El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Siete #2
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CAPÍTULO Siete #2

—Y tú, como siempre, los subestimas. —Hay un destello en sus ojos, repentinas manchas de plata que recorren su tono azul—. ¿Cuánto tiempo vas a pasar negando tus propias habilidades? ¿Cuánto tiempo piensas seguir huyendo de quien eres, de todo aquello de lo que eres capaz?

Yo parpadeo, sobresaltada. Este arrebato no me lo esperaba; es una ola perdida que restalla en medio de aguas tranquilas.

Sin embargo, tan rápido como aparece, vuelve a desaparecer.

Las manchas plateadas se desvanecen de sus iris.

Su voz se convierte en un murmullo que no estoy segura de que sea para mis oídos:

—Qué bien que hayas venido por propia voluntad. Me has ahorrado la desagradable tarea de traerte desde Dyved a la fuerza.

No debo de haberlo oído bien.

—¿Disculpa?

—Deberíamos haber empezado hace tiempo. Hace bastante tiempo.

—¿Empezado con qué?

Él no responde. Se limita a girar en redondo y acercarse a su puerta.

—Ya lo hablaremos por la mañana.

—Por la mañana me voy a marchar —le recuerdo—. Vas a llevarme hasta Caeldera al alba.

—Te lo acabo de decir: ya lo hablaremos por la mañana.

—¡Soren!

—Buenas noches, alondrita.

—Espera…

Él ignora mis protestas y alza una mano hacia la puerta, que despide un brillante fulgor y se abre hacia dentro.

Ni siquiera tengo tiempo de darle las buenas noches.

Desaparece en la cámara oscura al otro lado de la puerta, que se cierra tras él con un chasquido resonante. El fulgor desaparece instantáneamente.

Casi me dan ganas de arremeter contra ella e intentar desactivar las protecciones yo sola, por pura terquedad.

Lo que hago en cambio es suspirar y girarme hacia las demás puertas que se extienden ante mí.

Es muy tarde y estoy agotada. Además, tengo la descorazonadora impresión de que, sea lo que sea de lo que Soren quiere hablar conmigo mañana, necesitaré toda una noche de descanso para digerirlo.

Cuadro los hombros, me acerco a trompicones a la puerta más cercana y la abro de un empujón.

Me despierta una sinfonía de olas que restallan al viento.

Es el sonido que acompañó toda mi juventud.

En su día sentía que los latidos de mi corazón estaban acompasados con el ritmo de las mareas.

Durante unos instantes de aturdimiento, mientras atravieso ese umbral liminal que separa el sueño y la vigilia, casi puedo convencerme de que vuelvo a estar en Guardamar, acurrucada en un estrecho catre dentro de una cómoda cabaña al borde de una extraña arboleda plateada, a tiro de piedra del océano.

Sin embargo, el colchón bajo mi cuerpo es demasiado suave y la colcha que cubre mis extremidades es de mucha más calidad que la cama endeble de mi infancia.

Jamás podría confundirlas a plena conciencia.

Tras explorar inicialmente las habitaciones disponibles, elegí una decorada como un fondo marino.

Está pintada con los tonos más profundos del océano —azul oscuro, verde azulado y negro— y decorada con cenefas que representan criaturas abisales —arrecifes de coral, erizos de mar, anémonas—.

Aunque no es tan grande como otras habitaciones, hay algo reconfortante en este conjunto de colores y esta decoración escasa pero lujosa.

También resulta ser la habitación más alejada de los aposentos privados de Soren; está justo en el otro extremo del pasillo, en un hueco olvidado, alejada de las otras habitaciones más extravagantes.

Lo que le falta en tamaño a mi habitación le sobra en estilo.

Un tapiz que representa un pecio hundido cuelga frente a un escritorio cubierto de filigranas.

Las paredes de tono índigo tienen la textura de la arena, pero de algún modo resultan suaves al to­carlas.

Los suelos de mármol negro están veteados de jade.

Al apartar las mantas y bajarme de la cama, los noto calientes bajo mis pies descalzos, a pesar de que no hay alfombra.

Me acerco a las puertas del balcón, las cruzo, salgo a la luz del día…

Y ahogo una exclamación.

Hylios.

En la oscuridad no pude ver mucho más que unas cuantas luces titilantes.

Supuse, erróneamente, que la mansión estaba emplazada al nivel del mar.

En realidad, descansa sobre una pronunciada cumbre en el punto más alto de la isla, como una corona sobre la cabeza de la ciudad.

Desde aquí se ve todo. Mis ojos repasan el esplendor ante mí, hechizados por la laberíntica extensión de edificios de arenisca blanca con tejados picudos de todos los tonos posibles de azul.

