El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Seis
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CAPÍTULO Seis

M e había olvidado del diáfano delirio que supone cruzar el portal, que la carne y el hueso se convierten en polvo y partículas, que todo lo sólido queda reducido a un confuso estado de no existencia.

Todo es luz, todo es éter, todo brilla. Y yo…

Yo no soy nada. Una entidad totalmente separada de mi cuerpo.

Un espectro que se mueve a la velocidad de la luz por la tierra.

La enorme red de líneas ley es casi imposible de contemplar.

Se extiende por todo Anwyvn; a través de Anwyvn, más bien, como venas a través de un cuerpo.

Finas como una telaraña bajo la luz del sol, se bifurcan en todas direcciones.

Senderos de luz que se separan y avanzan en espiral hacia el sur, más allá de las fronteras de Dyved, más allá de la cadena montañosa, más allá de los reinos de las Tierras Centrales que yacen al otro lado.

La primera y única vez que he viajado así fue junto a Penn.

Su mano sujetaba la mía y su alma era una guía fiel.

No existía la posibilidad de perderse; a su lado, no.

Aun así, Penn me advirtió de lo importante que es saber el propio destino al que se viaja.

Centrarse en ese destino durante todo el viaje.

«Solo hay que intentar viajar entre portales cuando se conocen sus ubicaciones precisas.»

Lo intento, de veras. Intento mantener Caeldera en la mente, visualizar la cámara de las protecciones en lo alto del borde del cráter, que es donde pretendo llegar.

Intento no distraerme a causa de la desorientación que se adueña de mí mientras atravieso a toda prisa esos rayos de la luz más pura, una cegadora sinfonía de ruido blanco y color goteante.

Pero fracaso. Durante una fracción de segundo, permito que mi mente se distraiga, que mis pensamientos se centren, no en la tarea, sino en la conversación que he tenido en Calaboja.

En el hombre que he dejado atrás. Un instante fracturado de falta de atención.

Nada más. Y sin embargo, suficiente para condenarme.

Pierdo la concentración y, una vez perdida, no hay modo de recuperarla.

Pierdo el equilibrio en el camino que me lleva hasta Caeldera y, más rápido de lo que habría creído posible, me encuentro completamente a la deriva.

Vuelo por el éter sin dirección concreta, enfrentada a una infinidad de salidas desconocidas, ninguna de las cuales parece mínimamente familiar.

«Dioses, ¿qué he hecho?»

El pánico me presiona, me hace perder aún más la concentración, con lo cual es todavía más difícil ubicar el objetivo al que yo pretendía llegar.

Penn tenía razón. Esto ha sido una temeridad.

Contemplo con creciente horror la infinita extensión de posibles puntos de salida, en un intento de otorgarle sentido, como una astróloga que traza constelaciones en el enorme manto de las estrellas.

Un puñado de salidas terminan en brillantes esferas de luz que evidencian un portal en funcionamiento.

Otras, en cambio, parecen enfermas. Parpadean periódicamente, un débil latido de luz que parece menguar a cada momento que pasa.

Muchas están completamente oscuras. Negras y podridas, como la piel de una herida gangrenosa que requiere amputación.

Callejones sin salida.

Paso más allá de estas últimas sin preámbulo alguno, consciente de que no son practicables.

Y aunque lo fueran, tengo la sensación de que no me llevarán a ningún lugar al que yo quiera ir.

De nada serviría salir por un portal que da a un campo de batalla en las Tierras Centrales, donde cualquiera da caza a los medianos en cuanto nos ve.

O, mucho peor, salir a las malignas arenas de las Tierras Meridionales, donde, seguramente, mi destino será mucho más cruel. Y también mucho más breve.

Mi forma desintegrada se ve arrastrada como niebla por una línea ley que lleva hacia el este, hacia el corazón de Dyved. O eso creo. Aquí no tengo mucho sentido de la orientación ni mucha consciencia.

«¿Cuánto tiempo llevo aquí?»

«¿Segundos, minutos, horas?»

«¿Cuán lejos he viajado?»

Siento que apenas he viajado durante un latido, y sin embargo, mi viaje también ha durado una eternidad. No es solo que esté perdiendo tiempo, también pierdo terreno. La tierra se desplaza a toda prisa; me aleja más y más del punto donde empecé.

Desecho mis sentidos distorsionados e intento encontrar alguna diferencia entre las muchas opciones dispuestas ante mí.

Intento distinguir algún pequeño detalle en el campo de esferas de luz casi idénticas que bailan en mi periferia.

Dejo atrás más y más portales muertos, pues sus senderos podridos presentan una estampa aciaga.

«¿Acabaré yo también ennegrecida y muerta, perdida aquí en un bucle eterno? ¿Incapaz de elegir por dónde salir? ¿Incapaz de encontrar una salida?»

Mi desesperación aumenta a cada instante que pasa. Si pudiera respirar, si tuviera pulmones, estaría sin aliento, jadeando. Si tuviera ojos con los que llorar, así lo haría. Pero mi cuerpo ha desaparecido, no es más que un recuerdo. La realidad se aleja de mí.

