CAPÍTULO Doce #4
—Fuera, Soren. Te lo digo en serio.
Su risa burlona reverbera dentro de mi cráneo.
«Ah, bueno, si lo dices en serio…»
—Ya estoy harta de este… de este…, lo que sea que estés haciendo.
Lo que pretendías hacer. —Trago saliva.
El corazón me retumba demasiado rápido en el pecho y mi magia está intensamente despierta, como si fuese a salir de debajo de mi piel con una explosión en cualquier momento—.
Voy a regresar a Caeldera. Ahora. En este mismo instante. Llévame al portal.
«¿De verdad es eso lo que quieres?»
Sí.
No.
Ya no estoy segura.
Alzo la barbilla.
—¿Esperas que me quede aquí y permita que invadas mi cabeza sin permiso cada vez que te venga en gana?
«¿Crees que nuestros enemigos te pedirán permiso educadamente cada vez que quieran derribar tus defensas mentales? ¿Crees que Efnysien tratará con cuidado tu preciada necesidad de intimidad?»
Me pongo pálida. Sus ojos no se apartan de los míos, se clavan en mí, y su voz apalea mi resolución. Añade:
—Estás convencida de que no necesitas lecciones. Estás convencida de que puedes enfrentarte a esta guerra en ciernes con pura bravuconería y nada más, porque te ha salido bien en el pasado. No te va a salir bien en el futuro.
—Eso tú no lo sabes.
«Ya lo creo que lo sé.»
El desafío que anida en su voz —en sus ojos— es inequívoco.
Su magia canta con más fuerza aún. Baja la guardia y libera su férreo control sobre el tenso vínculo que nos conecta.
La cuerda que nos ata entra en mí, se arremolina a mi alrededor, destroza mi control.
Intento detenerla, pero es imposible. Es como achicar a manos desnudas el agua que entra en una barca que se hunde.
Me estoy hundiendo.
«¿Quieres que salga de tu mente? Demuéstramelo. Échame.»
«¡FUERA!», chillo a través del vínculo. Por primera vez, encuentro mi voz interior.
Hablar así resulta surrealista, pero, de algún modo, también es profundamente significativo.
Es como una conversación susurrada que tiene lugar bajo las sábanas en mitad de la noche.
Algo que sucede entre el sueño y la vigilia, con una intimidad que no consiguen disipar ni los gritos. «SAL. DE. MI. CABEZA.»
«Es que no estoy solo en tu cabeza, alondrita», susurra Soren, un rumor provocativo que me estremece por dentro. «También estoy en tu corazón. Admítelo.»
Por pura rabia, alzo un nuevo escudo mental de aire, el más fuerte que he invocado hasta ahora, y empujo con todas mis fuerzas, resuelta a sacarlo de mis pensamientos, a cercenar la conexión que ha establecido a la fuerza. A demostrar que se equivoca, me cueste lo que me cueste.
El dolor me recorre entera, me golpea las sienes, pero sigo empujando, empujando, empujando, tal y como hizo Soren con el tsunami, hasta que siento que su agua retrocede. Hasta que vuelvo a estar sola dentro de mi cabeza.
Durante un instante, creo de verdad que ha funcionado.
Creo que he tenido éxito. Jadeo, agotada ante el inmenso esfuerzo, pero orgullosa igualmente de mí misma.
Y entonces veo la expresión de Soren, que se inclina más hacia la pared y me obliga a encogerme por completo ante su enorme complexión.
Un familiar brillo de depredador aparece en su mirada.
Hay un destello de plata en el azul de sus ojos, como la cresta de una ola.
Y entonces lo siento.
A él.
Su mente se aplasta contra el perímetro de la mía.
En un primer momento es suave, una caricia que pone a prueba mis fortificaciones recién encontradas.
El más leve roce. Luego, con una rapidez que me provoca un espasmo en todo el cuerpo, Soren destroza mi barricada como si esta estuviera hecha de papel.
La marca de mi pecho arde con una llama fría.
Me invade, me rodea en el sitio. Las calmadas aguas del ojo de mi mente, donde está centralizado mi poder, se inundan de él, no de mí; de su magia en lugar de la mía.
Físicamente, sigo respirando, aunque siento que me ahogo, como si el oxígeno en mis pulmones se hubiese convertido en un océano.
Soren me anega con una risible falta de esfuerzo.
Aunque yo no me río. Un grito empieza a crecer en mi garganta mientras todo lo que es Soren se adueña de mi cabeza, repasa recuerdos, desentierra secretos.
