CAPÍTULO Trece
M e apoyo contra el escritorio cubierto de plumas que descansa en un rincón del aviario y contemplo al cuervo de plumas escarlata.
Este me devuelve una mirada astuta y clarividente en medio de la escasa luz de mediodía.
Sus garras son más largas que mis dedos y se cierran como hojas negras alrededor de la vara de madera en la que está posado.
Yo hago una inspiración para calmarme y luego reúno los nervios necesarios para aproximarme.
Imagino lo fácil que le resultaría sacarme los ojos con esas garras.
Sin embargo, el cuervo alza obedientemente hacia mí una pata en la que hay atado un cordel de cuero.
Metódicamente, muy consciente del afilado pico que hay a un palmo de mi cara, me inclino y le coloco el pergamino. Lo he encontrado en el escritorio; está algo arrugado, doblado por las esquinas. Mientras lo anudo, repaso mentalmente el mensaje que he garabateado en él.
Pendefyre:
Estoy a salvo y, de momento, me quedo. Nos vemos en el solsticio de verano.
Rhya
He tardado horas en escribir ese puñado de palabras.
Me he pasado la noche dando vueltas sin conciliar el sueño, pensando agónicamente en el mejor modo de responderle.
Al final me he limitado a los hechos en sí y he dejado mis sentimientos aparte para escribir la misiva.
Es mejor así. Mis sentimientos están demasiado enmarañados como para ordenarlos hasta formar frases racionales; son una maraña de arrepentimiento, remordimiento y rabia, todo ello anudado con un irrevocable anhelo. Lo echo de menos.
Echo de menos su calor y su fuego, sus ojos ardientes y el modo en que me mira…
, como si yo fuese la chispa que prende su mismísima alma en llamas.
Sin embargo, he aprendido por las malas que una fogosa pasión puede abrasar el corazón en el pecho si una no se anda con cuidado.
Me acerqué demasiado y me quemó por completo.
Algo dentro de mí se vio reducido a cenizas ese día en Calaboja.
Me temo que ya no puedo volver a construir ese algo, aunque fuese lo bastante valiente como para intentarlo.
Quizá el tiempo me conceda la claridad que necesito. Quizá algún espacio para las llamas que arden con tanta fuerza entre nosotros baste para mitigar la abrasión, como aloe sobre una herida que jamás se curará, si sigo en su presencia, pues verlo la vuelve a abrir una y otra y otra vez.
Llegar a Llŷr ha sido un accidente…
Pero también podría ser mi salvación.
Por otro lado, sería una necedad pensar que la presencia de Soren es un bálsamo para el alma rota de nadie.
Anoche me presionó mental, física y elementalmente; cruzó barreras que aún me enfurecen y se propasó de maneras que voy a tardar en perdonarle.
Parece disfrutar entrometiéndose en mi vida, poniendo a prueba mis capacidades.
Y, aunque una parte de mí se irrita ante ello, hay otra parte más profunda que sabe que tiene razón.
«Si regresas a Caeldera, regresarás a tu jaula.»
He hecho más avances con mi poder en un único día en Llŷr que en todos los días que he pasado en Dyved.
No soy tan terca como para fingir lo contrario.
Y tampoco puedo negar que me queda aún mucho camino hasta empezar a acercarme siquiera a dominarlo del todo.
Necesito desesperadamente controlar mis poderes. No hay más tiempo que perder.
Se acerca una guerra, de eso no me cabe duda.
Las Tierras Centrales están a punto de masacrarse por completo entre sí.
Las Tierras Meridionales están aún peor.
Y luego está el problema nada desdeñable que representa Efnysien.
No hay modo de saber cuánto tiempo tardará esa comadreja en asomar la cabeza de nuevo de su madriguera… para que podamos cercenársela.
Antes de Festaflama, pasó una década sin aparecer, según me dijo Soren.
Pendefyre no esperará toda una década. Sus ansias de venganza son insaciables.
Su rabia es inextinguible. Es cuestión detiempo que acabe lanzando una campaña para recorrer las arenas negras del Desierto de la Vaina, con sus espadas anchas apuntando hacia el Fuerte Symetria.
La única pregunta es: ¿marchará Soren a su lado?
Llŷr y Dyved son aliados de guerra. Han jurado defender las Tierras Septentrionales contra cualquier invasión. Pero esto es terreno nuevo. Ir en busca de un enemigo, invadir la zona más inhóspita del terreno anwyvniano…
El mismo Soren ha dicho que es prácticamente imposible.
En lo tocante a su hermanastro, las intenciones de Soren se pueden considerar turbias, en el mejor de los casos.
Quiere vengarse, eso está claro. Pero ¿de qué?
¿Hasta dónde llega esa animadversión? ¿Lo bastante como para alzarse en armas contra Pendefyre?
¿Lo bastante como para dejar de lado sus previas tentativas fallidas de conquista y volver a intentarlo?
Supongo que nos enteraremos dentro de tres semanas, en verano, cuando llegue Pendefyre.
