El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Diez #2
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CAPÍTULO Diez #2

—Detenla antes de que llegue al nido de cuervos —me ordena Soren, apretándome la mano, mientras más magia suya se vierte en mí. Me hormiguea todo el brazo—. De lo contrario, jamás vamos a sacar de ahí arriba a ese bicho.

Disparo otro proyectil, pero el bulboso cuerpo se desplaza demasiado rápido. Apenas consigo cortarle una pata a la altura de la articulación.

—¡Es demasiado rápida!

—¿Me permites que insista en que apuntes bien?

—¡Lo estoy intentando!

—Recuérdame que añada prácticas de puntería a la larga lista de ejercicios de entrenamiento que necesitas.

Un gruñido de irritación brota de mi garganta, pero se convierte en una exclamación ahogada de sorpresa cuando Soren me suelta la mano.

Mis dedos se cierran en el aire, buscando desesperados la conexión cortada.

La repentina pérdida de su magia, de su habilidad, me impacta como un puñetazo en la barriga.

Creo que me van a ceder las piernas, que el nuevo vacío que se acaba de abrir en mi pecho se estirará y estirará hasta tragarme por dentro.

—¡Espera! —exclamo—. ¡No me dejes!

—No te dejo.

—¿Y qué estás hac…?

Mis protestas se frenan cuando Soren se coloca tras de mí y su ancho pecho se aplasta contra mi espalda.

Quiero preguntarle qué cree que está haciendo, pero se me cierra del todo la garganta cuando me rodea la cintura con los brazos.

Sus manos me recorren los antebrazos y se posan en las mías: las palmas sobre mis nudillos; los dedos, entrelazados.

La boca de Soren está junto a mi cuello; su cálido aliento me pone la piel de gallina cuando habla:

—Te voy a enseñar otra forma de hacerlo, alondrita.

Su magia se vuelve a canalizar a través de la mía, con un latido aún más fuerte que antes. Su mente se asienta sobre la mía, firme y fuerte y muy muy diferente de mis omnipresentes dudas. Soy una marioneta bajo su control. Él guía por el aire nuestras manos unidas.

No necesitamos palabras. Entiendo sus intenciones con tanta claridad como si fuesen las mías, veo formarse sus planes en mi propia mente sin necesidad de enunciarlos.

Zarcillos de aire salen disparados de las puntas de mis dedos y ascienden serpenteantes por el aire.

No son penetrantes, sino suaves. En un primer momento, creo que no tendrán ningún efecto frente a una criatura tan gigantesca, pero luego envuelven el cuerpo del monstruo, aprietan las patas que le quedan y atrapan sus fauces y su aguijón.

Entonces comprendo lo que quiere enseñarme Soren.

Hay una hermosa fuerza en este calmado poder, una diferencia asombrosa frente a mi lento ataque. La bestia no se puede resistir. Ni siquiera puede encogerse; la dejo completamente inmóvil con grilletes invisibles.

«¿Sabes lo que vamos a hacer ahora?»

La grave voz de Soren retumba en mi cabeza, tan claramente como si hubiese hablado en voz alta.

Doy un respingo entre sus brazos, incapaz de disimular la sorpresa que me causa su repentina invasión.

No es lo mismo ver sus pensamientos como imágenes que oírlos en forma de conversación física. No sabía que algo así fuera posible.

Trago saliva. No puedo hablar, ni en mi cabeza ni en voz alta, así que me limito a asentir.

«Bien.»

El torso de Soren se gira hacia la proa y yo me giro con él. Nuestras manos alzadas desplazan a la arácnide inmovilizada por el aire hasta colocarla justo sobre el trinquete derribado, que asoma en medio de una maraña de jarcias destrozadas.

«Ahora», susurra en mi cabeza.

Su voz, que siempre me ha recordado al agua que fluye por el lecho de un río, suena diferente en mi cabeza. De algún modo, es más suave. Más íntima. Un timbre que solo se usa para contar secretos. Siento los latidos de su corazón, su pulso acelerado.

¿O será mi propio pulso descontrolado al correr por mis venas?

«Acabemos con esto.»

Ante su orden, bajo nuestras manos unidas con un movimiento fluido y empalo a la arácnide en la base astillada del mástil.

El grueso palo atraviesa su abdomen limpiamente.

Un golpe mortal. Un puñado de agujeros se abren en la cubierta de proa entre siseos y burbujeos.

La criatura se convulsiona violentamente y, al cabo, con un último y fantasmal chillido, queda inmóvil por completo y pierde toda su fuerza vital.

Me apoyo contra Soren y dejo escapar un suspiro largo y trémulo.

—Por favor, por el amor de los dioses, dime que ha muerto.

Su pecho retumba con una risa que reverbera en los rincones más alejados de mi mente.

«Ha muerto, sí. Puedes relajarte.»

Es más fácil decirlo que hacerlo. La adrenalina corre por mis venas junto con la magia de Soren.

Me arrastran profundas corrientes, rítmicas como mareas.

Seguimos canalizando nuestra magia, aunque ya no sea necesario.

Nuestras manos siguen fuertemente unidas.

