CAPÍTULO Once #2
Estamos en lo alto de las murallas de la ciudad, comprendo asombrada.
A mi derecha, al otro lado del parapeto que me llega a la cintura, hay una caída gigantesca hasta el mar.
A mi izquierda, los canales se enroscan bajo nosotros con elegancia serpentina.
Mis ojos siguen la curva gradual de la muralla, desde nuestra posición hasta el extremo norte de la ciudad, donde la mansión de Soren descansa como un diamante blanco sobre una elevación en la que se suceden las terrazas a distintos niveles.
—¿Ves? ¿Qué te había dicho? —Me guiña un ojo—. Un atajo. Va directamente a los terrenos reales. No hace falta subir escaleras.
Mis ojos recorren la larga curva, siguiendo las murallas hasta el otro extremo de la ciudad, donde el Faro del Oeste se alza hacia el cielo directamente frente a nuestra posición. Si entrecierro los ojos, puedo atisbar varias formas sombrías que deambulan por los parapetos.
—¿Se puede rodear la ciudad entera así?
Soren asiente.
—Toda entera hasta la puerta del mar. Es bastante útil cuando se tiene prisa. Los canales son hermosos, pero en ocasiones están increíblemente atestados.
No lo pongo en duda.
Tardamos una media hora en recorrer el trayecto por lo alto de las murallas, tiempo que pasamos mayormente en un silencio agradable.
Me distrae la absoluta belleza que me rodea por todas direcciones; soy incapaz de evitar que mis ojos deambulen por todos los ángulos que ofrece Hylios.
Mi clara fascinación parece divertir a Soren, que me estudia como yo misma estudio este paisaje a vista de pájaro.
Ahí fuera, en alta mar, navíos mercantes de tres mástiles navegan entre las olas como gaviotas en pleno vuelo.
Espero que les aguarde una travesía menos violenta que la del Selkie.
En medio del mercado flotante sigue habiendo un batiburrillo de barcazas y chalanas.
Me pregunto si estarán atracadas en ese lugar permanentemente o si se moverán cada día.
A nuestra espalda, el gran puerto se va perdiendo de vista.
No queda ni rastro de humo en la superficie, nada que indique que en su mismo centro se ha hundido un barco.
¿Cuánto tiempo permanecerá el pecio ahí abajo hasta que lo recuperen?
No somos los únicos que disfrutamos de un paseo de media tarde por las murallas.
Nos cruzamos con muchos llŷrianos: parejas que pasean del brazo, familias con niños de pies ligeros, pintores con sus caballetes que dan pinceladas agónicas en un intento de capturar el tono preciso de la espuma de mar, una paleta de colores inusualmente tormentosa.
Todos ellos amigables, saludan a Soren con la misma calidez que he presenciado esta mañana, aunque se limitan a algún gesto con la mano o un cabeceo.
—Admítelo —dice al fin.
—¿Que admita qué?
—Que te gusta mi atajo.
Aprieto los labios para contener una sonrisa.
—No es horrible, no.
—Me lo tomo como una victoria. —Hace una pausa y su mirada se aparta de mi rostro para contemplar la ciudad que se extiende bajo nosotros—. ¿Se parece a lo que esperabas? Hylios, digo.
—No sabía qué esperar. ¿Cómo iba a esperar nada concreto?
—Si mal no recuerdo, el libro que te di tiene un capítulo entero dedicado a la Corte del Agua.
Se me encoge el estómago ante la mención del libro que me regaló durante nuestro primer encuentro.
El libro en el que Soren había hecho anotaciones en los márgenes, con sus pensamientos más íntimos —y a veces divertidos— garabateados por toda la crónica del saber de los Vestigios.
Lo perdí durante la batalla de Festaflama, cuando el castillo se derrumbó junto con todas mis demás posesiones.
Probablemente sea de lo poco que de verdad echo de menos.
—Me temo que tu libro se encuentra en el fondo del lago de Caeldera, enterrado bajo una tonelada de piedras.
Él deja escapar un suspiro.
—Justo por eso jamás se deben prestar libros a nadie. Nunca los recuperas en el mismo estado.
Yo pongo los ojos en blanco.
—Sea como sea, leer tu guía informativa, o tus sucintos comentarios, ya no es una opción.
—No pasa nada. Te daré algo mejor.
—¿Otro libro?
—No del todo.
—Entonces, ¿qué?
—A mí.
—A ti —digo, dubitativa.
—Teniendo en cuenta cómo has tratado mi último libro, no puedo dejarte entrar en mi biblioteca.
Tendrás que preguntarme directamente cuando quieras saber algo.
O cuando necesites más… ¿Cómo lo has expresado tú?
¿Sucintos comentarios? —Curva los labios en una sonrisa traviesa—.
No solo puedo ofrecerte dos siglos de conocimientos, sino que a mí puedes maltratarme mucho más que a un tomo viejo.
—Creo que prefiero seguir en las tinieblas —murmuro, y aparto mis ojos de los suyos.
Aprieto el paso por las murallas al tiempo que oigo su resoplido de respuesta.
Nos encontramos casi en los terrenos reales.
Las murallas de la ciudad serpentean tras ellos, un anillo continuo que recorre la parte trasera de los jardines.
