CAPÍTULO Ocho #4
—Aún no lo sé. Pero ese barco, el Selkie, tenía que haber regresado de las Tierras Meridionales hace semanas.
Todos supusimos que se había perdido en alta mar, en el Océano Infinito, o que quizá había encallado en las Profundidades Desérticas de Vatanza.
No es poco común; las corrientes del Desierto de la Vaina soplan con fuerza muy lejos de la costa y crean cardúmenes de leguas de longitud que cambian con cada tormenta lo bastante potente. Esa costa es casi imposible de navegar.
—Pero no crees que sea eso lo que ha pasado.
—No, no lo creo. Conozco personalmente a la capitana. Su tripulación ha recorrido ese mismo trecho una docena de veces sin mayor incidente. Ver que llega a remolque de un pesquero a puerto… y sin tripulación a la vista…
Deja la frase en el aire. Nos abrimos paso entre una muchedumbre de marineros y civiles que estiran el cuello para poder ver. Se apartan para abrirnos camino en cuanto reconocen a Soren entre ellos.
Aún estamos a bastante distancia, pero incluso desde aquí veo que varios marineros colocan planchas de madera a estribor.
Un chico que debe de rondar la edad de Lestyn sube por una plancha a toda prisa en cuanto la afianzan, con una sonrisa de anticipación en la cara.
Lo siguen un par de hombres mayores, con pasos más comedidos por pura experiencia.
O por aprensión. Los tres desaparecen de la vista en cuanto sus botas tocan la cubierta.
Yo estudio las velas mientras recorremos el último tramo de distancia que nos separa del navío.
Esas velas tienen algo raro. En un primer momento me pareció que estaban hechas jirones a causa de fuertes vientos.
Sin embargo, al verlas más de cerca, distingo algo más que un simple destrozo.
La gruesa lona parece casi traslúcida en varias partes.
Demasiado fina como para aprovechar el viento.
Me recuerda a la gasa que uso para envolver las heridas. Fina como una oblea, como…
Una telaraña.
—Soren… —empiezo a decir.
Sin embargo, mi advertencia se ve ensombrecida por un penetrante chillido de absoluto terror. Surge de las entrañas de la nave, pero es lo bastante alto como para que toda la actividad del muelle se interrumpa de golpe.
—En nombre de los infiernos más profundos, ¿qué sucede? —murmura un soldado cercano que está enrollando una maroma.
Un segundo grito ahoga su voz. Este segundo grito es tan desgarrador que consigue electrificar a toda la multitud.
Algunos se adelantan, otros echan a correr para alejarse de aquí.
Sin embargo, la mayoría se queda petrificada y contempla el barco fantasma con una mezcla a partes iguales de temor y fascinación.
Yo alzo la vista hacia Soren en el mismo momento en que él baja la cabeza hacia mí. Intercambiamos una mirada que dura menos de un latido, pero entiendo lo que está a punto de sugerir antes de que hable siquiera.
—Probablemente deberíamos…
—¡Vamos! —grito, y echo a correr.
Soren me mantiene el ritmo mientras los dos corremos hacia el barco, abriéndonos paso entre la apelotonada multitud.
Empieza a apartar a la gente a empujones para avanzar.
Llegamos al pie de la plancha justo en el momento en que el joven marinero asoma en la parte superior.
Tiene el costado izquierdo manchado de sangre, pero no parece ser sangre suya, y el rostro blanco como la nieve. Suelta un berrido de puro terror:
—¡ARÁCNIDES!
Dioses.
La palabra reverbera por todo el puerto y provoca un coro de miedo que se alza rápidamente a nuestras espaldas entre los paseantes.
La gente se dispersa como propulsada por una ballesta, se lanza a la carrera por los muelles y se aleja del puerto tan rápido como puede.
Solo queda un puñado de marineros de rostro coriáceo que clavan la vista en el casco del navío con una cautela que me provoca un nudo en la garganta.
El joven baja a la carrera hacia nosotros y empieza a soltar una retahíla de palabras quebradizas manchadas de histeria:
—¡La cubierta estaba abandonada, así que hemos bajado a las bodegas!
¡Creímos que la tripulación dormía en sus literas, pero, cuando nos acercamos, comprobamos que no se trataba de literas!
—Pasa rozando con el hombro a Soren, tan aterrorizado que ni cuenta se da de a quién está empujando—.
¡Estaban atrapados en crisálidas! ¡Los habían desangrado!
Reprimo un escalofrío de horror y agarro al chico del brazo para retenerlo.
—Espera un minuto. Tú estás cubierto de sangre.
—¡Pero no es mía! —Sus ojos vuelan hacia mi cara, apenas centrados, tan desorbitados que casi veo solo el blanco—.
¡Marcus y Emil están muertos, los dos! Ni siquiera vi cómo sucedía.
¡Ese demonio es rapidísimo! ¡Apenas era un borrón en la oscuridad!
—Traga saliva, se libra de mi agarre y se agacha tras un barril—. ¡Dioses, vamos a morir todos!
—Perfecto —murmuro.
Está claro que ni siquiera la idílica Hylios se libra de las penurias de la vida. La muerte me ha seguido también hasta aquí, de forma tan efectiva como el mal tiempo.
Soren está ocupado ladrando órdenes a voz en grito a los marineros que aún no han salido huyendo aterrorizados.
—¡Tú, ve a los guardias de la torre y diles que cierren la puerta del agua!
Hasta que detengamos la amenaza, no puede entrar ni salir ninguna embarcación.
¡Vamos! —Señala a otro hombre—. Tú, lleva un mensaje a los fareros.
Protocolo de confinamiento de emergencia.
Quiero que todo el mundo se meta en sus casas y cierre puertas y ventanas.
Nadie en la calle, ¿entendido? —Su mirada vuela hacia otra marinera—.
Tú, al hospital. Diles que tengan listos todos los antídotos contra veneno que tengamos.
—Se agacha para dirigirse al joven, que está hiperventilando—.
Y tú, contrólate. Necesito que lleves un mensaje a los barracones y traigas una unidad al completo lista para la batalla en cuanto sea posible.
Asegúrate de que traen los carcajes llenos de flechas incendiarias.
El chico hace una trémula inspiración. Sus ojos se desorbitan al comprender al fin que está mirando a su rey.
Suelta un graznido de aquiescencia y se endereza, para luego echar a correr en lo que espero que sea la dirección donde se encuentran los barracones.
Lo veo marchar y luego me giro hacia Soren.
Sigue agachado, pero alza la cabeza hacia mí.
Cuando nuestros ojos se encuentran, los suyos brillan, más azules que nunca, con un remolino de magia.
Siento el poder que se acumula dentro de él como una tormenta y que provoca una oleada creciente de poder en mi propio pecho.
La magia se aprieta violentamente contra mis costillas, un animal salvaje listo para ser desencadenado.
Cuadro los hombros e intento parecer impertérrita, aunque estoy bastante segura de que mi semblante está tan blanco como la telaraña que cubre los mástiles del barco.
Me preparo para la inevitable explicación de que esta situación es demasiado peligrosa para mí y la subsiguiente sugerencia de que me retire a la mansión, donde estaré a salvo de cualquier daño mientras Soren se encarga de los horrores que aguardan dentro del barco.
Sin embargo, los labios de Soren se curvan en algo parecido a una sonrisa. Se yergue del todo.
—¡Tú! —me ladra con el mismo tono que ha empleado con los marineros—. Tú vienes conmigo.