El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Once
33%

CAPÍTULO Once

L a mano de Soren es un peso constante en la parte baja de mi espalda mientras me guía por el laberinto infinito que es Hylios.

Estoy demasiado agotada para preguntar adónde vamos o siquiera para fijarme en lo que nos rodea con mucha atención.

He de emplear todas mis fuerzas en mantenerme en pie, en evitar que se me cierren los ojos.

Parpadeo para aclarar la neblina de mi mente, intentando orientarme.

Hace bastante rato que salimos del puerto.

Hemos evitado el atestado centro de la ciudad y, a cambio, atravesamos callejones más estrechos de los alrededores, bajo la sombra de las murallas que trazan el perímetro de Hylios.

Veo la inconfundible extensión de los barracones de los soldados, así como algunos edificios industriales: una herrería, una armería, una fábrica de velas y otra de cerveza.

Esta parte de la ciudad está menos concurrida; los civiles que aquí habitan están encerrados en el interior de sus casas.

Los que se cruzan con nosotros por la calle se arrebujan en sus capas y lanzan miradas preocupadas al cielo, apresurándose por llegar a casa para escapar de este horrible clima.

El horrible clima que he creado yo.

Me mordisqueo el labio inferior. Ojalá supiera cómo disiparlo.

Aún no ha caído el crepúsculo, pero el cielo está oscuro.

Unas gruesas nubes negras se arremolinan sobre una niebla demasiado familiar.

Las palmeras parecen fuera de lugar sin un cielo azul por encima, y los edificios de arenisca a nuestro alrededor ya no parecen blancos, sino gris ceniza.

Hasta los canales han perdido el radiante tono turquesa, que ha dado paso a un verde azulado más oscuro.

Me sorprende que Soren no haga ni un solo comentario sarcástico al respecto. Parece contentarse con nuestro paseo en silencio. Camina despreocupado, con expresión relajada. Ni siquiera me mira, algo que me resulta sorprendentemente irritante.

Hace una hora, Soren estaba dentro de mi cabeza.

Sus intenciones estaban tan entrelazadas con las mías que no había modo de desenredarlas.

Ahora, desde el vínculo, no capto más que un resuelto silencio.

Más que silencio, vacío. No siento nada en absoluto.

Normalmente, eso no me molestaría lo más mínimo. Pero después de lo que ha pasado hoy…

Nada me parece normal.

El agudo contraste entre esta muda censura y la intimidad de la canalización es impactante. La curiosidad me clava sus garras. Quiero abrir la cabeza de Soren y asomarme dentro, aunque solo sea para arrojar algo de luz sobre sus pensamientos. ¿Seguirá pensando en los muelles? ¿En Arwen?

De todas las presentaciones posibles, la nuestra no fue ideal.

No tengo ninguna explicación real para el desagrado instantáneo que le inspiré.

Que yo sepa, no he hecho nada para provocarle tanta ira.

Y sin embargo, apenas me vio junto a su hermano, chorreando en medio del puerto y con el pelo pegajoso y enredado, Arwen se crispó como un perro guardián que captase el olor de una amenaza inminente hacia su amo.

Me dedicó una larga mirada, que evidentemente me catalogó como poca cosa, y giró de inmediato en redondo para regresar con su magnífico corcel alado y blanco sin pronunciar ni una palabra de despedida.

Su escuadrón la siguió de inmediato, mientras que Soren y yo nos los quedábamos mirando.

—No puede resistirse a una salida dramática —murmuró él.

Las cinco jinetes subieron a sus monturas y, con un rápido golpe de rodillas en los flancos, estas se lanzaron al galope por los muelles para luego alzar el vuelo a los cielos.

—¿Salida? ¿Y qué me dices de la entrada que ha hecho?

Él me lanzó una mirada de reojo como respuesta a mi incrédulo comentario.

Esbozó una sonrisa al ver el patente asombro en mi cara y recorrió con los ojos mi empapado y despeinado cabello durante un largo latido.

Con un repentino movimiento de sus dedos, una oleada de magia me recorrió.

Cuando retrocedió, vi que mi ropa estaba completamente seca, como si le hubiesen succionado hasta la última partícula de agua.

Aún no me había quitado de encima el asombro cuando Soren me aturdió aún más alargando la mano y arrancándome una gruesa telaraña que tenía pegada a la sien.

Mis músculos estaban petrificados, completamente inmóviles, mientras él me quitaba la telaraña.

Sus dedos se movieron con una delicadeza de la que yo no sabía que fuera capaz.

Poco a poco despegó la pegajosa seda de la araña de mi rostro, mi cuello y mis clavículas.

Esa tarea bien podría haberla hecho yo misma, pero no se lo dije.

Me faltaba el habla. Mis pulmones estaban paralizados, notaba un nudo en la garganta.

No respiré hasta que Soren dejó caer la mano a un costado y se giró para hablar con los marineros.

Aunque conseguí hacer una inspiración, el aire me pareció estancado en los pulmones.

