El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Diez
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CAPÍTULO Diez

¿ C analizando su magia?

Este hombre se ha vuelto loco. Niego con la cabeza a un lado y a otro a toda velocidad.

—Soren, no puedo…

—Sí que puedes, y lo vas a hacer. —Con ardiente impaciencia, me agarra de la mano y me levanta de un tirón.

Nuestros dedos se entrelazan con tanta fuerza que yo no podría escapar por más que lo intentase—.

Hasta el jinete más dotado naturalmente aprende mejor en una silla de montar de entrenamiento.

—Y en esta analogía, ¿esa silla de montar eres tú?

Él esboza una sonrisa oscura.

—Yo soy el semental.

No sé qué replicar a eso, así que ignoro por completo el comentario.

Alzo la cabeza hacia las jarcias. La arácnide se ha retirado momentáneamente hasta el nido de cuervos y se ha asentado dentro, plegadas sus largas patas en el puesto de vigía, como si fuera un marinero nato.

Dudo que vaya a quedarse ahí mucho tiempo.

—Supongo que tenemos unos dos minutos hasta que ese bicho vuelva a atacarnos. Así que, sea lo que sea lo que sugieres… —le lanzo una mirada cautelosa—, hazlo ya.

—No soy yo quien tiene que hacerlo, sino tú.

—¿Yo?

—Tú.

—Claro, como lo básico ya se me da muy bien —mis palabras rezuman sarcasmo—, ahora quieres que intente poner en práctica magia avanzada, ¿no?

—Si te concentrases, no sería intentarlo, sino conseguirlo.

—¿Sabes que hace menos de dos horas me dijiste que no me ibas a obligar a aprender lecciones sobre el poder de los Vestigios?

—No te estoy obligando. La elección es tuya. —Se encoge de hombros—. Aprende a canalizar tu poder o sigue golpeando a la arácnide como una niña con una pelota de juguete hasta que te acabes quedando sin reservas y corras la misma triste suerte que la tripulación del Selkie.

—¿Y eso para ti es una elección?

—No he dicho que sea una buena elección.

Rechino los dientes y aprieto su mano con más fuerza.

—Está bien. Dime qué he de hacer.

—Vas a canalizar mi poder mediante el vínculo de Vestigio.

—Vale. —Resoplo—. Se te da tan bien bloquearme que apenas siento nuestro vínculo, así que no sé cómo voy a canalizar nada por él.

Soren me contempla durante un largo instante antes de admitir:

—Para que esto funcione, tendré que bajar mis defensas mentales. Y tú las tuyas.

Inspiro entre dientes. No estoy segura de que me guste cómo suena eso. Soren en mi cabeza. Y yo en la suya.

—El vínculo entre nosotros… posee una cierta elasticidad, si quieres denominarlo así.

Cuando yo afloje, tú podrás atraer mi poder hacia ti.

Verter mi magia en la tuya. —Hace una pausa y su mirada vuela hacia el nido de cuervos.

Varias patas asoman por los bordes, un pelaje grueso que raspa desagradablemente la madera—.

Dado que esta es tu primera vez, me aseguraré de no darte demasiada.

Solo lo bastante como para apuntalarte mientras acabas con nuestra amiga de ocho patas.

—¿Así de sencillo?

—Hipotéticamente. —Sus ojos vuelven a cruzarse con los míos. Son muy azules, muy brillantes—. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que canalicé mi magia a través de otra persona.

—¿A qué te refieres con…?

—Ahí viene.

Ya no hay tiempo para seguir hablando. La arácnide desciende por las jarcias con una celeridad inquietante.

Siento el momento en que Soren baja sus impenetrables escudos mentales, los mismos que nunca he sido capaz de romper.

Paso de estar plantada en tierra firme y seca, lista para conectar, a verme ahogada en él.

Su magia crece e insufla el vínculo con una fuerza tan cruda que me ceden las rodillas bajo su poder, como una ola perdida que me arrastrase hasta alta mar sin previo aviso.

Sin embargo, él me agarra con firmeza y sujeta mi cuerpo, aunque mi débil mente se tensa bajo el flujo de su poder.

No me ha dado ninguna instrucción concreta, así que solo puedo contar con mi instinto. Ciegamente, tiro del vínculo, tiro de su magia hacia la mía, hacia mí. Comprendo demasiado tarde que es lo mismo que hice el día en que extinguí el fuego de Penn en la cámara de las protecciones.

A diferencia de Penn, Soren no se resiste. Fluye como el agua; su mente se cierra alrededor de la mía como el océano cuando una se zambulle en sus profundidades. Fresco, frío, calmado, se revuelve a mi alrededor con corrientes melódicas.

Ahogo un grito ante esta sensación desconocida. Mi propia magia, siempre tan salvaje, tan indomable, parece calmarse, aquietarse, subyugada bajo sus constantes mareas. Como un gran abrazo que calma un sollozo entrecortado, como fuertes brazos que aprietan hasta que la histeria disminuye.

