El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Ocho #3
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CAPÍTULO Ocho #3

No sé qué responder a eso, así que aparto mi mirada de la suya y la dirijo al frente.

El canal en el que nos encontramos está apartado del camino más transitado; apenas hay un puñado de chalanas que pasan junto a nosotros bajo los puentes o que bordean los edificios recubiertos de flores.

Mis ojos se fijan en los escaparates de vidrio de varias tiendas; la elegante mercancía que muestran me recuerda al otrora espectacular atelier de Carys en la calle Alta.

Esplendorosos vestidos dorados y plateados, trajes emplumados de factura notable, ajuares de barba de ballena para faldas abombadas, telas cubiertas de glifos que otorgan a quien se las pone un glamur mortal…

Por los cielos, este lugar le encantaría a Carys.

No tengo ni idea de en qué parte de la ciudad nos encontramos.

Es un bello laberinto del que, ahora mismo, no tengo ganas de escapar.

Lo único que mancilla la perfección de este día es la falta de sol.

Es prácticamente mediodía, pero hace casi tanto frío como en Caeldera.

Una niebla pegajosa me cubre la piel. No tengo manto con el que proteger mis extremidades.

Reprimo un escalofrío bajo el fino uniforme.

—Pensaba que Hylios era un lugar soleado —resoplo, y me froto los brazos con las manos para darme algo de calor.

—Y así es —murmura Soren en tono ausente.

—¿Y esto es normal? ¿Esta niebla?

—Es de lo más anormal. Y muy desagradable. Si planeas quedarte con nosotros, voy a tener que pedirte que pares.

Doy un respingo de sorpresa y mi cabeza latiguea hacia él.

—¿Cómo que pare? ¿Yo?

—Sí, tú. —Suena tremendamente divertido—. ¿Acaso no eres consciente de que esto lo estás haciendo tú?

—Por supuesto que no. Yo nunca… —tartamudeo—. ¡Yo nocontrolo el clima!

—Intencionadamente, no. Pero tus agobios se manifiestan con claridad.

—Ladea la cabeza y contempla el cielo—.

A mí la verdad es que no me molesta algún que otro día nublado.

Me recuerda que no he de dar por sentado los más soleados.

Pero me temo que mis mercaderes van a tener que importar telas más gruesas si no te pones pronto de mejor humor.

De lo contrario, todos nos moriremos de frío en otoño.

No me sale de dentro reírme. Me da vueltas la cabeza. ¿Cómo puedo haber sido yo? ¡Es absurdo! Si pudiera manipular el clima, me daría cuenta…

¿No?

Pienso en los últimos meses. En los nubarrones sempiternos que han cubierto Caeldera desde el ataque. En el penetrante frío que parece seguirme allá donde voy. Pero no puedo haberlo causado yo. No puede ser que esté influyendo en los mismísimos cielos inconscientemente.

Y sin embargo…

Ayer, cuando Penn y yo salimos de la ciudad, me sorprendió ver que en el resto de Dyved imperaba una primavera floreciente, mientras que Caeldera permanecía en un invierno perpetuo.

Al llegar a Calaboja, las flamandríades estaban disfrutando del sol, pero apenas diez minutos después, huyeron ante las nubes que se acercaban y la niebla que cubrió sus humeantes pozas.

Y en cuanto Penn y yo empezamos a discutir…

y mis emociones volvieron a desmadrarse…

, una tremenda tormenta comenzó a caer sobre nosotros.

Por los dioses en las alturas.

Miro de reojo a Soren. Mi corazón es un revuelo en mi pecho.

—No tenía ni idea. Ni siquiera sabía que fuese posible hacer algo así.

—Tu poder, cuando se reprime, encuentra otros modos de expresarse —dice él.

No hay ningún prejuicio en su voz; se limita a darme un dato concreto—.

Ya te lo he dicho antes: no puedes vivir como vive Pendefyre.

Tú no has sido creada para llevar una vida de represión y contención.

Cuanto más reprimas tu dolor en lugar de procesarlo, cuanto más entierres tu culpa en lugar de sacarla a la luz, más se alimentará y crecerá en los rincones sombríos de tu mente.

Y peores serán sus ramificaciones. No solo para ti, sino para todos los que se crucen en tu camino.

—Hace una pausa—. O, al menos, para todos los que compartan el clima cerca de ti.

—Es como si esta horrible situación le pareciera una nadería.

Estoy demasiado alarmada ante mis propios actos inconscientes como para dar una réplica—.

No temas, alondrita. Cuando yo tenía seis años de edad, mi padre me prohibió ir a nadar yo solo más allá de la puerta del mar, que da a aguas profundas.

Tuve un berrinche tan grande que inundé toda una región de la costa septentrional.

Eché a perder toda una cosecha y casi provoqué una hambruna.

Eso sí que fue preocupante. —Niega con la cabeza—.

