El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Ocho #2
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CAPÍTULO Ocho #2

Toda ciudad tiene algún tipo de mercado central.

Un centro de comercio, donde los ciudadanos pueden regatear para adquirir mercancías a cambio de dinero.

Sin embargo, yo nunca he visto algo como esto.

El nombre es adecuado porque realmente se trata de un mercado flotante.

En lugar de carromatos o quioscos, hay docenas de barcas atracadas en el centro y otras tantas más amarradas a pesadas cornamusas en los laterales.

Hay chalanas que transportan a los clientes entre ellas; las guían adustos remeros con camisas a rayas azules.

Los vendedores anuncian su mercancía a voz en grito y llaman a las chalanas que pasan para que se detengan a contemplarla. Se anuncian todo tipo de artículos. Yo me esfuerzo por distinguir los gritos:

—¡Manzanas a granel!

—¡Higos frescos, llévate los higos más frescos de aquí!

—¡Huevos por docenas!

—¡Mejillones de esta misma mañana! ¡Vivitos y coleando!

—¡Bacalao salado, directo del mar Septentrional!

—¡Cerveza de Puntadaga en barril!

—¡Ginebra de los titanes, directa de Prydain!

Mis ojos no consiguen recorrerlo todo con suficiente rapidez.

Mi cabeza latiguea de un lado a otro entre las barcazas; cada una va pintada con un color distinto que atrae la atención.

Algunas tienen banderines bordados al viento; de otras cuelgan letreros de madera que anuncian su mercancía.

Oigo que Soren habla con alguien a mi lado en tono comedido, pero no le presto mucha atención.

Me pone la mano en la parte baja de la espalda y me guía hasta la cubierta de una chalana.

El remero me sonríe al tiempo que la embarcación ondula un poco ante nuestro peso repentino.

Me agarro al brazo de Soren para mantener el equilibrio; me da miedo que volquemos.

Él suelta una risa entre dientes y se sienta conmigo en un banco acolchado.

—Habrá que acostumbrarte a estar en el mar.

Le dedico una mirada de ojos entrecerrados.

—No he pasado mucho tiempo en embarcaciones.

—Define «mucho».

Llamas de puro azoramiento me abrasan la nuca.

—Básicamente cero.

—Pensaba que habías crecido junto al mar.

—Junto al mar, no sobre el mar.

Él reprime otra risa entre dientes.

—No te preocupes. No tengo planeado traerte a Bahía Sangre a luchar contra los drakares de los moradores de Terrascarcha. —Hace una pausa—. Hoy no.

Y con ese comentario aciago, Soren centra su atención en el remero de mejillas sonrosadas, que se presenta como Deke y que nos guía rápido entre el constante trasiego de chalanas.

Los dos charlan animadamente sobre el último trato comercial de un conocido en las Tierras Meridionales.

Al parecer, el tipo acaba de volver con café, azúcar, hojatibia y otras delicadezas importadas que le valdrán el sustento durante varios meses.

Suficiente para abastecer a todos los ciudadanos durante el verano.

Yo me conformo con relajarme en el asiento y escucharlos hablar mientras observo el ajetreado mercado que se expande a ambos lados de nuestra pequeña embarcación.

De vez en cuando, Soren le dice a nuestro sonriente capitán que se acerque a alguna barcaza, y este nos lleva lo bastante cerca como para que podamos regatear.

Cada comerciante con el que tratamos sonríe con evidente placer al ver a su rey.

Soren los saluda a casi todos por su nombre de pila y les habla con una familiaridad que me sorprende: se interesa por la salud de algún familiar o bien bromea sobre el clima cuando estos se arrebujan en sus finas capas y se lamentan del frío.

Todos se niegan entre aspavientos a aceptar su dinero, pero Soren consigue darles a la fuerza puñados de monedas a cambio de todo tipo de artículos que, a su vez, me pone a mí entre las manos para que coma, junto con una orden de dos palabras.

—Cómete esto.

Yo obedezco encantada, aunque solo sea por tener algo que hacer con la boca aparte de dejarla abierta mientras lo contemplo.

¿Quién es este hombre? Pensaba que sabía quién era, pero el voluble monarca que sonríe y se echa a reír junto a esta gente es todo un desconocido para mí.

Ante ellos, Soren esconde una parte más oscura de sí mismo que yo sé que existe: la parte que burbujea desde las profundidades de su ser en las pocas ocasiones en las que pierde esa fachada carismática.

Aquí, en cambio, les ofrece una versión más ligera de sí mismo. Los baña con su majestuosa gracia.

A medida que avanza la mañana, dos ideas me quedan claras.

Primera, que el pueblo adora por completo al rey Soren.

Y segunda, que nadie lo trata como yo pensaba que había que tratar a un soberano.

Hasta a Pendefyre, tanto como odia el protocolo, lo reciben con una suerte de severa reverencia cuando pasa por las calles de Caeldera.

Cabezas inclinadas y miradas de respeto.

Y sin embargo, todos los hylianos con los que nos cruzamos se comportan como si el hombre sentado tan cerca de mí no fuese su señor, sino un amigo a quien no ven desde hace tiempo.

