El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Ocho
23%

CAPÍTULO Ocho

C aminamos en silencio siguiendo una cuesta descendente de caminos de pizarra. Al cabo, llegamos a una empinada escalinata tallada directamente en la roca. Al igual que el resto de los terrenos reales, toda esta parte está completamente desierta.

—¿Dónde está todo el mundo? —balbuceo, incapaz de contener mi curiosidad.

Soren me mira de reojo, con las cejas alzadas.

—¿A qué te refieres?

—Pues a mayordomos, mozos, criadas…

—Ah. —Se encoge de hombros—. La mansión no requiere mucho mantenimiento. Hay guardeses que se ocupan de los jardines y personal de limpieza que limpia las pocas pelusas que encuentra. Por lo demás, no veo necesidad ninguna de mantener un grupo de sirvientes a mi disposición.

—¿Ni siquiera un cocinero? —insisto—. Un rey tendría como mínimo personal de cocina…

—A mí me gusta cocinar.

—¿Que cocinas tú?

No puedo ocultar mi escepticismo. Este enorme guerrero avezado en mil batallas…

, este rey asesino sediento de sangre a quien temen en todas las Tierras Centrales…

¿es quien cocina? Intento imaginarme sus manos —esas manos que he visto arrancar la vida de muchos hombres con una facilidad que evidencia mucha práctica— cubiertas de harina, moviendo un rodillo por una encimera, batiendo una masa.

No es una imagen que consiga equiparar con la realidad.

Es casi como imaginarse un tiburón trepando por un árbol.

—Te sorprendería la cantidad de aficiones que se llegan a desarrollar cuando se sufre la maldición de la inmortalidad —dice Soren en tono ligero—.

Calcula cincuenta años. Cien. Estarías más que dispuesta a cocerte tus propios huevos en lugar de dejar que te los traiga alguien a quien has visto envejecer y marchitarse por la edad durante sus años de servicio.

Igual que viste envejecer a su predecesor, y al predecesor de este.

Todos pierden la batalla contra el tiempo.

—Su pausa tiene un cariz amargo—. Algo así estropea en cierta manera el sabor del desayuno. Ya lo verás.

Reprimo un estremecimiento.

—Espero que no.

—Sea como sea, me gusta cocinar. Y se me da bastante bien. Quizá en algún momento te haga una demostración.

—Podrías haberme hecho esa demostración hoy mismo preparándome el desayuno —me quejo—. Nos habríamos ahorrado esta incursión en la ciudad.

—¿Y dejar pasar una oportunidad para enfadarte? —Esboza una sonrisa—. Jamás.

Suelto un suspiro martirizado.

Llegamos al pie de las escaleras y avanzamos hacia una bifurcación entre una arboleda de limoneros.

El aroma es fresco y suave, una flotante nube cítrica.

Al otro lado del limonar, sobre la cara de otro precipicio, descansa otra mansión.

Tiene un estilo parecido a la de Soren, pero es más pequeña y menos regia.

—Arwen vive ahí siempre que no está de campaña —me informa al ver hacia dónde se dirige mi mirada—. Es la mejor generala de todo Llŷr, así como la mejor estratega. Ha liderado mis ejércitos en batalla durante más tiempo del que tú llevas con vida.

No es la imagen que me había hecho de la princesa heredera de Llŷr. Soren prosigue:

—Sin su habilidad para la estrategia y los ataques por sorpresa, nos habrían invadido más de diez veces. Pero no le digas que te lo he dicho yo. Si le aumenta más el ego, me temo que tendremos que remodelar su mansión para que quepa.

Reprimo una risa.

—Me muero de ganas de conocerla.

—No sé si deberías. Arwen puede ser un poco… —alzo las cejas— desagradable —dice al fin.

—Parece un rasgo dominante en tu linaje.

Él suelta un resoplido divertido.

—Aún no has visto mi lado desagradable, pequeña tejedora del viento. Tienes suerte.

Contengo una réplica.

Descendemos despacio hacia la ciudad propiamente dicha, y me doy cuenta de que los terrenos reales están amontonados como pisos de una tarta; cada uno alberga diferentes arboledas y jardines, fuentes y cascadas.

Cada uno tiene misteriosos habitantes de los cuales no hay ni rastro.

Me esfuerzo por recorrerlo todo con la vista al tiempo que mantengo el ritmo de las largas zancadas de Soren y modero el impulso de bombardearlo con preguntas.

No habla mucho, aunque a veces, al pasar por alguna que otra morada, murmura un nombre asociado con quien quiera que viva en ella.

Tethys.

Melité.

Vaughn.

Intento almacenar todos esos nombres en mi cabeza, pero lo cierto es que me empieza a dar vueltas a base de tanta información y agotamiento.

He perdido la cuenta de cuántos escalones y senderos recorremos.

Me duelen los muslos y estoy jadeando para cuando llegamos a la última escalinata que nos lleva al borde del gran canal que rodea la base de los terrenos reales.

