CAPÍTULO Doce #2
—Que cómo vas de hambre. Imagino que también tienes ganas de comer. Te fuiste a la cama sin cenar. —No espera a que lo siga; se limita a echar a andar hacia la trampilla por la que se entra en la mansión, con los pies descalzos—. Vamos, te preparo un tentempié de medianoche.
Su alta figura se agacha en medio de la oscuridad y desciende por la escalera de mano hasta perderse de vista. Tras un breve momento de vacilación, lo sigo.
Estoy sentada en un taburete, contemplando con ojos entrecerrados cómo Soren se mueve descalzo por la cocina.
Doy sorbitos intermitentes de vino del cáliz de cristal que me ha servido.
No estoy segura del todo de qué pensar al verlo encorvado sobre una sartén, espátula en mano.
No hay rastro del hombre que he visto en el tejado, con ojos de mercurio y poder inconmensurable.
Aquí, Soren es una criatura distinta…, una criatura que me pone de los nervios.
Se desplaza con confianza, reuniendo ingredientes de la despensa y utensilios de los aparadores. Rompe un par de huevos y los echa en un cuenco lleno de harina. Esta mañana no me ha mentido: de verdad sabe cocinar.
Doy otro sorbo al vino, con la esperanza de que el licor calme la trémula ansiedad que siento por dentro.
Lo que me pone nerviosa no es solo la sencillez con la que se desenvuelve por la cocina.
Después de lo que he presenciado con el tsunami, ya no estoy segura de cómo hablar con él.
La cautela me provoca en la garganta un nudo tan grueso que estoy segura de que no podré tragar ni un bocado de comida a pesar del hambre feroz que siento en el estómago.
Debería decirle que no se moleste en prepararme nada.
Será mejor que me vaya a mi habitación y…
Soren me pone un plato por delante. Se me hace la boca agua al instante. Contemplo asombrada una pila perfecta de tortitas a la plancha, doradas por la parte superior y repletas de bayas de color púrpura. Despiden un aroma celestial a mantequilla, azúcar y crema dulce. De pronto me muero de hambre.
—Frías no valen nada —dice él al tiempo que se sienta a la pesada mesa de roble en el taburete frente al mío.
Yo asiento, sin dejar de mirar mi plato.
Soren vierte un buen chorro de sirope de una jarra sobre sus tortitas y la envía volando a mi lado por la suave superficie de la mesa con una rápida flexión de los dedos.
Salgo de mi trance con un sobresalto y la agarro por puro reflejo antes de que se me vuelque en el regazo.
—Si no vas a usar la boca para darme conversación, al menos deberías dedicarla a nutrirte.
—Esboza una sonrisa y se detiene, con el tenedor en el aire—.
He de decir que me resulta extraño cuando te quedas en silencio, alondrita.
Te prefiero contestona y hostil hacia mí antes que callada y taciturna.
Dioses, valiente tipo. Le clavo otra vez la mirada y ataco agresivamente la comida.
Mi cuchillo araña el fondo del plato con un chirrido penetrante.
Todo mi enojo se desvanece en el mismo momento en que el primer bocado me toca la lengua.
La dulzura del sirope, mezclada con el deje desacostumbrado del jugo de las bayas, es toda una revelación.
Aunque nada puede superar al festín sensorial que experimenté en el mercado flotante, esto debe de ser lo mejor que he comido en mi vida.
No puedo evitar un gruñido bajo de placer que se me escapa de la garganta mientras mastico.
La mirada de Soren se alza hacia la mía al oírlo.
—¿Satisfecha?
Consigo tragar la comida, todavía sacudida por los sabores que explotan en mi lengua.
—¿Qué tipo de fruta es esta?
—¿Nunca habías probado la bayamar?
Niego con la cabeza y trago la comida con un sorbo de este fresco vino floral que marida a la perfección con el penetrante sabor ácido de las bayas.
—No crecen en las Tierras Centrales. Al menos por donde yo he estado.
—Ah. —Pincha otro trozo de sus tortitas—.
A veces doy por sentado que el clima llŷriano está presente en todas partes.
En el continente, nuestros períodos de crecimiento son largos.
Todo aquello que no podemos producir por nosotros mismos lo importamos de las Tierras Meridionales o del otro lado del mar Septentrional.
Y aquí, en la capital, contamos con varios invernaderos que nos abastecen de sobra durante la estación más fría.
No quedan lejos del Faro del Este, si tienes ganas de ir a explorar mañana.
Mañana. ¿Seguiré aquí mañana?
Tengo una maraña de sentimientos por dentro.
Decisiones que en su momento parecieron claras como el cristal de mi cáliz ahora están cubiertas por un velo de vacilación.
La carta de Penn debería haber facilitado mi decisión.
Quiere que vuelva. Debería regresar a Caeldera.
No hay motivo alguno para quedarme aquí.
«Tampoco hay motivo alguno para que te vayas», susurra una vocecita en el fondo de mi mente. «Por esa senda no te espera más que dolor.»
El silencio se alarga. Pasamos varios minutos comiendo.
Los ojos de Soren me recorren desde el otro lado de la mesa.
Él da largos tragos de vino y me estudia mientras yo doy buena cuenta de mi plato, bocado a bocado.
