El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Siete
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CAPÍTULO Siete

E l embriagador aroma del jazmín impregna la oscuridad.

Por debajo, capto un ápice de sal en la brisa.

Inspiro hondo hasta llenarme los pulmones mientras subimos unos escalones que parten de la cámara de baños circular.

Soren me pisa los talones, detrás de mí, pues la escalera es estrecha y no hay barandilla.

No muy lejos, ahí abajo, oigo el suave susurro del agua contra la piedra.

No es una escalinata, sino un puente.

El agua es una oscura mancha de tinta a nuestro alrededor indescifrable a mis ojos, que se adaptan lentamente a la penumbra.

Cuando llegamos a lo alto, echo una mirada por encima del hombro hacia la casa de baños.

Es una pequeña isla en sí misma, iluminada en el centro de un gran manantial natural.

En los bajíos que la rodean, docenas de ranas fosforescentes descansan sobre nenúfares y desgranan un coro de croares guturales.

Soren no dice nada. Se adelanta y nos lleva por un camino que rodea el borde del manantial.

Sus pies desnudos no emiten sonido alguno sobre la suave pizarra.

Por el camino cuelgan quinqués encendidos que iluminan en la oscuridad un exuberante jardín de flores nocturnas de color blanco: phlox, jazmín, glicina…

y unas cuantas más que no reconozco. Hay palmeras que cimbrean en las alturas; sus ramas entrechocan melódicamente.

Por todas partes revolotean flamafatuas.

Algunas flotan perezosamente, mientras que otras pasan a tanta velocidad que no puedo seguirlas con la vista.

Hasta ahora yo solo había visto la vívida variante roja que puebla las frondosas arboledas de Dyved, y el tipo más apagado que habita en escasas zonas de las Tierras Centrales.

Las de ahora son de una clase que jamás había visto.

No tienen un único color, sino que van cambiando mientras vuelan: amarillo, azul, verde, púrpura.

«Como fuegos artificiales.»

En el mismo instante en que se me ocurre esa idea, me retrotraigo en el tiempo. Vuelvo a Festaflama, a Caeldera. A lo alto del cráter, mientras veía los fuegos artificiales que explotaban sobre la ciudad. A Pendefyre…

Expulso esos recuerdos con un firme cabeceo.

No tengo lamenor gana de volver a vivir ese momento ni nada de lo que sucedió en esa noche terrible.

Si algo he aprendido durante estos últimos meses de lúgubre supervivencia es que, por más que piense en el pasado, no puedo cambiarlo.

Revivir mis pérdidas no amortigua el dolor.

Seguir experimentando una y otra vez la oscuridad pasada no me asegura un futuro luminoso.

Es mejor vivir en el momento presente. Día a día. Seguir respirando hasta que, algún día, ya no tenga que recordarme que debo respirar.

El sendero asciende hasta una gran terraza.

Un impresionante edificio aparece ante nuestra vista.

Es más que una simple casa, aunque no llega a ser un castillo.

Se extiende con elegancia palaciega entre jardines.

Está hecho de paredes blancas y enormes columnas, con un tejado picudo de baldosas plateadas que se curva en las esquinas de un modo que me recuerda a los lodos flotantes que he visto dibujados en algunos de los libros de botánica más antiguos de casa del boticario.

Por toda la terraza hay antorchas encendidas que brillan con intensidad y arrojan un resplandor luminoso por la impresionante fachada.

No hay puerta; la entrada principal es una arcada tan ancha como un carromato y dos veces más alta, completamente abierta en mitad de la noche.

—Esta es mi mansión —anuncia Soren.

Cruza entre dos columnas de mármol tan gruesas como barriles de vino, cubiertas de intrincadas tallas que yo examinaría gustosa si tuviera tiempo.

—¿Solo tuya? —Aquí cabrían cincuenta personas.

—Me gusta disfrutar de mi espacio. —Se detiene durante un latido—. Si conocieras a Arwen, entenderías por qué.

—¿Vive en Hylios?

—Así es, junto con algunos de mis otros hermanos. Hay varias mansiones repartidas por los terrenos reales, tanto para visitantes como para miembros de la familia. Será más sencillo enseñártelo todo a la luz del día.

Casi tropiezo en el umbral, porque no miro por dónde voy; tengo la cabeza alzada para contemplar los enormes techos del patio interior.

Los jardines se extienden también por dentro de la casa.

Unas macetas tan altas como yo misma que contienen palmeras bordean todo el perímetro.

Por las columnas del interior trepan enredaderas de un tipo que no reconozco y de las que brotan flores azules.

—¿Tienes más hermanos? —acierto a preguntar en medio de mi estupefacción.

—Técnicamente, Arwen es la única hermana de sangre al cien por cien que tengo; compartimos ambos progenitores.

Los demás son resultado de los muchos devaneos de mi padre.

—Hay una sonrisa en su voz—. Tengo un puñado de hermanastros de sus siguientes matrimonios, así como una cepa de hermanastros bastardos.

