CAPÍTULO Diez #3
Corremos por el centro de la nave, con el fuego rugiendo a nuestra espalda, consumiendo madera y lienzo.
Los chirridos sibilantes de las arácnides en llamas alcanzan volúmenes ensordecedores.
El fuego las está consumiendo a todas. Al llegar a la barandilla de estribor, veo que una multitud se ha reunido en el muelle, ahí abajo.
Marineros y soldados contemplan con ojos desorbitados el infierno que devora el barco, así como a los corceles duendaeri, que siguen rodeando la nave.
Cada aleteo de esas impresionantes alas hace las veces de fuelle y aviva aún más las llamas.
—¡Soltad las amarras! —grita Soren.
Los marineros del muelle se ponen en movimiento instantáneamente.
Sueltan las maromas de los norayes y las lanzan al agua.
En cuanto nos vemos libres, la magia se propaga por el aire.
Miro a Soren interrogativamente, pero él está ocupado: tiene los ojos fijos en el puerto, recorriendo todo lo que nos rodea.
—Quizá quieras agarrarte a la barandilla.
—¿Qué? —Esa sugerencia en tono despreocupado me descoloca—. ¿Por qué?
La respuesta es una violenta sacudida. Me agarro a la barandilla con las puntas de los dedos para luego caer de culo.
La ola que Soren ha invocado nos eleva en el aire a varios metros sobre la superficie.
El barco escorado suelta un quejido moribundo, entre la gran masa de agua que Soren maneja con esfuerzo y el fuego que consume la proa.
Avanzamos a trompicones irregulares. Me agarro a la barandilla de madera mientras el barco cimbrea de lado a lado.
Soren nos guía hasta el centro del puerto, lejos de los demás barcos y de los muelles donde se han reunido tantos espectadores.
Concentrado en la tarea, el fuego que se extiende no parece importarle lo más mínimo.
Las llamas han consumido toda la proa y el mástil central y saltan de un flechaste a otro, convirtiendo en ascuas los lienzos de las velas, reduciendo a cenizas las gruesas maromas.
El nido de cuervos no es más que un recuerdo.
Los corceles duendaeri siguen rodeando la nave; el azote de sus alas no hace sino avivar la furia del fuego.
—Soren…
—Estoy un poquito ocupado ahora mismo, alondrita.
Cierto. A fin de cuentas, está moviendo él solo todo un barco mercante.
Tendré que ocuparme yo del resto. Ignoro el molesto agotamiento que me dice que mis reservas de magia están al mínimo e invoco un denso escudo de aire que nos proteja del calor que se cierne sobre nosotros, así como de las crías de arácnide que consiguen escapar de su mortal abrazo.
Es el tipo de poder crudo al que estoy acostumbrada, pura fuerza bruta carente de la habilidad de Soren, pero al menos nos sirve.
El fuego deja de avanzar. Lame y azota el muro impenetrable como si estuviese vivo, poniendo a prueba mis fuerzas, consumiendo más.
Yo doy todo lo que me queda, pero ya estoy débil; hoy he empleado más magia que nunca y me debilito más y más a cada momento que pasa.
El esfuerzo mental y físico es más de lo que puedo compensar con mis exhaustas reservas.
Me muerdo el labio inferior mientras me esfuerzo por mantener alejadas las rugientes llamas.
Cuando el barco se encuentra en el mismo centro del puerto, Soren baja los brazos y deja de guiarlo. Caemos de nuevo a nivel del mar y provocamos ondas que se expanden en todas direcciones.
—Este es el punto más profundo —dice con un cabeceo, hablando más para sí mismo que para mí. Incluso de perfil, veo un leve fruncimiento de ceño de preocupación en su rostro—. Lo hundiremos cuando haya ardido del todo.
—Buen plan —murmuro. La negrura intenta abrirse paso a oleadas a mi alrededor. Estoy a punto de perder la consciencia—. Pero, eh…
—Mañana me ocuparé de los restos.
—Sí, pero…
Por fin se gira hacia mí. Su rostro se convierte en una máscara de pura conmoción. Durante una fracción de segundo, casi parece tener miedo. Pero eso es imposible. ¿Cómo va a tener miedo el implacable rey Soren de Llŷr? A él no le da miedo nada.
—Dioses, Rhya, ¿qué demonios estás…?
—El fuego —consigo decir. Tengo los labios entumecidos. Me hormiguean los dedos, con lo que podrían ser signos de congelación.
Sus ojos destellan por encima de mi hombro y se desorbitan apenas una fracción al ver hasta qué punto se ha extendido el fuego. En un instante se planta directamente frente a mí.
—Dime que sabes nadar. —Asiento. Me agarra de la mano y tira de mí hacia el hueco en la barandilla donde se suele apoyar la plancha de pasaje—. Vamos a tener que saltar.
Clavo la vista en el agua, ahí abajo. Es una gran caída. Creo que hay bastantes posibilidades de que me desmaye antes de llegar siquiera al agua, pero no le veo sentido a decírselo. La otra opción es permanecer en el barco y quedar incinerada junto a los demás cadáveres.
