CAPÍTULO Doce #3
—¿A qué? —dice al ver que no acabo la frase, con un destello de impaciencia en el semblante—. ¿A enfadar? ¿A poner celoso? ¿A echar humo por haber perdido su posesión?
Dejo el tenedor, con la mano temblorosa.
—Yo no soy su posesión.
—Pues así es como te trata.
—No soy suya.
—Ah, ¿no?
Entrecierro los ojos.
—No. Soy mía, de nadie más.
—Ya. —Habla con voz grave, una burda imitación del tono retumbante de Penn—: «Devuélvemela.» Es lo que escribió en su carta. —Suelta un resoplido mordaz—. Ni que fueras un sombrero que ha perdido o un amuleto de la buena suerte que guarda en el bolsillo.
—No tienes ni idea de cómo es mi relación con Pendefyre.
Él vuelve a resoplar.
—Claramente, no.
—No pienso verme relegada al papel de juguete sin autonomía ni me voy a dejar atrapar en este ridículo juego de tira y afloja entre los dos. Tengo una mente propia y tomo mis propias decisiones. Siempre.
—¿Siempre? ¿Y por qué dependen tus decisiones de lo que él quiera?
—¡Tú no sabes nada de mis deseos!
—Ah, ¿no? —Sus ojos se clavan en los míos. Ladea la cabeza, sin dejar de mirarme. En las profundidades de esos ojos hay una consciencia que me provoca un nudo en el estómago—. Quieres quedarte.
—No, no quiero.
Apura el resto del cáliz.
—En dos siglos, jamás he conocido a nadie a quien se le dé peor mentir.
Me pongo de pie de un salto, con rabia creciente.
—No estoy mintiendo.
—Claro que lo estás. —Él también se pone de pie y rodea la mesa hacia mí con pasos deliberadamente lentos—. Puedo descifrar tus emociones tras esos débiles escuditos que te has puesto, pero en realidad no me hace falta. Llevas la verdad escrita en el rostro.
Retrocedo al tiempo que él se acerca y casi tropiezo con esta camisa demasiado larga.
Se me acelera el pulso, alarmado, y hago un esfuerzo para solidificar mis escudos mentales aparentemente inefectivos.
Ya sea por el efecto del vino o por un resquicio de adrenalina de la batalla contra el maremoto, una energía desconcertante se arremolina en torno a Soren.
No son las espumosas y juguetonas olas de la superficie de su personalidad.
No, ahora mismo nos encontramos en aguas desconocidas y profundas.
La mirada en sus ojos consigue que me retumbe el corazón y me llameen los nervios.
Alzo las manos como para protegerme de él.
—Soren, para.
Pero sigue avanzando hacia mí y me obliga a retroceder hasta el otro extremo de la cocina. Tiene la voz calmada, aunque la expresión no tanto.
—¿Crees que puedes esconderte de mí?
No respondo. El aire entre los dos se vuelve más denso, se comprime. Está justo ante mí. La atmósfera se carga como el cielo antes de una tormenta. Cada partícula parece crepitar en mis pulmones.
Un rizo díscolo le cae sobre la cara. No se lo aparta.
—¿Crees que tu culpabilidad basta para ocultar lo que quieres?
—¿Culpabilidad? —Mi espalda choca contra la pared e interrumpe mi huida—. No siento ninguna culpabilidad.
—Otra vez mintiendo.
Aprieto los dientes.
—Esta noche te estás comportando como un gilipollas.
—¿Nada más que esta noche?
Esboza una sonrisa oscura. Peligrosa. Da otro paso, un último paso, y a mí se me encoge el corazón. Carraspeo, nerviosa.
—No sé qué te ha entrado, pero…
—Quizá me he cansado de este juego.
—Yo no estoy jugando a ningún juego.
Su cuerpo se detiene delante del mío, tan cerca que casi nos tocamos.
Tengo que echar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo a la cara.
Sus ojos están tan cerca que me resulta imposible escapar; su color azul me atraviesa, las pestañas oscuras resaltan tanto que cualquier cortesana empapada en kohl se sentiría celosa.
Aprieto la columna con tanta fuerza contra la pared que estoy segura de que me va a salir un moratón. No me atrevo ni a respirar. Me temo que, si lo hago, la más leve expansión de mis pulmones conseguirá que nuestros pechos se rocen.
—Si estás intentando intimidarme —siseo—, no te está funcionando. Puede que seas el cerdo más avasallador del reino, pero no pienso acobardarme ante ti como una florecilla marchita.
Sus labios se crispan levemente en una sonrisa divertida, pero no tardan en adoptar un tono más cruel. Su sentido del humor desaparece tan rápido que siento un latigazo.
—Por más avasallador que sea, también soy sincero.
¿Tú puedes decir lo mismo? —Entreabro los labios, pero él me corta antes de que pueda replicar nada—.
Quieres estar aquí, lo admitas o no… Puedo sentirlo.
Hoy, cuando canalizamos… ese subidón, esa adrenalina…
Jamás habías sentido nada parecido. Y no me hizo falta el condenado vínculo para verlo.
—Su rostro desciende hasta quedar a la altura del mío.
Sus pómulos son afilados como hojas. Sus palabras, de alguna manera, son aún más afiladas, si bien salen en forma de susurro—: Lo sé porque yo tampoco había sentido nada parecido jamás. En toda mi larga vida.