Ninguno de los dos se mueve. Creo que ni siquiera parpadeo.

Por fin, es Soren quien corta la conexión.

Aparta las manos de las mías y retrocede un paso.

Al mismo tiempo, sus escudos mentales se alzan de nuevo.

Yo hago lo mismo e invoco mis propios escudos internos para proteger mis pensamientos.

Y sin embargo, una extraña sensación se adueña de mí al estar de nuevo sola en mi propia cabeza.

No es la tranquilidad que había esperado, sino una inquietud hueca.

Inspiro entrecortadamente varias veces, a la espera de que disminuya la incomodidad.

—Te confieso que no tenía planeado tanto ajetreo para tu primera mañana en Hylios —dice Soren en tono irónico.

Qué raro es volver a oírlo hablar en voz alta. Me clavo las uñas en las palmas de las manos para centrarme y me obligo a poner un tono frívolo:

—O sea, ¿que no obligas a todos tus huéspedes a luchar contra los monstruos más horribles de Anwyvn?

—Solo a los huéspedes que me gustan. —Su voz pierde un ápice de humor—. Imagino que, ahora que te he traumatizado, querrás volver más rápido aún a Caeldera.

Doy un respingo.

Caeldera, es verdad.

Hace unas pocas horas, regresar a Caeldera era mi objetivo principal. Y sin embargo, en medio de la locura de los últimos instantes, me he olvidado de mi resolución de marcharme. El comentario de pasada de Soren me recuerda duramente la realidad.

Tengo que regresar.

Tengo responsabilidades.

Reúno el valor suficiente para mirarlo de reojo. Él me observa con atención, los ojos clavados en mi rostro.

—¿Por qué me miras así?

Su réplica es casi inaudible.

—¿Cómo dices que te estoy mirando?

«Como si siguieras dentro de mi cabeza, observando mis pensamientos privados.»

Aprieto los dientes y aparto mi mirada de la suya.

Vuelvo a centrarme en la proa. La nave está levemente inclinada hacia delante y el agua está entrando por el casco, seguramente agujereado a causa del icor negro.

Me pregunto de cuánto tiempo disponemos antes de que se hunda.

¿Será suficiente como para recuperar los cadáveres atrapados en crisálidas en los camarotes de la tripulación?

Quizá, si traemos a algunos marineros de los muelles para que nos ayuden…

Capto un movimiento por el rabillo del ojo y me giro hacia la barandilla.

Una criatura se arrastra por un agujero escarpado en el casco.

Es pequeña, del tamaño de mi puño, con un exoesqueleto de tono marrón claro, patas largas y finas y colmillos del tamaño de un dedo…

, pero no está sola. Allá donde van mis ojos, veo más y más patas asomando por la bodega, que se va inundando poco a poco.

—Soren…

—Ya las veo —dice con voz lúgubre, y se coloca a mi lado. Codo con codo, vemos docenas, o quizá incluso cientos, de arácnides que suben a cubierta—. Maldita sea —murmura—. El puto bicho se ha reproducido.

Yo le agarro la mano y me preparo para otra pelea cuando, de pronto, un grito de batalla atraviesa el cielo.

Alzo la cabeza de golpe, justo a tiempo de ver cómo atraviesan las densas nubes sobre la puerta del mar.

Son cinco caballos alados que vuelan en férrea formación.

El corazón me da un vuelco en el pecho al contemplar una imposibilidad que se ha hecho posible.

Corceles duendaeri.

Son puro mito hecho carne, todos y cada uno de ellos.

Aunque jamás había visto a unos animales tan magníficos, aunque no estaba segura de que existieran más allá de las páginas de los libros infantiles, sé sin duda que solo puede tratarse de las legendarias monturas feéricas que transportaban jinetes por todo Anwyvn antes de la Purga.

Sus alas emplumadas tienen una enorme envergadura al desplegarse.

Se deslizan sin esfuerzo por el aire y descienden en picado hacia el puerto.

Los cinco sementales voladores, en formación de cuña, son cada uno de un color diferente.

En retaguardia, un tordo gris acompaña a un ruano de color rojizo.

En el centro, una yegua baya almendrada avanza junto a un picazo negro.

Y al frente, una montura de puro color blanco domina a toda la manada.

Cada uno de ellos carga con un jinete vestido con armadura de cuero de color azul marino.

Los colores de Soren.

«No son enemigos, pues.»

Los jinetes se encorvan sobre las crines azotadas por el viento y descienden hacia nosotros a toda velocidad, pero se enderezan en las sillas una vez que el barco se encuentra a tiro.

Unos anteojos protectores ocultan la parte superior de sus rostros; su identidad es un misterio, no así sus intenciones.

Una ráfaga de flechas flamígeras cae sobre la cubierta de proa.

Disparan con esbeltos arcos de plata con una coordinación sin esfuerzo aparente.

El enjambre dearañas prende fuego al instante.

Yo retrocedo para alejarme de las llamas, que se extienden con rapidez. Las telarañas que recorren toda la cubierta arden como una antorcha empapada en vino. En pocos segundos, el fuego devorará todo el barco.

La mano de Soren da con la mía.

—Es hora de irse.