Soy yo quien se aleja.

Ya no recuerdo qué es lo que estoy haciendo aquí. Apenas recuerdo mi propio nombre. Mi misma alma se está empezando a desintegrar por los bordes. Mi frágil mente se esfuerza por contener la inmensidad del gran tapiz del tiempo, el alcance de todo un reino comprimido en una única hoja.

Tengo que salir de aquí.

Aunque acabe en Vatanza, mi destino será mejor que esta lenta atrofia hasta convertirme en éter.

Estoy preparada para elegir un destino cualquiera, aunque sea para escapar de la aterradora desintegración de mi propia consciencia.

Pero entonces, por fin, justo cuando he empezado a perder toda esperanza…

Lo percibo. Un latido en la lejanía. Leve. Apenas discernible en un primer momento. Tan débil que creo que debe de ser una alucinación nacida de una esperanza ilusoria. Aunque así sea, estoy demasiado desesperada como para que me importe. Lo sigo ciegamente, buscando la corriente de familiaridad.

«Caeldera.»

«Por favor, dioses, que sea Caeldera.»

Está muy lejos. Y yo estoy muy débil. Los senderos ante mí se bifurcan, se dividen en varias direcciones. Direcciones confusas. Mi mente es incapaz de pensar en medio de tantos remolinos.

¿Qué es lo que estoy buscando?

Nada.

«Algo.»

El latido. Sigue el latido.

«¿Dónde está?»

Ha desaparecido de nuevo.

Igual que desapareceré yo.

«Quizá jamás haya existido.»

«Quizá te hayas vuelto loca.»

No.

No.

«Hay un lugar al que tengo que ir.»

«Hay alguien a quien tengo que ver.»

Un lugar de dolor y ruina.

Un hombre de furia y fuego.

«Caeldera.»

«Pendefyre.»

Vuelvo a captar el latido, tras la estela de mi voluntad desafiante. Un pálpito en el abismo que me guía hacia delante. Las líneas ley se bifurcan y, por fin, la veo. Mi salida. En la lejanía, más brillante que el resto.

Más vital.

Más viva.

Casi como si me llamase.

«Aquí.»

«Ven aquí.»

«Ven a casa.»

Reúno lo que me queda de voluntad y me centro en ella.

Niego cualquier otra posibilidad y, con un empujón mental desde algún lugar de mi interior, me dejo llevar a través del vacío.

Hay una ráfaga de cegadora luz blanca, un estallido de velocidad vertiginosa, y de pronto, con una brusquedad que aturde los sentidos, me veo expulsada de este plano efímero y regreso al mundo real.

Mis huesos se vuelven a montar, mis tendones y nervios se recolocan en apenas un parpadeo.

Soy sólida una vez más. Salgo del portal y aterrizo de golpe, a cuatro patas.

«Bendita sea la Diosa de las Almas por no llevarse la mía hoy.»

Durante unos largos segundos, intento recuperar la compostura.

Hago una serie de inspiraciones trémulas por la nariz y expulso el aire por la boca, a la espera de que la náusea y la de­sorientación disminuyan.

A la espera de que mis pensamientos desordenados vuelvan a reunirse y formen algo parecido al raciocinio normal.

Cuando por fin lo consigo, abro los ojos y contemplo un luminoso suelo blanco de cuarzo puro.

Parpadeo varias veces, con la esperanza de que lo que veo se convierta en la roca sólida, negra y veteada que estaba esperando ver.

Esperando, dioses, rezando para que mi vista me esté engañando.

Tras parpadear varias veces, la suave superficie cristalina no cambia. Inspiro hondo y capto un embriagador aroma a jazmín. Entonces me obligo a alzar la mirada.

Mi sospecha se convierte en sólida realidad.

No estoy en Caeldera.

Ni por asomo.

Me encuentro en una cámara circular iluminada por la titilante luz de unas velas.

Todas las superficies están hechas del mismo mineral blanco, desde las paredes a las columnas que suben hasta el techo, pasando por la enorme piscina artificial que ocupa la mitad del espacio.

La luz de la luna se refleja en los cristales que forman el mineral e ilumina todo el interior.

Es como haber entrado dentro de una estrella en la tierra.

Este estanque hundido es lo suficientemente grande como para que quepan diez ocupantes, aunque ahora solo hay uno, que se levanta con arrebatadora lentitud en medio del agua humeante, se coloca las manos en las caderas desnudas y me contempla, despatarrada en su suelo, con diversión patente.

—Si tan desesperada estabas por verme desnudo, alondrita, solo tenías que pedirlo. No hacía falta colarte en mi casa de baños en medio de la noche.

Aún despatarrada, a cuatro patas, no puedo sino mirar boquiabierta al rey de Llŷr.

El agua chorrea por su musculosa silueta, le gotea del cabello oscuro y corre por sus extremidades, largas y bronceadas.

Le salpica el ancho pecho, donde los oscuros remolinos de su marca de Vestigio cubren un pectoral bien definido.

Veo que varias gotas descienden por la marca, más allá de los huecos de sus abdominales, por la línea de vello que desciende hasta su…

«Por los cielos.»