El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Nueve
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CAPÍTULO Nueve

E n cuanto subimos a bordo, Soren suelta la plancha y la deja caer al agua. Le pregunto si quiere evitar que nadie nos siga, pero él niega con la cabeza.

—Si nos destripan, es mejor contener el derramamiento de sangre dentro del barco.

Así será más sencillo quemarlo por completo y hundirlo con todos los cadáveres.

—Debo de parecer horrorizada, porque añade—: Vamos, relájate, alondrita.

Cuando la muerte venga finalmente a por mí, necesitará más que un puñado de arácnides poco más grandes que un sabueso.

—Hace una pausa y se cruza de brazos—.

Tú, por otro lado, tienes el tamaño justo de un aperitivo de araña…

Le hago un gesto vulgar con la mano. Él se ríe, pero todo el humor abandona su rostro en cuanto centramos nuestra atención en la nave.

De cerca, las señales de infestación son mucho más patentes que desde los muelles.

Seguimos las huellas ensangrentadas que el joven soldado ha dejado hacia popa.

Un cadáver cuelga de hilos sedosos entre dos barriles destrozados junto al botalón principal; otro yace al lado de una trampilla de ventilación, con una espada aún en la mano.

No son los marineros del muelle; estos dos llevan muertos meses, no minutos.

Sus esqueletos momificados nos frenan en seco.

—Por los cielos.

Soren suelta un silbido bajo a mi lado. Está tan cerca que nuestros brazos se rozan.

Por una vez, agradezco su proximidad. Mis dedos se elevan automáticamente para trazar en el aire el símbolo de la Diosa de las Almas.

Tengo un nudo en la garganta que no me deja entonar en voz alta la salmodia que lo acompaña:

«Que lleguéis con celeridad a los cielos. Que el éter os proporcione paz eterna.»

Soren sigue los movimientos de mis manos con la mirada, pero no los imita.

Su expresión lúgubre de labios apretados se refleja también en la tensión de sus hombros.

Seguimos avanzando hacia popa. Las telarañas cubren todo lo que hay a la vista; se aferran como moho a los mástiles, suben por las jarcias, envuelven las dobles escaleras que llevan a la sobrecubierta donde el timón vacante oscila de un lado a otro, movido por la corriente.

Los ojos de buey que dan al camarote de la capitana están tan cubiertos de telarañas que resulta imposible asomarse al interior.

Es ahí donde miramos primero. Soren se adelanta y yo le piso los talones.

Una potente mezcla de adrenalina y miedo me corre por la sangre como un elixir.

Me tiemblan las piernas al cruzar el umbral.

El interior se ve estrambóticamente ajeno al desastre.

Elescritorio está cubierto de mapas de navegación y correspondencia.

Una pluma con tinta seca en la punta descansa sobre ellos, como si alguien la acabase de dejar ahí.

La cama está deshecha; las sábanas, revueltas, y las almohadas, descolocadas.

A los pies de la cama descansa un par de botas. De mujer, a juzgar por el tamaño.

—Imeera —dice Soren, y pasea la vista por el camarote vacío—, ¿qué demonios te ha pasado?

Mis ojos caen sobre el armero que descansa junto a la cama. En él hay varias mazas de gran envergadura, todas repletas de pinchos. No soy ni de lejos buena espadachina, pero me imagino que un arma pesada es mejor que ningún arma ahora mismo.

—¿No crees que deberíamos armarnos antes de…?

Un ruido sordo me calla. No se trata del lejano estruendo de la puerta del mar al cerrarse al otro lado del puerto.

Está más cerca. Mucho más cerca. Tan cerca, de hecho, que inspiro entre dientes y bajo la vista a los tablones de madera del suelo.

No puedo contener un respingo cuando un segundo golpe sordo reverbera desde las bodegas inferiores, seguido de un grave siseo que me pone de punta el vello de la nuca.

—Ahí abajo hay al…

—Silencio. —El susurro de Soren es apenas audible—. Tienen un oído agudísimo, como la vista.

Cierro la boca de golpe. Soren señala con el mentón a la puerta y se desplaza hacia ella.

Antes de seguirlo, le lanzo una mirada anhelante al armero durante unos escasos segundos.

Intento imitar esos andares silenciosos; sin embargo, por más cuidado que pongo, las suelas de mis botas resuenan contra el suelo.

Algún día obligaré a Soren a enseñarme a moverme con tanto sigilo.

El corazón me late cada vez más rápido mientras desandamos nuestros pasos. Salimos del camarote a la cubierta principal. Pasamos junto a más cadáveres momificados que cuelgan de las jarcias, cubiertos de telarañas sobre cajones de suministros.

Las huellas ensangrentadas del joven marinero se detienen abruptamente en mitad de cubierta, frente a los sombríos escalones que descienden hacia los camarotes de la tripulación en el nivel inferior.