Desde este punto elevado, veo las explosiones de color de los jardines, que contrastan con la pálida arquitectura: el impresionante tono rosado de las buganvillas que trepan por las fachadas, el sorprendente verde de las palmeras que cimbrean bajo el cielo.

No es ningún secreto que Hylios es una isla convertida en ciudad, a cierta distancia de la orilla, rodeada por todas partes por el océano.

Naturalmente, yo había esperado que el agua tuviese una presencia eminente aquí.

Sin embargo, mis expectativas se quedan cortas, pues el agua no solo está presente, no es una característica ni un rasgo principal.

Es que la ciudad es agua.

En lugar de caminos hay canales que se curvan en arcos semicirculares como costillares acuosos de un gran esqueleto.

Algunos son anchos y están atestados de botes que se deslizan por sus aguas; otros son estrechos y parece imposible que pueda cruzarlos algo más grande que una balsa.

Dos faros gemelos flanquean la ciudad; uno al este y otro al oeste.

Son los famosos Faros de Hylios, más altos que cualquier estructura que yo haya visto jamás.

Más altos incluso que el Chapitel de Bellmere, que yo pensaba que era la torre más alta de todo Anwyvn, al menos cuando Eli me llevó a verlo.

Son como gigantescos relojes de sol. Sus altas siluetas arrojan largas sombras, y sus brillantes rayos de luz se extienden hasta alta mar para guiar a los navíos que se acercan hasta el puerto.

Al otro lado de las enormes murallas que rodean la red de canales no hay más que un océano que fluye durante leguas y más leguas en todas direcciones. El agua tiene un impresionante tono azul, casi turquesa. El continente no es más que una lejana mancha en el horizonte.

No hay ni siquiera un puente que conecte la capital con el resto de Llŷr.

Me pregunto cómo se las arreglan para mantener el comercio, cómo visitan los que aquí viven a sus parientes en las partes costeras del reino.

Supongo que navegando. Hay muchísimos navíos de múltiples mástiles que flotan en el gran puerto a la entrada de la ciudad, donde desembocan muchos de los canales.

Entrecierro los ojos para ver mejor las siluetas de numerosos fae que se mueven por las aceras y cruzan los puentes que se elevan elegantemente sobre los canales.

Quizá haya gente que nunca sale de aquí.

¿Qué persona con la suerte de vivir en un sitio así querría abandonarlo?

Es incomparablemente hermoso, incluso en un día como el de hoy, en el que las nubes tapan buena parte del sol y le roban a la ciudad un poco de su vívido esplendor natural.

Me permito disfrutar de unos cuantos instantes más de contemplación silenciosa.

Al cabo, aparto la vista y regreso a la habitación oscurecida.

He dormido profundamente y mucho más de lo que esperaba.

Es media mañana… Hace mucho que debería haber regresado a Caeldera.

A estas alturas, Lestyn estará enfrascado en su rutina en el dispensario. Si no aparezco por allí, se preocupará.

En cuanto a Pendefyre…

No me imagino cómo reaccionará a mi brusca desaparición.

Resulta extraño. He pasado muchos meses sintiendo sus cambios de humor y descontroladas punzadas de dolor.

Y sin embargo, aquí, a todo un reino de distancia, nuestro vínculo parece haberse estirado hasta casi desaparecer; se ha vuelto frágil.

Sus emociones son ahora tan lejanas como las ruinas de su palacio real.

¿Se habrá preocupado al ver que no he vuelto? ¿Se habrá enfadado?

¿Supondrá que lo he abandonado a propósito?

Debería haberle escrito anoche, haberle informado de mi paradero.

Debería haberle asegurado que estoy a salvo y que sigo viva, como mínimo.

Pero, con toda franqueza, ni siquiera se me ocurrió hasta mucho después de encerrarme en la habitación y meterme bajo esas sábanas de seda.

Me sentía culpable por esa falta de comunicación y no conseguí reunir la fortaleza para bajarme de la cama, recorrer el pasillo, llamar a la puerta de Soren y pedirle que me consiguiera un poco de pergamino y un cuervo útil. Y menos en medio de la noche.

O quizá es que no quería. No tengo ninguna intención de descubrir los secretos que Soren esconde tras esa gruesa barricada cristalina.

Me aseo en el baño adyacente de la habitación, que contiene una bañera tallada en un enorme bloque de mármol color medianoche.

El lavabo y el váter también son del mismo material.

Hago una mueca al ver mi desaliñada silueta en el espejo del vestidor.

Tengo la melena platino desarreglada; la piel, pálida y demacrada.

Me pellizco las mejillas para darles algo de color y me recojo el pelo en una trenza gruesa y práctica, tal y como hago siempre para atender a los heridos.

Poco se puede hacer con el lamentable estado de mi uniforme, pero da un poco igual.

Me voy a marchar de aquí…, es decir, me voy a marchar en cuanto encuentre a Soren.