Y esos son solo los que yo conozco. El único pasatiempo que el rey Manawydan disfrutaba más que acostarse con sus esposas era acostarse con mujeres que no eran sus esposas.

Yo reprimo una risa sobresaltada.

—Por supuesto, la mayor parte de su progenie ya ha muerto.

De edad avanzada, enfermedades, lo que se te ocurra.

Los pocos que siguen vivos, los que pertenecen a un linaje de magia fuerte, son ancianos amargados a pesar de tener una apariencia más juvenil.

Que no se te olvide cuando, inevitablemente, te cruces en su camino.

Se me encoge el estómago incómodamente al pensar en cruzarme con los hermanos de Soren. La última vez que conocí a la pariente de un Vestigio, no fue nada bien. Si se parecen en algo a la difunta reina Vanora…

—Tienden a entrar y salir como les place —prosigue Soren—. Sobre todo Vaughn. Pero las puertas de Hylios siempre están abiertas para mis hermanos, si quieren pasar por aquí. —La sonrisa desaparece de su voz—. Para la mayoría de ellos, al menos.

—Te refieres a Efnysien.

—Sí. Pero incluso Efnysien fue bien recibido aquí en su día. Hace mucho tiempo.

Aminora la marcha para adaptarse a mi ritmo.

Hay claraboyas en los altos techos por las que se cuelan rayos de luz lunar que cortan el aire a nuestro alrededor.

Una hermosa fuente burbujea en el centro del patio: una sirena y un tritón míticos, fundidos en un apasionado abrazo, las bocas unidas, el cabello flotando.

Sus formas desnudas están talladas de forma tan realista que resulta difícil creer que no sean de carne y hueso.

Sus escamas tienen el lustre de conchas de abulón y resplandecen a pesar de las sombras.

El agua brota de las puntas de sus colas entrelazadas y por el tridente del tritón; una cascada constante que los baña.

Me cuesta apartar la vista de ellos, aunque Soren no presta atención a la fuente al pasar. Parece inmune a su belleza.

—¿Qué es lo que hizo? —pregunto en tono suave. Casi me da miedo saber la respuesta después de preguntármelo durante tanto tiempo—. ¿Cómo se ganó el destierro?

Soren suspira.

—Es una historia para otra noche. Mejor contarla entre ingentes cantidades de ginebra Titán.

Dejamos atrás el patio interior y nos internamos por un amplio corredor que atraviesa toda la mansión y se divide en habitaciones oscurecidas en las que no nos detenemos a explorar.

Al cabo, llegamos a un ala separada que alberga media docena de puertas.

Todas están hechas de la misma madera pálida —creo que es bambú, o quizá teca—, pero cada una tiene un diseño diferente.

Algunas tienen plumas talladas, mientras que en otras hay conchas.

La que está a mi izquierda representa un ocaso; la de mi derecha captura la cresta de una ola perfecta.

Mis ojos las recorren mientras caminamos.

Estudio su elaborada factura hasta que llegamos al otro extremo del pasillo.

Aquí hay otra puerta, a buena distancia del resto.

Es una entrada más grande, del doble de tamaño que las demás.

No es de madera. Es una sólida losa de cristal tallada de puro cuarzo opaco, al igual que la cámara de baños.

Despide un leve fulgor. Siento en ella la marca inconfundible del poder de Soren.

Incluso a diez pasos de distancia, entiendo que tiene una protección mágica.

Soren se detiene en el centro del corredor y por fin hace una pausa para mirarme.

—Eres libre de elegir el dormitorio que más te guste.

Están todos vacíos y bien cuidados. —Hace un gesto hacia la puerta del sol—.

Esa de ahí es la suite del atardecer y tiene una hermosa vista del Faro del Oeste.

—Luego señala dos puertas más adelante, a la que tiene las plumas—.

La suite de la gaviota da a los jardines interiores.

Yo señalo con un gesto del mentón al umbral cristalino.

—¿Y qué hay ahí?

—Mi dormitorio. —Se detiene durante un latido y me mira con la cabeza ladeada—. Mientras estés aquí, eres libre de deambular por donde quieras…, excepto ahí dentro. Ahí no entra nadie más que yo.

Resoplo.

—No tengo ningún deseo de espiarte.

—Dijo la mujer que irrumpió en mi baño.

—Ahórrame esa vergüenza tardía y, añadiré, falsa.

Él frunce los labios. Sus dedos acarician la tela de esa toalla que le cuelga tan baja de la cintura.

—Yo diría que ya has visto que no tengo nada de lo que avergonzarme.

Mis mejillas se ruborizan, pero lo ignoro.

—Créeme, aunque quisiera ver el interior de tus aposentos personales, y no quiero, desde aquí ya percibo que la puerta tiene potentes protecciones mágicas. Dudo que pudiera entrar por más que lo intentase.

—Prefiero no poner a prueba esa teoría. Aún no sabemos de lo que eres capaz, pequeña tejedora del viento.

—Como siempre, sobrestimas mis poderes.