Un par de nubarrones no condenarán al reino.

El pequeño Soren, de seis años de edad. Qué imagen tan extraña. Intento imaginarlo: joven, juguetón, superado por sus propias habilidades…, pero no puedo. Suelto todo el aire de los pulmones.

—¿Cómo puedo detenerlo?

—Ser consciente de que lo haces es un buen paso.

—¿Cómo puedes estar tan despreocupado ante todo esto?

—¿Prefieres que te grite? —pregunta en tono suave—.

¿Te vuelvo a echar en cara que necesitas un entrenamiento en condiciones?

La verdad es que estoy cansado de regañarte con la esperanza de que entres en razón.

De todos modos, parece que no funciona. Supongo que o bien aceptas que necesitas dominar tus habilidades…

o no. —Cierra los ojos—. Tú limítate a decirme cuál de las dos opciones va a ser.

Estaré aquí cuando decidas que estás lista para que te dé alguna que otra lección sobre el poder de los Vestigios. Si es que te decides.

Rumio sus palabras mientras Deke impulsa nuestra chalana por incontables canales.

El silencio no parece importarle a Soren lo más mínimo.

Sigue inmóvil como una estatua, sentado en el banco, con los ojos cerrados y la postura relajada.

Ojalá no le saliera tan bien esto de excluirme.

Sus emociones están a buen recaudo en una cámara impenetrable, tan segura y protegida como la puerta de sus dormitorios.

Resulta especialmente frustrante ver que este hombre siempre parece saber lo que estoy pensando y sintiendo… , a veces incluso antes que yo misma.

Después de casi una hora, los canales nos conducen al enorme puerto que vi desde el balcón.

De cerca, es mucho mayor de lo que parecía desde la lejanía; domina la cuarta parte sur de la isla.

Aquí hay navíos más grandes que cualquier otro que hayamos visto en los canales: gigantescos barcos de tres mástiles con figuras talladas en la proa y velas blancas en los botalones; esbeltas goletas de poco calado pero equipadas por completo con cañones listos para la batalla.

Hay marineros que se deslizan por largas botavaras de madera y trepan por jarcias anudadas para prepararse para zarpar.

Un repentino gemido metálico sacude el cielo.

Yo me incorporo en el asiento, convencida de que nos encontramos bajo ataque, aunque ni Soren ni Deke reaccionan con la más mínima alarma.

No me relajo hasta que no localizo la fuente del estruendo al otro extremo del puerto.

Dos enormes ruedas hidráulicas, cada una de ellas con la envergadura de un almacén, empiezan a girar entre espumarajos por la superficie del agua revuelta.

Un segundo después, las murallas de la ciudad se separan por la parte central y la gigantesca puerta del mar se abre poco a poco entre suaves sacudidas, para permitir la entrada al abrazo protector del puerto.

Todo el mundo, desde los marineros entre los aparejos a los paseantes en los muelles, centra su atención en el navío que se aproxima.

Hasta Soren abre los ojos lo bastante como para examinar el pesquero que se acerca a la abertura creciente en las murallas.

En apenas un parpadeo, su postura relajada cambia.

De pronto, se endereza y tensa todo el cuerpo.

No comprendo la intensidad de su expresión hasta que veo que la embarcación lleva a remolque un navío mucho mayor mediante cuerdas tensadas al máximo.

A juzgar por la pinta, debe de ser un navío mercante.

No sé mucho de barcos, pero hasta yo capto a simple vista que algo le sucede.

Las velas no están plegadas en condiciones en los mástiles, sino que ondean sueltas por la brisa, hechas jirones.

No hay ninguna tripulación por las jarcias, nadie corretea por cubierta.

No hay ningún capitán plantado orgullosamente ante el timón. Parece vacío por completo.

Un barco fantasma.

—Qué extraño —murmura Soren. Le lanza una mirada a Deke y señala con el mentón a un lateral del puerto, donde muchas otras chalanas a remo están atadas a otras tantas cornamusas incrustadas en la piedra—. Vamos a atracar, ¿te parece?

Deke asiente. Él también tiene una expresión extrañamente inquieta: sus mejillas sonrosadas se han puesto pálidas y sus ojos oscuros recorren constantemente la boca del puerto mientras nos lleva hacia un hueco vacío al final del muelle.

Nos detenemos y, con un murmullo de agradecimiento a nuestro remero, Soren baja de un salto y me tiende la mano para que lo imite. Apenas tengo tiempo de despedirme; Soren me aleja a tirones con una velocidad desacostumbrada en él, distinta de sus andares suaves. Juntos rodeamos el puerto.

—¿Qué sucede?

Él me aprieta la mano y luego la suelta. Sus ojos no se apartan del muelle principal, en el que un grupo de marineros amarra mediante gruesas maromas el navío que ha llegado a remolque a varios norayes de menos de un metro de altura.