El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Cinco #3
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CAPÍTULO Cinco #3

—¿Durante cuánto tiempo ha de ser así? —pregunto—. ¿Para siempre?

—No me preguntes eso.

La devastación que claramente está sintiendo él aviva la mía propia. Lo siento en el vínculo tan claramente como oigo su voz.

—¡Por todos los infiernos! No puedo ser… —Le falla la voz, pierde el control. Me clava los dedos en la piel—. No quiero…

—¿Qué es lo que no quieres?

Me gira en sus brazos con un movimiento tan rápido que veo las estrellas. Su expresión es una guerra en sí misma, una clara división entre autocastigo e infatigable ansia. No puedo predecir cuál de los dos ganará. Y entonces, Penn susurra:

—Que para siempre empiece mañana.

Me atrae por completo hacia él, con un brazo acerado en torno a mi cintura, mientras me hunde la otra mano en los densos rizos de la nuca. Antes de que yo pueda emitir ni un sonido, sus labios se abalanzan sobre los míos.

La boca de Penn es dura. Implacable. Casi furiosa.

Me besa como un castigo… Ya sea para mí o para él.

No estoy segura. Quizá sea para los dos.

Me castiga a mí por conducirlo a este estado y se castiga a sí mismo por ceder.

Pues este es un desliz inaceptable en su rígido autocontrol, una aberrante desviación de sus planes para mantenerme a distancia.

Un tropezón que acaba en un estanque prohibido de lujuria, en el que hemos jurado no volver a sumergirnos.

Y, que los dioses nos ayuden, por eso es todo mucho más glorioso.

Sus labios me encienden, avivan el remolino doloroso de mi interior hasta convertirlo en una llamarada que pronto se convierte en todo un incendio.

Todos y cada uno de los besos que me han dado antes de Pendefyre palidecen en comparación.

Aunque no me han besado muchas veces. Tomas, el aprendiz de panadero de Guardamar, era un chico dulce, tierno.

Besos lentos y embriagadores en noches de verano, un frenesí de hebillas y nudos, y susurros reconfortantes después.

Aquella chiquillada de amor fue un secreto susurrado en mi piel.

El contacto de Penn no es ninguna chiquillada ni ningún susurro.

Es un grito. Un chillido. Un calor desesperado que se hunde en mis huesos.

Sus dedos trazan sendas de fuego por mi piel.

Su boca me magulla. La pasión reverbera por mí como aire recargado que sale de una tetera humeante.

Creo que voy a empezar a soltar llamas puras, como una de las flamandríades.

Nuestras lenguas y dientes danzan juntos, nuestras cabezas se mueven a un lado y a otro, en plena guerra, aunque ambos nos hemos rendido.

Todo mi cuerpo tiembla de ansia. Me aprieto contra él, le rodeo el cuello con los brazos, acaricio con dedos temblorosos la afilada línea de su mandíbula.

Anhelo una cercanía que no puedo reclamar para mí.

Me aprieto contra su pecho, como si la proximidad física pudiese de alguna manera permitirme la entrada a las cámaras del corazón que late en su interior.

Y sin embargo, incluso en este momento en el que estaría felizmente dispuesta a deshacerme de toda precaución a cambio de las emociones menos lógicas que palpitan por mi cuerpo…, ahora que voy a dejar todos mis reparos, a abandonar todas mis inhibiciones junto con mi ropa…

Pendefyre vuelve a encontrar las suyas.

Me acerco a él y siento que se retira. Sus besos se vuelven más lentos, su férreo control ocupa el lugar de la pasión que llamea por mis venas.

Le clavo los dedos en los hombros, desesperada por mantenerlo junto a mí, pero no puedo.

Cuanto más intento aferrarme a él, más rápido se aleja.

Siento que una dura realidad apaga las llamas entre los dos.

La lujuria queda extinguida con una lúgubre eficiencia que me deja empapada de frío.

Penn cierra el vínculo entre los dos en el mismo instante en que aparta la boca. Durante apenas un latido, se permite apoyar la frente contra la mía. Pero luego, sus brazos me sueltan y él da un decidido paso hacia atrás.

Ese único paso me hiere como un tajo de espada en el estó­mago.

Penn me contempla con una máscara carente de expresión… Una máscara demasiado conocida. La única señal de que este beso le ha afectado de alguna manera es la tensión rígida de su mandíbula. Esos puños apretados a los costados. Y, quizá, el leve temblor de su voz al hablar:

—Las flamandríades han huido a su casa. Es hora de que nosotros hagamos lo mismo. Se acerca una tormenta desde el mar. Será mejor que no estemos aquí cuando estalle.

Asiento, porque no tengo ninguna réplica real. No hay nada más que decir.

