El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Siete #3
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CAPÍTULO Siete #3

Echo un último vistazo a la acogedora cámara y salgo al corredor silencioso.

Durante un latido contemplo la puerta de cuarzo del rey en el otro extremo del pasillo.

Me pregunto si estará ahí dentro. No siento ni rastro de él en ninguna parte.

Quizá nuestro vínculo sigue siendo demasiado nuevo y mi capacidad de sentirlo no está del todo desarrollada.

O quizá me está bloqueando intencionadamente.

Me da la sensación de que se trata de esto último.

Desando los pasos de anoche por la mansión, esforzándome por captar algún sonido.

El entorno es aún más encantador a la luz del día.

Techos grandiosos, salpicados de claraboyas, se elevan en las alturas.

Arcadas abiertas que llevan a jardines tropicales en los terrenos reales.

No hay rastro de Soren en el patio interior, con esa magnífica fuente y las macetas con palmeras.

Tampoco lo encuentro en la galería, con su enorme colección de arte y el techo cubierto de murales.

Hay cuadros al óleo por las altas paredes: paisajes, retratos y naturalezas muertas.

Algunos son tan largos como la vela de un barco, mientras que otros tienen el tamaño de la palma de mi mano.

Muchos representan imágenes y temas que me resultan irreconocibles. Todo un universo de trazos de pincel.

Me obligo a seguir caminando y resisto el impulso de deambular a placer por ahí.

Dejo atrás la galería y entro en una enorme biblioteca que rivaliza con la de la universidad más prestigiosa de Guardamar.

Las estanterías que cubren del suelo al techo están repletas de libros encuadernados en cuero y todo tipo de artefactos curiosos.

Se accede a ellas mediante escaleras sobre ruedas atornilladas a travesaños en las alturas.

El mobiliario es tan lujoso como todo lo demás que hay en la mansión, aunque parece más usado.

El sofá de cuero junto a la chimenea está cuarteado, y en los cojines se aprecia el hueco de una cabeza que se ha apoyado numerosas veces en ellos.

Las velas son más cera derretida que pabilo.

Alguien pasa muchas noches en esta estancia.

Puedo imaginarme fácilmente a Soren aquí, repantigado en uno de los sofás, leyendo a la luz de las velas. Con el cuerpo inmóvil, totalmente inmóvil, aunque esa mente meteórica suya corra a toda velocidad por las páginas…

Aparto de golpe la vista y sigo caminando.

En una ocasión visité otro asentamiento llŷriano, el Fuerte Acrino.

Un bastión de piedra estéril al pie de las montañas Cimerias.

Estos dos asentamientos tienen muy poco que ver entre sí en términos de estructura o diseño.

Aun así, comparten un atributo: una extraña falta de personal.

No hay guardias en las puertas exteriores ni pajes de pies silenciosos que lleven pergaminos enrollados por los pasillos.

Hasta la cocina está desprovista de la habitual cháchara de los cocineros y el repiqueteo de los cucharones en las ollas.

Admito que mi experiencia con casas reales es limitada…

, pero yo diría que el hogar de un rey debería tener toda una flota de criados y criadas, ¿no?

Antes de que el castillo quedase reducido a ruinas en Festaflama, la corte de Vanora era un ejército invisible que se movía por todas partes, preparado para satisfacer todos los caprichos de su reina al instante.

Si Soren cuenta con una legión similar, esta legión no aparece.

El único sonido que perturba la paz y quietud es el repiqueteo de mis botas sobre el mármol pulido al atravesar la cocina vacía.

Como muchas de las otras habitaciones, esta estancia está abierta en un lateral con una enorme arcada de columnas por la que entra una brisa fría que arrastra consigo corrientes de jazmín y salitre.

Salgo a la terraza y mis ojos recorren el patio interior, siguiendo los senderos de pizarra que desembocan en los profusos jardines que rodean el manantial en cuyo centro descansa la casa de baños, al otro lado de un puente arqueado de piedra.

La estudio desde la lejanía y dejo que el latido de puro poder que emite me bañe la piel.

La marca de mi pecho hormiguea como respuesta.

El portal que hay ahí dentro tiene una gran concentración de magia. Supongo que por eso me vi atraída hasta aquí, en lugar de ir hacia Pendefyre.

—Si esperas volver a pillarme desnudo otra vez, me temo que voy a decepcionarte.

Giro en redondo al oír la entonación líquida de Soren. Ha aparecido detrás de mí sin previo aviso. Es como si se hubiese materializado en el aire.

—Preferiría que dejaras de hacer esto.

—¿Bañarme?

—Aparecer por la espalda.

—Tu incapacidad para sentir cuándo llego tiene menos que ver con las habilidades que yo poseo y más con las que a ti te faltan. —Yo frunzo el ceño y aprieto los labios, mientras que él me contempla con humor—. ¿Has podido descansar un poco?