No me he olvidado de las palabras del chico en cubierta: «¡Estaban atrapados en crisálidas!

¡Los habían desangrado!». Reverberan en mi cabeza como un toque de difuntos mientras nos acercamos al agujero oscuro.

Dioses, cómo me gustaría tener mi arco en las manos.

Lo único que tengo es la daga más bien patética que llevo envainada al muslo, pero que sirve más para cortar hierbas medicinales que para hacer daño físico.

Aun así, me siento un tanto mejor al apretar su mango cubierto de glifos.

Soren parece muy despreocupado, teniendo en cuenta las circunstancias en las que nos encontramos. Yo trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta y lo sigo. A cada paso, me recuerdo que el pánico solo me va a servir para paralizarme.

«No hay veneno más letal en todo el mundo que el miedo que te corre por las venas», solía decir Eli.

Según mi experiencia, la única manera de superar el miedo es apretar los dientes y seguir adelante, por más que se tema. Asústate y sobrevive igualmente. Es preferible morir atacando a un enemigo que aovillada de puro terror en una esquina.

Al menos en teoría.

Sin embargo, la teoría llega hasta donde llega, algo que nunca he sentido con tanta intensidad como en el momento en que Soren frena en seco.

Tan en seco que choco contra su ancha espalda.

Me apresuro a colocarme a su lado; él ni siquiera me dedica una mirada.

Clava la vista con resolución en la abertura que da a la cubierta inferior, de la que están surgiendo ahora mismo varios apéndices largos y aserrados, uno tras otro.

«Ay, mierda.»

La arácnide aparece despacio y luego de golpe.

Flexiona a la vez las ocho patas de doble articulación e irrumpe como un rayo desde la bodega.

Durante unos segundos entrecortados, la criatura atraviesa el aire de un salto por encima de nosotros.

Yo contemplo boquiabierta su enorme cuerpo, incapaz de decidir qué parte es más escalofriante: el abdomen segmentado, negro y cubierto de áspero pelaje; la docena de ojos esféricos, resplandecientes como espejos, en los que se refleja mi expresión horrorizada en miniatura; o los colmillos, cubiertos de un viscoso veneno blanco, que entrechocan al tiempo que la bestia suelta un nauseabundo aliento sibilante que hiede a carne podrida.

Esto no es una arácnide del tamaño de un sabueso.

Más bien es del tamaño de un caballo…, y eso sin contar las patas.

Si se estira por completo, casi podría abarcar todo el barco.

Su inesperado tamaño me deja tan pasmada que no me doy cuenta de que viene directa hacia mí hasta que es demasiado tarde para moverme.

El cuerpo de Soren colisiona contra el mío y me arroja a cubierta.

El impacto me arrebata el aire de los pulmones.

Mi cabeza choca tan fuerte contra la madera que veo las estrellas.

No hay tiempo para procesar el dolor. Sus brazos, como bandas de metal, me aprietan contra su pecho.

Soren rueda sobre sí mismo hacia la barandilla.

Nos detenemos justo cuando la arácnide aterriza con un estruendo.

Su inmenso peso clava sus patas en los tablones como si de clavos se tratase; se astillan varios centímetros de madera.

Un chillido gutural brota de entre sus colmillos cuando comprende que se acaba de quedar atascada.

Soren me pone en pie de un tirón para no desperdiciar el breve instante del que disponemos antes de que la criatura se libere. Yo miro en derredor en busca de mi daga, que ha salido volando cuando hemos caído los dos al suelo, pero no la veo en medio de las telarañas que lo cubren.

—¡Olvídate de la maldita daga! —espeta Soren—. ¡Tienes mejores armas!

Sin dejar de regañarme, alza los brazos e invoca dos grandes esferas de agua que se forman con agua del puerto, cada una tan ancha como alto es un soldado medio, o más.

Se alzan sobre la barandilla y flotan suspendidas en el aire durante varios segundos.

Siento la magia que atraviesa a Soren, aunque su rostro no evidencia ni un ápice de esfuerzo.

Se mantiene en el sitio, con la atención centrada en el nauseabundo monstruo sibilante que se encuentra a menos de diez pasos de nosotros.

La criatura finalmente ha conseguido liberar la última de sus patas de los tablones del suelo de cubierta.

Yo reprimo una maldición. Sus articulaciones invertidas se prensan como muelles, y entonces el monstruo salta de nuevo por los aires.

Tengo la seguridad de que pretende caer sobre nosotros, pero en realidad tiene otro objetivo más ambicioso.

Los hiladores de su bajo vientre disparan pegajosas fibras blancas sobre las botavaras y se pegan a las velas deshilachadas con impresionante celeridad.

La arácnide empieza a deslizarse jarcias arriba; sus ocho patas se desplazan a toda velocidad para trepar mucho más rápido de lo que debería permitirle su tamaño.

Yo echo la cabeza hacia atrás y la contemplo. Noto la boca seca.

—Soren…