier amenaza, así como para controlar tu propio poder.
Podemos canalizar nuestra magia, pero no pienso volver a invadir tus pensamientos. A no ser que me lo permitas.
—Puedes esperar sentado.
Él sigue hablando como si yo no hubiera dicho nada:
—Dicho lo cual, para que esto funcione, para que hagas algún avance con tu poder, has de abrirte a todo.
Abandona esa idea mal entendida de que deberías mantener tus pensamientos encerrados dentro de la cabeza y tus emociones en el corazón.
Debes permitirte sentirlo todo, sin límites. Sin restricciones.
Mi pulso se acelera mientras reflexiono sobre la idea. Es lo contrario de todo lo que me han enseñado hasta este momento.
—Penn dice que las emociones fuertes son un lastre.
—Pendefyre es un puñetero idiota. —Soren se aparta de la barandilla de la terraza y se acerca a mí—.
El rey de la compostura no debería ir por ahí dando lecciones de nada.
Las emociones no son un lastre, sino un recurso ilimitado.
¿Quieres emplear tu poder como yo? Necesitarás sentirlo.
Todo. Hasta el último resquicio de dolor, pasión, deseo.
—Sus ojos destellan al cruzarse con los míos—.
La represión solo sirve para matar a quien la pone en práctica.
Nos quedamos mirándonos el uno a la otra durante un largo instante. Al cabo, carraspeo.
—¿Y por dónde empezamos?
Soren alarga la mano hacia mí. Se me tensa el cuerpo entero, pero él se limita a arrancarme una delicada pluma de cuervo que tenía en la manga de la camisa. La sostiene entre los dos y esboza una media sonrisa.
—Empezaremos con algo pequeño.