—Más que en el último mes entero.

Su buen humor se desvanece.

—Te has estado agotando hasta el tuétano. No has comido ni has dormido. Me temo que, si te dejo regresar a Caeldera, acabarás por resecarte por completo.

—¿Cómo que si me dejas? No es decisión tuya.

—Vaya, vaya, qué caractercito nos gastamos por la mañana.

—No tengo ningún caractercito.

—Esa frase sería más convincente si no la pronunciaras entre dientes apretados.

Me obligo a relajar la mandíbula y a no asesinarlo con la mirada.

—Lo siento. Es que tengo muchas ganas de regresar a Dyved. Ya hace demasiado tiempo que me fui y no he avisado de mi brusca desaparición.

—Ya me he encargado yo de avisar.

Mis ojos se desorbitan.

—¿Que… qué?

—He avisado a Pendefyre —explica, impertérrito ante mi sorprendida reacción—. Envié un cuervo a Caeldera anoche y le hablé de tu… casual… llegada mientras me daba un baño. Estoy seguro de que se sentirá aliviado una vez que se le pase el berrinche tormentoso.

—¿Berrinche tormentoso? ¿Qué es lo que le has contado exactamente?

Dioses, es que me lo estoy imaginando. Este tipo aprovecha cualquier oportunidad para chinchar a Penn.

—No temas. No he mencionado ninguno de los detalles más picantes. —Soren parece estar esforzándose por reprimir una sonrisa—. No queremos provocar ningún incidente internacional, ¿verdad?

Cierro los ojos con fuerza durante un largo instante mientras intento calmarme.

—Te agradezco que hayas notificado que no me he perdido para siempre entre las líneas ley. Dicho lo cual, eso no cambia nada. Sigo necesitando regresar lo antes posible. Así pues, si me llevas por el portal, tal y como dijiste que harías…

—Dime… —me interrumpe, cruzándose de brazos. Lleva la camisa arremangada hasta los codos; es de puro lino blanco, material que acentúa el profundo bronceado de su piel—. ¿Por qué tienes tantas ganas de volver? ¿Qué te espera allí?

—Pues… es que… —Él arquea las cejas oscuras al ver que no me salen las palabras—. Hay gente allí que cuenta conmigo.

—¿Te refieres a Pendefyre?

Intento no encogerme, pero no puedo disimular del todo mi reacción. Una aguda punzada de dolor me recorre.

«No.»

«Pendefyre no.»

«Pendefyre no se permite contar conmigo para nada.»

A Soren no le cuesta descifrar la verdad a partir de mi silencio.

—Hum. Ya me parecía que no.

—Puedes perfectamente guardarte tu opinión.

Él no tarda en desechar mi sugerencia.

—Si el nuevo rey no te reclama, ¿a qué viene tanta prisa por volver?

—¿Tan rápido has olvidado el daño que sufrió la ciudad en Festaflama? Todo sigue en ruinas. Hay mucho que reconstruir.

—¿Y te piden que quites tú misma los escombros trozo a trozo? —Responde a su propia pregunta—: No. Dyved cuenta con un gran ejército capaz de reconstruir la corte sin la ayuda de la Vestigio del Aire.

La sangre se me agolpa en las mejillas.

—Tengo otras responsabilidades.

—Por ejemplo…

—No es asunto tuyo —digo en tono rígido—, pero he estado trabajando con el Gremio de la Vida. He sanado a los heridos en la batalla.

—Supongo que eso explica el atuendo andrajoso.

Le hago un gesto vulgar con la mano para expresar lo poco que me importa su opinión sobre mi uniforme harapiento. Soren suelta una risa entre dientes, más divertido que ofendido.

—Aunque sanar a las personas sea un propósito noble, han pasado meses desde la batalla. La mayoría de los heridos habrán salido de tu dispensario o ascendido a los cielos a estas alturas.

—Sigue habiendo enfermedades y heridas nuevas a diario.

—¿Y tú eres la única en todo Dyved que sabe tratar todo eso?

—Pues no, pero…

—En ese caso, puede que tus responsabilidades no sean tan estrictas como quieres hacerme creer.

—Quizá supongas que lo sabes todo sobre mi vida, pero las suposiciones valen lo mismo que la realidad que las respalda.

Soren clava los dedos en la tela de las mangas de su camisa, un reflejo que indica un enojo que no se transmite a su semblante.

—Lo único que convierte las suposiciones en realidad es el tiempo —replica en tono suave—. Cosa que no abunda cuando estoy contigo.

Nos miramos el uno a la otra durante un largo momento, hasta que el aire se carga con una tensión tan densa que me veo obligada a apartar la vista.

