CAPÍTULO Nueve #2
En el mismo segundo en que su nombre sale de mi boca, Soren adelanta ambas muñecas.
Las dos esferas de agua vuelan directas hacia la arácnide y la envuelven en el aire.
El monstruo suelta un siseo de rabia en medio de un furor burbujeante.
Intenta trepar, pero la pegajosa telaraña cuelga, laxa e inútil, en la trampa de Soren.
—No debería tardar mucho —dice con una nota altanera en la voz—. Casi todo acaba por ahogarse tarde o temprano.
—No tiene pinta de estar ahogándose —no puedo evitar señalar, mirando a la criatura, que no deja de revolverse—. Creo que solo la estás cabreando.
Soren suelta un gruñido evasivo, pero a medida que pasan los minutos y el monstruo sigue flexionando y latigueando sus muchas patas, una fina capa de sudor aparece en su frente.
Más burbujas brotan de entre las gruesas fauces negras, que no dejan de abrirse y cerrarse en pleno cautiverio.
Los ojos resplandecientes de la arácnide, fijos en nosotros, bullen con una inquietante ira.
—Por todos los infiernos —maldice Soren en voz baja.
—¿Qué pasa? —pregunto, mirándolo de reojo.
—Ya debería haberse quedado sin aire. Esta maldita cosa debe de provenir de las Profundidades Desérticas. Será una variante anfibia.
—¿Y eso qué significa exactamente?
—Significa que no puedo ahogarla. —Por primera vez capto una nota de agotamiento en su voz.
El esfuerzo de mantener esa enorme esfera en las alturas mientras la arácnide lucha con todas sus fuerzas se está cobrando un precio en su energía—.
Significa que en cuanto deje que salga de esa jaula de agua, va a venir dispuesta a momificarnos.
—Quizá deberíamos optar por algún plan alternativo —sugiero.
—No tengo ninguna alternativa que no implique poderes de agua.
—Fantástico.
—¿Podríamos quizá disponer de alguno de tus rayos?
Alzo las cejas, espantada. ¿Acaso se ha olvidado de la absoluta calamidad que sucedió en Caeldera cuando desaté mi tormenta eléctrica sobre el lago?
—Si quieres que fría vivo a todo aquel que se encuentre en el puerto, sí.
—Eso no sería del todo ideal.
—Voy corriendo a buscar un arco. Traeré a algunos soldados que nos puedan ayudar… —Dejo morir la voz al ver el familiar aire calculador que destella en sus ojos. Un nuevo plan está tomando forma en su mente—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?
La pausa que hace está llena de implicaciones que no comprendo del todo, hasta que dice:
—Tienes otros poderes, alondrita. Aparte del rayo, digo.
Tenso los hombros.
—Poderes que hace meses que no uso.
—Genial, porque entonces estarán cargados al máximo.
—No lo dirás en serio. —El corazón me da un latido tan fuerte que me sorprende que no se me rompan las costillas—.
No puedo controlar mi magia, Soren. ¡Mira lo que le pasa al clima!
Tú mismo lo dijiste, se manifiesta de modos peligrosos.
Incluso aunque no acceda a mis poderes adrede, están descontrolados.
—Probablemente porque te da demasiado miedo usarlos de la manera adecuada.
Le lanzo una mirada a la arácnide suspendida en el aire. ¿Me lo estoy imaginando o la jaula de agua está más baja que antes?
—Me parece que no es momento de tener esta discusión.
—La verdad es que no estoy nada de acuerdo. Me parece que es el momento ideal.
—Soren, no puedo hacer lo que crees que puedo hacer.
—Puedes hacer mucho más de lo que creo que puedes hacer. Es más… puedes hacer mucho más de lo que tú crees.
Bajo mi fina camisola, la marca de Vestigio sobresale, pegajosa y fría, en la piel de mi pecho.
Al igual que Soren, la marca también parece tener su propia opinión sobre cómo lidiar con la situación actual.
O quizá solo quiere una oportunidad de salir a jugar después de tantos meses de tenerla reprimida bajo el peso del duelo.
La punta de mi dedo hormiguea: una abismal reserva de magia pura brota de mí trazando una espiral.
Se empieza a formar una tormenta en mi interior.
El tipo de tormenta que jamás se retira, sino que solo arrecia en la parte principal de mi mente o retrocede hasta sus rincones más profundos.
La mayor parte del tiempo me esfuerzo por mantenerla ahí, expulsada.
Puedo contar con los dedos de las manos las veces que he invocado al viento voluntariamente, porque sé bien los riesgos que eso implica.
Penn me los ha dejado más que claros una y otra vez.
Su mantra en este tema es tan familiar que casi puedo oír su voz en mi cabeza:
«Has de contenerlo, Rhya. De lo contrario, te consumirá.»
Por otro lado, aquí está Soren, pidiéndome como si nada que haga justo lo contrario. Que invoque un poder que apenas entiendo. Un poder que, si se descontrola, tiene más posibilidades de matarme que de salvarme.
—Debes de estar loco —digo, y niego rápidamente con la cabeza—. Sé que quieres ayudarme a controlar mis poderes, pero no esperarás que empiece con semejante bautismo de fuego.
