El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Seis #2
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CAPÍTULO Seis #2

Subo la vista de golpe. Se me sonrojan las mejillas, calientes como una llama.

—¡Soren!

Una ceja oscura se arquea. Aparte de eso, él no mueve ni un músculo.

—¿Sí?

—Estás… estás… —Me pongo en pie a duras penas. Me late el corazón con tanta fuerza que podría magullarme el interior de la cavidad torácica—. Estás desnudo —siseo, encontrada por fin la voz.

—Ajá. Generalmente, no tiendo a bañarme con la ropa puesta. Diría que es más bien un contrasentido.

Me niego férreamente a mirar más abajo de su barbilla, y balbuceo:

—No me refería… No es eso lo que…

Arquea con sarcasmo la otra ceja.

—Por favor —me obligo a decir con firmeza—, ¿te importaría taparte con algo?

—¿Por qué? ¿Te molesta mi desnudez?

Aprieto los dientes. Giro la cabeza y contemplo la pared. Bajo la titilante luz de las velas, las sombras danzan por las muchas caras de cuarzo como actores en un escenario.

—Vaya, vaya. —Chasquea la lengua—. Valiente santurrona estás hecha. Habría pensado que, después de tantos años cosiendo heridas y calmando fiebres, un poco de piel masculina no te afectaría.

Mi cabeza latiguea de nuevo hacia él para clavarle una mirada hostil… Un error, pues está de pie en medio del agua, con su hombría completamente al aire. Me cubro los ojos con una mano.

—No soy ninguna santurrona, es que no tengo ningún deseo de presenciar una silueta tan poco atractiva así de cerca.

Él suelta una risa entre dientes ante mi bravata. Porque es, de hecho, una bravata. Tiene una silueta que parece haber sido tallada personalmente por los mismísimos dioses para torturar a todas las mujeres.

—Por favor —repito, con la mano aún sobre los ojos.

Oigo un pesado suspiro. Luego, el sonido de un cuerpo fornido que atraviesa el agua hasta el borde de la piscina.

Y entonces… nada en absoluto. El silencio es tan completo que puedo oír mi propio pulso en los oídos, así como algún que otro chisporroteo de llamas cuando una cálida brisa nocturna perturba los apliques de las paredes.

Si Soren se mueve, lo hace con total sigilo.

Casi me salgo de mi propio pellejo de un respingo cuando vuelve a hablar. Su voz suena a menos de un paso de distancia.

—Ya puedes abrir los ojos.

No me muevo, no confío en él.

Una mano grande me agarra la muñeca y me la aparta de la cara.

Me encuentro mirando directamente la ancha columna que es la garganta de Soren.

Su piel dorada está húmeda, al igual que el pelo oscuro que desciende ondulado por ella.

Las puntas casi besan sus hombros. Le ha crecido desde la última vez que lo vi.

Mis ojos descienden para examinar la gruesa toalla de baño que lleva liada en las caderas; una escasa licencia a mi petición.

—Te parecerá bonito.

Él esboza una sonrisa.

—No es que me lo parezca, es que me han dicho que lo tengo bonito.

—Me refiero a lo de la toalla —aclaro, con las mejillas aún más rojas y ardientes—. Te podrías haber puesto unos pantalones, como mínimo.

—La gente que irrumpe por las buenas en mis aposentos privados sin anunciarse no suele tener ni voz ni voto en lo que decido ponerme… o más bien no ponerme.

Pongo los ojos en blanco para enmascarar la profunda vergüenza que siento y para poder dejar de mirarlo a la cara un momento.

De alguna manera se me había olvidado lo arrebatadoras que son sus facciones, lo sobrecogedor que parece tan de cerca.

Con cualquier otra persona, esa belleza podría tener un efecto calmante, más accesible.

Con Soren, sin embargo, tiene el efecto contrario: lo vuelve más letal.

La belleza es otra de las armas de su enorme arsenal.

Cada línea de sus facciones esculpidas está diseñada para atrapar y confundir a sus oponentes.

Pero claro, las flores más hermosas suelen ser también las más venenosas.

—Rhya —toda hilaridad desaparece de su voz—, por más encantado que esté de verte…, ¿te importaría explicarme esta llegada tan brusca por mi portal privado? —Hace una pausa cargada de intención—. Un portal, añadiré, cuya existencia solo conoce un puñado de seres vivos.

«¿En serio?»

Inspiro entre dientes y lo miro a los ojos. Me sigue agarrando de la muñeca. Mis huesos parecen bastante quebradizos en su mano.

—¿Me lo vas a explicar o voy a tener que desnudarme de nuevo para que vuelvas a hablar?

—Me he perdido —balbuceo cuando empieza a llevarse una mano a la toalla.

Se queda inmóvil.

—Te has perdido.

—Sí. En las líneas ley. Estaba… —Niego con la cabeza—. Ha sido una necedad. Pensé que podría cruzar un portal hasta Caeldera yo sola. Debí haberme subido al maldito caballo tal y como me dijo Penn que hiciera, pero estaba muy enfadada y…

Me interrumpo antes de contar demasiados detalles innecesarios. Los ojos de Soren se agudizan igualmente de curiosidad. Son dos hojas de color azul océano que me cortan con una perfección letal.