Sigo siendo yo. Sigo siendo Rhya, pero, de alguna manera, también soy Soren.

Lo siento a él aquí, dentro de mi mente.

Alrededor de mi mente. La envuelve. Y, por primera vez desde que recurrí a mi Vestigio, el frenético caos de mi viento interior no pa­rece algo temible.

A través de los ojos de Soren, lo veo de forma diferente.

No es una tempestad imparable en bloque.

Del mismo modo que el océano más profundo puede separarse en mareas, corrientes y gotas individuales, la tormenta dentro de mí se puede desmantelar hasta formar trozos más manejables.

Los percibo todos en mi interior, juntos y al mismo tiempo separados, funcionando como un todo, pero también como fragmentos singulares.

De las nubes negras que se arremolinan cargadas de lluvia hasta los lazos de brisa que latiguean por debajo.

De las ráfagas más fuertes a los más finos remolinos de las partículas de aire más diminutas, individuales e invisibles.

No alcanzo a comprender cómo es que esta revelación supone una diferencia tan grande en mi entendimiento.

Quizá hay cierto consuelo en saber que, aunque jamás enarbolaré una tempestad con gracilidad…

, un puñado de partículas me resulta mucho más manejable.

Son algo que puedo doblegar a mi voluntad.

Algo a lo que puedo dar forma, que puedo guiar, si no con la elegante despreocupación de Soren, al menos con algo parecido.

Quizá lo que siento sea su inquebrantable seguridad, no la mía propia.

Sea como sea, mi brazo libre se alza hacia la criatura que desciende a toda velocidad con una seguridad que yo no he sentido jamás.

Llamo al viento y el viento viene a mí… no como una descarga incontrolable, no como una ráfaga torpe que no suele impactar en su objetivo.

No. Esta vez, al salir de las puntas de mis dedos, es un único rayo de aire.

Ese disparo condensado impacta en el centro del abdomen de la arácnide.

Un golpe directo. La criatura emite un chillido de pura agonía.

El proyectil penetra en su denso exoesqueleto.

La fuerza del golpe arroja a la criatura hacia atrás, para luego derribarla como una piedra sobre la cubierta, con un golpe que arranca un crujido a los tablones.

Un fluido negro brota de la herida. Creo que es sangre, pero suelta espuma como si de ácido se tratase y corroe la madera en cuestión de segundos.

Tanto Soren como yo retrocedemos varios pasos para ponernos fuera del alcance de esa rociada mortal.

Durante un instante, permanezco absolutamente petrificada, contemplando cómo se retuerce de dolor la nauseabunda criatura.

Una vez que se me pasa la conmoción, una oleada de innegable júbilo me recorre.

Lo he conseguido.

Lo he conseguido de verdad.

Giro la cabeza hacia Soren, con una sonrisa tan amplia que casi me duele.

—¿Lo has visto?

Parece estar reprimiendo su propia sonrisa.

—¿Que si he visto el qué?

Frunzo el ceño en su dirección y le aprieto los dedos con la fuerza justa para pulverizarle los huesos. Ni siquiera parece darse cuenta. Ya está volviendo a centrar su atención en la arácnide.

Aunque esté herida, no está derrotada. Ahora mismo se está enderezando, saliendo del estupor que le ha provocado la caída.

Centra esa miríada de ojos en nuestra dirección una vez más.

Un siseo airado brota vibrante de entre sus fauces, y sus patas delanteras repiquetean amenazadoras sobre la cubierta destrozada.

—Aún no has acabado —dice Soren—. No te pongas a celebrarlo antes de tiempo.

—No lo estaba celebrando —gruño.

La arácnide reúne suficiente fuerza como para atacar.

Se abalanza sobre nosotros, pero yo me siento extrañamente calmada, una sensación que no he experimentado desde el momento en que hemos subido a este maldito barco.

Bueno, en realidad, si lo pienso bien…, es una sensación que no experimento desde hace muchísimo tiempo.

Llevo meses viviendo al borde de un ataque de nervios, en constante anticipación de nuevas amenazas que puedan materializarse tras cada recodo.

Un estado de perpetua vigilancia. Pero ahora mi mente está bañada por las frescas aguas de la magia de Soren.

Mi respiración es constante; mi pulso, firme.

Mi mano no tiembla al alzarla una vez más y arrojar otro proyectil de aire concentrado.

La criatura infernal aprende rápido. Consigue echarse a un lado en el último instante.

El proyectil la golpea en el flanco izquierdo, y no directamente en el abdomen.

Una de sus ocho patas cae sobre la cubierta, arrancada, sin dejar de temblar.

Más icor tóxico negro erosiona la madera y cae hasta la bodega.

El chillido angustiado de la araña es tan ensordecedor que me pone de punta el vello de la nuca.

El monstruo avanza ladeado, no está acostumbrado a desplazarse con una pata menos, aunque no tarda en recuperar el equilibrio.

Antes de que yo pueda lanzarle otro proyectil, se apresura a retirarse.

Sus hiladores lanzan una tela tras otra al subir por el mástil.