Como siempre, adivina la dirección de mis pensamientos sin que yo tenga que contarle nada:
—¿Le has contestado ya?
Me quedo inmóvil en el taburete, con el tenedor de camino a la boca.
—No.
—No sabes qué decir. —Aprieto los dientes—. Supongo que no se te puede culpar, teniendo en cuenta esa reacción más bien incendiaria cuando no se sale con la suya. —Soren hace una pausa—. ¿Quizá escribirle un soneto de amor para suavizar el golpe?
Aprieto el tenedor con tanta fuerza que me sorprende que no se doble por la mitad. Soren se echa una baya a la boca y mastica despacio antes de añadir:
—No, a Pendefyre no le va mucho la poesía… Quizá podrías hacerle un dibujo. Es más adecuado, dado lo poco que lee. ¿Qué tal se te da dibujar?
Frunzo el ceño ante esa sonrisa burlona.
—Esto no es ninguna broma. Y tampoco es asunto tuyo.
—Ya lo creo que sí —replica, y apoya una mano sobre la mesa.
Empieza a dar golpecitos distraídos con el índice y añade—: La última vez que pensó que te retenía aquí en contra de tu voluntad, se plantó a mis puertas con un batallón de soldados, completamente listo para iniciar una guerra si no te llevaba consigo.
Parte de mi rabia disminuye y da paso al miedo. No creo que Penn vaya a aparecer por Hylios para buscarme… ni creo que piense que estoy cautiva aquí…
—Me gustaría pensar que tienes suficientes dedos de frente como para entender que debes quedarte.
Mis ojos vuelan hacia los de Soren al oír esa inesperada frase. Ha dejado de lado su comida; ni siquiera finge comer, sino que centra toda su atención en mí. La fuerza de su mirada es asombrosa. Lo único que yo puedo hacer es quedarme clavada en el sitio. Carraspeo.
—Puede que ahora esté agotada, pero estoy segura de que por la mañana habré descansado lo suficiente como para sobrevivir al viaje a través del portal. Si tú pudieras…
—No estoy diciendo que tengas que quedarte por estar cansada o hambrienta —me interrumpe—. Y tampoco hablo de que te quedes unas horas ni un día más. Me refiero a… quedarte. A quedarte aquí.
Inspiro de forma audible. Mi respuesta es instantánea:
—No puedo.
—¿Por qué? De todos modos, ibas a venir en el solsticio de verano por la boda de Arwen. Falta menos de un mes.
—Exacto. Volveré en verano, tal y como estaba planeado.
—Pero si ya estás aquí.
—Pero no debería estar.
—En esta vida rara vez coincide lo que debería pasar y lo que acaba pasando. Y al final suele ser para bien. —Flexiona los dedos sobre la mesa—. ¿O acaso crees que la gente sabe de verdad lo que más le conviene, lo que puede hacerla feliz de verdad?
Suelto un suave resoplido.
—Ya, imagino que tú eres un gran experto en felicidad.
—Jamás he afirmado serlo. Me limito a señalar que, a menudo, quienes consiguen justo lo que quieren en este mundo acaban decepcionados, porque no responde a sus expectativas ni mucho menos resulta satisfactorio.
Lo que consigue que esta lenta procesión hasta la muerte sea remotamente disfrutable es todo lo que nos sorprende, lo que no vemos venir.
—Ten cuidado, Soren. Si mantienes esa visión tan sentimental del mundo, la gente empezará a pensar que eres un optimista. ¿Cómo mantendrías entonces tu temible reputación?
Ni siquiera se molesta en sonreír como respuesta a mi comentario ligero. Claramente, no está de humor para frivolidades. Da otro sorbo de vino y me contempla por encima del borde de su copa mientras traga.
—Dime, sinceramente: ¿qué hay tan urgente en Caeldera?
—Los trabajos de reconstrucción…
—… durarán años. Y no es una carga que debas asumir tú.
—Los ciudadanos…
—… están huyendo en masa, según me cuentan mis fuentes.
—Tengo pacientes…
—… que seguramente seguirán adelante sin ti, igual que pasaba antes.
—Puede que sea verdad —admito a regañadientes—, pero también hay amenazas en las fronteras…
—… de las que se están encargando los muy competentes ejércitos de Dyved.
Y vale la pena repetir que no es una carga que debas asumir tú.
A no ser que planees internarte en la banquisa de hielo del brazo del general Yale.
—Hace una pausa—. Y, teniendo en cuenta la patente hostilidad que te profesa el comandante, no le auguro un buen futuro a esa colaboración.
¿Cómo puede ser que siempre parezca saberlo todo? Aprieto los dientes.
—Dejando aparte a los Salteadores, hay otras amenazas acuciantes. Los habitantes de Terrascarcha…
—… se centrarán en presas más fáciles al otro lado del mar en cuanto Dyved haga una demostración de fuerza suficiente. Son saqueadores, no invasores. —Vuelve a tamborilear con los dedos sobre la mesa—. Veamos, ¿tienes más excusas o se te han acabado ya?
—Es que tú no… Es que yo… —Vuelvo a inspirar hondo—. Pendefyre se va a…