Eran los efectos secundarios del agua de mar que había tragado.

O eso me dije a mí misma.

—¿Adónde crees que vas?

Salgo de mis recuerdos al oír la voz de Soren.

En el estado aturdido en que me encuentro, no me he fijado en que ha dejado de caminar hace varios pasos.

Miro en derredor y me sorprendo al ver que estamos a los pies del Faro del Este, que está incrustado en las murallas de la ciudad, pero es el doble de alto que estas.

Ni siquiera echando la cabeza hacia atrás del todo puedo ver el rayo en movimiento de su cúspide.

—Esto… —Alterno mi peso de un pie a otro—. ¿No volvemos a la mansión?

—En el estado en que estás, no. Jamás conseguirías subir todas las escaleras, y yo no pienso cargar contigo. Podría darme un tirón.

Entrecierro los ojos al oír su tono de burla.

—¿Me estás asesinando con la mirada ahora que estoy a punto de enseñarte un atajo hasta casa? —Chasquea la lengua y niega con la cabeza.

Antes de que yo pueda replicar nada, Soren se gira y cruza un umbral en la base de la torre.

Sin más opción, voy tras él y me introduzco en el oscuro espacio circular.

Tardo un instante en acostumbrar la vista a las sombras.

Al cabo, veo a Soren junto a una gruesa escalera de mano, clavada a la pared en el extremo más alejado del interior.

Mi mirada recorre sus travesaños de madera que ascienden y ascienden sin parar, hasta que los pierdo de vista en la cúspide de este monolito, donde un débil anillo de luz señala la salida que da a los aposentos del farero.

—¿Esperas que suba hasta ahí arriba?

—Hasta arriba del todo, no. —Hay una breve pausa—. La mitad.

Flaco consuelo. La mitad también supone una distancia poco atractiva.

—Supongo que no preferirás volar.

Resoplo.

—Qué poca gracia tienes.

—No era una broma.

Giro la cabeza hacia él. Pues no, no parece estar bromeando.

—Pero…

—También puedo volver a llamar a Arwen —prosigue, algo desconcertado—. Quizá te lleve a lomos de Atyr hasta los terrenos reales. Pero no puedo asegurarte que no te vaya a arrojar al mar de camino, si se le antoja. Las jinetes duendaeri son tan inestables como sus monturas.

El ascenso, aunque sobrecogedor, de pronto parece la opción más segura.

Con los labios apretados, paso junto a Soren y me agarro al primer travesaño.

Él suelta una risa entre dientes y me sigue.

Yo aúpo mi cuerpo dolorido, peldaño a peldaño.

A cada minuto de ascenso lo maldigo más y más.

Mis finas suelas parecen peligrosamente resbaladizas sobre la madera.

Mantengo los ojos centrados al frente; no quiero arriesgarme a mirar ni arriba ni abajo.

El ascenso es largo.

—¿Cuánto… —pregunto, resollando— queda?

—Hemos recorrido alrededor de un tercio del camino —dice Soren desde más abajo. No suena cansado en absoluto. ¿Solo un tercio? Por los cielos—. He de decir que me gusta la vista desde aquí. Esos pantalones holgados que llevas son mucho más agradecidos desde este ángulo.

Ignoro el comentario, así como el calor que me provoca en las mejillas. Nos estamos acercando. La luz aumenta al aproximarnos al punto medio de la torre. En alguna parte, cerca, oigo el chasquido del fuego de una antorcha, y luego percibo el leve aroma del humo por encima del olor a piedra húmeda.

—Al menos —jadeo al tiempo que subo otro peldaño, con los pulmones ardiendo—, si pierdo pie —doy una bocanada de aire—, tú interrumpirás mi caída.

—Me alegro de saber que te parece que sirvo para algo.

Para cuando llegamos a la mitad del faro, donde la escalera de mano desemboca en un rellano, el resto de la energía que me quedaba se ha marchitado hasta quedar en nada.

Asciendo el último peldaño y me aúpo a la plataforma de piedra.

Procedo de inmediato a derrumbarme hecha un guiñapo.

Mis músculos aúllan en busca de descanso.

Durante unos pocos instantes me limito a quedarme aquí tirada, con los ojos cerrados, resollando audiblemente.

Una sombra se mueve por encima de mi rostro. Mis ojos se entreabren y veo a Soren de pie justo sobre mí. Su alta silueta bloquea la escasa luz.

—Tenemos que mejorar tus reservas de energía —dice en tono ligero—. Añadiré carreras cortas a toda velocidad a nuestro programa de entrenamiento.

Como respuesta, solo puedo clavarle la mirada.

Él me concede unos segundos más para recuperar el aliento y luego me pone en pie de un tirón.

En los extremos opuestos del rellano hay sendas puertas con antorchas a cada lado, montadas en la pared.

Soren atraviesa conmigo una de ellas. Salimos del faro y de pronto nos encontramos en una ancha muralla.