Suelto el aire de los pulmones, flexiono los dedos y libero el precario control que mantengo sobre el escudo de aire.
El fuego, libre al fin, se nos acerca por la espalda con un aullido.
Está tan cerca que me empieza a sudar la nuca.
Tan cerca que me hormiguea la piel con la promesa del dolor.
Se oye un gran crujido por encima del rugido creciente de las llamas: el mástil central se acaba de romper en dos y cae, convertido en un pilar de puro fuego, hacia la cubierta.
Hacia nosotros.
—Joder —maldice Soren—. ¡Salta!
Saltamos juntos del barco. Una lluvia de chispas impregna el aire cuando el mástil impacta contra el casco.
Un trozo se desploma tras nosotros. Hay una ráfaga de aire y una caída libre.
Cuando mis pies rompen la superficie del agua, la fuerza del impacto es tan grande que me arrebata el aire que me queda en los pulmones.
Hago una inspiración involuntaria cuando el agua me cubre la cabeza; una bocanada fría me entra por la garganta.
El salitre me provoca una arcada, y pataleo ciegamente en las profundas oscuridades.
Nuestro peso combinado nos ha hundido mucho más de lo que yo había esperado.
Mis extremidades aúllan al impulsarme hacia la luz que se filtra por la superficie.
Incluso bajo el agua, el brillo rojo de las llamas es visible ahí arriba.
Soren me rodea el torso con una mano, mientras que con la otra se impulsa por el agua como si fuese el mismísimo hijo del Dios de los Mares.
Salimos a la superficie y, de inmediato, vomito agua salada y empiezo a dar bocanadas de aire, aferrada a él como si fuese un salvavidas para no volver a hundirme.
Soren me examina durante un breve instante; la magia de sus ojos se arremolina como un tifón mientras estudia mi rostro.
Su pelo oscuro está húmedo, lo tiene aplastado sobre la frente de un modo que le da un aspecto casi juvenil, por una vez.
Aprieta más y más la boca cuanto más me mira.
—Respira —me ordena en tono bastante grave—. Y sujétate.
Ajusta su agarre en torno a mi cuerpo, se pone de espaldas y empieza a tirar de mí hacia tierra firme.
La verdad es que estoy demasiado agotada para hacer nada que no sea dejarme llevar.
El barco en llamas se hace cada vez más pequeño a medida que atravesamos el puerto a una velocidad imposible.
Los pataleos y brazadas de una sola mano de Soren son suaves como la seda.
Ahora toda la cubierta del barco es presa de las llamas, de proa a popa.
Para cuando llegamos a los muelles, todo es una bola de fuego.
Soren deja que varios marineros me agarren y luego se aúpa tras de mí.
Los dos estamos calados. Su camisa blanca se le pega a todos los músculos del cuerpo.
El lino está totalmente transparente y deja ver con claridad su marca de Vestigio.
Tiene los pantalones oscuros empapados y pegados, y sus botas de cuero sueltan un chapoteo a cada paso.
Yo estoy en idéntico estado. Mi fino uniforme se me pega a la piel, roto por varios sitios, y la punta de mi deshilachada trenza suelta un goteo constante por mi espalda.
Pero estamos vivos, que ya es algo.
Los que nos rodean nos felicitan, preocupados por nuestro bienestar.
Sin embargo, sus palabras no tardan en verse ahogadas por el bullicio que llega hasta nosotros desde la calle de lisa piedra que desemboca en los muelles.
El escuadrón volador de corceles duendaeri aterriza allí con un repiqueteo que atrae todas las miradas.
Yo me quedo plantada en el sitio, temblorosa, mientras los cinco jinetes desmontan y se acercan en nuestra dirección.
La líder, que iba en la montura blanca, abre la marcha.
Avanza con pasos autoritarios; sus botas golpean contra el muelle con el sonido de una carga de caballería.
Su armadura de cuero azul marino es de una factura impecable, lo bastante femenina como para mostrar sus curvas, pero lo suficientemente gruesa como para ser útil en la batalla.
Va armada hasta los dientes, desde las estrellas arrojadizas que lleva en las caderas al arco de plata a su espalda, pasando por una cimitarra de aspecto peligroso que asoma por su hombro.
Lleva el cabello oscuro rasurado en los laterales, pero largo por detrás, recogido en docenas de diminutas trenzas.
Sus ojos, de un sorprendente tono azul, no se apartan de mí, ni cuando se encuentra a veinte pasos de distancia, ni a diez, ni cuando su escuadrón por fin se detiene.
—Por favor, hermano, dime que esta temblorosa rata portuaria no es la supuesta salvación del reino.
Yo doy un respingo de sorpresa. Junto a mí, Soren suelta un suspiro.
—Rhya —dice, y suena como si no supiese si ha de sonreír o fruncir el ceño—, te presento a Arwen.