«Aún queda todo por decir.»

Caminamos en silencio; nuestros pasos aplastan los depósitos de sal.

Las pozas sulfúricas a nuestro alrededor están ahora oscuras, piletas grises y humeantes que reflejan el cielo nublado.

A cada instante que pasa, el aire queda preñado con la promesa del chaparrón.

Para cuando llegamos hasta Onyx, que espera leal bajo un desaliñado árbol justo donde lo dejamos, las nubes están tan negras y ominosas que hará falta un milagro para regresar a Caeldera sin habernos empapado del todo.

A mí me da bastante igual. La idea de regresar a caballo, de cabalgar pegada al pecho de Penn durante varias horas mientras aún puedo saborearlo como sangre en la boca, mientras la piel aún me hormiguea a causa de su contacto, se me antoja una tortura diseñada especialmente para mí por los dioses.

La idea de un lento regreso a su ciudad —a un futuro que no nos depara más que unos rígidos modales y un firme autocontrol— me parece el más cruel giro del destino que puedo imaginar.

De pronto siento que la estrella por la que he guiado mi vida estos últimos meses desde que llegué a Dyved se ha extinguido y me ha dejado sola en la oscuridad. Mis pies dejan de acercarse al caballo, aunque no he tomado ninguna decisión consciente de dejar de caminar.

—Vamos —me ordena Penn en tono neutro, agarrando las riendas—. Súbete al caballo.

En la lejanía, restalla un trueno. Yo trago saliva.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no. No voy a ir contigo.

—No tengo tiempo para esto. Tenemos que regresar. Hace ya mucho que nos hemos marchado. Tengo una reunión con los líderes de la división sureña al anochecer.

—Pues vete tú —digo, sintiéndome obstinada—. Yo me buscaré mi propio camino.

Tiene que haber alguna posada cerca. Alguna ciudad donde pueda alquilar un caballo o suplicarle ayuda a algún buen granjero que me permita viajar con él en su carromato hasta la capital…

Lo que sea para evitar subirme a Onyx en este instante.

Penn echa por tierra mis esperanzas en un momento:

—Esta franja de costa está desolada. No hay un solo asentamiento en muchas leguas. —Por supuesto, eso sería demasiado fácil—. Estamos a cuatro horas a caballo de Caeldera —continúa en tono neutro—. Es todo un día a pie.

He de confesar que no me apetece una dura caminata durante horas a la intemperie.

Mi terquedad flaquea, y con ella, mi esperanza.

Evito mirarlo a los ojos, y los míos recorren el entorno en busca de otra alternativa.

Se desorbitan levemente cuando la veo ahí mismo, al otro lado de las pozas, prácticamente resplandeciendo en señal de bienvenida. Vuelvo a mirar a Penn.

—Pues usaré el portal.

—No seas imprudente solo por enfadarme. Nunca has viajado sola por un portal.

Aprieto los dientes.

—¿Y?

—¿Por qué siempre vas a la contra?

El estruendo del trueno se acerca.

—Tú y yo no dejamos de pelearnos desde que nos conocimos. No veo motivo alguno para que eso vaya a cambiar ahora, y menos si todo ha de permanecer como está entre los dos.

Penn se pasa una mano por el cabello y se aparta esos mechones bronceados por el sol.

—No pienso pelearme contigo por esto. Otra vez, no.

—¿Otra vez? ¡Tú no te peleas por nada! ¡Te limitas a dar la conversación por cerrada! Y luego me dejas fuera.

—No tengo otra alternativa.

Suelto una risa invernal.

—Siempre hay alternativa. Quizá no sea sencilla…, pero nunca he pedido nada sencillo.

—¿Sencillo? ¿Te crees que esto a mí me resulta sencillo?

¿Te crees que cualquiera de mis decisiones es sencilla?

—Sus palabras son un bramido. El fuego chisporrotea en sus ojos al tiempo que asoma la fea cabeza de su rabia—.

Por los dioses, Rhya. Puede que Yale sea un cabrón redomado, pero en una cosa tiene razón: cuando se trata de ti, no puedo pensar con claridad.

No veo las cosas con claridad. No te veo nada más que a ti.

Y eso no es bueno para nadie. Ni para ti ni para mí, ni mucho menos para todo mi reino.

Algo dentro de mi pecho se convierte en polvo, queda pulverizado ante el impacto devastador de sus palabras. En mi cabeza, el insidioso susurro de Yale me persigue:

«Espero que la chica haya valido la pena. Por ella habéis abandonado a vuestro reino. Por ella habéis abandonado a vuestro pueblo.»

—Así que Yale tenía razón. —Suelto un suspiro quebradizo—. Me ves como un lastre.

