El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Seis #3
19%

CAPÍTULO Seis #3

—Es una región de tormentas de arena casi constantes, azotada por vientos que soplan por formaciones rocosas deformes.

—Soren niega con la cabeza—. Un velo de oscuridad cubre todo ese lugar.

El aire está preñado de arena y ceniza. Incluso con un embozo, tras pocas horas los pulmones se sienten arenosos, los ojos están pastosos y la piel, agrietada e irritada.

Aun así, seguimos avanzando y los perseguimos hasta la frontera con Dymeria.

Alzo las cejas.

—¿Y no continuasteis?

—No voy a llevar a mis soldados hasta el Desierto de la Vaina. Nada bueno puede salir de ahí, solo una matanza.

—Ya has intentado entrar antes —conjeturo.

Él asiente con aire rígido.

—En muchas ocasiones a lo largo de los años hemos intentado infiltrarnos en ese dominio oscuro.

He enviado exploradores, espías, escuadrones completos.

Independientemente de la estrategia, los resultados siempre son los mismos: nadie regresa.

No hay manera de irrumpir ni siquiera en los aledaños de las colinas que rodean el bastión de Efnysien.

No hay caminos practicables ni accidentes geográficos con los que orientarse.

Aunque se consiguiese avanzar sin morir de sed, las criaturas que moran bajo esas arenas negras son más efectivas que cualquier batallón de arqueros o infantería.

—No me extraña que Efnysien esté tan a gusto allí. Un monstruo entre otros monstruos.

—Ajá. Aunque creo que ha elegido vivir en el desierto por culpa mía, más que por afinidad con arácnides o pozos abisales.

Tomo nota mental de preguntar más tarde qué significan esas palabras que no comprendo.

—¿Por culpa tuya?

—De todas las posibles ubicaciones que podría haber elegido mi hermanastro para construir su imperio, ¿crees que es coincidencia que haya optado por el único lugar del reino donde mis poderes son más débiles?

—El agua no tiene cabida en un desierto —murmuro, siguiendo su razonamiento.

Pienso en mi propia y angustiosa claustrofobia cada vez que me encuentro bajo tierra. Me pregunto si Soren tendrá una reacción física parecida cuando pone un pie en las arenas resecas de las Tierras Meridionales.

—Se esconde de ti en un lugar al que no puedes seguirlo.

—En raras ocasiones va más allá de sus fronteras. Antes de Festaflama, nadie lo había visto fuera del Fuerte Symetria desde hacía casi una década. No puedo ni explicarte lo frustrado que me sentí por no conseguir mi objetivo cuando tuve la oportunidad.

—Lo siento.

Él ladea la cabeza.

—¿Por qué lo sientes?

—Sé lo mucho que querías atraparlo. Para que pagase por lo que nos hizo en Festaflama.

—Mis problemas con mi hermanastro van mucho más allá de lo que sucedió en Caeldera.

Debí haberlo asesinado hace un siglo, cuando se presentó la oportunidad.

En aquel momento, el destierro me pareció una opción más misericordiosa.

—Habla con voz ligera, aunque no hay levedad alguna en sus ojos—.

En los años que han pasado desde entonces, toda la misericordia que tuve en su día se ha marchitado.

La próxima vez que tenga la ocasión de agarrarlo de la garganta con las manos, no la desaprovecharé.

—Entonces, ¿ahora eres diferente? —No puedo evitar preguntar—. De quien fuiste en su día, digo.

—Ahora soy mucho más guapo.

Alzo la mirada a los cielos.

—Te estoy hablando en serio.

—Y yo también. —Esboza una media sonrisa al ver mi ceño fruncido—. A decir verdad, apenas recuerdo al hombre que fui hace cien años.

—Lo dudo.

—Ah, ¿lo dudas?

—Tú lo recuerdas todo —digo en tono acusador—. Es que no me lo quieres decir.

—Siempre he sido sincero contigo, desde el primer día en que nos conocimos.

—No es lo mismo sinceridad que transparencia.

—Cierto. La primera se espera; la otra, hay que ganársela. Siempre te diré la verdad si me preguntas. Pero me temo que no te has ganado el derecho a saber mis secretos, alondrita.

Por los cielos, me había olvidado de lo exasperante que es charlar con él. Usa la conversación como si fuera una táctica de batalla, para desorientar y desarmar a su oponente. Habla trazando círculos hasta que una no se acuerda de lo que le había preguntado en un primer momento.

—Ya es tarde —anuncia Soren, y sus ojos vuelan al umbral arqueado del que cuelga una fina cortina blanca que se mece con la brisa nocturna—. Podemos seguir hablando por la mañana.

Dicho lo cual, sus dedos —que aún me sujetan la muñeca como un grillete— se deslizan por mi mano y se entrelazan con los míos.

Se dirige al umbral y me lleva consigo. Yo intento frenar en seco, pero las finas suelas de mis zapatos resbalan inútilmente sobre el resplandeciente suelo, incapaces de detenerse sobre este suave cristal blanco.

—¡Espera!

Él se detiene y se gira a medias para mirarme. Por primera vez, me percato de las profundas ojeras bajo sus ojos.

—¿A qué?

—No puedo quedarme aquí. Tengo que regresar.

—A Caeldera. —Asiento—. Porque tu último viaje por el portal ha sido un absoluto éxito, ¿no?

