El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Nueve #3
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CAPÍTULO Nueve #3

—Oh, creo que ya hemos establecido que en esta lucha soy bastante inútil. —En su voz hay una sonrisa—. Además, tú lo tienes todo dominado.

«¿Todo dominado?» ¿Está loco?

—Soren, ¿quieres hacer el favor de…?

—Ahí viene —me advierte en tono ligero.

Intercepto el ataque de la araña por un pelo; alzo el brazo y la arrojo por los aires hacia atrás en el último segundo.

Se me ha acercado tanto que he alcanzado a ver la espuma blanca que cubre sus pinzas y los colgajos de tejido reseco que siguen atrapados entre su denso pelaje.

Me estremezco de horror al tiempo que el monstruo se ve propulsado hasta las jarcias y se enreda brevemente en ellas.

Me giro hacia Soren, echando humo. Él, por su parte, está apoyado contra la barandilla, con aspecto de absoluta calma.

Sus labios se curvan al ver que lo asesino con la mirada.

—¿Siempre usas así tus poderes? ¿Con la ligera caricia de un ariete?

—Yo no uso nunca mis poderes —digo entre dientes—. No los he usado desde Festaflama.

En sus ojos oceánicos se arremolinan corrientes oscuras.

—¿Y eso por qué?

—¿Tenemos que hablarlo ahora?

—¿Y de qué otra cosa te apetece hablar?

Miro por encima del hombro y veo el bulboso cuerpo de la araña, que cuelga de una telaraña recién lanzada cerca del nido de cuervos. Sin duda, se está preparando para volver a descender repentinamente sobre mi cabeza en cuanto aparte la mirada.

—¿Qué te parece hablar del monstruo gigante e imposible de matar que pretende drenarnos la sangre?

—Ah, de eso.

—Sí, Soren. —Lanzo otra ráfaga de aire a las jarcias—. De eso.

—No es imposible de matar.

—A mí me parece condenadamente imposible de matar.

—Intenta apuntar con más sutileza.

—¿Quieres que apunte con sutileza? ¡Tráeme un arco!

—Un arco no es más que una herramienta que dispara un proyectil. Tú no necesitas herramientas, eres completamente capaz de lanzar proyectiles con un movimiento de tus dedos.

Aprieto los dientes.

—Eres el mayor necio que…

—Ahí viene.

Me trago un grito y vuelvo a girarme justo a tiempo de desviar otro ataque. La arácnide sale de nuevo volando por los aires con un siseo. Sus patas giran como guadañas peludas y rajan tanto velas como drizas en pleno vuelo.

—¿Cuántas veces piensas hacer lo mismo? —pregunta Soren.

Sin aliento, digo con voz ronca:

—Tantas como sean necesarias para matarla.

—Ah. Bueno, de momento, lo único que has conseguido es provocarle un buen sarpullido con tanto ventarrón. Te diría que incluso se lo está pasando bien.

—Como ya te he dicho —digo, furiosa—, ¡no sé cómo usar mis poderes!

—Esfuérzate más.

Qué sencillo le resulta decirlo. En demasiadas ocasiones en el pasado me he esforzado más de lo que debía…

y he pagado el precio, en forma de varios días de inconsciencia.

Ya siento dolor en la caja torácica por el esfuerzo de contener el viento que arrecia en mi interior.

La tormenta que llevo dentro se arremolina más y más rápido a cada instante que pasa.

La magia se mezcla con el miedo, la frustración y la furia, y yo me veo convertida en un vertiginoso temporal viviente.

«¡No puedes ponerte en riesgo, Rhya!», grita Penn en mi recuerdo. «¡Frénala antes de que pierdas el control!»

La araña me ataca dos veces más. Y dos veces más, la rechazo con sencillas ráfagas de viento que la arrojan dando vueltas hasta las jarcias. Cada ráfaga es menos certera, menos poderosa, que la anterior.

A pesar de todos mis esfuerzos, la criatura no parece cansada.

Yo no puedo decir lo mismo. Empiezo a ver puntos negros, señales demasiado evidentes como para ignorarlas.

Me arde el pecho con un frío que noto hasta el tuétano.

Me palpita la cabeza y siento oleadas estáticas en la periferia de mi visión.

Mi respiración me despelleja la garganta.

No puedo seguir así mucho más.

Una telaraña sale disparada desde las alturas y me atrapa la cabeza y los hombros.

Siento un tirón de la trenza que me atraviesa el cuero cabelludo con una punzada de dolor.

Me veo arrojada al suelo y suelto un grito que queda amortiguado por la gruesa tela que me cubre la cara.

La arácnide consigue elevarme bastante en el aire, pero entonces Soren hace un movimiento de muñeca y me libera con otro veloz chorro de agua.

Me derrumbo a sus pies, jadeando. Me desprendo de la pegajosa seda con los dedos y me la saco de la nariz y de la boca.

Cuando consigo susurrar algo, me dirijo a sus botas:

—¿Estás intentando que me maten? ¿Es eso lo que está pasando?

Dos dedos se deslizan bajo mi barbilla y me obligan a alzar el rostro hacia él. Está agachado ante mí. Sus ojos están mortalmente serios; en sus profundidades no hay ni rastro de ese humor burlón.

—Creo que la pregunta más adecuada es: ¿por qué estás luchando como si quisieras morir?

Aparto la cara de sus dedos.

—¡No soy yo la que quiere morir!

—¿No?

—No.

—¿Y por qué repites un enfoque que claramente no funciona? —Niega lentamente con la cabeza—. Si intentas llenar una copa en una catarata, jamás beberás ni un sorbo. Del mismo modo, si intentas atrapar a una araña con un tornado…

—Entiendo la situación —digo en tono seco—. Estoy intentando encontrar la solución, pero parece que no soy capaz de invocar al viento sin…

—¿Soltarlo en forma de descarga de fuerza bruta? Ajá. Ya me había dado cuenta.

—No estoy de humor para bromitas. Estoy cansada. Estoy… —Contengo la palabra «aterrada» antes de que se me escape—. Creo que solo soy capaz de lanzarle descargas, cosa que claramente no funciona. Y no sé cuánto tiempo más podré seguir intentándolo antes de…

—Rhya.

Trago saliva. Rara vez pronuncia mi nombre real… y jamás lo hace en este tono. Jamás lo dice con suavidad. Con… ternura.

—¿Qué?

—Te sobras y te bastas a ti misma para ganar esta lucha.

—¿Cómo puedes decir algo así? ¡No tengo tanta habilidad como tú, que eres capaz de ahogar a tus enemigos en tierra firme, lanzar flechas de agua o hacer girar gotas de líquido en un cáliz!

Él me mira durante un largo instante. Calculando algo. Ponderando opciones en su cabeza. Al cabo, se encoge de hombros con un aire despreocupado que no me creo ni por un segundo.

—Pues toma un poco de la mía.

—¿Disculpa?

—¿Envidias mi habilidad? —Se endereza del todo y me tiende una mano—. Toma un poco.

Mi mirada pasa de su mano a su cara. Me siento algo pasmada ante la propuesta.

—¿Cómo voy a tomar un poco?

—Canalizando mi magia.