Ante nosotros se curva un hermoso puente forjado con un metal que no conozco; es pálido y refulgente, parecido al interior de una concha pulida hasta brillar mediante un millar de caricias del océano.

Soren se detiene brevemente a sus pies.

—¿Lista?

—¿Para qué?

Él sonríe, un destello de blancura que desaparece enseguida. Luego cruza el canal y se interna en el corazón de la ciudad.

Tras el absoluto vacío de los terrenos reales, Hylios resulta ser una auténtica mezcolanza de vida.

Las muchedumbres de civiles son tan densas que es difícil abrirse camino para avanzar.

Me convierto en la sombra de Soren y me pego a él mientras se desplaza sin prisa por entre innumerables cafés con terrazas que bordean los canales.

En las mesas se agolpa gente sentada desayunando, tomando café, fumando hojatibia en braseros equipados con largas pipas.

Me lleno los pulmones con ese familiar aroma a humo, que me quema la garganta. Me empiezan a lagrimear los ojos.

Jamás me he sentido tan anodina como ahora, con este uniforme carente de color, mientras observo a los ciudadanos de Llŷr, vestidos con espectaculares sedas y bordados de buena factura.

Pero no solo es la ropa. Hasta que no he caminado entre ellos, hasta que no he oído sus conversaciones despreocupadas y sus risotadas sencillas, no me he dado cuenta de lo ajeno que se ha vuelto todo ello en mi vida.

Estos últimos meses, las calles adoquinadas de Caeldera han estado tan silenciosas como una cripta.

La penuria goteaba por entre los adoquines.

Y, sin embargo, aquí está Hylios. Intacta. Sin cicatrices. Un vivaz puerto rebosante de vitalidad.

Un constante flujo de embarcaciones pasa bajo incontables puentes curvos.

En cada dirección hay parejas que pasean con los brazos entrelazados, familias que devoran con los ojos dulces cubiertos de azúcar en polvo en los escaparates de las tiendas, ancianos sentados en bancos que tiran migajas de pan a gorriones multicolores.

Tengo tanta ansia de normalidad que quiero absorberlo todo desesperadamente, aspirarlo a grandes bocanadas como si pudiera llenarme por dentro antes de que la vida regrese entre vendas y ungüentos, entre inflamaciones y muertes. Una culpabilidad paralizante no tarda en seguir a mis ansias.

¿Cómo puedo ser tan egoísta como para soñar con estar sentada en la mesa de un restaurante con una copa de alguna bebida caliente en las manos mientras aquellos a quienes he dejado atrás apenas sobreviven?

¿Cómo me atrevo siquiera a plantearme perder la tarde mirando a la gente pasar, mientras que en Dyved la alegría es un lujo muy escaso?

—¿Te encuentras bien?

Mis ojos ascienden hacia los de Soren, que se ha detenido detrás de un gran limonero.

Espera en las sombras, de espaldas a la ajetreada acera.

Es tan alto que casi me siento escudada de los ojos fisgones de la gente que pasa junto a nosotros, sin duda con curiosidad por la pálida extranjera rubia que sigue los pasos de su rey.

—Sí, estoy bien —susurro.

—No, no lo estás.

La réplica muere en mis labios al captar el entendimiento en sus ojos.

«¡El condenado vínculo!»

Por todos los infiernos. Por supuesto. Debí haberme dado cuenta.

Soren siente mis emociones subir y bajar como el mar sobre la arena, una marea implacable de dolor y culpa.

Al instante alzo nuevas barricadas mentales y construyo una fortaleza invisible alrededor de mi mente, para que no pueda descifrar los sentimientos que se derraman por el fino hilo que conecta su magia con la mía.

Endurezco los escudos de aire que rodean el centro de mi poder, hasta que se vuelven más densos que la piedra.

Impermeables. Y mientras tanto, le clavo una mirada desafiante a Soren.

«Atrévete a invadir mis pensamientos privados ahora», lo reto en silencio. «Vamos, atrévete.»

No lo hace. Las emociones se arremolinan en lo profundo de sus ojos azul intenso. Me contempla, pero no puedo descifrarlas, del mismo modo que no puedo descifrar su expresión vacía. Antes de que pueda intentarlo siquiera, Soren aparta la vista.

—El mercado flotante está a la vuelta de la esquina —dice, como si los últimos instantes no hubieran sucedido—. Pero ándate con ojo, puede ser… caótico.

No digo nada y me limito a seguirlo. Siento la lengua gruesa e inútil dentro de la boca.

De vez en cuando percibo que me mira. Cruzamos un puente cercano y doblamos un recodo que da a un canal más ancho que ninguno de los anteriores, y con el que se cruzan varios canales principales.

Me freno en seco y contemplo una miríada de embarcaciones que se entrecruzan ante nosotros.

Hay tantas que la superficie del agua apenas es visible.