Lo conozco suficientemente bien como para comprender que su próxima visita a Hylios responde a mucho más que a una invitación a una boda real.
No perderá la oportunidad de sentarse con Soren y esbozar un plan de ataque.
Al rey de Llŷr no lo conozco ni la mitad de bien que a Pendefyre.
No puedo decir con seguridad si estará dispuesto a lanzarse a la guerra.
Y, de momento, me da igual. El punto más acuciante ahora mismo es que está dispuesto a enseñarme a usar mi magia.
A pesar de mi reticencia inicial a esa idea, anoche dediqué largas horas de insomnio a reflexionar, y he llegado a la misma conclusión a la que llegó Soren en el mismo instante en que crucé a trompicones su portal.
Tengo que quedarme.
Y lo que es más…, quiero quedarme. Quiero entrenar mis habilidades, mejorar mi control. Aprender todo lo que pueda de él. Solo una idiota le daría la espalda a semejante oportunidad.
Y yo puedo ser muchas cosas, pero no soy ninguna idiota.
Así pues, de momento, me quedo en Hylios. Voy a empaparme del conocimiento de Soren como una esponja. Y cuando llegue el verano, voy a…
Niego con la cabeza.
No quiero ni pensar en ese momento. Al menos, no ahora.
Una vez anudado el pergamino, doy un paso atrás.
El cuervo escarlata alza el vuelo, extiende sus alas oscuras bajo los cielos grises y se interna entre el denso manto de nubes.
Intento no imaginar la reacción de Pendefyre cuando reciba mi mensaje.
Tengo la sensación de que el papel estallará en llamas en cuanto sus ojos vean mi letra.
Una vez que el pájaro se ha perdido de vista, salgo del aviario y me sacudo las plumas que se me han quedado pegadas a la camisa ajustada de color azul oscuro y los pantalones.
Encontré una pila de ropa limpia ante la puerta de mi dormitorio a mediodía, cuando por fin me atreví a asomar la cabeza.
Me sienta a la perfección, al igual que las suaves botas de cuero que me llegan hasta las rodillas.
Los pantalones se parecen a los que llevaban las jinetes duendaeri ayer; tienen vainas incorporadas para guardar armas, aunque a estos les faltan las protecciones de los muslos que ellas sí tenían.
Para mi sorpresa, una de las vainas contenía una daga.
Mi daga.
Soren debe de haberla recuperado del agua en algún momento de la noche.
No puedo ni imaginar por qué se habrá tomado la molestia ni cuánto tiempo habrá tardado en localizarla en el fondo del puerto.
Recorrí los glifos familiares con los dedos, preguntándome qué tipo de hombre hay que ser para invadir inmisericordemente los pensamientos de una persona y luego zambullirse en las profundidades de un pecio para buscar una de sus posesiones perdidas.
Desde luego, un tipo de hombre a quien no entiendo en absoluto.
Regreso por los jardines hacia la mansión. Casi he llegado cuando oigo voces que reverberan desde la terraza. Me freno en seco y me agacho tras una palmera de gran tamaño antes de que me vean.
—¡… sometidos otro día más a este lamentable clima!
¿Cuánto tiempo vas a permitir que siga contaminando libremente nuestros cielos?
—ruge una voz femenina—. Bastante graves son ya los terremotos y tsunamis, pero ahora también hemos de batallar contra un constante manto de nubes por cortesía de esa cabeza hueca temperamental que no parece tener la menor capacidad de…
Un pesado suspiro masculino la interrumpe.
—Arwen, tus duendaeri pueden volar en medio de la noche más oscura y de los vientos más tempestuosos. Dudo que un puñado de nubes vaya a interrumpir vuestros entrenamientos.
—Lo que me preocupa no son las duendaeri.
¿Tan obsesionado estás con ella que te has olvidado de que me caso dentro de menos de un mes?
La mitad del condenado reino viene hacia aquí por obra y gracia de los deseos de mi prometido.
¡Y ahora parece que no vamos a poder celebrar la boda al aire libre, porque los cielos amenazan con soltarnos un diluvio encima cada vez que la Señorita Lamentaciones se disloca la nariz o, no lo permitan los dioses, se rompe una uña!
—Quién iba a pensar que te preocupaba la boda. Con todo lo que te estás quejando de la ceremonia, yo había pensado que estarías encantada de que se estropease el día.
Está claro que ha puesto el dedo en la llaga. La voz de Arwen se vuelve glacial:
—Sabes bien lo importante que es esta alianza. No voy a poner en peligro nuestra relación con Puntadaga. Si he de ponerme un vestido de volantes y soltar unos cuantos votos ante todos los señores y señoras nobles de Llŷr, que así sea.
—Estoy seguro de que a Alaric no le importará que te pongas la armadura de cuero para casarte. Ese tipo besa el suelo por el que pisas.
—Más le vale.
Soren vuelve a suspirar.
—Arwen…