El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Once #3
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CAPÍTULO Once #3

Justo en el recodo, nos topamos con un alto recinto de cristal encajado tras una pérgola repleta de glicinas. En un primer momento me parece que es un invernadero, pero el techo está abierto y, en lugar de parterres y macetas, hay numerosas varas de madera, abrevaderos y comederos elevados.

Es un aviario.

Un pájaro de un intensísimo color negro azulado desciende de las ramas y se posa en una de las varas, clavando con fuerza sus garras en ella.

Otro cuervo, de un profundo tono escarlata, ya se encuentra dentro del aviario; su elegante pico emplumado, oculto bajo un ala.

Deja de arreglarse las plumas con el pico cuando nos acercamos y echa la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que el pájaro recién llegado.

Dos pares de ojos astutos se clavan en Soren, que se acerca al recinto.

Yo me quedo atrás y veo cómo quita con gestos delicados los finos trozos de pergamino que los pájaros tienen enrollados y atados a las patas.

Mis ojos se centran con toda intensidad en el cuervo escarlata. Ya he visto antes un ave de ese color. Es una raza típica de Dyved. Un emisario de la Corte del Fuego. Me pregunto quién lo habrá enviado y qué contendrá el pequeño rollo de pergamino que ha traído hasta aquí.

¿Será una respuesta de Pendefyre?

¿Hablará de mí?

Diga lo que diga la misiva, al leerla, el rostro de Soren se impregna de desagrado y sus hombros se envaran.

Se me acerca con pasos vacilantes. Yo espero a que hable, a que me diga qué ha leído, aunque no tiene ningún motivo para hacerlo.

Su correspondencia privada no es asunto mío.

Aun así, mis dedos se crispan cuando hago un esfuerzo por no arrebatarle el pergamino de golpe.

Aprieto los labios para contener la curiosidad.

Semejantes esfuerzos de autodisciplina resultan ser ridículos apenas unos segundos más tarde, porque Soren alarga la mano hacia la mía y coloca el pergamino en ella. Alzo los ojos, sobresaltada.

—Me lo han enviado a mí, pero deberías responder tú —dice en tono suave, casi solemne—. Él espera tu respuesta.

Dicho lo cual, agarra el otro pergamino y se pierde camino abajo.

Me deja en compañía de las flamafatuas multicolor y los cuervos de ojos resplandecientes.

El pergamino en mi mano parece pesar un millar de toneladas.

Le echo un vistazo. Tiene escrito un puñado de palabras garabateadas con letra apresurada y desordenada.

La letra de Penn.

Al verla, mi necio corazón se me sube directamente a la garganta.

Soren:

¿Cómo que Rhya está en Hylios contigo?

Espero que me des una explicación más elaborada que las tres frases sarcásticas que tuviste a bien enviarme anoche.

Aunque, francamente, no me preocupa tanto saber cómo ha llegado allí, sino por qué permanece en tu compañía después de un día entero. No se me ocurre ni una sola buena razón por la que quisiera quedarse ahí.

Al menos no por voluntad propia.

Cuando entró ayer en el portal de Calaboja, su intención era regresar a Caeldera. Hasta que no sepa nada de ella, asumo que esta intención no ha cambiado.

Te juro por los dioses que si estás intentando evitar que vuelva conmigo.

Las palabras se interrumpen abruptamente con una mancha oscura de tinta. Es como si Penn hubiese apoyado la pluma en el pergamino durante un rato mientras intentaba reordenar sus pensamientos. Como si no hubiese sabido cómo pedirle un favor a su enemigo más antiguo sin recurrir a amenazas.

Y al final, acabó por no escribir nada más al respecto. Solo hay un puñado más de palabras a pie de página, sobre el sello oficial de Dyved.

Envíala de regreso aquí.

Devuélvemela.

Por favor.

Lo que me rompe es ese «por favor». El formidable Pendefyre de Dyved, suplicando. Suplicándole a Soren, nada menos. A un hombre a quien desprecia.

Suplicando por mí.

Sé lo mucho que le cuesta suplicar. Sé cuánto le pesa.

Yo misma siento ese peso tras los ojos. Un precursor ardiente que se une al agotamiento hasta los huesos que ya erosiona mi compostura.

No puedo reprimirlo mucho más. La pena me inunda junto con un caudal de lágrimas calientes que emborrona mi visión y me hace imposible leer la hoja.

Todos los sentimientos que he estado reprimiendo desde que crucé el portal ayer regresan a mí, implacables y vengativos.

Pendefyre.

Calaboja.

La pelea que tuvimos bajo la lluvia.

Nuestro potencial roto.

Nuestro precario futuro.

Ni siquiera se me ocurre cómo dar una respuesta coherente a la carta.

Ahora no. Aún no.

Doy las gracias por que Soren haya tenido la suficiente compasión como para dejarme sola. Perder la batalla contra mi melancolía ya es lo bastante horrendo sin que él esté aquí para presenciarlo.

Me aprieto el pergamino contra el pecho angustiado y regreso a la carrera a mi habitación oscura y confortable en la mansión.

Cierro el pestillo tras entrar, pero ni siquiera la puerta de madera puede bloquear el sonido de la tormenta que rompe en dos los cielos tras las ventanas de mi balcón ni del diluvio torrencial que acribilla el tejado sobre mi cabeza.

Me dejo caer en el suelo de mármol veteado y apoyo la frente en las rodillas para amortiguar los sollozos.