Penn aprieta la mandíbula.

—Jamás he dicho eso.

—Con esas palabras, no. Disculpa si no me gusta que me describas como una distracción frente a todo lo que te es querido.

De repente, mi mente gira al doble de su velocidad normal, al mismo ritmo que los alocados latidos de mi pulso. Bajo estos frenéticos pálpitos, siento que mi corazón se está haciendo pedazos… Y, con él, todo lo que creía saber sobre el lugar que ocupo en este mundo.

Un lugar junto a Pendefyre.

—Rhya, haz el favor de subir al caballo.

—Dijo que lo que había sucedido en Festaflama fue culpa mía —susurro, como si Penn no hubiese dicho nada—. Que todo el mundo me echa la culpa. Que tú me echas la culpa.

—Yo no te echo la culpa. Pero…

—¿Pero?

Penn hace una trémula inspiración. Esta breve pausa es un nuevo tormento.

—No voy a mentirte y decir que nunca he considerado la posibilidad de que…

—¿De que qué?

—De que quizá, si yo hubiera estado aquí y no en las Tierras Centrales, habría podido… —Niega con la cabeza. Se traga sus palabras. Empieza de nuevo—: Quizá, cuando regresé, si no me hubiera distraído tanto con…

No termina la frase. No hace falta. Capto su intención en el silencio y la acabo por él:

—Conmigo. —Me sale la voz hueca.

Un músculo se crispa en su mejilla mientras intenta controlar sus emociones. No dice nada. O no quiere o no puede compartir lo que siente sobre este tema. Me mantiene a distancia. Como siempre ha hecho. Como siempre hará.

Un rayo parte en dos el cielo en las alturas, seguido directamente de un trueno.

La tormenta por fin ha estallado. No me molesto en alzar la vista hacia los rayos que caen sobre el mar.

Le doy la espalda a Penn y echo a caminar hacia el portal.

Está cayendo un auténtico diluvio que me empapa por completo al instante.

—¡Rhya! —grita por encima del estruendo gutural de otro trueno—. ¡Espera! —No lo espero—. ¿Adónde vas?

—Lejos de aquí.

«Lejos de ti.»

Mientras me muevo, una vocecita al fondo de mi mente dice que este comportamiento es muy pueril, que alejarme de la presencia de Penn no disminuirá el dolor que me han causado sus palabras.

Silencio esa voz con un cabeceo inflexible.

El impulso de huir, ahora mismo, en este mismísimo instante, ha sobrepasado a cualquier sentido de la lógica que pudiera guiar normalmente mis actos.

Aprieto el paso y cubro la distancia que me separa de la arcada de piedra. Al llegar, me detengo y vuelvo la vista hacia él. Está a seis pasos de distancia, rígido de pura tensión. Su expresión es aún más oscura que la tormenta sobre nuestras cabezas.

—Lo que acabo de decir… —Se apresura a negar con la cabeza—. Has de saber… que no lo decía…

—Sé exactamente lo que has dicho, Pendefyre.

—Me obligo a calmar tanto el temblor de mi voz como el de mis hombros—.

Si yo no hubiera estado, quizá habrías previsto el ataque de los Salteadores y habrías hecho algo por impedirlo.

No eres capaz de perdonarte por haberme permitido llegar a tu corazón…

a costa de tu preciado autocontrol. —Inspiro aire entrecortadamente, cargada de dolor—.

Y lo que es más, no puedes perdonarme a mí.

Era a mí a quien buscaba Efnysien aquella noche.

Fui yo quien lo llevó a ponerse en acción.

Soy yo la chispa que prendió la llama… Y ahora tu hogar no es más que cenizas.

Pendefyre palidece al oír mis palabras, pero no las contradice.

Vuelve a caer un rayo que parte en dos el cielo.

Un trueno restalla como feroz respuesta.

Yo ya no sé si la humedad de mis mejillas es por la lluvia o por mi propio dolor.

Alargo la mano y pego la palma al afilado borde de una de las rocas.

Un repentino tajo de dolor. Brota la sangre, que gotea por mis dedos.

Alzo la mano hacia el centro de la arcada.

El portal se activa de inmediato y un caudal de pura luz mana de él.

Zarcillos de magia se estiran hacia mí, me instan a avanzar.

Me resisto durante un instante… Lo suficiente como para volver la vista hacia Penn.

Está petrificado, contemplándome. Tiene el cabello pegado a la cabeza y su ropa empapada desprende una leve neblina mientras su inmenso calor corporal evapora el agua fría que sigue cayendo de las nubes.

—No me sigas —le digo con voz estrangulada.

Y entonces, cruzo el umbral.