—No es un bautismo de fuego. Más bien es un bautismo de telaraña.
—Te juro por los dioses que como sueltes una bromita más…
—Es ahora o nunca, alondrita.
—¡Está bien! —Tengo un nudo en la garganta—. Pues elijo nunca.
—Ahora.
Baja los brazos y, con ellos, también desciende la jaula de agua.
Se estrella contra la cubierta, la atraviesa y llega a la bodega.
El agua nos empapa a los dos. La arácnide desaparece bajo una pila de maderos astillados, pero no soy tan necia como para creer que el impacto la haya herido de muerte.
Me quedo ahí plantada, tensa como la cuerda de un arco, a la espera de que vuelva a presentarse con la misma velocidad mercurial que he presenciado antes.
Esta vez, cuando el monstruo aparece de un salto en el aire, estoy preparada.
El tiempo se ralentiza mientras la criatura salta hacia mí, con un repiqueteo de colmillos, las extremidades delanteras extendidas y un aguijón letal asomando de su parte inferior.
Mientras atraviesa el aire sobre la cubierta, de su cuerpo se desprenden gotas de agua que vuelan en todas direcciones.
Yo inspiro, alzo los brazos y suelto una descarga. Una onda de puro aire solidificado.
La arácnide cambia de dirección, atrapada en la corriente de viento.
Da vueltas y vueltas hasta aterrizar en los flechastes que atraviesan toda la longitud del mástil.
Cualquier satisfacción que yo hubiera podido sentir queda anulada porque, en lo que dura un aliento, las flexibles patas de la criatura se doblan y esta vuelve a saltar directa hacia mí.
—¡Por los cielos! —grito.
Me lanzo de lado sobre la cubierta y esquivo por poco un aguijonazo mortal.
Giro rápidamente sobre mí misma y vuelvo a ponerme en pie, un movimiento que Jac pasó semanas taladrándome en el cerebro durante muchas sesiones de entrenamiento.
Contra un oponente normal armado con una espada o a puños descubiertos, ya me encontraría fuera de su alcance, pero no es así con este enemigo.
En el mismo instante en que me enderezo, me veo sacudida y suelto un grito.
Una gruesa telaraña se acaba de cerrar alrededor de mi torso.
La bestia gigantesca empieza a tirar de mí igual que un pescador recoge tanza; sus patas delanteras acercan el zarcillo de telaraña poco a poco hacia sus fauces chasqueantes.
Intento romper la viscosa seda con los dedos, pero la tengo pegada a la camisola. Casi pierdo pie con otro tirón de la criatura; mis botas intentan encontrar agarre sobre la resbaladiza cubierta.
—¡SOREN!
—¿Sí?
Dioses, el tipo suena totalmente aburrido, aunque yo estoy contemplando las purulentas fauces de una muerte segura.
Ninguna clase de sanación acelerada me va a salvar de este destino.
Mi propia expresión horrorizada se ve reflejada en el conjunto de ojos oscuros incrustados en la cabeza deforme de la arácnide.
La distancia que nos separa se va acortando, de pocos pasos a pocos palmos.
—¡QUE ME AYUDES, PEDAZO DE IMBÉCIL!
Oigo un suspiro desde algún lugar a mi espalda. Y entonces, un fino proyectil de agua, parecido a una flecha, atraviesa el aire y cercena la telaraña. Caigo de culo y retrocedo a trompicones hasta que mi espalda choca con un par de botas de cuero.
—De nada —dice Soren desde arriba.
De haber tenido valor para apartar mi atención de la arácnide, quizá le habría clavado una mirada asesina.
Pero ahora mismo mantengo la vista centrada en mi objetivo.
Las manos de Soren pasan por debajo de mis axilas y me ponen de pie de un tirón.
Desde el otro extremo de la cubierta, la nauseabunda bestia se desplaza de un lado a otro.
Sus ágiles patas repiquetean sobre la madera astillada.
Me da la sensación de que nos está evaluando…
o, más específicamente, pensando en el mejor modo de envolvernos en sus telarañas y dejarnos secos.
El monstruo vuelve a saltar, pero ahora estoy lista para contraatacar.
Una llama gélida se prende en mi pecho; invoco otra ráfaga de viento que sale disparada hacia delante, pero igualmente poco efectiva.
No solo es que no impacte en la arácnide, sino que además consigo romper el trinquete del barco en dos.
Las jarcias se desploman sobre la proa en una maraña de lienzos, aparejos y madera rota.
Antes de quedar aplastada, la criatura se escabulle trepando por el mástil central, lanza pegajosas telarañas entre las botavaras y asciende hasta el nido de cuervos.
—¡Maldición!
—¿De verdad estás intentando acertarle? —dice Soren, arrastrando las palabras—. Por si te sirve, te recuerdo que lo que queremos es acabar con la araña venenosa, no con el barco.
—Tú intervén cuando quieras —gruño sin molestarme siquiera en mirarlo.
Intento mantener a mi enemigo a la vista, pero se mueve tan rápido que apenas capto un borrón negro entre las velas hechas jirones.