Se me crispan los pulmones, incapaces de funcionar. Soren prosigue:
—Ahora mismo, bajo todo ese enojo, siento restos de ese subidón. Tu mente se mueve con la mía. Tu corazón late en perfecta sincronía. —Su voz, siempre tan melódica, se vuelve entrecortada—. Estamos conectados. Somos uno. Tú también lo sentiste, lo sé.
—Yo no lo sentí. —Una declaración quebradiza.
Él esboza una sonrisa oscura. Sabe que miento, pero no me lo señala.
En cambio, alza las manos; coloca una en la pared a mi espalda, mientras que la otra se posa en mi cuello y lo rodea.
Yo inspiro entre dientes. Sus fuertes dedos me envuelven como una soga ligera.
Sin duda, siente que se me acelera el pulso bajo las puntas de sus dedos.
Aunque, por otro lado, no necesita sentirlo, porque está dentro de mi cabeza.
Me digo a mí misma que debo apartarme, pero estoy extrañamente petrificada en el sitio. Me paraliza su cuerpo, su contacto. Y, sobre todo, sus palabras.
—Eres un pajarillo que ha estado demasiado tiempo en cautividad, alondrita. —Su boca está tan cerca que siento su aliento sobre los labios, dulce, con un deje a bayas y a vino—. Es hora de que intentes alzar el vuelo a los cielos para variar. Si regresas a Caeldera, regresarás a tu jaula.
—¿Y tú preferirías mantenerme aquí encerrada? ¿Como otro pájaro de tu aviario? —grazno—. Eso no es más que cambiar unos barrotes por otros.
Su mandíbula se tensa de forma desacostumbrada, una grieta de pura frustración. Se apresura a relajarla.
—Es más fácil pintarme a mí como el villano de tu historia que admitir que tengo razón, ¿verdad?
—Pero es que no tienes razón.
—¿No?
—No sabes nada de mí ni de mi vida.
—Sé mucho más de lo que te imaginas de ti y de tu lastimosa vida.
—Sus ojos desprenden un brillo ominoso.
Las puntas de sus dedos acarician mi garganta, un roce letal—.
Sé que te pasas los días entre camas de desconocidos enfermos.
Sé que te pasas las noches encerrada, sola, en los aposentos de un boticario muerto.
Sé que rara vez comes, rara vez descansas, rara vez hablas y jamás sonríes.
Sé que tus amigos han huido a cada rincón de la meseta dyvedita, y que los pocos que quedan en la ciudad no se mueren de ganas de pasar horas en tu compañía.
Sé que estás terriblemente sola, pequeña tejedora del viento.
Y que esa soledad te llega al hueso y está erosionando tu espíritu temerario y salvaje hasta dejar solo un esqueleto melancólico.
Las palabras me azotan, devastadoramente sinceras. No puedo refutarlas. Son ciertas, todas y cada una de ellas. Él sigue:
—Estás desapareciendo ante mis propios ojos.
Pintas los cielos con tu tristeza. Caminas por el mundo con las alas plegadas.
Un fantasma a quien le aterra dejar huella alguna.
A quien le da miedo ofender, llamar la atención.
—Suelta un suspiro de desagrado—. Dioses, no me irás a reprochar que intente evitar que regreses a ese lúgubre destino.
—¿Has…? —Se me descuelga el rostro por la sorpresa, pues sus palabras me transmiten una nueva certeza—. ¿Me has estado vigilando?
—Tengo ojos por todas partes. Hasta en la Corte del Fuego. —Suena a que no se arrepiente en absoluto—. Sobre todo en la Corte del Fuego.
—Pero eso es… —Niego con la cabeza—. No lo comprendo. ¿Por qué?
—Decidí saberlo todo sobre ti desde que me enteré de tu existencia. Mucho antes de que llegases a las Tierras Septentrionales.
Doy un respingo. ¿Antes? ¿Cómo que antes?
—No, no, no puede…
—Sí. Desde el Puente Deshelado hasta las Cimerias. Desde Vintare hasta Fríacruz, y luego hasta Caeldera.
—La montaña. El incendio forestal. Tú estabas allí. —Jadeo, y lo atravieso con la mirada—. Me ayudaste a cruzar el río. Fue el día en que nos conocimos.
No responde. Tiene la mandíbula apretada. Sus ojos rebosan magia y algo más. Algo más profundo. Algo directamente aterrador.
—¿Por qué? —pregunto, prácticamente jadeando.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué estabas allí?
A esto tampoco responde. O, al menos, no da una respuesta verbal. Pero la punta de sus dedos recorre la vena que late en mi cuello, y yo siento que su magia susurra a través de mí, un golpe sedoso que me sacude por dentro.
—Si prefieres morar dentro de tu propia oscuridad por aquello que no puedes cambiar, tú misma —dice, mirándome directamente a los ojos—. Pero si permites que así sea, acabarás devorándote a ti misma. Te perderás en tu propia pena. En tu remordimiento. En lo que perdiste.
Su mente acaricia sinuosa mis escudos mentales.
Su magia se interna más en la mía.
Cambia sin problemas a nuestra conexión psíquica y dice dentro de mi cabeza:
«Te culpas por Festaflama, aunque no fue culpa tuya. Y lo que es peor, te da miedo que Pendefyre también te eche la culpa. Pero si te culpa a ti, es más necio de lo que yo ya creía que era.»
—Sal… de… mi… ¡mente! —digo en voz alta, los dientes apretados.
«Échame tú.»
Lo estoy intentando… sin mucho éxito.