Se me agolpa el calor en las mejillas.

—Estaba pensando…

—Ya, entiendo que eso te haya supuesto un esfuerzo agotador —dice en tono jocoso cuando yo dejo la frase en el aire.

—Pensaba —vuelvo a empezar, enfadada— que te portarías como un amigo y me ayudarías a volver.

—¿Un amigo? —dice con ironía—. ¿Eso es lo que somos ahora, amigos?

—Supongo que depende de si quieres ayudarme o no.

—Ah, claro. Chantaje. El verdadero cimiento de toda fidelidad.

—¿Me vas a ayudar a volver o no?

—No.

—¿Por qué? —exclamo.

—Por varios motivos.

—¿Varios?

—Tres.

—¿Cuáles?

—En primer lugar —dice, calmado ante mi exasperación—, porque pareces a punto de desmayarte a mis pies en cualquier momento.

Dime, ¿has comido aunque sea una condenada vez desde la última vez que te vi, o has decidido quedar reducida a un esqueleto como si fueras una aburrida mártir dispuesta a autoflagelarse?

Alzo la cabeza con gesto altivo.

—Estoy bien.

—No pareces estar bien —dice a las claras—. Pareces…

Sus ojos escrutan mi cara, recorren mi silueta y parecen repasar hasta la última gota de sangre seca y tajo que tengo en la ropa.

Se detienen en el estrecho montículo de mis caderas, en mis piernas delgadas como ramitas bajo el uniforme harapiento.

Es cierto, he adelgazado mucho desde Festaflama.

Sin embargo, aunque encuentre tiempo para comer en condiciones, rara vez consigo tener apetito.

Hay días en los que, si Lestyn no me pone por delante un cuenco de estofado o pan horneado en el dispensario tras un turno largo, ni siquiera me molesto en comer.

Algo oscuro asoma a los ojos de Soren, un destello demasiado rápido como para poder descifrarlo en condiciones. Vuelve a mirarme a los ojos.

—No sería aconsejable atravesar un portal en el estado en que te encuentras. Las líneas ley… se cobran un precio, mucho más que la sangre que derramas para activarlas. Si les das la oportunidad, empezarán a deshacer los hilos sueltos de tu psique, a deshilacharte.

Yo aprieto los labios, incapaz de contradecirlo. El terror que sentí en mi condenado intento de llegar hasta Caeldera sigue presente en mis pensamientos. No tengo el menor deseo de volver a experimentar algo así.

—El olvido —prosigue él—. Así lo llamamos.

Un estado mucho más profundo que la amnesia y que borra todo lo que eres, que deshace los hilos que te mantienen unida.

—Niega con la cabeza—. Atravesar un portal no es ningún viaje de placer, y desde luego no hay que hacerlo sin prepararse.

Como mínimo, tendrías que dar cuenta de una comida decente y dormir una noche entera antes de volver a cruzarlo.

—Está bien —acepto a regañadientes—. Entiendo la lógica.

—Debe de ser la primera vez para ti, ¿no?

Ignoro el comentario sarcástico.

—Has dicho que había tres motivos.

—Ah, ¿sí?

—Soren, no puedes retenerme aquí sin ninguna razón…

—El segundo motivo tiene más que ver con mi propio cansancio, no con el tuyo.

Yo mismo he cruzado una gran distancia usando el portal hace pocas horas.

No es que me muera de ganas de hacer otro viaje tan pronto…

Sobre todo si al otro lado me está esperando un Pendefyre que echa humo de puro enojo, listo para acusarme de lo que sea.

Me muerdo el labio inferior. No he pensado en Penn desde que he llegado. ¿Estará ya en Caeldera? Es de noche; seguramente ya ha regresado. ¿Se habrá dado cuenta de que yo no? ¿Creerá que lo he abandonado a propósito? Dioses, estará muy preocupado…

«O aliviado», susurra una voz amarga desde el fondo de mi mente. «Quería un poco de paz mental. Tu ausencia, aunque no sea intencionada, bien podría ser un regalo para él.»

—Dime —Soren interrumpe esos pensamientos desagradables—, ¿cómo le va a nuestro ardoroso rey?

Trago saliva.

—Llévame a Caeldera y lo comprobarás por ti mismo.

—Muy lista, pero no.

Suelto un suspiro resignado.

—¿Y el tercer motivo?

Él vacila y me contempla durante un largo latido.

—Puedes considerarlo uno de esos secretos que aún no te has ganado.

—¿De verdad no me lo vas a decir?

—Te lo diré cuando estés lista para escucharlo.

—Soren…

—Podemos seguir esta riña por la mañana. Ahora mismo, hace más de un mes que no veo mi cama y me muero de ganas de retomar mis relaciones con ella.

—No pienso dormir en tu cama —me quejo, pero Soren ya se ha dado la vuelta y echa a andar, arrastrándome tras de sí. El pelo húmedo le gotea por el cuello, los omóplatos y el surco definido de su columna, hasta la cintura envuelta en la toalla.

—Ni que te hubiera invitado a hacerlo.

Entrecierro los ojos.

—¿Y dónde duermo?

—Estás en la Corte del Agua. Aquí no escasean las habitaciones. Búscate una.

Se detiene, aparta la cortina y, como un bailarín que guiase los pasos de un vals, me obliga a atravesarla de un suave empujón, hacia la noche.