A pesar de lo mucho que se quejan de estos constantes nubarrones que cubren el cielo, cada vez que Soren aparece, quienes lo ven se iluminan como si el sol acabase de asomar.

Pierdo la cuenta de las barcazas ante las que nos detenemos, de las delicias que como.

Apenas tengo tiempo de tragar y Soren ya me está poniendo un manjar distinto entre las manos.

Una taza de té verde tan sabroso que me provoca un hormigueo en la lengua.

Dos frutas calientes y rosadas cuyo nombre desconozco.

Un puñado de humeantes frutos secos sazonados con pimienta muy picante.

Un bollo crujiente relleno de arroz y carne de cangrejo.

Una brocheta de suculentas gambas a la parrilla que el vendedor nos asegura que ha mariscado justo antes del alba.

Estas últimas en concreto son tan deliciosas que casi le suplico al remero que vuelva a por una segunda brocheta.

Estoy demasiado ocupada masticando como para hablar con nadie, pero Soren ya se encarga de charlar por ambos.

Incluso cuando Deke nos saca del mercado y se interna por un canal más tranquilo, Soren sigue respondiendo a saludos de la gente que camina por los bordes, que pasa sobre sus propias embarcaciones o que, en pocas ocasiones, abre las ventanas de los pisos superiores de las casas para saludarnos con la mano y sonreírnos.

Doy el último sorbo a mi té, dejo la taza en la mesita baja atornillada al fondo de la chalana y me llevo las manos al vientre. Estoy tan llena que voy a reventar. Hace mucho que no comía tanto y tan bien.

—Bueno, ¿cuál es el veredicto? —pregunta Soren al tiempo que se acomoda en los cojines a mi lado. Estira los brazos sobre el banco y cruza los tobillos en una postura de absoluto reposo—. ¿Qué tal tu primer desayuno llŷriano?

—No se parece a ningún desayuno que haya probado antes. —Él sonríe—. ¿Puedo preguntarte algo?

La sonrisa desaparece levemente, pero Soren asiente.

—Puedes preguntarme lo que quieras.

—¿Cómo lo consigues?

—Creo que no te sigo.

—¿Cómo puede moverse un rey tan libremente por su ciudad? Es como si…, bueno, como si en realidad no fueses el rey.

—No sabía que conocieras a tantos reyes.

—Ya sabes a qué me refiero.

Él suspira.

—¿Qué preferirías, que me escondiese en mi mansión?

¿Que viviese completamente separado de la gente a la que debo gobernar?

¿Que reinase sobre ellos sin salir de mi crisálida privilegiada para descubrir a las personas de las que soy responsable?

¿Que tomase decisiones por ellos sin molestarme en interesarme por sus necesidades, deseos y miedos?

Yo lo miro y parpadeo, aturdida.

—No. No, claro que no. Me refería a que… —Él alza las cejas—. A ver, ¿dónde está tu guardia real?

—No tengo guardia real.

—No tienes guardia real —repito, con la voz tomada de pura incredulidad.

—¿No te habías enterado? Soy de lejos el ser más peligroso de toda esta ciudad. —Me guiña un ojo con aire juguetón—. Quizá de todo el reino, si hay que dar crédito a lo que se cuenta por las Tierras Centrales.

—¿Por qué te cuesta tanto dar una respuesta directa?

Sus ojos adoptan un aire de solemnidad.

—Si alguien intentase matarme, tengo bastantes más posibilidades de detenerlo que cualquier desventurado soldado con una espada en la mano.

—Valiente altivez.

—Si mi orgullo ofende a los dioses, que así sea.

No veo necesidad alguna de pregonar mi reinado con espectáculos superficiales, rodeado de cortesanos aduladores y guardias armados hasta los dientes solo para demostrar mi poder.

Que yo sepa, mis ciudadanos prefieren entregarse al libertinaje aquí, en la ciudad, en lugar de participar en artificiales politiqueos cortesanos.

Y, desde luego, mis soldados son más útiles en la frontera, protegiendo a los habitantes de Llŷr que no pueden protegerse a sí mismos, que apostados en mi mansión por las noches.

—O sea, que no tienes ninguna corte aquí.

—¿Me preguntas si he mandado hacer un trono de oro tallado específicamente para mi culo?

¿Bufones, saltimbanquis y trovadores que actúen para mi disfrute?

¿Banquetes dorados llenos de aduladores?

—Resopla, como si la mera idea le resultase ridícula—.

No, no tengo corte aquí. Al menos en sentido oficial.

De vez en cuando, hay gente de todo el reino que viene a la capital a celebrar algún festival o algún acontecimiento memorable.

Por ejemplo, la boda de Arwen, durante el próximo solsticio.

Ahí se doblará temporalmente la población de la ciudad.

De todos modos, en general, Hylios no tiene mucha tendencia a la pompa y circunstancia que se ve en otras cortes.

Aquí no se diferencia al cortesano del plebeyo. Todos somos iguales.

—¿Y tú también?

—Sobre todo yo.