El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Doce
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CAPÍTULO Doce

E stoy corriendo. Corro tan rápido que prácticamente vuelo. Mis pasos me elevan en el aire, cada vez más alto, a cada bote desesperado que dan. Algo me pisa los talones de cerca. Me persigue por este terreno desconocido de arena y ceniza.

Pero yo voy más rápido.

Me desplazo sobre alas de aire.

Mi sangre canta con cada viento.

Hasta que, de pronto, apoyo un pie en falso y la tierra se abre debajo de mí. Me traga por completo. Me veo zambullida en la oscuridad. Las paredes se cierran en torno a mí, se estremecen, se sacuden…

Me despierto con un sobresalto de esa perturbadora pesadilla.

A medida que se aclara la niebla del sueño, me doy cuenta de que el temblor no solo pertenece al reino onírico.

Las puertas de mi balcón se agitan, el armario de la pared opuesta se sacude violentamente sobre la arenisca color índigo.

Mis oídos captan el lejano sonido de una sirena que reverbera desde los faros por toda la ciudad. Una sirena de alarma.

Otro terremoto.

Me bajo de la cama y me pego al suelo para avanzar hacia la puerta, arrastrando el camisón.

Es una camisa de hombre, demasiado larga para mí.

La encontré colgada en el fondo del armario después de darme un baño, me envolví en su cómoda calidez y me derrumbé sobre la cama.

Deseaba que la prenda pudiese contrarrestar el sudario helado con el que la carta de Penn había cubierto mi corazón.

Los temblores continúan sacudiendo la cámara. Abro la puerta y me coloco bajo el dintel, afianzándome con las manos a los laterales del marco. La experiencia me dice que es el lugar más seguro en el que colocarme hasta que acabe el terremoto.

Sin embargo, en cuanto el último de los temblores desaparece y me atrevo a erguirme del todo, me veo derribada de nuevo y caigo de culo.

Esta vez no es una réplica del terremoto, sino una enorme ráfaga de magia que me recorre como una oleada y me pone de punta hasta el último vello del cuerpo.

Mi marca de Vestigio responde instantáneamente al influjo de la magia y empieza a llamear por dentro.

En el nombre de todos los cielos, ¿qué está pasando?

Otra oleada se estrella sobre mí y me aplasta contra el suelo.

Me revuelvo contra su peso apabullante y, con un crujido de rodillas, consigo enderezarme.

El poder hormiguea por el aire y fluye a mi alrededor; me tiene atrapada en sus garras.

Como si fueran un pececillo cautivo en la corriente más profunda, mis pies empiezan a moverse por voluntad propia, pasillo abajo.

Giro un recodo, con una mano apoyada en la pared para no perder el equilibrio.

Las oleadas periódicas continúan. Yo cruzo un umbral cualquiera, subo una hilera de escalones estrechos que ascienden en espiral y llego a un rellano del que se eleva una corta escalera de mano hasta una trampilla que da a cielo abierto.

Soy incapaz de resistirme a la gigantesca emanación de magia que no deja de ascender y estrellarse, un mar de sensaciones que intensifican todas mis capacidades.

Me subo los faldones de la camisa y asciendo por la escalera de mano sin pensarlo siquiera, sin dudar.

Cruzo la trampilla abierta que da al techo y salgo a la noche sombría.

Para cuando llego a la fuente de este implacable asalto mágico, me falta el aire; no por el ascenso, sino por el esfuerzo de reprimir mi propio poder para que no reaccione de igual manera. El viento arrecia en mis reservas internas, me revuelve por dentro, ansioso por escapar.

«Respira, Rhya. Tú respira.»

Pero no puedo respirar, pues todo el aire de mis pulmones se desvanece al ver al hombre que está justo en el borde del tejado, en el que una sección plana se eleva en una cuestecita de plateadas tejas entrelazadas.

Me freno en seco y contemplo los músculos desnudos de la espalda de Soren, tensos por la intensidad de la tarea en la que está sumido.

No se gira hacia mí. Ni siquiera parece haberse percatado de mi presencia.

Tiene los brazos alzados al frente, toda su atención fija en el mar oscuro… , al igual que toda su magia.

Mis ojos siguen la oleada de magia y lo que veo me crispa el cuerpo entero de puro temor.

A pesar de la oscuridad de esta hora, la noche está clara y la luna brilla en el cielo, lo bastante como para iluminar la cresta de una enorme ola que se alza en el horizonte, donde Bahía Sangre se funde con el Océano Infinito.

Una ola que, ahora mismo, se encamina directamente hacia las murallas de la ciudad.

Un tsunami.

Yo ya había oído hablar de este fenómeno, de este tipo de aberración capaz de arrasar toda una ciudad, en los viejos libros de historia de Eli, en las historias con moraleja que se solían contar a la luz de la chimenea.

Pero jamás había visto algo así con mis propios ojos.

En un primer momento, no comprendo cómo podemos tener tan mala suerte.

Dos desastres naturales en apenas unos instantes. Parece un mal augurio de los dioses.