No es como la primera vez que canalizamos nuestra magia.
Esto no es ningún apoyo de fuerza, ningún contrafuerte para mis limitaciones inherentes.
Esto es una invasión. Un allanamiento. Un asalto completo a la mente, la magia, el alma.
No hay ninguna posibilidad de resistencia.
No hay oportunidad alguna de contraatacar.
Me quedo clavada en el sitio, abierta por completo ante él.
Las profundidades de mi mente están dolorosamente accesibles.
Por algún motivo, no se zambulle en ellas.
Se queda en la superficie. Flota sobre los huecos que albergan las partes más oscuras de mí, sin asomarse a ellos.
Yo aguardo la humillación, la profanación que está a punto de suceder.
Aunque no sucede.
Soren me mira a los ojos, permite que me ahogue en él durante tres segundos infinitos.
Una eternidad en miniatura en la que no llego ni a respirar, en la que mi mismísimo corazón deja de latir.
Lo suficiente como para hacerme comprender que, si así lo desea, puede arrancármelo todo sin siquiera pestañear.
Y entonces, tan rápido como ha entrado en mi mente, sale de ella.
Sus aguas retroceden y mi mente vuelve a ser mía. Mi magia vuelve a pertenecerme.
Y sin embargo, entre las sacudidas y temblores de rodillas que vienen después, comprendo que nada me pertenece.
En realidad, no. En el espacio de un latido, Soren me ha demostrado fehacientemente que todo lo que me es querido, todos mis recuerdos privados y mis confidencias secretas, todo ello está a su disposición cada vez que desee acercarse y arrebatármelo.
Me retiro de la pared, planto las manos sobre su pecho desnudo y lo aparto de un empujón con todas mis fuerzas. Él apenas se mueve, pero deja caer las manos a los costados para dejar de tocarme.
—Si vuelves a hacer algo así de nuevo —siseo, la voz quebrada de rabia—, te mataré.
Una sonrisa carente de humor le tuerce la boca.
—Te invito a que lo intentes. Muchos lo han intentado antes, pero nadie ha tenido éxito. Ni siquiera yo mismo.
Parte de mi rabia baja un ápice al oír esa confesión. Pero vuelvo a centrarme, a clavarle una mirada asesina con más intensidad.
—¿Estás resuelto a conseguir que te odie?
Sus ojos pierden toda expresión.
—Puedes odiarme si quieres, pero la verdad es que me necesitas.
Aunque eso te cabree, no cambia la realidad.
Se acerca una guerra. Una guerra que lleva mucho tiempo fraguándose.
Cuando por fin llegue hasta nosotros, hemos de estar preparados.
En cuerpo, mente y magia. —Hace una pausa y deja escapar un suspiro—.
Yo no soy Pendefyre. No te voy a mimar ni a guardarte tras un puto cristal como si fueras una mariposilla frágil.
Eres una Vestigio. Ya va siendo hora de que alguien te lo recuerde.
Y, dado que soy el único capaz de hacerlo, o quizá porque los dioses tienen un sentido del humor retorcido, esa desafortunada tarea parece haber recaído en mí.
Yo no digo nada. No puedo. Tengo las palabras atrapadas en la garganta, tan contradictorias como mis emociones.
Soren vuelve a soltar un suspiro áspero y se aleja.
Lo veo marcharse, con la columna aún pegada contra la pared.
Cada una de mis inspiraciones me llena los pulmones de cristales afilados.
Al llegar al arco que conduce a la oscura terraza, Soren se detiene, de espaldas a mí.
Una silueta enorme, medio iluminada por la luz de las velas.
Su voz es apenas un susurro, pero yo me encojo como si fuese un grito:
—La próxima vez que me pidas que te lleve a Caeldera, asegúrate de que sea realmente lo que quieres, porque pienso llevarte.
—Hay una breve pausa. Incluso a esta distancia, veo la tensión que le recorre los hombros, los puños apretados a los costados—.
No puedo ser el único que se esfuerza para que tú alcances tu potencial. Ya no.
Mi boca se abre para decirle que me lleve a Caeldera ahora, en este mismo instante, pero no me sale ninguna palabra. Su voz llega hasta mí una vez más justo antes de que se desvanezca, un ronroneo grave en el aire nocturno:
—Lo único que tenemos en esta vida son nuestras decisiones, Rhya. Nadie más puede decidir por nosotros. Así que pregúntate qué es lo que quieres. Ni Pendefyre, ni yo, ni ninguna otra persona en Anwyvn. Lo que quieres tú.