Mis ojos recorren el patio interior, las retorcidas enredaderas de jazmín, la elegante curva de las palmeras, el vertiginoso azul del manantial.

La cámara de baños que se alza en su centro es una estampa impresionante a la luz del día, aunque nada puede compararse con su luminosa belleza bajo el resplandor de la luna.

—Tu casa es muy hermosa —murmuro, no muy segura de por qué siento el impulso de decírselo, pero incapaz de resistirlo igualmente.

Hay una pausa.

—Me alegro de que la veas así, aunque palidece en comparación con el resto de la capital.

—Sí, desde mi balcón parecía… —Al oír el soniquete soñador de mi propia voz, trago saliva y carraspeo—.

Bueno, estoy segura de que veré más de la ciudad cuando regrese en el solsticio de verano por la boda de Arwen.

—Soren no dice nada. Yo sigo contemplando la casa de baños—.

Pero ahora deberías llevarme a Caeldera.

Sigue en silencio. Cuando por fin alzo la vista hacia él, veo que me está contemplando como si yo fuera un acertijo para elque no encuentra solución. Le cae un rizo oscuro sobre esa frente perfecta que ahora tiene el ceño fruncido. Sus ojos son del mismo tono zafiro que el agua del manantial.

—¿Y bien? —le digo—. ¿Me vas a llevar?

—No.

—¿No? —Me cuesta mantener la voz neutra—. Ya he descansado, tal y como acordamos. Es hora de irse.

—Creo recordar que nuestro trato incluía una buena comida además de una noche de descanso.

Aprieto los dientes.

—¿Estás de broma?

—Jamás bromeo con el desayuno.

—Soren, te lo digo en serio.

—Yo también te lo digo en serio. Debes de tener hambre, admítelo.

La verdad es que tengo bastante hambre. No como desde… Lo cierto es que no recuerdo la última vez que comí. Solo sé que fue hace mucho. Demasiado.

—No me obligues a suplicar, alondrita —dice en tono engatusador—. Vamos. No pongas esa cara tan larga y sígueme.

Aprieto los labios y frunzo aún más el ceño, pero mi expresión solo consigue que Soren esboce una media sonrisa. Alzo la mirada hacia los cielos, esperando una intervención divina. Como los dioses no intervienen, suelto un suspiro.

—Está bien. Dame de comer si es necesario.

Él suelta una risa ante mi patente enojo.

Luego gira en redondo y se dirige al interior de la mansión.

No me queda más alternativa que seguirlo, resignada ante mi destino.

Francamente, estoy cansada de discutir… con él, con Penn, con Yale, con Osain…

, con todo el mundo en mi vida. En este asunto voy a ceder.

A fin de cuentas, no es más que un desayuno.

¿Qué va a cambiar un único desayuno en la gran trayectoria de mi existencia?

Alcanzo a Soren en las cocinas. No aminora la marcha para ajustarse a mis pasos, más cortos, ni tampoco se detiene cuando pasamos más allá del frío horno y entramos en un salón repleto de más obras de arte y artefactos.

Una alfombra imposiblemente hermosa recorre todo el pasillo.

Noto su suavidad incluso a través de las suelas de mis botas.

—Esto… ¿Soren?

—¿Sí?

—Las cocinas están ahí atrás.

—Muy buena observación. Dioses, qué sagaz eres.

Aprieto los puños.

—¿Cómo piensas hacerme el desayuno sin usar ese enorme horno?

—No pienso hacerte el desayuno en absoluto. Hay muchísimos comerciantes especializados en la ciudad que se encargarán de prepararlo.

—Pero… ¿qué…? —Niego con la cabeza como si así fueran a aclararse mis pensamientos—. Yo no he accedido a dar un paseo por Hylios.

—Has accedido a que te dé el desayuno. No hemos especificado dónde había que tomárselo ni si era yo quien tenía que prepararlo.

—Eso no es más que un detalle, y lo sabes.

—Pues que te sirva de lección, y que sea la primera de muchas. La próxima vez que cierres un trato, conmigo o con quien sea, has de especificar completamente los términos.

Yo miro su espalda con los ojos entrecerrados.

—¿A qué te refieres con la primera de muchas?

Soren no responde, aunque aminora un poco la marcha.

Caminamos codo con codo al salir de la mansión por otra amplia arcada que da a otra terraza.

Esta última no colinda con el jardín interior, sino con la ciudad.

Un punto elevado casi idéntico al de mi balcón, por encima de un puñado de tejados y canales.

Soren oye cómo se me corta la respiración ante esta nueva vista y esboza una media sonrisa.

Por suerte, prefiere no comentar nada. Quizá comprende que he llegado a mi límite de bromitas de la jornada.

Como aún no es mediodía, la situación no pinta bien.