Las sirenas de los faros vuelven a resonar por los aires, alertando a la ciudad del peligro que se acerca.

En este momento me doy cuenta de que los dos incidentes están irrevocablemente unidos.

El tsunami es un efecto secundario del terremoto; lo ha provocado el movimiento de la tierra en algún lugar de alta mar.

Una reverberación rápida y mortal que se cierne sobre nosotros en la lejanía.

Ante mi vista aguzada, parece imposiblemente grande. Lo bastante grande como para devastar todos los pueblos y aldeas de la costa llŷriana. Lo bastante grande como para destrozar las murallas más altas de Hylios y arrasar con todo. Y no hay nada que detenga su avance.

Excepto Soren.

Está ahí, plantado frente a lo imposible. Protegiendo su reino, aunque deba usar hasta el último resquicio de su poder para conseguirlo. Latido a latido, arroja su magia contra el tsunami. Contra el mismísimo océano, como si fuera el señor divino de las mareas.

Siento un asombro total al verlo en este instante, iluminado por la luz de la luna, con los cabellos despeinados, por haber estado durmiendo, más oscuros que la mismísima noche. Semejante fuerza, semejante control inmenso, frente a una derrota más que segura.

Y sin embargo…

No tan segura, a fin de cuentas. Porque veo que, en el horizonte, la ola detiene su rugiente avance.

No puedo apartar la mirada, no puedo permitirme siquiera el tiempo de parpadear.

La ola empieza a retroceder y se ve impulsada hacia atrás por la fuerza inflexible del Vestigio del Agua.

Soren ha caído de rodillas; su fuerza física flaquea, pero su magia sigue inamovible.

Él solo está conteniendo la ira del océano, obligando a esas corrientes lejanas a cambiar de curso.

Tras unos instantes, la montañosa cresta de la ola se encoge a la mitad de su tamaño.

Otros instantes más y se ve reducida a una elevación líquida que, aunque es lo bastante grande como para cubrir por completo la puerta del mar, no la arrancará de sus goznes.

Para cuando la ola llega por fin a la ciudad, apenas es ya distinguible de las demás que se estrellan rítmicamente a nuestros pies, donde las murallas de piedra se encuentran con el mar.

Veo el restallido final de espuma que se disipa entre la oscuridad e inspiro aire por primera vez en lo que me parece una eter­nidad. Tengo toda la piel de gallina, las venas repletas de magia. La noche cae en un completo silencio; las sirenas enmudecen definitivamente.

Soren es el único que se mantiene tenso.

Baja los brazos a los costados y su magia se detiene, temblorosa.

Deja caer la cabeza. De sus ojos manan gotas de sangre que caen como lágrimas sobre las tejas plateadas.

Le cuesta respirar. Incluso a diez pasos de distancia, oigo cómo entra y sale el aire de sus pulmones.

Tengo el extraño y acuciante impulso de salvar la distancia que nos separa, de hacer…

Algo.

De decir algo.

Pero ¿qué se puede decir en un momento como este?

«¿Dónde has aprendido a emplear así tus poderes? ¿Cuándo me piensas enseñar a hacer lo mismo?»

Al final, es Soren quien habla. Tiene la voz más pastosa de lo normal, un áspero sonido gutural carente de toda frivolidad.

—¿Me estabas espiando, alondrita?

—No. —Trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la tráquea—. Solo estaba… Es que he oído las sirenas tras el terremoto. Luego sentí tu magia y… me vi impulsada a buscar la fuente. Era como una cadena que tiraba de mí. No pude…

Me muerdo el labio inferior y contengo el resto de mis imprudentes palabras antes de que se me escapen.

¿Acaso he de contarle a este hombre cada uno de los pensamientos que aparecen en mi cabeza?

Él, por su parte, no dice nada. Está antinaturalmente inmóvil; su cuerpo es una gárgola de piedra en el borde del tejado.

De pronto, me siento como una intrusa fisgona.

Empiezo a retroceder hacia la trampilla.

Debería haber resistido la atracción que me condujo hasta aquí, aunque hubiese tenido que encerrarme en mi cuarto para conseguirlo. Debería…

—Tengo hambre.

Me detengo, sobresaltada y petrificada ante la brusca declaración de Soren.

—¿Disculpa?

—No es tanto que tenga, como que me muero de hambre.

Su voz ha recuperado su tono normal. En apenas un latido, Soren se endereza del todo y se acerca a mi lado, moviéndose como un fantasma.

Lo único que indica el gasto de magia que acaba de hacer son sus ojos.

Se ha limpiado la sangre, pero sus iris son casi plata pura con apenas unas trazas de su típico tono zafiro.

Me clava la mirada. Solo en una ocasión lo he visto así: en la noche de Festaflama, mientras él luchaba contra los gigantes de hielo y obligaba a retroceder a los clanes de Salteadores.

—¿Tú cómo vas?

Parpadeo hacia él con gesto idiotizado.

—¿Qué?