No hay guardias apostados ni letrero alguno que mantenga alejado al populacho.
Una puerta anodina con un pomo cubierto de glifos es la única entrada a una arboleda de anchos olivos cuyas hojas esbeltas tiemblan bajo la brisa.
Soren abre la puerta con un rápido latido de magia que la impulsa hacia dentro sin emitir ningún sonido.
Me hace una reverencia burlona y me invita a entrar antes que él en el olivar.
Yo inspiro hondo e inhalo el aroma de la corteza, así como leves notas melosas y florales.
El sendero de tierra asciende abruptamente y traza un recodo.
Pronto estamos entrando en un patio familiar.
La tierra bajo mis pies da paso a un suavísimo camino de pizarra.
Avanzo entre densas matas de jazmín y mis ojos flotan hasta el estanque de resplandecientes nenúfares y ranas iridiscentes, en cuyo centro descansa la opalescente casa de baños.
Al otro lado está la mansión de Soren, que se alza bajo el cielo del ocaso, etérea y vacía.
Yo solo puedo pensar en entrar ya, quitarme esta ropa sucia y derrumbarme sobre la mullida cama de mi habitación para pasarme una semana durmiendo sin pausa.
Mi camisola apesta a humo, sudor y aliento de arácnide.
Sigo teniendo trozos de telaraña pegados al pelo aplastado.
A cada paso que doy, este residuo adhesivo me da tirones en la piel.
Me restriego los costados con las manos, intentando quitarme las telarañas.
Las tengo por todas partes: me cubren los hombros, la cintura, las caderas; en los muslos, aferradas a la vaina vacía…
Freno en seco e inspiro entre dientes.
—¿Qué pasa? —pregunta Soren, que me ha oído.
Lo miro, con un extraño desconsuelo.
—Mi daga. La he… la he perdido en el barco. Ni siquiera me había dado cuenta hasta ahora.
—Tenemos herreros en Hylios. Los mejores de todas las Tierras Septentrionales. Estaré encantado de pedirle a alguno que…
—No. —Sus cejas oscuras se alzan—. No… —Trago saliva—. Es que no lo entiendes. Esa daga… era especial. Fue… un regalo.
—Ah. —La pausa que hace es elocuente—. ¿Un regalo de quién, si se puede saber? —Yo aprieto los labios—. De Pendefyre —adivina a raíz de mi silencio—. Por supuesto. Eso explica esa cara que has puesto.
Me enojo.
—¿Qué cara?
Él no responde, se limita a alzar la mano y arrancarme un colgajo especialmente pegajoso de telaraña del cuello. Se me acelera el pulso al tiempo que me enfado aún más. Le aparto la mano de un manotazo y retrocedo hasta ponerme fuera de su alcance.
—Soy perfectamente capaz de asearme sola. —Soren recorre mi complexión desastrada de la cabeza a los pies, sin duda divertido ante esta afirmación tan contradictoria—. Y es justo lo que voy a hacer —sigo, clavándole la mirada—. En cuanto haya encontrado un baño.
—Te llevaría al Hervidero, pero creo que ya has tenido suficientes conmociones por hoy.
—¿El Hervidero?
—Puedes usar mi casa de baños si quieres —prosigue él antes de que yo pueda preguntar nada más, y hace un gesto hacia el estanque—. Es lo bastante grande para dos.
—Es lo bastante grande para diez, pero sigo sin querer compartirla contigo.
—Me parece bien. Prefiero el agua sin telarañas.
Yo resoplo. Él sonríe y tironea de uno de mis rizos.
Alzo la mano, lista para largarle otro manotazo, pero entonces su roce pasa de ser juguetón a…
algo distinto. Y sus ojos también. Me recorren la cara, y una emoción completamente diferente se mueve en sus profundidades.
Me recoloca el rizo suelto por detrás de la oreja con un tierno movimiento; sus dedos me rozan apenas la punta de la oreja picuda y su voz desciende una octava:
—Aunque quizá podría hacer una excepción. Por esta vez.
Se me seca la boca. Impertérrita, continúo:
—Me sorprende que me quieras dejar entrar en la casa de baños. Pareces resuelto a retrasar mi marcha de Hylios. ¿Cómo sabes que no me voy a meter por el portal a la primera oportunidad que se me presente?
Él aprieta los labios. Por algún motivo, noto que intenta no echarse a reír. No tengo ni idea de qué le parece hilarante de esta situación, y él tampoco me lo dice. Sin pronunciar más palabras, gira en redondo y se aleja.
Lucho contra el burbujeante enojo que se expande en mi interior y voy tras él, sumida en un silencio resuelto. Juro que los cambios de humor de este hombre son tan volátiles como las mareas sobre las que manda. Y mucho menos predecibles.
Mis pasos fallan cuando veo que él no sube las escaleras hacia la terraza, sino que en cambio se interna por un estrecho camino lateral que serpentea hasta perderse de vista.
No estoy segura de si quiere que lo siga, hasta que se detiene y agarra una gran hoja de palma que bloquea el camino, para apartarla.
Me escurro junto a él, con cuidado de no invadir su espacio personal, y me parece que esboza una media sonrisa.