—No será por un casual que Pendefyre y tú habéis tenido una pelea, ¿verdad?

—No será por un casual que no es asunto tuyo, ¿verdad?

Él frunce la boca.

—Cierto. Pero todavía no has respondido a mi pregunta.

—¿A qué pregunta?

—¿Cómo has llegado hasta aquí? Aunque te hayas perdido entre las líneas ley, tal y como afirmas, me cuesta creer que hayas elegido justo este portal aleatoriamente.

—No he dicho que fuera aleatoriamente. —Le clavo la mirada—.

Tal y como te he dicho, estaba perdida. Me empezó a entrar el pánico; pensaba que no iba a encontrar jamás una salida.

Algunas puertas parecían… enfermas. Otras parecían muertas.

Pero esta tenía un aspecto diferente a las demás, me transmitió una sensación diferente.

—¿A qué te refieres con diferente?

—No sabría explicarlo.

—Inténtalo igualmente. —No es un ruego.

—Era…, la sentí… —vacilo— viva.

—¿Viva?

—Más brillante. Casi como… si me llamase, como una antorcha en la oscuridad. —Me encojo de hombros—. Pensé que llevaba a Caeldera. Evidentemente, jamás habría optado por ella de haber sabido que me escupiría en medio de tu casa de baños.

Miro en derredor y, por primera vez, aprecio el tamaño de la cámara en la que nos encontramos.

Es de forma esférica, con un diseño exquisito y pocos muebles que disminuyan la belleza natural del cuarzo iluminado por la luz de la luna.

El techo abovedado está abierto al cielo nocturno, con un círculo perfecto en su centro a través del cual veo la luna creciente y una portentosa ex­tensión de estrellas.

Las constelaciones quedan justo encima de quien flote sobre el agua, un tapiz glorioso a la vista.

—¿Estamos en Llŷr?

—Sí. —La voz de Soren se suaviza un poco—. Hylios te da la bienvenida, pequeña tejedora del viento, aunque hayas llegado con varias semanas de antelación. No esperaba verte hasta la boda de Arwen, el día del solsticio de verano.

—Te lo acabo de decir: no tenía intención de venir aquí.

—Y sin embargo, aquí estás. —Hace una pausa—. Pero has llegado en buen momento. Yo también he vuelto esta misma noche, hace pocas horas.

Esta noche. Doy un respingo al darme cuenta: fuera está completamente oscuro. Eso significa que he estado dentro de la red del portal durante horas, nada de segundos ni minutos. Cuando salí de Dyved era por la tarde.

«El tiempo pasa de forma distinta en las líneas ley… Más me vale tenerlo en mente para mi siguiente viaje.»

Aparto mi atención de las estrellas y veo que Soren estudia mi rostro bajo la luz de las velas. Su expresión despreocupada contradice la intensidad de sus ojos.

—¿Y cómo has visto los reinos más al sur? —pregunto, forzándome a emplear un tono ligero.

Él resopla.

—Las Tierras Centrales siguen siendo un desastre. Las Tierras Meridionales se pudren como una herida infecta lista para que la purguen de un tajo.

—Qué deliciosamente descriptivo. —Hago una mueca.

En vista de su humor, supongo que la misión de dar caza a Efnysien ha fracasado.

Aun así, lo pregunto igualmente—: ¿Y qué ha pasado con tu…

? —Frunzo el ceño intentando recordar los retorcidos lazos familiares que lo atan con el hechicero—. ¿Cuñado, si no me equivoco?

—Hermanastro —me corrige, y su voz pierde algo de levedad—. Exhermanastro, durante el último siglo. Antes de que lo expulsara de mi reino.

—Ah. —Trago saliva; noto que se trata de un tema delicado—. Cierto.

Soren deja escapar un breve suspiro.

—Por desgracia, Efnysien es tan esquivo como siempre.

Perseguimos al muy cobarde hacia el sur, más allá de las montañas Cimerias, atravesando todo el reino.

En Boscoriente, la arboleda es tan densa que no hay modo de llevar a cabo una persecución a gran velocidad.

En Nythia, los bosques son más practicables, pero hay que luchar más.

El rey ha arrastrado a su pueblo a otra escaramuza sangrienta contra Vatanza.

Digamos que es difícil cubrir mucho terreno cuando ese terreno está alfombrado de cuerpos recién asesinados.

Me estremezco. No echo de menos las Tierras Centrales, con sus incesantes guerras sangrientas y reyes sedientos de poder.

—Puede que el glamur de nuestros uniformes sirva para ocultar nuestras facciones feéricas, pero poco importa eso cuando se atraviesa un campo de batalla donde se mata indiscriminadamente —murmura Soren—.

Los mortales atacan todo lo que se mueve.

Suerte tuvimos de salir de allí con vida.

Para cuando llegamos a los Confines, Efnysien y su ejército ya habían desaparecido en la Estepasombra.

El nombre no me resulta familiar.

—¿La Estepasombra?